Con mirada eucarística (octubre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2022.

El Camino de Santiago

La peregrinación a Santiago de Compostela es un fenómeno que trasciende fronteras y que va incluso más allá de la propia confesión religiosa. Nos consta que también los no creyentes intentan en tal experiencia el encuentro y la paz consigo mismos. Porque caminar a Santiago es caminar en búsqueda de la verdad.

Tras la resurrección de Jesús de Nazaret sus discípulos recibieron la fuerza necesaria para poner en práctica el mandato del Maestro: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio» (Mc 16,15). Así, en un día de los primeros años del siglo I arribó a las costas gallegas Santiago, conocido como el Mayor, hermano de Juan, hijo de Salomé y Zebedeo, apodado el «hijo del trueno» por su carácter impetuoso y vehemente.

Id y predicad
Atrás quedaba su Galilea natal, la tierra de Judea en la que siguió a Jesús y del que es considerado uno de los tres predilectos, junto con Pedro y Juan. Testigo de su palabra, de sus milagros y, sobre todo, de su transfiguración, de su agonía en el Huerto de los Olivos, de su resurrección, Santiago traía de Jesús el coraje suficiente para dar a conocer en la Hispania romana el mensaje de la buena nueva, la causa del amor y la vida que no acaba.

En tales tierras tan alejadas y desconocidas, donde terminaba el mundo conocido, finis terrae (Finisterre), fin de la tierra, debió sentir más de una vez el desasosiego, la fatiga y el cansancio, pero nunca el desánimo para la misión que el Hijo de Dios le había encomendado. Por tierras aragonesas, concretamente en Caesaraugusta (Zaragoza), recibió el auxilio de María, la Madre de Jesús, que aún vivía, y que hoy seguimos conmemorando con la advocación de Virgen del Pilar. Era el 2 de enero del año 40, según nos cuenta la tradición. El Cristianismo comenzaba a transformar, para bien, a toda España y a toda Europa.

Compostela
El tiempo parece que duerme, pero continúa permanentemente con la invasión haciendo sus conquistas. En la noche de los tiempos se ocultan los entresijos de la tradición, que a la postre resulta más real que la historia misma. El eremita Pelayo, a principios del s. IX, se sobresaltó ante la luminosidad de una estrella en el campo, Campus Stellae, Compostela, que marcaba el enterramiento del mismísimo apóstol Santiago el Mayor. Santiago, mártir como muchos otros apóstoles, murió en Jerusalén el año 44, decapitado por orden del rey Herodes Agripa. Sus restos fueron trasladados por sus discípulos hasta Hispania, la tierra a la que amaba. En Compostela nace el santiaguismo, que va a dar sentido a la nación española que resulta tras la reconquista y que hace comunicables las raíces cristianas europeas a través del camino que lleva el nombre del apóstol, el Camino de Santiago. Santiago, patrón de España; Santiago de Compostela, el punto convergente de Europa.

Una vez más, el pasado 25 de julio, hemos conmemorado la festividad de Santiago Apóstol. En la catedral compostelana, al ritmo del botafumeiro que eleva su oración de incienso hasta los cielos, los Reyes han hecho la acostumbrada Ofrenda Nacional al Apóstol Santiago, Patrón de España. Es una tradición ininterrumpida desde el año 1643, iniciada por el rey Felipe IV. El acto ha pasado desapercibido. Parece como si al poder y a los medios de comunicación domesticados, que son la mayoría, les molestara la constitución cristiana de España, como si ignoraran que en cada pueblo de la geografía española hay una iglesia, una virgen y un patrón o una patrona. Ni siquiera es fiesta nacional. La pretendida ignorancia no puede hacer desaparecer la realidad histórica que nos precede. Porque, como dice el papa Francisco replicando a Churchill, «un pueblo que ignora su pasado, sus raíces, no tiene futuro».

Eucaristía en el Monte del Gozo
Por los diversos Caminos de Santiago empiezan a acudir peregrinos de todas las partes de Europa. A lo largo de los siglos se van constituyendo diversos itinerarios o caminos que terminan en Santiago de Compostela, en cuya catedral se guardan los restos mortales del Apóstol: El Camino Francés, el Portugués, el Inglés, el de la Costa, el del Norte, el Primitivo, el Mozárabe, el de Fisterra, el de Invierno, el Aragonés… Cuantos caminan, aunque sean de diferentes puntos de la geografía universal, todos llevan en su mochila el mismo equipaje: La constatación de que los valores cristianos han hecho posible la cultura que más respeta los derechos humanos, que no es otra que la cultura europea que a su vez ha sido exportada a los territorios de otros continentes. El Camino de Santiago evidencia los principios más humanos, por cristianos, que constituyen la raíz común de Europa. No debe olvidarse que los regímenes democráticos, basados en la igualdad del ser humano, existen únicamente en sociedades alimentadas por los ideales judeocristianos.

Y de este modo, en el pasado mes de agosto, llegaron hasta Santiago de Compostela 12.000 jóvenes peregrinos procedentes de parroquias de toda Europa. Tan importante acontecimiento mereció una atención bastante escasa por parte de los medios informativos. Nada ni nadie tiene el poder de convocatoria del Apóstol Santiago. Parece como si todo lo que huele a Cristo y su Iglesia mereciera en nuestra sociedad el silencio, cuando no el desprecio.

Y sin embargo allí estaban los jóvenes, en la Eucaristía del Monte del Gozo, aguantando con su sonrisa el calor del verano, dando testimonio, demostrando su compromiso consigo mismos y con toda la sociedad, luciendo sus camisetas amarillas como un campo de girasoles, los que giran alrededor del sol, de donde viene la luz de la Verdad que ilumina al mundo.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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