Con mirada eucarística (noviembre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

Señor, auméntanos la fe

«En aquel tiempo los Apóstoles le dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”» (Lc 17,5). Solamente se puede aumentar lo que previamente se tiene, por lo que la petición se hace sobre la existencia de una fe, aunque sea poca. Pero con frecuencia sucede la ausencia de fe o la negación de la misma, y en tal caso habría que pedirle a Dios que nos la dé o que nos permita su recuperación.

Aquel domingo la iglesia estaba abarrotada, apenas en los bancos podía encontrarse un sitio para sentarse. Por eso la mujer, aparentemente de aspecto adusto, ocupa una de las sillas laterales, desde donde puede seguir la celebración de la Misa a través de una pantalla. El altar mayor del fondo está parcialmente al alcance de la vista.

Perdona nuestras ofensas
Parece seria e inexpresiva, pero por su cara aceitunada se asoman dos ojos grandes, profundos, como si fueran pozos que almacenan agua viva. Más que agua viva, almacenan un gozo especial que se confunde con el cabello largo y negro que le cae hasta la cintura. Una niña de pocos años, no más de seis, revolotea alrededor de ella dando aire a su corta falda plisada de color azul y de cuando en cuando le da un beso. Entonces la mujer sonríe.

No se levanta de su silla, tal vez está cansada. Cada poco tiempo se lleva sus dos manos a la rodilla de su pierna derecha para juntarla con la otra rodilla, como para ayudar a los músculos que se niegan a hacer la maniobra. Mientras tanto, su boca va pronunciando todas las palabras de la celebración eucarística, a la que sigue con un arrobo y luz especiales, incluso las canciones del coro dominical son seguidas entre susurros leves que salen de sus labios carnosos como esparciendo pétalos. Su figura pequeña, a ras de suelo, traza una línea oblicua que llega hasta la imagen de una virgen, situada un poco más arriba, en la hornacina del altar. Cuando reza el Padrenuestro, siempre sin levantarse de su sitio, levanta los brazos ligeramente hacia el cielo, con pudor, igual que hace la virgen, las palmas de las manos boca arriba. Y da las gracias, sobre todo cuando reza: «Perdona nuestras ofensas».

Dios te quiere
Da las gracias. Recuerda aquel día aciago en el que volvía a casa después de haber estado en la discoteca con sus amigas. La noche estaba tranquila, como siempre. Entró la llave en la cerradura de la puerta del portal. Solo recuerda el estallido de un golpe fuerte sobre su nuca que le hacía caer sobre las escaleras. Despertó en el hospital.

Despertó y comenzó a hacerse cargo de su nueva situación: hemiplejía por traumatismo craneoencefálico que le dificultaba el movimiento de la parte derecha del cuerpo. Tendría que ir a rehabilitación. Tomó conciencia de su nueva situación. Aún más todavía, descubrió que dentro de su cuerpo tenía el incipiente desarrollo de un nuevo ser, producto de una violación. Seguía sin recordar absolutamente nada.

Lloró mucho durante muchos días. El mundo, su mundo de hace nada, se le vino abajo. Además no tenía recursos económicos para hacer frente al futuro. Con el mundo también se le vino abajo la esperanza. Todos en su entorno, incluida su propia familia, le aconsejaron que, dadas sus circunstancias, únicamente tenía expedito el camino del aborto. Llamó al mundo oficial, el de la asistencia pública, y no le dieron otra opción que la de ese mismo camino, el camino de la muerte. Ella también estaba convencida.

Así que una mañana, apoyada en sus muletas, se dirigió en soledad hacia la clínica abortiva. Era algo que quería hacer ella sola, como si en el fondo se avergonzara del acontecimiento inevitable que iba a suceder y que quería que nadie conociera. Su vida se había cerrado. No confiaba en nada ni en nadie. A pocos metros de la puerta de esa clínica, una joven más o menos de su misma edad le salió al paso y le dijo: «No estás sola, Dios te quiere».

Como nosotros perdonamos
Nació una niña, su hija. Ahora en la homilía escucha al sacerdote las palabras duras sobre un mundo que camina desnortado. Su mundo de antes, sin creencias, sin confianza en nada ni en nadie, sin responsabilidades, sin valores. Ese mundo donde solo existe el valor del mercado, lo que se compra y lo que se vende, mercantilista, egoísta, sin más perspectiva que el gozo del presente. Sigue oyendo al cura que no solo se ha perdido la fe religiosa, la de quien se fía de Dios, sino también la fe en el otro, en el de al lado, el amigo, el conocido, incluso el familiar. Se admite como costumbre necesaria la falsedad y la mentira como si formaran parte de la verdad. La verdad de un mundo inventado y virtual. Cada cual a lo suyo y sálvese el que pueda.

Pero no. Por fortuna existe otro mundo, el que le descubrió aquella joven de cara alegre y sonrisa grande. También existe la entrega desinteresada, el valor sin precio alguno, la belleza del universo, la solidaridad sin recompensa, la esperanza en el futuro, el amor sin límites, el amor de Dios. Por fortuna también hay samaritanos.

Los asistentes a la Misa comienzan a hacer cola para acercarse hasta el altar a fin de recibir la Comunión. La niña, la de la falda azul plisada, adelanta a todos y, tirando de las vestimentas del sacerdote, le señala la posición de su madre, en el lateral derecho. El sacerdote asiente, sonríe y, alargando su mano, traza con su pulgar en la frente de la niña la señal de la cruz.

La mujer, sentada en su silla, de cara luminosa, mientras saborea en su boca el alimento del Cuerpo de Cristo, piensa que un día, cuando su niña crezca, le pedirá perdón por haber querido asesinarla. Más aún, piensa y le confiesa a Dios: «como nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
[Nota de los autores: La presente historia está basada en hechos reales]
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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