Editorial (noviembre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

No termina, ¡se transforma!

Nada más comenzar noviembre la liturgia nos invita a contemplar con serenidad la vida eterna y el paso indispensable para llegar a ella: la muerte. Iniciamos el mes recordando a todos los santos, es decir, a todas aquellas personas que viven con Dios para siempre; y el día 2 conmemoramos a los fieles difuntos, a todos los que han experimentado la muerte terrena. Como siempre, es la liturgia la mano firme y tierna de la Madre Iglesia que nos acaricia y conforta. También cuando nos invita a contemplar el misterio de la muerte.

Contrariamente al primer pensamiento que puede venirnos, no es la muerte el final de la vida, sino su transformación. Así nos lo explica la liturgia en el Prefacio I de difuntos (el más utilizado en los funerales, Misas de difuntos y conmemoración del 2 de noviembre):

«Porque la vida no termina, se transforma;
y, al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo».

¡Qué gran misión tenemos los cristianos en esta sociedad que huye escandalosamente de la muerte y mira hacia otro lado cuando teme que se esté acercando a quienes ama! Creemos en el Dios que es vida y da la vida, una vida que no termina, sino que se transforma. Y lo escuchamos, repetimos y rezamos en los momentos de mayor cercanía de la muerte: cuando nos unimos como Iglesia para orar por nuestros difuntos, para presentarle sus vidas y nuestras tristezas ante la pérdida de quienes amamos.

Sabernos siempre abrazados por el amor infinito de Dios no nos quita la pena, el dolor o las lágrimas. ¡Todo lo contrario! El amor divino del que somos depositarios y que compartimos con quienes nos rodean, nos hace más vulnerables a la separación, quizás, hasta nos hace sentir el dolor con mayor intensidad. Sin embargo, no es un sufrimiento estéril, porque tiene sentido. La cruz de Cristo no sirvió para quitar el dolor sino para redimirlo, para cargarlo de significación, para hacer que lleguemos a sentirnos orgullosos de sentir ese dolor. Sufrimos el dolor de la pérdida porque amamos con un corazón de carne, que está, a su vez, animado por un aliento divino. Es ese dolor el que nos hace plenamente humanos y verdaderamente compasivos.

Y Dios también nos trae su consuelo. En el mismo Prefacio mencionado se afirma que es posible que convivan en nuestro interior la tristeza humana y el consuelo divino:

«Aunque la certeza de morir nos entristece,
nos consuela la promesa
de la futura inmortalidad».

Creemos en Dios y creemos en sus palabras, en cada una de sus promesas. Sabemos que solo Él tiene palabras de vida eterna. Ciertamente, «a quién vamos a acudir» (Jn 6,68). ¡Cuántas falsas ilusiones vende el mundo, la televisión, internet…!

Si todos los cristianos somos misioneros enviados por el Dios de la vida, más aún los miembros de la Familia Eucarística Reparadora, que día a día celebramos, comulgamos y adoramos el Pan de la Vida eterna. Como lo dijo san Manuel, al experimentar el dolor de la muerte de Anita, su joven sobrina de 20 años: Mucho me consuela «saborear que de nuestros queridos muertos cristianos no nos separa un abismo invadeable, sino esto solo: El canto de una Hostia consagrada. Al lado allá ellos gozando o esperando gozar pronto de la vista y posesión del mismo Jesús en quien, al lado de acá, nosotros creemos y esperamos» (OO.CC. II, n. 2916). Ellos viven vida eterna.

Publicado en centenario MEN, Editorial, El Granito de Arena.

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