Con mirada eucarística (septiembre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2022.

El vuelo de las golondrinas

Tiran del verano igual como si fueran las asas de una nube apenas diseñada. Arriba muestra el cielo una bóveda acoplada a sus ansias, sus risas, sus miradas. Son esos locos bajitos, algunos de los cuales, Señor de las alturas, te han conocido ya en la mesa de tu altar.

Nos hemos ido a Misa. Escuchan con atención las palabras de la abuela que saltan del atril y van de banco en banco hasta aterrizar en sus oídos, que por cierto aún no están contaminados por los ruidos. La iglesia está en el pueblo de al lado, a apenas tres km. de distancia. Mientras íbamos en el coche se han puesto a jugar al «veo, veo». La más pequeña ha dicho: Una cosa que empieza por la letra «c». Y nos hemos desgañitado proponiendo «casa, carretera, camino, cuneta…», todo lo que se veía a través de las ventanillas, sin caer en la cuenta de que se trataba del mismísimo coche que conducía el abuelo. Con qué frecuencia, Señor, te buscamos afanosamente por ahí fuera sin pensar que te encuentras caminando al lado de nosotros mismos.

Los misterios del Reino
La alegría se les sale a borbotones de sus cuerpos cuando a la salida, en la plaza que se agacha frente al templo, se topan con el mercadillo dominguero en el que pueden comprarse esas pequeñas cosas de hacer feliz a los pequeños, sobre todo las aceitunas gordas que no tienen hueso. Un helado para cada uno, no muy grande, para tapar el calor de la una de la tarde que descuelga desde el cielo un sol de justicia. Acaba de visitarnos «el sol que nace de lo alto». Cabe todo el mundo, Señor, en un cucurucho con galleta, el mismo que Massot, el perro que casi habla, encierra en su pelota de tenis, la que atrapa como un tesoro entre su boca. «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos» (Mt 13,11).

Yo soy el camino
Suenan los días a volteo de campanas y a explosión de color que revienta en los rosales del parterre. En tal ajetreo ellos son un nuevo invento cotidiano. Después de leer un rato (no mucho, estamos en vacaciones), acude con su nueva sorpresa la sesión de la pintura. Hoy toca adornar las tablas de un cajón de madera, de esos que antes se utilizaban para transportar la fruta, al efecto convertido en un guardador de zapatillas y chanclas del estío. Arco iris, estrellas blancas en el azul del cielo, un gatillo respingón…, su mundo reflejado como una pasión sin sufrimientos.

¡Abuelo!, nos vamos a bañar, gritan al unísono como si se tratara de una canción ensayada. El golpe de sus cuerpos diminutos contra el agua arroja un surtidor de espuma que cautiva todas las miradas. Van y vienen de la una a la otra punta, a veces se apoyan en flotadores, y juegan, no paran de jugar, con ligeros balones de plástico. Sus gritos parece como si fueran para ellos mismos, manifestación esplendorosa de su parvo contento, como si nadie les escuchara, aunque me temo que hay una voz parsimoniosa que clama melodiosamente: «Dejad que los niños se acerquen a mí» (Mt 19,14).

Cogen las bicis, salen escopeteados, uno tras otro, al sitio llamado de la «casa abandonada». Una casa de tapial, de la que únicamente quedan las paredes y en la que hace tiempo debió de vivir una maestra, a juzgar por los cuadernos abandonados. Para ellos es su palacio. Tiene túneles, pasadizos, salón de trono, habitaciones para los invitados y un torreón que vigila desde arriba toda la llanura y en donde el vigía da la alarma por si vienen a atacarnos: Son los restos de un palomar donde ya no habitan las palomas.

No hay peligro alguno, ni en la ida ni en la venida, se trata de un camino de tierra por donde lo único que pasa es algún tractor para labrar los campos. Ojalá, Señor, los que hace tiempo salimos de la sala de la infancia tuviéramos tan claro nuestro viaje: «Yo soy el camino» (Jn 14,6). La noche se acerca con sus ventanas oscuras. Hace mucho calor. Baja la felicidad hasta sus rostros en forma de estrella.

La noche mágica
Efectivamente, estamos en la noche mágica de las estrellas. Antes, por la tarde que cae de bruces hasta el suelo, han dispuesto una subasta de pinturas. Los cuadros, láminas aviejadas de escenas clásicas, han sido rescatados de la muerte que iba a consumarse en el contenedor de la basura. Las han traído como si hubieran descubierto un tesoro oculto. Los compradores, es decir, nosotros los abuelos, pujamos por subir el precio. Al final, el pago ha consistido en un reguero de besos por sus rostros.

Ellos no saben de pandemias, solo saben que ya se quitan las mascarillas en el cole. No saben ni de la guerra en Ucrania, ni de la carestía de la vida, ni de la escasez de la energía, ni de restricciones, ni de la crisis de Taiwán… Ignoran la pesadumbre de un mundo atribulado que pide ayuda y esperanza. Días antes de ser ejecutado escribía Tomás Moro: «Nunca pidamos de Dios exactamente nuestro propio alivio librándonos de la tribulación, sino su ayuda y fortaleza de la forma que quiera».

Vienen de vender en el paseo donde se inicia la noche los collares caseros que acaban de confeccionar en la casa. Los compradores siguen siendo los mismos y los precios también los mismos. Pero tienen arriba el firmamento. Tumbados boca arriba, las luces apagadas, gritan cuando aciertan a ver la estrella fugaz que cruza luminosa. Alguien intenta explicarles el fenómeno. El más atrevido responde que las estrellas fugaces son las golondrinas que han volado hasta el cielo después de beber el agua de la piscina. Yo he pedido un deseo, exclama una voz escasa, que los abuelos no se mueran nunca para venir todos los años a verlos.

Dios está con nosotros, nos ayuda. Y una lágrima imperceptible de la abuela Teresa acaba de convertirse en golondrina que vuela por sus ojos.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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