Crónica del Congreso Internacional de Catequesis

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2022.

Testigos de la vida nueva en Cristo

Magnificat anima mea Dominum. En el Aula Pablo IV, en el Vaticano, resuenan las voces de 1200 catequistas de todo el mundo, entonando el cántico de la Madre del Señor, con la sencilla melodía de Berthier, compuesta para la comunidad de Taizè. Resulta emocionante escuchar al unísono a tantas personas, llegadas desde puntos tan distantes del globo, que se preparan para recibir al papa Francisco, quien, con su visita, clausura el III Congreso Internacional de Catequesis, convocado por el Dicasterio para la Evangelización, del 8 al 10 de septiembre de 2022.

Algunos países tienen representaciones numerosas, entre las que destacan el nutrido grupo de México o de Francia. En otros casos se halla presente una pequeña delegación, una sola persona tal vez. Pero es significativo explorar la lista de participantes y descubrir que los hay venidos desde Tanzania, Egipto, Zimbabue, Nicaragua, Surinam, Vietnam o Mongolia, por nombrar solo algunos de los más de 80 países que estuvieron presentes en el encuentro. De hecho, la experiencia de catolicidad es una de las riquezas características de este tipo de eventos. Como expresaba uno de los ponentes: «Lo global nos rescata», esto es, abrir el horizonte, contemplar la realidad desde una perspectiva más amplia, nos da la posibilidad de valorar mejor la propia experiencia y mirar con ojos nuevos los desafíos de nuestro entorno local.

Auténtico desafío
Porque, a poco que nos adentremos en el mundo de la catequesis, descubrimos que resulta un auténtico desafío. Muchos de nuestros lectores, catequistas tras las huellas de san Manuel, seguramente lo han comprobado por sí mismos. Comunicar y transmitir la fe a las nuevas generaciones, educar y acompañar el proceso de maduración en la vida cristiana, nos plantea constantemente nuevos retos y nos sitúa en una necesidad permanente de revisión y discernimiento. Este desafío compartido por la Iglesia universal fue el centro de atención y de reflexión durante los días del Congreso, bajo el lema: «El Catequista, Testigo de la Vida nueva en Cristo». La temática se orientaba a profundizar en la tercera parte del Catecismo de la Iglesia Católica, en continuidad con los dos congresos precedentes (2013 y 2018), que trataron, respectivamente, sobre la primera y la segunda parte. La materia del Congreso giró, por tanto, en torno a la experiencia moral del cristiano y al desafío de comunicar la belleza de la vida que brota del Bautismo. Algunos conceptos claves se abordaron en las distintas ponencias desde diferentes perspectivas, como el tema de la libertad, en clave relacional y de responsabilidad; la ley nueva del amor, cimiento de toda la vida cristiana; las bienaventuranzas, resumen de la vida en Cristo.

Al hilo de las reflexiones, se trató también la perspectiva sinodal en la catequesis, un tema sobre el que, por cierto, ya habíamos reflexionado en nuestra revista El Granito de Arena, de la mano de D. Sergio Pérez, en la sección que buscó profundizar en el Nuevo Directorio para la Catequesis. Este último documento fue, sin duda, un punto de referencia importante durante todo el Congreso, así como la carta apostólica Antiquum ministerium (con la que el papa Francisco instituyó el ministerio del catequista).

Formación de la conciencia
Otro tema fundamental fue la cuestión de la formación de la conciencia y el papel que juega la figura del catequista y su propio testimonio. En este sentido, se abordó también el aporte de la catequesis a la renovación eclesial y social, desde la integración de la fe y la vida. Para que esto sea posible se subrayó la importancia de educar para el discernimiento, redescubriendo el lugar teológico que ocupa en la vida cristiana. Todos estos temas, de gran densidad teológica, espiritual y pastoral, se fueron desarrollando en las sucesivas conferencias. El perfil de los ponentes aportó la riqueza propia de la variedad, ya que entre ellos se encontraban obispos, religiosos y laicos de diferentes procedencias e idiomas. Todo el encuentro contó con traducción simultánea en italiano, francés, español, inglés y portugués. Además de las conferencias, se tuvo la oportunidad de compartir sobre diversos temas, en grupos más reducidos, distribuidos según las diferentes lenguas.

Un espacio interesante fue la presentación de diferentes experiencias y testimonios, desde realidades muy diversas: el camino de Santiago como oportunidad de una mistagogía de la experiencia cristiana; la creación de escuelas de catequistas en África, donde familias enteras se trasladan durante tres años para luego servir en sus comunidades de origen; o el trabajo de Real+True, un proyecto que se dedica a crear contenidos de calidad para redes sociales, basados en el Catecismo.

Por su parte, un grupo de jóvenes, liderados por una religiosa de las Hermanas Operarias de la Sagrada Familia de Nazaret, ofrecieron una coreografía con la que se proponían transmitir un pequeño resumen de la historia de la salvación, a través del lenguaje de la danza y la música. Detrás de su presentación se ofrecía a la reflexión el tema de la necesidad de expresar la belleza de la fe por medio de diferentes lenguajes, que puedan hacer asequible el mensaje a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Un momento particularmente emotivo fue la celebración eucarística en el altar de la cátedra, en la basílica de San Pedro, un lugar privilegiado para reconocer el signo del amor de Dios que, como Buen Pastor, reúne, guía y acompaña a toda la Iglesia. Presidida por Mons. Rino Fisichella, pro–prefecto del Dicasterio para la Evangelización, nos ayudó a comprender, una vez más, que la Iglesia universal se hace presente en la comunión. Y la cátedra es el signo de ese vínculo. ¡Cómo no emocionarse al pensar en los lugares más recónditos del planeta donde se trabaja por extender la fe, a veces en situaciones muy adversas!

Intensos y profundos
El ritmo fue intenso, desde la tarde del día 8 en que se dio comienzo al evento, hasta el mediodía del día 10, cuando se produjo la anhelada visita del papa, que nos exhortó a valorar el encuentro personal con cada uno de los catequizandos como elemento decisivo para testimoniar el Evangelio, y a cuidar el ámbito de la catequesis como experiencia viva de la fe.

Magnificat anima mea Dominum. El eco de este canto, que me evoca la sonoridad de toda la asamblea del Congreso, es lo que resuena en mí al recordar este acontecimiento de gracia. Realmente el Señor ha hecho obras grandes en nosotros y nuestra tarea en la catequesis podría resumirse en el deseo de que todos los hombres puedan llegar a entonar este canto, de la mano de María, como una expresión de júbilo y alabanza, reconociendo la obra de Dios, desde el reconocimiento de la propia condición humilde, abiertos a extender el anuncio a todas las naciones para que su misericordia siga alcanzando a cada uno, de generación en generación.

Mª Cecilia Appendino Vanney, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.