Cordialmente, una carta para ti (octubre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2022.

Aquel sublime ensueño (y II)

Amigo lector: Continuando lo que te decía en mi anterior carta, realizado el tránsito a la vida eterna, traspasado el umbral de la muerte, el alma se encuentra en otro estado. Al igual que el agua puede cambiar de estado, y se convierte en hielo, algo semejante ocurre con el alma cuando se ha liberado del cuerpo: sigue siendo la misma, pero en otro estado. El agua y el hielo son lo mismo, pero se encuentran en distinto estado. Antes era estado líquido; después, sólido.
En este nuevo estado el espíritu lo comprende todo, lo abarca todo, lo entiende todo con absoluta claridad… No queda lugar para la duda… El espíritu se siente unido a la infinita sabiduría divina y participando de ella. Aquellas preguntas que antes me producían tanta inquietud (¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿existe la inmortalidad?, ¿hay algo después de la muerte?…), ahora obtienen una respuesta clara y precisa. Todo queda perfectamente comprendido. El espíritu lo abarca todo, lo entiende todo, lo comprende todo.

En este nuevo estado el alma se siente despojada de todo, libre, sin la atadura del cuerpo. Siente la inmensa satisfacción de haber renunciado a todo, de no poseer nada. Sin embargo, y a pesar de ello, el alma es consciente de poseerlo todo, de haberlo adquirido todo por el hecho de tener a Dios, de sentirse unida a Él. Esta unión del alma con Dios constituye el fundamento de la felicidad absoluta que ahora experimenta. El alma se siente plenamente feliz al poseerlo todo, porque se ha despojado de todo. Esto puede parecer un contrasentido en la vida terrenal, pero no en este nuevo estado.

Precisamente, amigo lector, en este estado el alma se siente libre de envidia, de odio, soberbia, avaricia y de cualquier otro sentimiento que entrañe maldad o bajeza de espíritu. Por el contrario, se siente pletórica de perfección, de bien y de bondad, lo cual contribuye a que experimente esa felicidad sin límites que es imposible experimentar durante la vida terrenal, es decir, mientras el alma permanece atada al cuerpo y sometida a él.

Recuerdo y oración
Por otra parte, algo que jamás había experimentado cuando mi espíritu permanecía encadenado al cuerpo es la posibilidad que ahora tengo de estar unido a quien me recuerda. Sí, ahora puedo percibir, al igual que se percibe una suave brisa, a la persona que está pensando en mí. Mientras el familiar o el amigo me están recordando, sobre todo si rezan por mí, yo los siento, los percibo de forma muy íntima y cercana. Del mismo modo que en mi pasada vida terrenal experimentaba una gran alegría cuando me llamaba por teléfono algún amigo del que no sabía nada desde hacía tiempo, así también ahora experimento una inmensa alegría al percibir que alguien me recuerda o que reza por mí.

Debido a lo anterior comprendí que no es tiempo perdido el que los vivos dedican a los muertos, ya sea recordándolos o rezando por ellos. Todos esos recuerdos y todas esas oraciones forman como un largo puente que une la vida terrenal con la eternidad, la tierra con el cielo, el mundo material con el espiritual; en una palabra, que une a quienes se quedaron llorando con quienes se fueron para siempre… ¡Benditos recuerdos y benditas oraciones, porque tienen el poder de unir lo que la muerte había separado!

Sin ninguna duda, una de las características más increíbles de este nuevo estado es poder comprender la esencia misma de la síntesis de contrarios. En efecto, ya no existe la oposición de contrarios propia del mundo material. Como consecuencia, lo grande y lo pequeño, la línea recta y la circunferencia, lo alto y lo bajo, antes y después, alegría y tristeza, blanco y negro, caliente y frío, etc., no se perciben como cualidades opuestas, sino que se han fusionado para dar lugar a una unidad nueva y distinta. Lo que resultaba absolutamente imposible en la vida terrenal se hizo posible, porque se ha producido una síntesis de contrarios fuera del espacio y del tiempo.

En este nuevo estado, lector amigo, al igual que se percibe una Luz que todo lo envuelve e ilumina, se percibe también la presencia del Padre que todo lo inunda con un amor sin límites… En este nuevo estado se es plenamente feliz, porque se ha agrandado hasta el infinito aquel «diminuto cielo interno en que el alma halla a su Creador», del que hablaba santa Teresa de Jesús.

Luz eterna, paz, bondad y amor infinito se han unido en presencia de Dios para crear un nuevo estado, una nueva situación fuera del espacio y del tiempo… Es la infinitud… Es la eternidad…Es la infinitud eterna, el más allá… Así lo viví yo, amigo lector, en aquel sublime ensueño. Cordialmente.

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

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