«Su afmo. P. in C. J.» (septiembre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2022.

Chiflado por la gloria del Amo como S. Ignacio por la gloria de Dios

Cartas de san Manuel González a padres jesuitas

Entre los índices que acompañan al volumen de las Obras Completas de san Manuel González que reproduce su correspondencia, se incluye el que clasifica las cartas en atención a las instituciones a las que estuviesen adscritos sus destinatarios o las personas en ellas mencionadas. Entre ellas destacan por su número las que corresponden a miembros de la Compañía de Jesús. Fueron, los destinatarios de esas cartas, sacerdotes que tuvieron relación con san Manuel en distintas circunstancias y momentos de su vida.
Los primeros fueron algunos de los que le ayudaron a establecer la Obra de las Marías en las diócesis. Hay que empezar por san José María Rubio, canonizado en 2003 por san Juan Pablo II en Madrid, otro de estos santos del racimo que se formó en España en la primera mitad del s. XX.

San José Mª Rubio
José Mª Rubio Peralta era sacerdote desde 1887, y había deseado hacerse jesuita desde su días de seminaristas pero circunstancias diversas lo dificultaron, de modo que debió contentarse con considerarse, como solía decir, «amigo de la Compañía», hasta que en 1906 entró en el noviciado de Granada. Con san José Mª Rubio coincidiría san Manuel González en Sevilla en 1910 y al año siguiente en Madrid, durante la celebración del XXII Congreso Eucarístico Internacional, el que sería punto a partir del cual la Obra de las Marías se extendería por España y aun por todo el mundo.

El padre Rubio se había instalado entonces en Madrid, donde trabajó con ahínco en multitud de obras sociales al mismo tiempo que predicaba y atendía a las almas que se le acercaban. Su vinculación con esta ciudad hizo que fuese conocido como el «apóstol de Madrid». No es de extrañar su empeño en trabajar en la Obra de las Marías de los Sagrarios en la diócesis entonces denominada Madrid-Alcalá.

Conocemos la carta que san Manuel le escribió dando el visto bueno al Reglamento de las Marías que redactó el padre Rubio y que presentaría en 1916 al obispo José María Salvador y Barrera. En la misiva san Manuel habla del «espíritu de nuestra amada Obra», enviándole «mi aplauso más entusiasta y mis aprobaciones más expresivas» (OO.CC. IV, n. 5453), palabras con las que queda patente que las aspiraciones de ambos coincidían en esa idea de formar almas que fuesen «siempre Marías» tal como podemos leer en esta carta.

Joaquín Ibañez de Ibero
En 1916 recibía san Manuel otro borrador de Reglamento de las Marías, este para la diócesis de Oviedo. Lo había preparado otro jesuita, Joaquín Ibañez de Ibero, un navarro que había ingresado en la Compañía de Jesús en 1893. Al responderle, además de enviarle «mi aprobación más cumplida», alentará a las Marías asturianas a «realizar las ansias de su Huésped ut impleatur domus mea» (es decir, hasta que se llene la casa; OO.CC. IV, n. 5473).

Enrico Radaeli
Fue también gracias a un jesuita que la Obra de las Marías se estableció en Roma. D. Enrico Radaeli escribió a san Manuel González, en francés, explicándole sus previsiones para gestionar la erección de la Obra ante el Vicariato de la Urbe. En mayo de 1925 le respondía con la emoción de comprobar que «ha querido el Corazón de Jesús que aquella Obra, que tan modestamente empezó en el Sagrario de mi parroquia de San Pedro de Huelva, llegue a establecerse en la Capital del orbe católico, en la santa y querida Roma, tan cerca del Vicario de Cristo» y haciéndole varias advertencias en relación con la institución, le destacaba algo importante «ante todo procurar que no se falsee el espíritu de la Obra, es decir, que donde quiera que se establezca, tenga como principal objeto reparar el abandono que Jesucristo Sacramentado padece en la mayor parte de los Sagrarios» (OO.CC. IV, n. 5657). Don Enrico falleció en Roma en diciembre de 1926, con lo que pudo asesorar a la Obra de las Marías en Roma durante poco más de un año.

Jesuitas en Málaga
Desde el principio se estableció en Málaga una excelente relación de colaboración entre el obispo Manuel González y los miembros de la Compañía de Jesús que allí residieron. El caso más conocido sería el del beato padre Arnáiz. Como obispo, san Manuel confió a los jesuitas encargos importantes y en ellos siempre encontró apoyo cuando fue necesario. Se explica así la carta de agradecimiento que enviaba al padre Ricardo Garrido, s.j. cuando en 1930 dejaba Málaga para pasar a Granada, en la que le nombraba «confesor especial perpetuo de las Religiosas de toda la diócesis» (OO.CC. IV, n. 5842).

En Málaga, el padre Manuel Martínez Ruiz, s.j., promovía la Casa de Ejercicios espirituales del Seminario. Con mucha alegría respondía san Manuel desde su destierro en Madrid a la carta en la que anunciaba, en 1934, que se volvían a celebrar ejercicios en el local anejo al palacio episcopal donde tenía su sede y que había quedado destruido tras el incendio de mayo de 1931 (cf. OO.CC. IV, n. 6341).

Jesuitas misioneros
La popularidad de sus libros, de la Obra de las Marías y la difusión de la revista El Granito de Arena hizo a san Manuel González conocido en muchos rincones del mundo. No es de extrañar que padres jesuitas misioneros le escribieran para relatarle sus experiencias.

Joaquín Echenique Mendiluce, s.j., fue director diocesano de la Obra en la archidiócesis de Caracas. Desde allí escribió a san Manuel González para darle noticias de «su desenvolvimiento en la misma». Como le contaba de la desconfianza de algunos sacerdotes ante las actividades de la Obra, le responderá: «también en España ha pasado la Obra por esa desconfianza y recelo de los Curas; pero cuando se han convencido de que las Marías no van a las parroquias como policías del Obispo, sino para ayudar a los Párrocos y llorar con ellos el mal de los Sagrarios sin hombres y de los hombres sin Sagrario se han reconciliado con ella y la quieren de verdad» (OO.CC. IV, n. 6228).

También era misionero el jesuita Julián Orobitg, s.j., vivía en Bombay, India, y allí preparó una traducción al inglés del libro Lo que puede un cura hoy, que hizo llegar a san Manuel para que fuese impresa. Corría el año 1936 y por más que quiso, escribió a una editorial en Londres y también lo intentó en los Estados Unidos, no pudo encontrar un editor para esta versión de la obra, y así se lo hizo saber al traductor (cf. OO.CC. IV, n. 6544).

Una cariñosa carta de agradecimiento es la que escribe a Joaquín Santillana Plaza, s.j., que desde Montevideo le había remitido algunos escritos suyos. Con mucha gracia le dirá: «va V. a permitirme lo del muy querido y Amigo, sin tener el gusto de conocer su cara, porque por los libros y hojas con que me ha regalado abundantemente sin conocerlo de cara lo conozco de cabeza y de corazón y esto me basta y sobra para llamarle así» (cf. OO.CC. IV, n. 6996).

A Emilio Monreal García, s.j, le escribirá contestando a la consulta que le hizo acerca de la forma en la que responder a un feligrés decidido a poner en marcha una asociación eclesial de parecidas características a las fundadas por san Manuel (cf. OO.CC. IV, n. 6224).

Como reliquia se conserva en la sede de la Santa Escuela de Cristo en Sevilla la carta en la que san Manuel González agradecía desde Gibraltar las palabras que el padre Ayala le hizo llegar hasta su destierro. Estaban escritas en Sevilla con fecha de 8 «por lo que tiene de la Inmaculada el día más sevillano de todos los días de cada mes» (OO.CC. IV, n. 5949). Pedro Mª Ayala, s.j., ingresó en 1908 en la Compañía de Jesús y, para continuar sus labores con los más pobres tras la disolución de la Compañía dictada por el gobierno de la II República española, creó la «Asociación cultural de jóvenes sevillanos». Fallecido en olor de santidad en 1949, muchos sevillanos todavía hoy hablan de cierta desidia en promover su causa de beatificación.

Pero una de las cartas más especiales que tuvo que escribir san Manuel sería la respuesta a una recibida en el verano de 1916 que le llegaba a través de otro ejemplar padre jesuita. «Sin tiempo, por tener que salir de viaje, más que para leer, gozar, apretar los ojos para que no se salgan las lágrimas y alabar al Amo bendito que prepara estas coincidencias y delicadezas maravillosas, copio aquí y dejo para otro número la respuesta», esto escribía san Manuel al encabezar en El Granito de Arena el texto de la carta que acababa de recibir desde Fontilles, en Alicante y que firmaba Carlos Ferrís, s.j. (20/09/1916, n. 216, pp. 22-24).

Este sacerdote había ingresado en la Compañía en 1893, pero ya antes de esta fecha había establecido varias fundaciones de beneficencia desde la parroquia de San Esteban de Valencia que se le había confiado. Se cuenta que al escuchar lamentos que provenían de una casa en la que supo que había un leproso, entendió que debía dedicarse a velar por esas personas que además de la enfermedad padecían el rechazo de sus vecinos y en ocasiones hasta de sus familias. De este modo había nacido el Sanatorio de Leprosos de San Francisco de Borja, donde ahora se había establecido la Obra de los Discípulos de San Juan y de las Marías de los Sagrarios Calvarios, incorporado al centro diocesano de Valencia. No es de extrañar la emoción de san Manuel al leer la carta del padre Ferrís contándole cómo «estos pobrecitos son Ilmo. Sr. los que se han ofrecido a acompañar al abandonado Jesús». La carta de respuesta la dirigirá san Manuel a las Marías y los Juanes de la Leprosería de Fontilles y, recordándoles el Evangelio de los nueve desagradecidos leprosos sanados, añadirá «sois los que responderéis en lugar de aquellos leprosos del cuerpo y tantos otros del alma que tampoco vuelven ni van a Él» (OO.CC. IV, n. 5469).

San Manuel compartió muchas de las alegrías y de las dificultades de la Compañía de Jesús, y contó con el afecto de muchos de sus miembros, y muchas fueron las veces en las que acudiría a rezar a Loyola, el lugar donde se respira el espíritu de san Ignacio, un chiflado ad maiorem Dei gloriam.

Aurora M.ª López Medina
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

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