Cordialmente, una carta para ti (septiembre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2022.

Aquel sublime ensueño (I)

Amigo lector: Lo primero, deseo que hayas disfrutado de un feliz verano. Lo segundo, quiero contarte que una mañana del pasado mes de julio salí a caminar por la Sierra de Guadarrama (Madrid). Se pronosticaba una ola de intenso calor. A medida que transcurría la mañana, la temperatura iba subiendo. El calor era insoportable. Después de una larga caminata, empapado en sudor y con fuerte dolor de cabeza, regresé a casa. Le dije a mi esposa que no me encontraba bien, que me daría una ducha y me acostaría… Así lo hice.
Debí quedarme profundamente dormido… Cuando abrí los ojos vi que estaba postrado en cama, rodeado de mis seres queridos. Todos me miraban con tristeza y lloraban. Yo les decía que no llorasen por mí, que más bien dieran gracias a Dios por los muchos años que me permitió estar a su lado. Incluso me esforzaba en dedicarles una sonrisa…También recuerdo que un sacerdote, antiguo amigo, me administró la Eucaristía y la Unción de los enfermos.

Volví a cerrar los ojos y me quedé nuevamente dormido, ahora con la tranquilidad de que estaba en compañía de mis seres más queridos… Mi tránsito a la eternidad no fue como me lo había imaginado, es decir, como un gran salto al otro lado de un precipicio. En efecto, yo imaginaba que el tránsito consistía en saltar «el abismo que existe entre el tiempo en que estamos y la eternidad hacia la que vamos», según palabras del filósofo ruso Nicolai Berdiaev. No, no hay ningún precipicio ni ningún abismo que saltar. No hay ningún salto brusco, sino más bien una lenta y suave ascensión… Al menos así fue mi tránsito, mi paso a la eternidad, en aquella feliz ensoñación.

Percibí como un suave movimiento ascendente, algo parecido a un vuelo en avión después de despegar, pero en un día tormentoso, de negros nubarrones e intensa lluvia. Mientras el avión asciende nos rodea la oscuridad, las tinieblas, las negras nubes…Como el alma, una vez separada del cuerpo, está fuera del tiempo no pude precisar cuánto duró aquel estado tan angustioso por estar falto de lo que más necesitaba: la presencia de Dios. ¿Fue aquello el Purgatorio, es decir, ese estado donde quedan retenidas las almas de los que mueren en gracia, pero sin haber satisfecho toda la pena debida por el pecado? Es muy cierto que podemos morir en amistad con Dios, pero no estar preparada el alma para contemplar su presencia. Por ello, debe esperar… ¡Y qué angustiosa espera!

Fugaces recuerdos
Sin poder determinar cuánto duró aquella situación, sé que mi alma, ya liberada del cuerpo, experimentó la sensación de poder ir desde el tiempo a la eternidad, pero también desde la eternidad al tiempo. Este retorno al tiempo pasado me permitió revivir hechos lejanos de mi vida terrenal. Resurgieron fugaces recuerdos, tanto buenos como malos. Así, revivieron aquellos instantes en que, siendo joven, estuve a punto de perecer ahogado en un río caudaloso y profundo. Sentí toda la angustia de aquel momento. Pero también revivieron momentos felices: el día de mi boda, las bodas de mis hijos y los nacimientos de mis nietos…Todo lo volví a vivir rápidamente, casi como un relámpago.

En aquella ensoñación, querido lector, empecé a perder poco a poco la noción del tiempo, para ir penetrando en una dimensión nueva y desconocida: la eternidad, en la cual no existe cambio alguno. Todo es siempre igual y lo mismo. El tiempo dejó de existir, dejó de medir mi vida, mientras mi alma se acercaba al horizonte de la eternidad. Me sentía fuera del tiempo. Sin embargo, este cambio no fue brusco, sino que se fue produciendo lentamente, poco a poco. Todo ocurrió despacio, con gran lentitud. Así fue mi tránsito a la eternidad. Al principio todo estaba oscuro, nebuloso y sombrío. Todo era angustia, inquietud y sufrimiento. Pero después surgió la Luz, la radiante y poderosa Luz de la vida eterna… Ahora todo era paz, serenidad y felicidad.

Fue el momento único e indescriptible del encuentro del alma con Dios. Fue el momento de haber encontrado la gloria divina, el momento de la infinita alegría que produce el sentirse amado por el Padre. Fue el momento en que el alma se siente dueña de sí misma, libre del cuerpo, unida a Dios, por lo que es inmensamente feliz… Por todo ello, son muy ciertas estas palabras: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman» (1Cor 2,9).

Dejo, amigo lector, para mi próxima carta el final de aquel sublime ensueño. Mientras tanto, te saluda cordialmente

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

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