La FER en el Camino de Santiago y PEJ22

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2022.

¡Buen camino!

Con un ligero temblor, me acurruco en mi sitio en las gradas del Monte del Gozo intentando, sin resultado, atenuar el frío que amenaza con colárseme hasta las entrañas. No en vano nos avisaron los organizadores que llevásemos ropa de abrigo para la vigilia del último día de la Peregrinación Europea de Jóvenes, la PEJ, sabiendo a ciencia cierta lo inclemente que es el tiempo en Galicia, aunque no sea en la costa, sino en Santiago de Compostela, y aunque sea verano.
Sin embargo, no parezco ser la única que pensaba que el calor de los días anteriores iba a mantenerse a esta altura: a mi alrededor, más de diez mil sombras se encogen sobre sí mismas, se acercan unas a otras y tiritan al sentir cómo una nueva bocanada de aire frío sacude las gradas, comentando unas con otras, sin lugar a dudas, que desearían haberse traído más abrigo con el que haberse podido proteger mejor del gélido viento.

Pero algo más se mueve entre las sombras, y al frío y al murmullo de voces se antepone algo distinto. Cerca de mí veo que la gente se levanta o se arrodilla y se hace un silencio solemne cargado de emoción ante el paso de unas luces que procesionan por entre la multitud aterida de frío que, sin embargo, ya no parece sentirlo en absoluto. Con dificultad debido a mis miembros de hielo, consigo levantarme y hacerme un hueco entre las cabezas de las personas que, a mi alrededor, también intentan atisbar qué es aquella luz que está perforando las sombras como una lanza, segura y firme, dirigiéndose al escenario a través de las gradas. Y al fin consigo verlo, y de repente entiendo el silencio y la solemnidad y la emoción, y ya no siento el frío ni las sombras, ni nada excepto el latir de mi corazón que, de repente soy consciente de ello, no late solo, sino al unísono de otros más de diez mil corazones que laten a la vez, como uno solo, al compás que marca el corazón oculto en el centro de la procesión: el Santísimo, Cristo Jesús, sostenido por uno de los curas con las manos cubiertas y rodeado de otros sacerdotes que portan velas largas y delgadas que iluminan con su tenue luz anaranjada a las sombras, permitiendo descubrir que las sombras tienen rostro, un rostro que contempla anonadado el paso de su Señor.

La procesión atraviesa la multitud congregada en el Monte del Gozo, extendiendo a su paso la oleada de gente que se levanta y se arrodilla y cesando los murmullos que hacía un instante inundaban las gradas, iluminando a cada vez más personas y uniendo cada vez más corazones a la sinfonía que dirige el Corazón de Jesús, de forma que, cuando se deposita al fin el Santísimo en el altar del escenario y las velas se apoyan a su alrededor, el único sonido que queda es el rugir del viento y el latir de los corazones, tan llenos ya de calor y de amor que no sienten el frío. Y es entonces cuando tengo tiempo para pensar.

Esta es la meta verdadera
Aquí culmina todo. Es aquí donde está la meta del camino que empezamos a recorrer hace diez días, el 27 de julio. Para este momento hemos empezado a andar. Para esto hemos venido hasta aquí desde todas partes de España, de Europa e incluso del mundo. Para vivir este momento, para encontrarnos con Jesús tan profundamente y para rendirle homenaje, para decirle que por Él hemos llegado hasta aquí y que aquí es donde queremos estar, tan cerca de Él, toda la vida.

Ciertamente el camino ha sido duro, pero todas las dificultades, incluso las más tediosas, han merecido la pena. Un grupo de jóvenes junto con algunas Misioneras Eucarísticas de Nazaret partimos de Madrid ese 27 de julio en el que empezó todo, cada uno de diferentes lugares (Argentina, Ecuador, Zaragoza, Huelva, Jaén, Madrid) pero unidos por un mismo objetivo: llegar a Santiago de Compostela y participar en la PEJ; en definitiva, hacer un camino tanto físico como interior para estudiarnos a nosotros mismos, aprender a caminar con Jesús y celebrar la fe por todo lo alto.

Con estos objetivos fuimos a Segovia, a cuya diócesis nos unimos, para después llegar a Vigo y, junto a las demás diócesis de Castilla y León, comenzar a recorrer la variante espiritual del Camino Portugués, que nos llevaría a Santiago de Compostela el 3 de agosto, después de seis días de caminata y una travesía en barco. En cuatro de esos seis días llevamos mochila. Una mochila que, aunque iba cargada de ilusión, también tenía dentro otras cosas bastante más mundanas y, quizá debido a ello, bastante más pesadas: saco de dormir, esterilla, ropa, artículos de aseo… Poco a poco todo sumaba peso y, como descubrimos al ponernos la mochila y empezar a andar, poco a poco todo iba sobrando hasta el extremo de llegar a plantearnos si sería posible dejar todo al borde del camino, saco de dormir y esterilla incluidos (tal era la desesperación) para quedarnos únicamente con una mochilita liviana que incluyera solo ilusión, que se puede llevar a todas partes y que, lejos de resultar pesada, resta peso a la mochila y aligera el corazón.

La recompensa lo vale
Pero, entre las muchas enseñanzas que nos ha dejado el camino está el espíritu de superación: seguir adelante, cueste lo que cueste. Con mochila pesada, con cuestas empinadas, con un calor asfixiante o con un dolor muscular acuciante, seguir siempre adelante, poniendo un pie delante de otro de forma mecánica y sintiendo el sudor resbalando por la frente, pero con la cabeza alta, la mirada en el horizonte y la sonrisa ancha, sabiendo que el sufrimiento merecerá la pena, que la meta se aproxima y que el esfuerzo tendrá recompensa. Así, poco a poco, a la mochila también fuimos cargando fortaleza y determinación, lucha y seguridad, y así, poco a poco, descubrimos que también todo ello, de forma misteriosa, hacía la mochila menos pesada día tras día.

Además, no íbamos solos. El cansancio que se comparte es menos cansado, y había muchas personas con las que compartirlo. Las cuestas eran igual de empinadas para todos, el calor igual de sofocante y el cansancio igual de acusado según aumentaban las horas de marcha, pero con el transcurrir del camino descubrimos que también eran de todos las heridas de los compañeros al caerse, que las ampollas de unos también las sufrían los demás y que la angustia de un amigo al no poder terminar una etapa era compartida. Así, día tras día, el compañerismo y la amistad fueron llenando también nuestras mochilas, lentamente, casi sin ser conscientes de ello, uniéndonos a todos ante los obstáculos que el camino ponía y que nos ponían a prueba.

Sin embargo, en el camino había también un peregrino más, alguien en quien muchos no habían reparado hasta entonces pero que siempre había estado allí, y es que Jesús, como siempre en la vida, también caminaba junto a nosotros. Y ciertamente estaba en todos lados, no solo en las oraciones de la mañana y la noche y en las reflexiones de la tarde, sino también en los compañeros doloridos, en las sonrisas de ánimo y en el corazón de todos y, cuando dejabas de verlo, cuando, demasiado absorto en tus preocupaciones, le perdías de vista por un instante, ahí volvía a aparecer, en las personas que nos saludaban al borde del camino, en los habitantes de los pueblos por los que pasábamos que nos indicaban la ruta correcta cuando nos perdíamos, en todos aquellos anónimos que, cuando nos veían cansados, nos deseaban buen camino con una gran sonrisa. Así, de repente, nos dimos cuenta de que no hacía falta llenar la mochila con el amor de Dios porque Él ya está presente en todos los corazones, y los momentos de reflexión de las tardes nos ayudaban a ser conscientes de ello y a aprender a verlo cada vez con más claridad para sentirle cada vez más cerca según nos acercábamos a la tumba de su Apóstol.

Jornada en barco
Así llegó el día en el que tomamos un barco que, siguiendo la ruta que hicieron los discípulos de Santiago con el cuerpo de su maestro desde Palestina y que se ha convertido en un vía crucis marítimo único en el mundo, se adentró en la ría de Arousa hasta llegar a Padrón, en cuya iglesia pudimos ver la piedra en la que dicho barco atracó, como señuelo fiel de que ya nos quedaba poco para llegar, de que al día siguiente alcanzaríamos Santiago de Compostela por fin.

Y de repente ahí estaba: una calle más y veríamos la plaza del Obradoiro. Tan contentos estábamos y tan emocionados de haber llegado después de tantos días de camino que entramos cantando y bailando, uniéndonos a la miríada de ojos que se elevaban al cielo a admirar la catedral y a la multitud de personas que se abrazaban unas a otras, sonriendo y riéndose, y que murmuraban palabras de felicidad con la voz cargada de emoción. Pero ahí no había terminado el camino: aún quedaba entrar en la catedral y contemplar la tumba del apóstol Santiago, lo cual hicimos esa misma noche, con el corazón en un puño, dándole gracias por haber traído la fe a España, por habernos enseñado a ver a Dios en medio de nuestra vida y por habernos regalado este camino en el que tantas cosas hemos aprendido. Porque la mochila, sin el peso de los días anteriores, solo tenía espacio para las emociones y las enseñanzas que habíamos ido guardando a lo largo del camino y que, estábamos seguros, no se iban a quedar en la plaza del Obradoiro, sino que las íbamos a llevar siempre con nosotros. Y es que lo bueno de las mochilas cargadas de aprendizajes es que no solo no pesan y aligeran otras cargas, sino que además son tan pequeñas que no hace falta llevarlas a cuestas, sino que caben en un huequito del corazón.

Pero, aunque habíamos llegado a Santiago, no teníamos descanso: ¡Empezaba la PEJ! Se sucedieron cuatro días de catequesis y reflexiones, de conciertos de música católica y de talleres en los que aprendimos tanto a abrir los ojos para conocer a Dios como a mirar en nuestro interior para conocernos a nosotros mismos. Testimonios de todo tipo y charlas vocacionales para plantearnos qué quiere Dios de nosotros, además de charlas en las que pudimos compartir con los demás nuestros sentimientos y creencias, nos enriquecieron intelectual y espiritualmente, dejando experiencias en el corazón que, estoy segura de ello, guardaremos toda la vida.

Con el corazón cambiado
«Y después de todo, aquí estamos», me dije, admirando al Santísimo en la noche de vigilia. Quién nos lo iba a decir, que íbamos a aprender tantas cosas, que íbamos a conocer a tanta gente y que nos íbamos a acercar tanto a Dios. Aún queda un día de PEJ y volveremos todos a los hogares de donde salimos, pero los que volverán a nuestras casas no serán los mismos, sino personas distintas. Personas con el corazón cambiado, henchido de felicidad y esperanza, cargado de emociones y aprendizajes. Al fin y al cabo, el Camino de Santiago es como el camino de la vida, en el que vamos andando poco a poco, día a día, acercándonos cada vez a nuestro destino, Dios, para culminar en una gran celebración de la fe, aprendiendo mientras andamos algo más a cada paso, haciendo frente a las dificultades que se ocultan en el camino, conociendo a personas únicas que se van haciendo un hueco en nuestro corazón y, si se mira adecuadamente, aprendiendo a ver a Dios caminando con nosotros, tendiéndonos una mano cuando nos caemos o dedicándonos una sonrisa de aliento cuando más nos hace falta, ya sea en forma de personas que nos encontramos en el borde del camino o desde el fondo de nuestros corazones que laten al unísono y al ritmo del suyo. Y así, de pie mirando al Santísimo y rodeada de más de diez mil corazones que comparten latidos y emoción, deseo conservar en mi corazón un hueco más para este momento, una pared de carne donde pueda pintar esta imagen y guardar lo que siento: esta felicidad tan intensa, esta alegría tan desbordante, este corazón tan lleno de Dios.

Pilar Moreno Huguet
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo, San Manuel González, San Manuel González García.

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