«Su afmo. P. in C. J.» (noviembre2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

Días de cielo. Cura de aires de un pastor errante en el Tibidabo

Cartas de san Manuel González desde Barcelona

Al profundizar en el conocimiento de la biografía de san Manuel González, leyendo los textos que escribió dirigidos a las personas de su familia y a otras de su confianza, llega un momento en el que inevitablemente topamos con un asunto recurrente: la forma en la que vivió las circunstancias políticas de la España de su época y que no fueron fáciles para los obispos. Sin duda fueron muy difíciles los días de su primer destierro en Gibraltar, pero quizás fueron aún más duros los dos momentos en los que, deseando volver a su diócesis, vio como se desvanecían sus esperanzas de hacerlo. Sin embargo su amor a la Iglesia siempre estuvo por encima.
Barcelona se ha tenido siempre por la más europea de las ciudades españolas. Además de tener multitud de actividades culturales e industriales, su ubicación la convirtió, cuando los viajes en automóvil eran escasos y no existía aviación comercial, en un punto obligado de paso cuando se pretendía viajar en tren hacia Francia y a través del barco hacia Italia. Por otra parte, muchas congregaciones religiosas que se vieron obligadas a cerrar sus casas en Francia tras la entrada en vigor de la llamada «Ley de separación» de 1905, se habían instalado en Barcelona y en otras zonas de Cataluña.

Numerosos viajes
San Manuel González viajó en varias ocasiones hasta allí, quizás la primera fue en 1904, cuando intervino en el Congreso Hispanoamericano de Congregaciones Marianas, que se celebró en el Palacio de Bellas Artes y que sería preparación al congreso internacional que a continuación iba a celebrarse en Roma para conmemorar los 50 años del dogma de la Inmaculada. Pero en esta ocasión voy a centrarme en las estancias de san Manuel en aquella ciudad en los años 1932 y 1934, cuando, siendo obispo de Málaga, se veía obligado a residir fuera de su sede. En ambos casos lo que le llevó hasta Barcelona fueron escalas en sendos viajes a Roma.

En 1932 correspondía realizar a los obispos españoles la visita ad limina a la Santa Sede. Dadas las circunstancias en las que desde mayo de 1931 vivía san Manuel, todo hacía pensar que él no podría hacerla en esa ocasión y había justificados motivos para que así fuese. Sin embargo, la Providencia quiso que finalmente pudiera realizarla. En los primeros días de septiembre anunciaba a su hermana y a sus sobrinas Mª de la Concepción y Anita, que el día 4 de octubre saldría hacia Roma en compañía de los obispos de Pamplona, Segovia y Zamora. Antes de partir san Manuel mantendría en San Sebastián una entrevista con el Nuncio: «Principalmente fui a hablarle de mi vuelta», escribirá a su familia el 25 de septiembre. Tedeschini le habló entonces de que convenía hacer en Ronda «una indagación del ánimo del Alcalde si mantenía su afirmación de que el Obispo podrá vivir allí como un ciudadano y del estado del pueblo y que con esas noticias nos veríamos en Madrid a mi regreso y se decidiría si debía ir o no» (OO.CC. IV, n. 6040).

En un primer momento pensó en encargar a su secretario, D. Fernando, el realizar esas indagaciones precisamente durante los días de su viaje a Roma. ¡Ansiaba tanto poder tener una sede estable como obispo para poder atender a su diócesis! Pensó que, acelerando esta gestión, ganaría tiempo en conseguir el reconocimiento de la Santa Sede para su situación. Pero no pudo ser así. Lo delicado de la gestión aconsejaba actuar de otra forma y, aunque no estaba previsto, a última hora D. Fernando acompañaría a san Manuel en su viaje a Roma, que arrancaba en Irún, aunque el retorno estaba previsto realizarlo a través de Barcelona. Ya tuve oportunidad de comentar desde estas páginas, en el ejemplar de octubre de 2020 (pp. 12-14) el desarrollo de aquella visita a Roma, y cómo fueron muchos los momentos felices que, aun en medio de la tribulación por su situación de desterrado de su diócesis, pudo vivir allí.

Octubre de 1932
Su regreso vía Barcelona estaba programado en un primer momento para el 12 de octubre, pero más tarde escribirá: «no sé cuándo me iré; yo creo que el 17 o 18 podía salir para Turín en donde estaré dos días, luego tres en Barcelona y después Madrid y… Rondilla, D. m.». Pero llegado el 19 de octubre volverá a escribir a su hermana y a su sobrina: «junto esto con algunas cosillas más que hacer aquí y lo obscuro de ahí me van alargando la estancia a pesar de mis enormes deseos de veros ya… Pero en fin, ya quiero cortar y el lunes 24 irme a Turín a donde llego por la tarde el jueves 27 salir para Barcelona» (OO.CC. IV, n. 6053).

El lunes 31 de octubre dejaría Italia y partiría definitivamente hacia esta ciudad. Una vez allí se alojaría en las Escuelas Salesianas en el barrio de Sarriá. Ese día conocía ya que no podría volver ni siquiera a Ronda: «Por ahora sigo a Barcelona en donde me estaré si no se me ocurre otra cosa, casi una semana, después a Zaragoza, después… ¡ya es mucho adelantarse para el estilo en que hay que vivir! Desde luego, como nuestro Tío me dijo que mientras el alcalde no garantizara mi seguridad no preciso volver por Ronda por ahora y así obedezco» (OO.CC. IV, n. 6058; en una época en que era común que se violara la privacidad de la correspondencia, san Manuel se refería al nuncio, Mons. Tedeschini, con la expresión «el Tío»).

Así sería, el 22 de noviembre de 1932 se instalaría en Madrid, en el piso de la calle Blanca de Navarra, cedido por la familia Calonge, en el que vivirá hasta su traslado a Palencia. Pero ante la adversidad de no poder regresar a Málaga en aquellos días de octubre de 1932, escribirá a su familia: «respecto a las Nazarenas supongo que ya habréis tomado una determinación; quizá sería más breve y barato organizar viajes de ellas por distintos Centros de España (He visto ahora que esto es convenientísimo y ya las esperan en Zaragoza y Barcelona para suplir la falta de directores enterados) y que tengan su paso obligado por Madrid al lado nuestro. ¡Veo ahora tanto horizonte para Nazaret con nuestra estancia aquí!» (OO.CC. IV, n. 6060).

Pues bien, estas visitas de las representantes de lo que entonces era el Secretariado de las Marías de los Sagrarios, a los centros no podrían llevarse a cabo hasta años después, seguramente a causa de la inestabilidad política de aquellos momentos. A la vista del resultado de las elecciones celebradas en España a finales de 1933 parecía que la situación de la Iglesia iba a cambiar. La victoria de los partidos de la Confederación Española de Derechas Autónomas, la CEDA, trajo la esperanza de comenzar una fase de entendimiento entre las autoridades de la II República y la Iglesia, a pesar de que en la provincia de Málaga continuaban los atentados a la Iglesia. Seguramente animado por esta perspectiva, en febrero de 1934 se cursaron una serie de cartas a los moderadores de la Obra de las Marías en Aragón y Cataluña, en las que se anunciaba la visita de las Nazarenas a estos centros (cf. OO.CC. IV, nn. 6244 y 6247).

Viaje del año 1934
Por otra parte, atendiendo a la invitación de los Salesianos, san Manuel se dispuso a asistir en Roma a los actos de canonización de Don Bosco, que tendrían lugar en la Pascua de aquel año. Seguramente en este nuevo viaje a Roma tendría la oportunidad de tratar otra vez con la Santa Sede el tema de su regreso a Málaga, en unos momentos en los que la situación política española parecía tornar.

Casualmente, en las fechas en las que estaría en Barcelona camino de Roma coincidiría con las dos Marías Nazarenas que por fin habían emprendido ese plan de visitas a los centros («Visitando Centros de Marías» en El Granito de Arena, 5/5/1934, n. 636, p. 272), con el fin de alentar y dinamizar la misión de las Marías. Esta tarea se vio reforzada por la presencia del fundador de la Obra en Barcelona, de modo que aquellos días de primavera en Cataluña se convirtieron en un «aluvión» de muestras de cariño y de gracias para la Obra de las Marías de los Sagrarios.

Ya antes de partir para Roma sabemos que san Manuel se pudo reunir con las Nazarenas. El 25 de marzo escribía a su hermana y a su sobrina: «Las hermanas muy buenas ya de salud y muy metidas en su misión nazarena y con la mar de ganas de hablarme y contarme muchas cosas. Entre turbión y turbión me van hablando» (OO.CC. IV, n. 6264).

En aquellos días recibió a muchas personas en Sarriá, aunque el verdadero «aluvión» se produjo a su regreso, cuando de nuevo hizo una escala en Barcelona. Con todos los recuerdos frescos de la hermosísima ceremonia de canonización de Don Bosco en Roma, donde pudo además coincidir con muchos amigos malagueños, san Manuel se había comprometido a predicar en Barcelona en una Misa dedicada al nuevo santo, y suspendió una estancia prevista en San Sebastián para quedarse haciendo Ejercicios espirituales. Para ello se trasladó desde la sede de las Escuelas en Sarriá a la casa que los Salesianos tenían en el Tibidabo, adosada al templo expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús, entonces aún en construcción: «¡Qué bien se está aquí! ¡En la parte más alta de Barcelona divisando toda la ciudad, la montaña poblada de pinos y el mar!» (OO.CC. IV, n. 6270).

Desde la cripta del Tibidabo
Allí, desde una tribuna de la cripta, única zona del templo entonces construida, escribirá para El Granito de Arena los pensamientos de «un pastor que yo conozco que lleva casi tres años errante, separado violentamente de su rebaño»: «y no es la contemplación del arte magnífico, rico, espléndido, verdaderamente sagrado y genial de la Cripta lo que le encanta, con encantarle tanto, ni el religioso silencio, ni la augusta seriedad, ni las sorprendentes vistas de aquellas alturas, sino lo que en pleno silencio y aun en completa obscuridad se ve y se oye delante de aquel Sagrario y debajo de aquellas bóvedas. Sí, cada piedra, cada partícula de cal y arena del templo construido y del que se está construyendo dice su palabra, palabra callada, es verdad, pero que suena a lamento de penitente la una, a grito de acción de gracias la otra, a gemido de angustias que piden socorro y consuelo para muchas clases de penas ésta, a aclamaciones de triunfo aquella, y todas a Fe viva, a Esperanza que no desmaya y a Caridad que no se agota» (5/5/1934, n. 636, p. 266).

El 17 de abril de 1934 refería en una carta: «acabo de salir de mis Ejercicios. Bendito sea el Amo que me los ha dado tan sosegados y creo que provechosos» (OO.CC. IV, n. 6271).

Pasados dos días, el 20 de abril, escribiría otras dos, una de ellas a su hermana y a su sobrina, contando que «por aquí la gente desfila sin parar», y otra mucho más larga que tenía como destinatario a D. Francisco Martínez Navas, el sacerdote que desempeñaba el cargo de vicario general en la diócesis de Málaga.

Se trataba esta de la respuesta a una suya en la que le preguntaba a quién debía dirigir las súplicas de tantos fieles de Málaga que ahora –hay que recordar de nuevo que en estas fechas parecía que las relaciones entre la Iglesia y el Estado no eran tan tensas como años atrás– reclamaban su vuelta. En efecto, en el Archivo Apostólico Vaticano se conservan varias cuartillas de esas fechas con firmas de malagueños, clérigos, religiosos y laicos, que solicitaban se realizaran las gestiones para tener de nuevo al obispo en su diócesis.

Sin embargo, san Manuel había decidido dejar en manos de la Iglesia su destino, y por eso escribirá en respuesta al vicario: «en Madrid cesaron los anónimos, acaso porque han creído que mi ausencia de Málaga era definitiva, y solo ha habido algún que otro amago de amenaza. A pesar de la estrechez con que vivo, puedo trabajar por la Diócesis con más libertad de acción y tranquilidad que en Ronda. Me consta ciertamente que la Santa Sede está muy bien dispuesta en mi favor y espera que yo diga lo que me gustaría; pero en esto no quiero tener más gusto que el de la Santa Madre Iglesia libre y espontáneamente manifestado, sin indicación alguna por mi parte, para tener siempre la tranquilidad de conciencia de que obedezco y cumplo la voluntad de Dios» (OO.CC. IV, n. 6272). El tono grave de esta carta contrasta con el desparpajo y alegría de la que ese mismo día dirigía a su familia. Una constante en la biografía de san Manuel fue el alejar la tristeza en su vida diaria y en la de los que le rodeaban, tenía por seguro que la tristeza es cosa del tiznao, y por tanto siempre trató de evitar la que le producían las amenazas de las que fue objeto y, por supuesto, también trató siempre de minimizar la preocupación de su familia y de sus amigos por su situación.

La última carta que desde Barcelona escribe a su familia es del 23 de abril, y en ella vuelve a bromear sobre la cantidad de personas que quieren verle («no me dejan ni rezar»), sobre el donativo que le ha hecho el Sr. obispo de Barcelona, D. Manuel Irurita, que sería asesinado durante la Guerra Civil («tan cariñoso como siempre me ha largado 5000 memorias») e incluso con la extracción de la muela de juicio de su sobrina («siento y celebro a la par encontrarme a mi querida Conchita sin ningún juicio», OO.CC. IV, n. 6274). No volvió san Manuel a contemplar las hermosísimas vistas que se alcanzan desde el Tibidabo (que él escribirá Tibi–Dabo para poner de manifiesto que el origen del nombre de este monte que corona Barcelona está en una frase de Mt 4,9). Tampoco pudo ver completada la obra del majestuoso templo expiatorio del Sagrado Corazón, que se prolongarían hasta el año 1961, pero sin duda en aquellos días alcanzó a percibir el don de aquel lugar que un grupo de ciudadanos de Barcelona puso a disposición del fundador de los Salesianos cuando en 1886 visitó aquella ciudad, pues «mirando a la Imagen de Don Bosco, ya en su altar como Santo, no puedo menos de decirle: ¡Bendita la hora en que, al regalarte tus buenos amigos de Barcelona la cima de este monte, te descifraron el misterio de inmensa misericordia que en ella quería realizar por medio de tus hijos en favor de España entera el Corazón de Jesús!» (El Granito de Arena, 5/5/1934, n. 636, p. 267).

Aurora M.ª López Medina

San Manuel en el Tibidabo (del Libro de Crónicas de los Salesianos, abril de 1934)

  • Día 10: Sube a pasar unos días entre nosotros el Sr. Obispo de Málaga Excmo. D. Manuel González.
  • Día 15: Domingo. Celebra la Misa de Comunión el Excmo. Sr. Obispo de Málaga que ha estado aquí haciendo ejercicios espirituales. Después de la Misa, él mismo ha predicado la homilía con gran sencillez, claridad y unción. Decía en su plática: «Comulgad como comulgaba san Juan Bosco […] Conservad el alma siempre limpia para que vuestra vida sea una continua alabanza al Señor y a la Virgen Santísima […] El secreto de la santidad de D. Bosco está en que supo encontrar desde niño en la comunión, el manantial de donde sacar las gracias necesarias para superar las dificultades, las contradicciones, las persecuciones…». Después de la comida, en el mismo comedor, se le cantaron algunos cantos y se le leyeron algunas composiciones de ocasión. Nuestro Sr. Inspector D. J. Calasanz, que acababa de regresar de Italia, acompañó al Sr. Obispo hasta Sarriá, donde piensa permanecer algún tiempo
  • Día 26: Fiesta de nuestro fundador san Juan Bosco. Bajamos a las 8.30 a Sarriá. Misa pontifical oficiada por el Sr. Obispo de Barcelona Dr. Irurita. Predicó el panegírico el Sr. Obispo de Málaga Dr. González. Durante el Te Deum presidió el Sr. Cardenal de Tarragona el Sr. Vidal i Barraquer. Fue una gran fiesta.
Con gratitud a Francesc Grabulosa, s.d.b., por su amabilidad
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

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