Enseñanzas de san Manuel (octubre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2022.

«Nuestra Madre la Virgen de los Dolores» (I)

En la sección «Enseñanzas de san Manuel» comenzamos una nueva serie de artículos que buscan profundizar en el primer misterio doloroso del Rosario, el que nos invita a meditar en «el amor abandonado en la oración del Huerto», según lo presenta san Manuel en el Manual de las Marías (19151, p. 65). En la primera parte de este texto se ahonda en la historia de la fiesta de la Dolorosa y el significado que tuvo para san Manuel. El próximo mes profundizaremos en el hallazgo de la cruz del Calvario y del Sagrario.
Ante el inmenso dolor de perder varios hijos, el gran compositor checo Antonín Dvorák reaccionó componiendo para coro y orquesta sinfónica uno de los Stabat Mater más bellos que existen. Devoto católico, sintió que si alguien podía comprenderlo era la Madre Dolorosa. A lo largo de los siglos, el pueblo cristiano se ha conmovido profundamente ante el sufrimiento de la Virgen María, que contempla a su amado Hijo divino morir crucificado, y ha estado seguro de que, así como la Virgen acompañó a su Hijo, así también ahora está siempre al pie de nuestras cruces, dispensándonos un consuelo inferior solo al que nos da su misericordiosísimo Hijo.

1. La Fiesta de La Dolorosa
1.1. Desarrollo histórico
En la liturgia y en la piedad popular, la devoción a la Virgen María bajo las advocaciones de «La Dolorosa», «La Soledad», «Nuestra Señora de la Piedad», etc., tiene una larga historia. Sus raíces se encuentran en el período de los Padres de la Iglesia, pero es en el Medioevo cuando se desarrolla plenamente, gracias en particular a la Orden de los Siervos de Santa María.

El primer documento seguro que habla sobre una fiesta litúrgica que celebre el dolor de María en el Calvario es un decreto del Concilio provincial de Colonia (1423), que introduce una fiesta llamada: «Conmemoración de las angustias y dolores de la Beata Virgen María» el tercer domingo de Pascua. Parece aludir a textos litúrgicos ya existentes, pertenecientes al Misal de los Siervos de María, que se habían establecido en Colonia en el siglo XIII.

En 1482 el papa Sixto IV compuso e incluyó en el Misal Romano una Misa llamada «Nuestra Señora de la Piedad» para conmemorar la importancia de la presencia de María junto a la cruz. Esta fiesta se difundió inmediatamente en Occidente bajo varios nombres y era celebrada en diferentes fechas. Llegó a centrarse en la meditación específica de los siete dolores de María y a celebrarse en tiempo cuaresmal en lugar de pascual.

En 1714 la Sagrada Congregación de Ritos concedió a la Orden de los Siervos de María celebrar la «Conmemoración solemne de los Siete Dolores de la Beata Virgen María» el Viernes de Pasión (el viernes de la V Semana de Cuaresma), llamado también Viernes de Dolores. En 1727 el papa Benedicto XIII extendió la fiesta a toda la Iglesia latina.

Mientras tanto, los Siervos de María habían iniciado en el siglo XVI otra fiesta dedicada a los dolores de María, que fue aprobada por la Santa Sede en 1668 para celebrarse el tercer domingo de septiembre. En 1689 fue declarada la fiesta patronal de dicha orden. A petición de Felipe V, en 1735 el papa Clemente XI extendió la fiesta de los Siete Dolores a toda España, y en 1814 el papa Pío VII la extendió a toda la Iglesia. En 1913, con la reforma litúrgica de san Pío X, esta fiesta se fijó el 15 de septiembre, fecha en que se celebraba ya en el rito ambrosiano, y la fiesta del Viernes de Pasión fue reducida en 1960 a simple conmemoración. En el nuevo calendario litúrgico, promulgado por san Pablo VI en 1969, se le dio el grado de «memoria» a la fiesta del 15 de septiembre bajo el título de «Nuestra Señora la Virgen de los Dolores» y se suprimió la conmemoración del Viernes de Dolores. Las Misioneras Eucarísticas de Nazaret celebran como fiesta este día.

Sin embargo, dada la arraigada devoción existente en muchos lugares, la Congregación para el Culto Divino, en 1995, permitió la celebración de una Misa votiva (utilizando los textos propios del 15 de septiembre).

Los Siervos de María también han promovido dos ejercicios de piedad en honor de la Dolorosa: la Corona de los Siete Dolores y el Viamatris (un viacrucis mariano de siete dolores). Gracias a España, la devoción a la Virgen Dolorosa ha sido muy sentida en América Latina desde tiempos coloniales.

1.2. Celebración litúrgica de la Santa Cruz
Una de las doce fiestas principales de la liturgia bizantina es la fiesta de «La Exaltación universal de la Cruz preciosa y vivificante», cuya celebración engloba el 13 y 14 de septiembre y se prolonga por ocho días. Tres eventos son los motivos externos de la celebración; san Manuel se refiere a los dos primeros:

  1. La Invención de la Verdadera Cruz por Santa Elena y el obispo Macario de Jerusalén (c. 326).
  2. La dedicación de la iglesia del Santo Sepulcro o iglesia de la Resurrección (13/9/335). Dentro de esta construcción se localizan dos lugares sagrados: el Calvario donde fue crucificado nuestro Señor y la tumba donde fue puesto y de donde resucitó glorioso.
  3. La restauración de la Verdadera Cruz de Jerusalén (c. 628), que había sido robada por el rey persa Cosroes II durante la conquista de Jerusalén (614).

El motivo de fondo de la celebración, tal como se expone en los textos litúrgicos y las homilías, incluyendo la de san Andrés de Creta (+740), que aparece en nuestro Oficio de Lecturas, es la victoria de Jesucristo en la cruz sobre la muerte y la exaltación de ese madero bendito, verdadero árbol de la vida, altar del sacrificio redentor y trono de gloria de Cristo. Se la adora, en palabras de san Manuel, «por ser madera y Cruz que había sido empapada con la Sangre de Jesucristo; había sido tocada por Jesús, había sentido las últimas palpitaciones del Corazón de Jesús» (Pláticas a las Marías Nazarenas, pp. 132-133; para facilitar la lectura se citará solo la página).

De Oriente la fiesta pasó a Occidente y en Roma ya se celebraba en el siglo VII el 14 de septiembre. En la liturgia galicana, desde el siglo VII se celebraba el 3 de mayo como «Misa de la Cruz». Con la unificación litúrgica en torno a la liturgia romana, se bifurcó en dos fiestas: la del 3 de mayo para conmemorar la «Invención de la Santa Cruz», y la del 14 de septiembre para celebrar la «Exaltación de la Santa Cruz». En el calendario de san Juan XXIII (1960) se eliminó la fiesta del 3 de mayo, pero la Congregación para el Culto Divino permite su celebración en México, Colombia y Chile.

1.3. Relación entre la celebración de la Dolorosa y la Cruz
Fundamento teológico de la conmemoración litúrgica del dolor de la Virgen al pie de la cruz es el papel que Ella tiene en el misterio central del cristianismo: la encarnación, pasión, muerte y resurrección de Cristo, su Hijo, a cuya realización Ella «cooperó en forma enteramente impar» (LG 61). Por eso las dos fiestas litúrgicas relacionadas con la Dolorosa surgen de las fiestas litúrgicas que celebran el Misterio Pascual de Cristo.

La celebración de La Dolorosa el Viernes de Pasión sirve de preludio y prepara para vivir con fruto, el Viernes santo, el Misterio de la Pasión de Cristo y la compasión de María. La memoria del 15 de septiembre prolonga la celebración de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el 14, invitándonos a unirnos al sufrimiento de la Madre dolorosa que estaba junto a la cruz de su Hijo, como canta la secuencia del Stabat Mater que se entona ese día, y valorar el dolor redentor de Cristo y corredentor de María que nos trajo la salvación.

En tiempos de san Manuel, las cuatro fiestas se celebraban con mucha devoción: la Santa Cruz el 3 de mayo y el 14 de septiembre, y la Dolorosa el Viernes de Dolores y el 15 de septiembre. Para él estaban íntimamente relacionadas con su Obra de reparación eucarística y por eso tenían un significado muy especial.

En este artículo mencionamos seis Pláticas a las hermanas dedicadas a estas celebraciones litúrgicas: dos para el Viernes de Dolores (3 de abril de 1936; 1937), una para «la fiesta de los Siete Dolores» (1939) y tres para la Invención de la Santa Cruz (3 de mayo de 1933, 1936, 1939).

Significativo recordar que la capilla de la nueva casa de Nazaret, bendecida por san Manuel el 23 de abril de 1930, está dedicada a «Santa María de los Dolores y las Santas Marías» (p. 78).

2. La Fiesta de La Dolorosa para san Manuel
Para san Manuel, el «día de Ntra. Madre Inmaculada Dolorosa […] la fiesta de los Dolores» (p. 137) es tan importante que lo considera «la fiesta de las Marías y de una manera especial de las Marías Nazarenas» (p. 117; cf. 137). El Viernes de Dolores es «vuestro día» (p. 105).

En el Evangelio de la fiesta de La Dolorosa (Jn 19,25-27) encuentra «la historia» de la Obra fundada por él, «escrita veinte siglos antes de que naciera, o mejor dicho de que se echara de menos en la Iglesia». Ahí encuentra también «su programa […] su escudo nobiliario […] su aspiración […] su gloria» (p. 137).

«El Evangelio de este día es particularmente el Evangelio de las Marías y de un modo especial de las Marías Nazarenas. Al pie de la cruz de Jesús, acompañándole en su agonía y en su muerte estaba su Madre, el discípulo amado san Juan y el grupito de Marías fieles que le habían seguido hasta el Calvario. Allí recibe entonces nuestra Obra su bautismo y su confirmación, y queda confirmada para siempre con la sangre de Jesús y las lágrimas de Ntra. Madre Inmaculada» (p. 105).

2.1. «Hasta aquí llegó el amor»
Aunque Jesús hizo muchas cosas solo durante su vida mortal, quiso absolutamente tener testigos de su sacrificio supremo. Así como hubo «malos testigos», sus enemigos, que pueden decir «hasta aquí llegó nuestro odio, hasta darle muerte en la Cruz», así también quiso que hubieran «buenos testigos», sus amigos, que pudieran decir: «hasta aquí llegó el amor del Corazón de Jesús, hasta el sacrificio de su vida en la Cruz» (p. 106; cf. OO.CC. II, n. 3305).

Testimoniar ese amor de Jesús demostrado en la cruz, colocándose muy cerca suyo, fue la misión de las Marías de entonces. «Dar testimonio al mundo del amor del Corazón de Jesús hasta el sacrificio perenne de la Eucaristía, donde ha perpetuado el de la Cruz», es la misión de las Marías de hoy.

«Ponerse muy cerca del Sagrario, escuchar los latidos del Corazón que allí palpita y ser testigo fiel, de corazón, de compasión y de sentimientos de Jesús inmolado por amor, ofreciéndose constantemente en sacrificio, entregándose en comida y quedándose a vivir siempre con los hombres en el Sagrario […].

¡Ir dando testimonio a las almas del amor de Jesús sacrificado en su vida actual de Sagrario, darles a conocer hasta dónde ha llegado su amor, para buscarle infinitas compañías […] Decir perennemente […] ¡Hasta aquí ha llegado su amor! ¡Hasta aquí! ¡Hasta aquí!» (p. 107). Este testimonio lo da la María sin necesidad de palabras, predicando con su vida «de hostia callada» (id.).

2.2. El dolor
Conmemorar la Pasión de Jesucristo y la compasión de su Madre nos ayuda a comprender el significado redentor y santificador que el cristianismo le da al dolor. San Manuel lo tiene claro, y la advocación mariana de La Dolorosa es tan importante para él que afirma: «Teniendo Ntra. Madre Inmaculada tantos títulos y advocaciones, sin embargo la Iglesia los resume todos llamándola la “Dolorosa” “la Virgen de los Dolores”» (p. 117).

Todo lo que se dice sobre María tiene un fundamento cristológico. ¿Por qué «Virgen de los Dolores»? San Manuel responde: porque Jesús es el «varón de dolores»: «Es esto lo que más conviene a la Madre de Jesús, llamado por los Profetas “Varón de dolores” […]. “Hecho como gusano y no hombre, el oprobio de los hombres y el deshecho de la plebe”. Varón de dolores, a fuerza de humillaciones y llagas, a fuerza de padecer y sufrir» (p. 117).

San Manuel reconoce que «parece raro que a un Dios se le tenga que llamar así», pero se comprende viendo la predilección del Padre por el dolor, al punto que «las personas más queridas suyas en la tierra, su divino Hijo y la Virgen Inmaculada, son las que más tribulaciones han pasado». La razón de esta predilección es la necesidad del dolor para reparar la inclinación desordenada del hombre al placer que lo lleva al pecado y la muerte.

«Y como Jesús venía a redimirnos reparando por nuestros pecados de soberbia, de ambición y demás placeres desordenados, y su Madre santísima fue su cooperadora en la obra de la redención, nadie ha sufrido más que ellos» (pp. 117-118). A san Manuel lo conmueve profundamente que sea precisamente en esa Hora del «mayor amor», el «mayor dolor» y la «mayor obra» de Jesús y María que estén presentes las Marías del Evangelio, y que el Corazón de Jesús le haya pedido colaborar en esta obra suya por medio de la fundación de las Marías, llamadas a cooperar «a la obra de la Redención del Sagrario abandonado y de las almas abandonadas sin Sagrario», para lo cual deben abrazar el dolor incondicionalmente como lo hicieron Jesús y María (p. 118; cf. 137). Por eso pide a «Nuestra Madre Inmaculada Dolorosa» que grabe muy dentro de su alma «la idea de que son almas consagradas al amor y desposadas con el dolor» y para dar fruto deben estar «con Ella siempre al pie de la cruz con su Jesús» (p. 119).

2.3. «Estar» con Jesús
La fiesta de los Siete Dolores de la Virgen suscita «un sentimiento de gozo muy hondo» en el corazón de san Manuel al ver cómo el Corazón de Jesús «ha querido meterlo en una Obra tan suya, tan de su Corazón, tan de su Iglesia, tan de su Evangelio, tan de su Madre» (p. 137).

El motivo es que el origen, la historia y razón de ser de las Marías y Juanes por él fundados se encuentra «en los pocos renglones del Evangelio de la fiesta litúrgica de hoy», o sea, la escena del Calvario (Jn 19,25-27). En este Evangelio se encuentra también una palabra clave para san Manuel: «estaban».

«Hay en él una palabra que compendia todos los oficios de las Marías: Estaban. ¿Dónde? Junto a Jesús. Allí está Jesús en su Calvario, en su Obra, la más grande de todas las obras que realizó […] y de la cual quiso dejarnos el recuerdo, instituyendo para eso ¡nada menos que un Sacramento y un Sacrificio! […] Jesús se queda en la Hostia, como Víctima, perpetuando en nuestros altares el Sacrificio del Calvario, ofreciéndose continuamente al Eterno Padre por nosotros, ¡y qué pena! En muchos Sagrarios y en muchas Misas está Jesús con más desnudez, con más abandono que en el Calvario; en muchos de ellos no tiene ni una María» (pp. 137-138).

Por eso su Obra eucarística reparadora es tan especial y son tan bendecidos los llamados a participar en ella: «Dichosas vosotras y dichoso yo, porque nos ha llamado al ministerio de estar con Él; a otros ha confiado otros ministerios; pero el nuestro es estar a su lado», ser «del grupito que está siempre con Él en la hora del dolor y del sacrificio», que «se queda con Jesús cuando todos se van». Debemos adorar a Jesús «con Ntra. Madre Inmaculada» y reparar «con S. Juan y las Marías».

«Que toda nuestra vida se condense en esta sola palabra que es la palabra del Evangelio: estaban. Esto obliga a todas las Marías a mucha gratitud y a mucha fidelidad. Gratitud por habernos llamado y fidelidad para saber estar con Él, corporalmente cuando estamos en su presencia y espiritualmente siempre. La María siempre ha de estar con Jesús: cuando sufre, cuando goza, cuando descansa, cuando come, cuando se recrea… siempre con Jesús» (p. 138).

A la «Madre Inmaculada Dolorosa» le pide «que no haya un altar en donde se celebren Misas ni un Sagrario con Jesús inmolado que no tenga ese grupito por lo menos» (p. 138).

Deyanira Flores
Publicado en El Granito de Arena, Enseñanzas de san Manuel, San Manuel González, San Manuel González García.

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