Orar con el obispo del Sagrario abandonado (noviembre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2022.

«Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37)

Afirma san Manuel González: «Un hecho, que se repite frecuentemente en el santo Evangelio, da ocasión a Jesús para poner de manifiesto la grandeza de su Corazón. Es frecuente ver en aquellas páginas a Jesús rodeado de arteros enemigos con intención más o menos disimulada de “tentarlo” o “cogerlo en su palabra”. Unas veces son los emisarios de los fariseos, saduceos o herodianos. Son otras veces, los mismos fariseos y maestros de la ley que, bajo la apariencia de discípulos o de admiradores suyos, oían y preguntaban sobre los mismos temas expuestos por Jesús y siempre con la misma torpe intención: tenderle lazos» (OO.CC. I, n. 354).
En la parábola del buen samaritano el doctor de la ley conocía muy bien los mandamientos. Pero quiere forzar a Jesús a definirse sobre una cuestión polémica entre los judíos de aquel tiempo: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29).

Jesús, como buen pedagogo, para concretar la respuesta a esa pregunta, responde contando una parábola. Parábola que hemos llamado del buen samaritano. Para el cristiano el prójimo no se reduce al huérfano o la viuda de mi nación o raza. No. La enseñanza de Jesús amplía ese horizonte: «Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permanece concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora» (Deus caritas est [DCE], 15).

En este tiempo de adoración eucarística, meditaremos esta parábola para dejarnos interpelar: ¿cómo amamos?, ¿descubro el rostro de Cristo en el que está caído al borde del camino, en el niño maltratado, en el pobre hambriento, en el enfermo que está solo?, ¿dónde encontrar las fuerzas para no cansarse nunca de amar en pura gratuidad?, ¿vivo lo que dice Jesús: «gratis lo recibisteis, dadlo gratis»?

Oración inicial
Oh, Dios, Padre de la misericordia, que nos llamas a tener un corazón universal, abierto a todos los hombres, no permitas que pasemos de largo ante el que sufre, está abandonado o es víctima de cualquier injusticia o explotación; concédenos, como al buen samaritano entrañas compasivas, que nos hagan capaces de ser generosos, desprendidos y atentos a cuantas personas nos necesiten. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Lc 10,25-37.

Meditación
La parábola quiere responder a la pregunta: «¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». El maestro de la ley quiere tender una encerrona a Jesús. Este se sirve de una parábola para mostrarle quién es el prójimo.

El hombre que cae en manos de bandidos es un personaje anónimo, víctima indefensa de salteadores. Yace medio muerto al borde del camino. Representa a tantos hombres y mujeres que han sido y son víctimas de tantos odios, injusticias, exclusiones, pobrezas…

El sacerdote y el levita representan a los funcionarios del culto. Pasan de largo ante el que está caído. Este es el punto neurálgico de la parábola: ¿estaría muy herido o ya estaba muerto? Tocar un cadáver suponía quedar impuro durante una semana. Pero también era obligatorio atender a un moribundo. Ellos prefieren lo más fácil: dar por hecho que está muerto y pasar de largo. ¡Desentenderse!

El samaritano era un impuro, un semipagano. Adoraba a Dios en el monte Garizim, no en el templo de Jerusalén. Este hombre tiene entrañas de misericordia. Es solícito, compasivo, cercano, humilde, desprendido. Se baja de su propia cabalgadura, se preocupa del herido, se implica en su dolor, le cura sus heridas: ¡lleno de compasión entrañable!

Levanta al moribundo, le dignifica, le salva de una muerte cierta, le carga en su propia cabalgadura, le lleva a una posada (icono de la Iglesia, casa de acogida y sanación), lo cuida durante la noche y deja unas monedas para que el posadero lo siga haciendo. Más aún, le garantiza que volverá para pagarle lo que pudiera gastar de más.

El buen samaritano es Jesús. Le tienen por extranjero; lo desprecian; le tienden trampas para tener de qué acusarlo. Jesús no retuvo ávidamente su categoría divina. Se despojó de su rango. Baja a la tierra curando las heridas (físicas y espirituales) de tantos seres humanos. Se hizo en todo igual a nosotros menos en el pecado: «Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas, fuisteis curados» (1Pe 2,24).

La conclusión de la parábola («anda y haz tú lo mismo») es clara, directa y está dicha para nosotros hoy, cristianos del siglo XXI. Somos enviados por el Señor, cada día, en lo pequeño y cotidiano de nuestra vida, a ser signo de la caridad de Cristo, ser instrumento de la sanación, misericordia y lucha por la justicia que nos trajo el Salvador.

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
En san Manuel, en su vida y en sus escritos, hay un grandioso amor a la verdad, una propuesta limpia y seria del seguimiento de Jesucristo, una sensibilidad exquisita hacia los que sufren o son menos atendidos, una capacidad de poner al día cada episodio del Evangelio, que nos sigue interpelando hoy en cómo es nuestro seguimiento de su Persona y nuestro servicio constante a los que están caídos al borde del camino: «Saltando sobre intenciones arteras y sobre prejuicios de raza, para la respuesta buena del enemigo, Jesús tiene un elogio, así como para la acción buena del enemigo, no sólo un elogio, sino dos consejos de vida: “Haz esto y vivirás”. “Ve y haz tú lo mismo”. ¡Y cuantas veces se ve a Jesús en su Evangelio premiando y elogiando con una mirada benévola o con una palabra de aprobación las cosas buena de sus enemigos! (OO.CC. I, n. 356).

El carisma eucarístico reparador lo lleva tan dentro san Manuel, como consecuencia de dejarse llevar por el amor de Dios, que todas las escenas evangélicas que comenta en sus obras las conduce hacia una aplicación concreta sobre cómo se le presta atención a Jesús abandonado.

«Y cuando miro a Jesús abandonado en tantos Sagrarios y busco explicaciones a aquel amor tan paciente, tan incansablemente paciente, y tan injustamente desairado, alguna vez paréceme encontrarlo en la magnanimidad de su Corazón que está pagando con los beneficios de su presencia las cosas buenas que alguna vez han hecho o hacen los vecinos malos de sus Sagrarios. Almas tacañas en dar a los enemigos y en discutir hasta el céntimo lo que les debéis, ¿se parece vuestro proceder al del Corazón de Jesús elogiando y pagando lo bueno de sus enemigos, por muy enemigos que sean? No olvidemos: que el ser malos nuestros enemigos no nos autoriza a serlo nosotros» (OO.CC. I, n. 356).

Oración final
Bendito y alabado seas Padre, por habernos enviado a tu Hijo amado como el buen samaritano que se anonadó, se humilló, para enriquecernos con su pobreza, con su Pan de vida; concédenos no pasar de largo ante el sufrimiento de tantos inocentes, de tantos niños explotados o abandonados en las calles, de ancianos olvidados de todos, aplastados en la más completa soledad. Haznos buenos samaritanos, con la luz y la fuerza del Paráclito, para que no nos cansemos de obrar el bien, de salir de nosotros mismos y de sentir compasión limpia y misericordiosa ante los últimos de nuestra sociedad. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.