La liturgia, encuentro con Cristo (septiembre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2022.

La Carta sobre la formación litúrgica

Afirmaba Romano Guardini en 1923: «La Liturgia no se refiere al conocimiento, sino a la realidad. No es fácil hablar hoy de esto, porque la Liturgia ha desaparecido de nuestra conciencia religiosa». A partir del pensamiento del padre Guardini queremos presentar los siete grandes apartados de la Carta del papa Francisco (Desiderio desideravi) sobre la importancia de la formación litúrgica del pueblo de Dios.
Se va a cumplir un siglo de la publicación de un pequeño, pero interesante, ensayo de Romano Guardini: Formación litúrgica. Una aproximación, uno de los tesoros de sabiduría espiritual que este padre del siglo XX ha dejado en herencia a la Iglesia. Subrayando este centenario y, en línea con la preocupación por la formación litúrgica de todo el pueblo de Dios, el papa Francisco ha querido proponer este tema que no es solo catequético sino, también, espiritual y pastoral. Es de veras significativo que en la Carta apostólica Desiderio desideravi o «La formación litúrgica del pueblo de Dios» se remita a esta obra del gran pedagogo italoalemán que fue Guardini. No está de más recordar que, para profundizar en el alcance de su ensayo sobre la formación litúrgica, hay que tener en cuenta su obra anterior Sobre el espíritu de la Liturgia (1918), que fue magistralmente introducida y propuesta por J. Ratzinger (2000). Años antes Guardini había publicado Via Crucis (1919) y Los signos sagrados (1922); tras Formación litúrgica (1923) verían, también, la luz otras obras donde se conjugaban la centralidad de la Liturgia con la pietas privada y comunitaria: Reflexión meditativa ante la santa Misa (1937), El Señor (1937) y El Rosario de Nuestra Señora (1940).

La enseñanza del profesor germánico se desenvuelve en el ámbito del movimiento litúrgico que entrará en España por Montserrat y Silos y tendrá como pioneros a los padres J. P. Gurruchaga y san Manuel González García.

De hecho, El espíritu de la Liturgia y su precedente Los signos sagrados traerían como consecuencia un esfuerzo por celebrar la Liturgia «de forma más esencial» (expresión predilecta de Guardini). Según O. Glez. de Cardedal se trataba de entender la Liturgia a partir de su exigencia íntima y en su forma interior; como oración inspirada y guiada por el Espíritu Santo mismo, en la que Cristo vuelve a ser contemporáneo nuestro y se introduce en nuestras vidas. Creo que desde aquí habría que abordar la preocupación actual del papa por la formación cristiana de todo el pueblo de Dios y presentar las claves para la lectura de la Carta Desiderio desideravi.

Introducir en la acción litúrgica
El interés por una buena formación litúrgica no es nuevo. Se expresa con claridad en el Magisterio desde Mediator Dei hasta el Concilio Vaticano II. En sus documentos conciliares la Liturgia se considera como asignatura principal en los programas de estudio (cf. Sacrosanctum Concilium, nn. 15-17 y Optatam totius, nn. 4.8.16.19). Posteriormente, un documento de obligada referencia será la Instrucción sobre la formación litúrgica en los Seminarios (1979), donde se enuncian los principios pedagógicos para introducir en la vida litúrgica de la Iglesia: «Una auténtica iniciación o mistagogía debe ilustrar especialmente las bases de la vida litúrgica: la historia de la salvación, el misterio pascual de Cristo, la genuina naturaleza de la Iglesia, la presencia de Cristo en los actos litúrgicos, la escucha de la palabra de Dios, el espíritu de oración, de adoración y de acción de gracias, la espera de la venida del Señor» (n. 9). Otro documento que surgirá es ya un manual de formación, el Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia. Principios y orientaciones (2009).

La Carta del papa invita a su lectura y profundización. En esta misma línea, no han perdido vigencia estas propuestas claras de un maestro en la teología de la Iglesia: «Tras años de rodeos y reversos el cristiano tiene que poseer en propio y familiarizarse día a día con los tres libros esenciales y sagrados, hasta poseerlos con memoria visual y memoria cordial: la Biblia, para saber qué quiere Dios con nosotros a la vez que cómo y quiénes podemos ser nosotros desde él; la Liturgia de las Horas, como forma de alabanza divina y alimento de la fe de cada día, antes de comenzar el trabajo y antes de volver al sueño; el Misal, que nos prepara para que la celebración eucarística sea glorificación de Dios y construcción de Iglesia, santificación del mundo y manantial de fe personal» (Glez. de Cardedal).

Los siete apartados de la Carta
El punto de partida del documento es la afirmación rotunda de que la Liturgia actualiza la historia de la salvación (hodie = hoy): «Desde los inicios, la Iglesia ha comprendido, iluminada por el Espíritu Santo, que aquello que era visible de Jesús, lo que se podía ver con los ojos y tocar con las manos, sus palabras y sus gestos, lo concreto del Verbo encarnado, ha pasado a la celebración de los sacramentos» (n. 9).

I. La Liturgia: lugar del encuentro con Cristo (nn. 10-13)
«Aquí está toda la poderosa belleza de la Liturgia […] si no se nos diera también la posibilidad de un verdadero encuentro con Él, sería como declarar concluida la novedad del Verbo hecho carne […] La fe cristiana, o es un encuentro vivo con Él, o no es» (n. 10).

II. La Iglesia: sacramento del Cuerpo de Cristo (nn. 14-15)
«Como nos ha recordado el Concilio Vaticano II (SC 5) citando la Escritura, los Padres y la Liturgia –columnas de la verdadera Tradición– del costado de Cristo dormido en la cruz brotó el admirable sacramento de toda la Iglesia. El paralelismo entre el primer y el nuevo Adán es sorprendente: por haber creído en la Palabra y haber descendido en el agua del bautismo, nos hemos convertido en hueso de sus huesos, en carne de su carne» ( n. 14).

III. El sentido teológico de la Liturgia (nn. 16-19)
Debemos al Concilio –y al movimiento litúrgico que lo ha precedido– el redescubrimiento de la comprensión teológica de la Liturgia y de su importancia en la vida de la Iglesia: los principios generales enunciados por la Sacrosanctum Concilium, así como fueron fundamentales para la reforma, continúan siéndolo para la promoción de la participación plena, consciente, activa y fructuosa en la celebración, fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano. Con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad» (n. 16).

IV. Redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana (20-23)
«Se nos pide redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana. Me refiero, una vez más, a su significado teológico, como ha descrito admirablemente el n. 7 de la Sacrosanctum Concilium: la Liturgia es el sacerdocio de Cristo revelado y entregado a nosotros en su Pascua, presente y activo hoy a través de los signos sensibles (agua, aceite, pan, vino, gestos, palabras) para que el Espíritu, sumergiéndonos en el misterio pascual, transforme toda nuestra vida, conformándonos cada vez más con Cristo […] hay que cuidar todos los aspectos de la celebración (espacio, tiempo, gestos, palabras, objetos, vestiduras, cantos, música, …) y observar todas las rúbricas: esta atención sería suficiente para no robar a la asamblea lo que le corresponde, es decir, el misterio pascual celebrado en el modo ritual que la Iglesia establece. Pero, incluso, si la calidad y la norma de la acción celebrativa estuvieran garantizadas, esto no sería suficiente para que nuestra participación fuera plena» (nn. 21.23).

V. Asombro ante el misterio pascual, parte esencial de la acción litúrgica (nn. 24-26)
«Si faltara el asombro por el misterio pascual que se hace presente en la concreción de los signos sacramentales, podríamos correr el riesgo de ser realmente impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración […] El encuentro con Dios no es fruto de una individual búsqueda interior, sino que es un acontecimiento regalado: podemos encontrar a Dios por el hecho novedoso de la Encarnación que, en la última cena, llega al extremo de querer ser comido por nosotros. ¿Cómo se nos puede escapar lamentablemente la fascinación por la belleza de este don?» (n. 24)

VI. La necesidad de una seria y vital formación litúrgica (nn. 27-47)
«El hombre moderno […] ha perdido la capacidad de confrontarse con la acción simbólica, que es una característica esencial del acto litúrgico […] La Iglesia reunida en el Concilio ha querido confrontarse con la realidad de la modernidad, reafirmando su conciencia de ser sacramento de Cristo, luz de las gentes (Lumen Gentium), poniéndose a la escucha atenta de la palabra de Dios (Dei Verbum) y reconociendo como propios los gozos y las esperanzas (Gaudium et spes) de los hombres de hoy. Las grandes Constituciones conciliares son inseparables, y no es casualidad que esta única gran reflexión del Concilio Ecuménico –la más alta expresión de la sinodalidad de la Iglesia, de cuya riqueza estoy llamado a ser, con todos vosotros, custodio– haya partido de la Liturgia (Sacrosanctum Concilium) […] Si la Liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10), comprendemos bien lo que está en juego en la cuestión litúrgica […] Es necesario encontrar cauces para una formación como estudio de la Liturgia: a partir del movimiento litúrgico, se ha hecho mucho en este sentido, con valiosas aportaciones de muchos estudiosos e instituciones académicas. Sin embargo, es necesario difundir este conocimiento fuera del ámbito académico, de forma accesible, para que todo creyente crezca en el conocimiento del sentido teológico de la Liturgia […] así como en el desarrollo de la celebración cristiana, adquiriendo la capacidad de comprender los textos eucológicos, los dinamismos rituales y su valor antropológico» (nn. 27.29.31.35).

VII. Ars celebrandi (nn. 48-60)
«Un modo para custodiar y para crecer en la comprensión vital de los símbolos de la Liturgia es, ciertamente, cuidar el arte de celebrar [… que] debe estar en sintonía con la acción del Espíritu […] Por último, es necesario conocer la dinámica del lenguaje simbólico, su peculiaridad, su eficacia» (nn. 48.49).

El papa concluye (61-65) pidiendo superar polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, manteniendo la comunión y con un continuo asombro por la belleza de la Liturgia. «Quisiera que esta carta nos ayudara a reavivar el asombro por la belleza de la verdad de la celebración cristiana, a recordar la necesidad de una auténtica formación litúrgica y a reconocer la importancia de un arte de la celebración, que esté al servicio de la verdad del misterio pascual y de la participación de todos los bautizados, cada uno con la especificidad de su vocación. Toda esta riqueza no está lejos de nosotros: está en nuestras iglesias, en nuestras fiestas cristianas, en la centralidad del domingo, en la fuerza de los sacramentos que celebramos. La vida cristiana es un continuo camino de crecimiento: estamos llamados a dejarnos formar con alegría y en comunión» (n. 62).

Y propone dos temas para el desarrollo y la profundización: «Os invito a redescubrir el sentido del año litúrgico y del día del Señor: también esto es una consigna del Concilio» (n. 63). Tenemos tarea por delante.

Dan del Cerro, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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