Orar con el obispo del Sagrario abandonado (octubre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2022.

«Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3)

«Madre Inmaculada de Jesús y mía, convencido por la lectura del santo Evangelio de que las predilecciones del Corazón de tu Jesús son para los niños y para los que a ellos se asemejan, quisiera como acompañamiento y fruto de esta Comunión que voy a recibir el conocimiento y la adquisición del secreto de hacerme niño. ¿Me quieres ayudar?» (OO.CC. I, n. 1366).
En su libro Mi Comunión de María, san Manuel González nos invita a conseguir esto: «enseñar modos y despertar ganas de comulgar con hambre creciente de Jesús, con alma limpia no sólo de pecado mortal y venial, sino vacía totalmente de sí y con la masticación jugosa de oración con Él y la imitación de Él en su estado de Hostia» (OO.CC. I, n. 1167).

Para ello, va proponiendo sencillos temas, breves puntos de oración, que ayuden a quienes van a comulgar sacramentalmente a prepararse para entrar en conversación afectuosa con María; y, desde ella y con ella, entrar en el Corazón de Jesús.

Uno de esos temas que propone es este de «el arte de hacerse niño». Este arte es don de Dios, es gracia divina. Porque ser pobre de espíritu, humillarse, abajarse, vaciarse de sí mismo para que Jesús Eucaristía lo sea todo en mí, cuando le comulgo, es don del Espíritu Santo en uno. De ahí que sea necesario suplicar a diario al Paráclito, al Abogado, que nos haga sencillos, humildes, pequeños, como el Hijo de Dios se anonadó, se abajó, en el misterio de la Encarnación.

La Virgen María es el modelo de esa humillación ante la grandeza de Dios. Nos lo enseña ella en el Magníficat: «porque ha mirado la humillación de su esclava». Adoremos hoy a Jesús Eucaristía postrados a sus pies, deseosos de ser humildes como nuestra Madre.

Oración inicial
Gracias, Señor Jesús, porque has querido siempre estar cerca de los niños y de los que se hacen pequeños como ellos, concédenos, por intercesión de san Manuel González y de santa Teresa del Niño Jesús, alcanzar el don de la infancia espiritual, para que confiemos constantemente en ti, Salvador y Siervo del Señor, en la certeza de experimentar siempre tu cercanía, fortaleza, consuelo y luz, en especial en las situaciones de sufrimiento, enfermedad, persecución, fracaso o desolación. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Mt 18,1-5

Meditación de la Palabra
Jesucristo lo que promete lo cumple. El cielo y la tierra pasarán; somos peregrinos por este mundo. Su Evangelio no pasará. Porque él está vivo. Él es el viviente, nuestra victoria. Él quiso tener siempre a los niños muy cerca. Él era para ellos su Maestro, su protector, su defensa. Su abrazo más tierno y su sonrisa más amplia era para los niños. Así quiere el Señor que nos acerquemos cada día a comulgar: sencillos como los niños, confiados en la misericordia del Padre, hambrientos de su Pan de vida, reconociendo nuestra pequeñez e indignidad, para recibirle, pero en la confianza de la sanación que su Cuerpo eucarístico obra en nosotros. ¡Dichoso aquel que, movido por el Espíritu, se hace niño ante Dios! ¡Dichoso aquel que se sabe nada ante la grandeza del Creador y ante la generosidad del Redentor que se entrega en cada Eucaristía como comida y bebida de salvación!
Dichoso aquel que antes de comulgar dice con toda hondura y verdad: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».

Dice san Manuel: «¡Quién fuera niño!, decimos gozándonos en las sonrisas de la inocencia de ellos y en los encantos de su ingenuidad. ¡Quién fuera niño!, repetimos con tanta tristeza como ansias a medida que los años y la perversidad de los hombres nos apartan de los niños» (OO.CC. I, n. 1367).

Hacerse niño es obra del Espíritu; es ser pobre de espíritu; es humillarse ante la grandeza de Dios, es esperarlo todo de Él y solo de Él. Si alguien ha vivido a fondo la infancia espiritual en la historia de la iglesia esa ha sido santa Teresa del Niño Jesús. De 1893 a 1896 cuidó de sus compañeras de noviciado como maestra de novicias, aunque oficialmente no llevase ese título.

Ella se veía pequeña, indigna de una misión tan grande. Así lo expresa en su libro Historia de un alma: «Cuando me fue dado penetrar en el santuario de las almas, vi enseguida que la tarea era superior a mis fuerzas. Entonces me eché en los brazos de Dios como un niñito, y, escondiendo mi rostro entre sus cabellos, le dije: Señor, yo soy demasiado pequeña para dar de comer a tus hijas. Si tú quieres darle a cada una, por medio de mí, lo que necesita, llena tú mi mano; y entonces, sin separarme de tus brazos y sin volver siquiera la cabeza, yo entregaré tus tesoros al alma que venga a pedirme su alimento. Si lo encuentra de su gusto, sabré que no me lo debe a mí, sino a ti; si, por el contrario, se queja y encuentra amargo lo que le ofrezco, no perderé la paz, intentaré convencerla de que ese alimento viene de ti y me guardaré muy bien de buscarle otro».

Esta es la clave de la espiritualidad de «ser pequeño»: la humildad de saberse como un niño en brazos de su madre; la confianza en el infinito amor del Padre Dios; la certeza de ser pura debilidad que necesita escuchar a diario: «Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad» (2Co 12,9).

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
«¿Qué ha atraído la mirada y el interés y la predilección de mi Jesús sobre los niños? Seguramente no ha sido la ignorancia, ni la corta edad, ni los caprichillos de genio, ni las inconstancias de aficiones, ni las inconsistencias de los cariños de ellos; eso, a lo más atraerá de sus ojos una mirada de compasión. ¿Será su inocencia? Indudablemente, la inocencia atrae y gana miradas y complacencias y descansos de Jesús, que no pueden atraerse ni ganarse de otro modo; pero la inocencia no es siempre imitable… Cuando se pierde no puede recobrarse más… Dime, dime, Jesús de mi Comunión, ¿en qué puedo y debo hacerme niño para que me gane tus predilecciones?» (OO.CC. I, n. 1368).

¡La inocencia del niño! He aquí la clave para hacerse niño ante Cristo, para entrar en comunión con él. Esa inocencia reclama de nosotros, los adultos, la limpieza de corazón: «Préstame, Jesús, tus ojos para que mire a las personas y los acontecimientos como tú les miras». Esa inocencia que pide el Señor nos lleva a cultivar la pureza en pensamientos, deseos y acciones: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¡Sí, Dios quiera, por su misericordia, que viéramos el mundo y la Humanidad con los ojos de un niño.

Oración final
Oremos como nos propone san Manuel: «Señor, describiendo aun tan torpemente a ese niño de tus rodillas caigo en la cuenta de que no he hecho otra cosa que repetir la oración que Tú nos enseñaste a rezar y que es no solamente modelo de oraciones, sino compendio de tu doctrina y suma de vida santa, el Padrenuestro. ¿No gira toda esa oración también en torno de aquellas dos palabras: Padre nuestro y hoy» (OO.CC. I, n. 1372).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.