Reflexiones del P. Cantalamessa sobre la Eucaristía (VII)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

Adorar: Himno de silencio amoroso a Dios (I)

Este mes llegamos a la cuarta catequesis que el cardenal Raniero Cantalamessa, o.f.m.cap., dirigió al papa y a la Curia romana sobre la necesidad de redescubrir el asombro eucarístico, y que dedicó a la adoración de la Eucaristía fuera de la Misa. Publicamos a continuación la primera parte.
En meditaciones anteriores hemos tratado de desarrollar una catequesis mistagógica sobre la Eucaristía, siguiendo su celebración litúrgica, que es la santa Misa. Pero la presencia y la acción de la Eucaristía, en la espiritualidad católica, no se agotan en ella. También está el culto y la adoración de la Eucaristía fuera de la Misa.

Es un fruto relativamente reciente de la piedad cristiana. De hecho, comenzó a desarrollarse, en Occidente, a partir del siglo XI, como una reacción a la herejía de Berengario de Tours, que negaba la presencia «real» y admitía una presencia meramente simbólica de Jesús en la Eucaristía. Por lo tanto, es justo reconocer, a este respecto, una cierta libertad para las diversas confesiones cristianas. Toda gran corriente espiritual dentro del cristianismo ha tenido su carisma particular, que constituye su contribución a la riqueza de toda la Iglesia. Para los protestantes, es el culto a la palabra de Dios; para los ortodoxos, el culto de los iconos (¡y cuánto hemos sacado los católicos de ellos en estos campos!); para la Iglesia Católica, es el culto eucarístico. A través de cada uno de estos tres caminos, se realiza el mismo propósito de fondo, que es la contemplación de Cristo y de su misterio.

Si el don particular, el carisma, de la Iglesia Católica radica en la forma única con la que Jesús–Eucaristía está presente y es adorado en medio de ella, entonces se ve lo importante que es que volvamos a valorar plenamente este don y cultivarlo también para todos los demás cristianos. Desde aquella lejana fecha del siglo XI, no ha habido, se puede decir, un santo en cuya vida no se note un influjo determinante de la piedad eucarística. Ha sido fuente de inmensas energías espirituales, una especie de chimenea siempre encendida en medio de la casa de Dios, con la que se han calentado todos los grandes hijos de la Iglesia.

Queremos dedicarle esta cuarta meditación, dejándonos guiar por el fruto más bello y conocido que brotó de este culto, el himno Adoro te devote, que ha servido, más que muchos libros, para formar la piedad eucarística de los católicos.

El himno se atribuye comúnmente a santo Tomás de Aquino. Una nota encontrada en el margen de un manuscrito tardío de su vida, hace de él la oración que el santo habría recitado en el momento de la muerte, en el momento de recibir el Viático. Sin embargo, parece poco probable que en tales circunstancias pudiera haber improvisado un texto teológica y poéticamente tan elaborado. En cualquier caso, si la paternidad literaria está destinada a permanecer incierta (como de hecho para otros himnos eucarísticos atribuidos al Aquinate), es cierto que el himno se coloca enteramente en el surco de su pensamiento y su espiritualidad.

El himno permaneció casi desconocido durante más de dos siglos, y tal vez habría seguido siéndolo si san Pío V no lo hubiera incluido entre las oraciones de preparación y acción de gracias para la Misa, impresas en el Misal que él reformó en 1570. Desde esa fecha, el himno se ha impuesto a la Iglesia universal como una de las oraciones eucarísticas más queridas por el clero y el pueblo cristiano. Sería una grave pérdida si el abandono del latín terminara por alejar el himno al olvido del que lo sacó san Pío V.

Adoro te devote, latens Déitas,
quae sub his figúris vere látitas:
tibi se cor meum totum súbicit,
quia te contémplans
totum déficit.

Devoto te adoro, oculta deidad,
que bajo estos signos te escondes en verdad:
a ti con todo mi corazón me someto en paz
por contemplarte el mundo entero
en silencio está.

Orar con las palabras del Adoro te devote significa para nosotros dejarnos llevar por la cálida ola de piedad eucarística de las generaciones que nos han precedido y de los numerosos santos que lo han cantado. Quizás signifique revivir emociones y recuerdos que nosotros mismos, al cantarlo, hemos sentido en ciertos momentos de gracia en nuestra vida. Nos limitamos a la primera estrofa que contiene in nuce todo lo demás.

Adorar: esta palabra con la que se abre el himno es por sí sola una profesión de fe en la identidad entre el cuerpo eucarístico y el cuerpo histórico de Cristo. Solo gracias a esta identidad, de hecho, y a la unión hipostática en Cristo entre la humanidad y la divinidad, podemos estar en adoración ante la Hostia consagrada, sin pecar de idolatría. San Agustín ya decía: «Nadie come esa carne sin haberla adorado antes… No pecamos al adorarlo, sino que, más bien, pecamos si no lo adoramos» (In Ps. 98, 9: PL 37,1264).

Fue el Nuevo Testamento el que elevó la palabra adoración (en griego, proskynesis) a una dignidad hasta ahora desconocida. Cada vez que en el Nuevo Testamento se trata de adorar a alguien que no es Dios mismo, la reacción inmediata es: «¡No lo hagas! Es Dios quien debe ser adorado» (cf. Ap 19,10; 22,9; Hch 10,25-26; 14,13s.). La Iglesia ha asumido esta enseñanza, haciendo de la adoración el acto por excelencia del culto de latría, distinto del de dulía, reservado para los santos, y del denominado de hiperdulía, reservado para la Virgen. La adoración es, por lo tanto, el único acto religioso que no se puede ofrecer a nadie más en todo el universo, ni siquiera a Nuestra Señora, sino solo a Dios. Aquí es donde reside su dignidad y fortaleza únicas.

Pero, ¿en qué consiste propiamente la adoración y cómo se manifiesta? La adoración se puede preparar mediante una larga reflexión, pero termina con una intuición y, como toda intuición, no dura mucho. Es la percepción de la grandeza, majestad, belleza y, al mismo tiempo, de la bondad de Dios y de su presencia lo que corta la respiración. Es una especie de naufragio en el océano, sin orillas y sin fondo, de la majestad de Dios. Cuando es genuina, la adoración no tiene nada de servil; no es una expresión de miedo, sino de amor y libertad filial. Una expresión de adoración, más eficaz que cualquier palabra, es el silencio. Adorar, según la estupenda expresión de san Gregorio Nacianceno, significa elevar a Dios un «himno del silencio» (Carmi 29: PG 37,507).

El concepto de adoración se ve reforzado, en nuestro himno, por el de la devoción: adoro te devote. La Edad Media dio a este término un nuevo significado respecto a la antigüedad pagana e incluso cristiana. Originalmente indicaba el apego a una persona, expresado en el servicio fiel y, en el uso cristiano, toda forma de servicio divino, especialmente el litúrgico de la recitación de los salmos y las oraciones.

En los grandes autores espirituales de la Edad Media la palabra se interioriza; pasa a significar no prácticas externas, sino las disposiciones profundas del corazón. El Doctor Angélico dedica dos artículos enteros de la Suma a la devoción, que considera el primer y más importante acto de la virtud de la religión (Santo Tomás, Sum Th. II, IIÆ, q. 82, a. 1-2). Para él consiste en la prontitud y disponibilidad de la voluntad a ofrecerse a Dios, y se expresa en un servicio sin reservas y lleno de fervor.

En nuestro himno, el adverbio devote conserva intacta toda la fuerza teológica y espiritual que santo Tomás de Aquino había contribuido a dar al término. La mejor explicación de lo que se entiende por devotio en nuestro himno está en las palabras que siguen, en la segunda parte de la estrofa: «Tibi se cor meum totum subiicit: A ti se abandona todo mi corazón». Disposición total y amorosa a hacer la voluntad de Dios.

La contemplación eucarística
Queda por recoger la llama más alta: «Quia te contemplans totum deficit: al contemplarte todo viene a menos». Hay una diferencia entre la adoración y la contemplación. La adoración eucarística puede ser personal o comunitaria; de hecho, expresa toda su fuerza como signo precisamente cuando es toda una asamblea la que está ante el Santísimo Sacramento, cantando, alabando o simplemente permaneciendo de rodillas. La contemplación, en cambio, es una actividad eminentemente personal; requiere silencio, exige que nos aislemos de todo y de todos para concentrarnos en el objeto contemplado y perdernos en él. En este nuevo clima, el Adoro te devote nos hace entrar en los dos últimos versículos de la primera estrofa.

Para comprender la importancia que se concede en el himno a la contemplación, es necesario tener en cuenta el ambiente y el contexto del que nace. Estamos, decía, en este lado del gran punto de inflexión en la teología eucarística ocasionado por la reacción a las teorías de Berengario de Tours. El problema en el que se concentra casi exclusivamente la reflexión cristiana es el de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que, a veces, raya en la afirmación de una presencia física y casi material. Desde Bélgica parte la gran ola de fervor eucarístico que pronto contagia a todo el cristianismo y, en 1264, lleva a la institución de la fiesta del Corpus Christi por parte del papa Urbano IV.

Se acrecienta el sentido de respeto a la Eucaristía y, paralelamente, aumenta el sentido de indignidad de los fieles para acercarse a ella, también debido a las condiciones casi impracticables establecidas para recibir la Comunión: ayuno, penitencia, confesión, abstención de las relaciones conyugales. La Comunión por parte del pueblo se ha convertido en un hecho tan raro que el IV Concilio de Letrán en 1215 debe establecer la obligación de comulgar al menos en Pascua.

Pero la Eucaristía sigue atrayendo irresistiblemente a las almas y así, poco a poco, la falta de contacto directo hecho por la Comunión se remedia desarrollando el contacto visual de la contemplación. La elevación de la Hostia y del cáliz en el momento de la consagración se convierte, especialmente para los laicos, en el momento más importante de la Misa, en el que se desahogan los propios sentimientos de devoción y se espera recibir gracias especiales. En ese momento se tocan las campanas para avisar a los ausentes y algunos corren de una Misa a otra para asistir a diferentes elevaciones (cf. J.-A. Jungmann, Missarum sollemnia, III [París 1944] 123-135 [trad. esp. El sacrificio de la Misa: tratado histórico-litúrgico, BAC, Madrid 21951]).

Muchos himnos eucarísticos, entre los cuales está el Ave verum, nacen para acompañar este momento; son himnos para la elevación. A ellos también pertenece nuestro Adoro te devote. De principio a fin su lenguaje es el de ver, contemplar: te contemplans, plagas non intueor, nunc aspicio, visu sim beatus. Ya no tenemos la misma concepción de la Eucaristía; la Comunión se ha convertido desde hace mucho tiempo en una parte integral de la participación en la Misa; los logros de la teología (bíblica, litúrgica, movimiento ecuménico) que convergieron en el Concilio Vaticano II y en la reforma litúrgica han vuelto a valorar, junto con la fe en la presencia real, otros aspectos de la Eucaristía: el banquete, el sacrificio, el memorial, la dimensión comunitaria y la dimensión eclesial.

Se podría pensar que en este nuevo clima ya no hay lugar para el Adoro te devote y las prácticas eucarísticas nacidas en ese período. En cambio, es precisamente ahora cuando son más útiles y necesarias para que no perdamos, debido a los logros de hoy, los de ayer. No podemos reducir la Eucaristía a la mera contemplación de la presencia real en la Hostia consagrada, pero también sería una grave pérdida renunciar a ella. El papa san Juan Pablo II la recomendaba con estas palabras: «La adoración de Cristo en este sacramento del amor debe encontrar su expresión en diferentes formas de devoción eucarística: oración personal ante el Santísimo Sacramento, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales […] Jesús nos espera en este sacramento del amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a su encuentro en la adoración y en la contemplación llena de fe» (Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo de 1980: El misterio y el culto de la Sagrada Eucaristía).

[Continuará]
Raniero Cantalamessa, o.f.m.cap.
Traducción: Pablo Cervera, Pbro.
Publicado en Cantalamessa, El Granito de Arena, Iglesia hoy.