Orar con el obispo del Sagrario abandonado (septiembre 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2022.

«Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer»

Afirma san Manuel González en su libro El abandono de los Sagrarios acompañados: «La liturgia es la Iglesia viviendo su fe, su adoración, su amor. El culto es el cuerpo visible de la religión. Y la liturgia es su expresión, su gesto, sus modales, su palabra. La liturgia es el dogma vivido, y metido en lo más hondo de la vida de los creyentes; enseñado auténtica, intuitiva, solemne y oficialmente; y puesto al alcance de los rudos y abriendo horizontes sin fin a los sabios humildes» (OO.CC. I, n. 175).
Toda la celebración litúrgica, tanto de los Sacramentos como de los sacramentales, ha de posibilitar el encuentro personal y comunitario con Cristo resucitado. Encuentro que fascina, asombra y enamora, encuentro que activa la fe, potencia la esperanza y consolida la caridad, porque en la liturgia somos alcanzados por el poder de la gracia, por la fuerza del Misterio Pascual. En cada celebración litúrgica somos transformados por ese encuentro con Cristo vivo, como quedaron cambiados Nicodemo, la Samaritana, la pecadora pública, la hemorroísa, el ciego de Jericó, Zaqueo o María Magdalena.

San Manuel González es heredero de ese valor inmenso de la liturgia de la Iglesia y en el crecimiento espiritual de cada cristiano. A su vez, sus escritos estimulaban en su tiempo y en el momento actual, a quienes le leemos. Recoge el testigo de los siglos precedentes y nos lo entrega a quienes amamos la liturgia e intentamos celebrarla con la mayor hondura, belleza y asombro posible. La carta apostólica del papa Francisco Desiderio desideravi, sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios, nos invita a releer los escritos de san Manuel bajo una nueva luz.

El objetivo de esta carta es: redescubrir, custodiar, y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana. Francisco retoma el sentido teológico de la liturgia que formuló el Concilio Vaticano en su constitución Sacrosanctum Concilium: «La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza« (SC 10). Para que esto acontezca se reclama del creyente una participación plena, consciente, activa y fructosa en cada celebración (cf. SC 11).

San Manuel, muchas décadas antes lo señalaba así: «La liturgia es en Cristo, por Cristo y con Cristo, la grande obrera de la predestinación de los elegidos, trabajando por conformarlos y unirlos a Él y hacerlos crecer en Él. Jesucristo, camino, verdad y vida, es el arquitecto que, por los medios que la liturgia aplica, obtiene la realización de su oración sacerdotal: “que todos sean uno”. Es el gran sacerdocio de Cristo realizado y practicado entre nosotros mientras vivamos aquí abajo» (OO.CC. I, n. 176).

También el sumo pontífice señala cómo ante el Pan partido, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, la oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17,21) juzga y denuncia todas nuestras divisiones. Una exclamación de san Manuel coincide con el dolor del papa: «¡Qué pena que se conozca y se quiera tan poco la liturgia!» (OO.CC. I, n. 176).

Oración inicial
Bendito seas, Padre, porque del costado de Cristo, dormido en la cruz, hiciste brotar el admirable sacramento de toda la Iglesia; concédenos, en cada celebración litúrgica, sumergirnos en ese acto perfecto y agradable a ti, Padre, de la obediencia de tu Hijo a tu voluntad, dando su vida por todos en la cruz, para que nosotros participemos en esa ofrenda de ser hijos en tu Hijo. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Lc 22,7-23.

Meditación de la Palabra
La Eucaristía es el Sacramento del amor, fuente de vida eterna. Jesús, en esta cena de despedida, anticipa su entrega total; su anticipo está preparando su Pascua, su muerte y resurrección, su sacrificio cruento en la cruz y su victoria gloriosa de resucitado.

«La Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre» (SaCa 1). De la Eucaristía brota el mandamiento nuevo del amor: «Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos; si os amáis unos a otros» (Jn 13,34-35).

En cada Eucaristía Jesús nos ama hasta el extremo, da su vida por nosotros, actualiza su entrega total, se hace pan de vida, comida de salvación para cada uno de nosotros, personas hambrientas de verdad y libertad. Viene a nuestro encuentro, llama a nuestra puerta, se hace tan humilde que espera que le abramos y le digamos con toda verdad: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». ¡Con qué emoción hemos de acudir a cada celebración eucarística! La misma que embargaba todo el corazón de los apóstoles aquella última cena.

¡Qué asombrosa luz ha de brotar también en nosotros el misterio eucarístico: entrar en comunión espiritual con lo que estaba viviendo Jesús en aquella noche: «ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15)!

Sería bueno que, en nuestras adoraciones eucarísticas, dejemos resonar una y mil veces la palabra de Jesús sobre el pan y el vino, para que pasen a ser su cuerpo entregado y su sangre derramada: – «Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». – «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
«Vivir la Misa es: 1º conocerla a fondo; 2º estimarla en su valor; 3º tomar por norma de conducta lo que Jesús hace en ella; 4º tener como cifra de mi mayor felicidad en la tierra esta palabra: digo Misa, si soy sacerdote, participo o encargo Misa, si simple fiel; 5º y este conocer, estimar, imitar y gozar mi Misa, tan metido en mi pensar, querer, sentir y obrar de cada día y de cada hora y en cada ocupación, que se pueda decir de mí perennemente: está en Misa, esto es, está viviendo su Misa» (OO.CC. III, n. 5284).

Cada palabra de este fragmento de san Manuel es un fuerte examen de conciencia sobre cómo vivimos nuestras Eucaristías, ya que:

  • 1º Nadie ama lo que no conoce. Lo primero es conocer a fondo qué es la Eucaristía, cómo la instituyó nuestro Señor en la última cena, cómo se fue desarrollando en la Iglesia naciente y en los primeros siglos de nuestra fe, cómo ha llegado hasta hoy, cómo la valoró y reflexionó el Concilio Vaticano II, cómo nos la han presentado los últimos papas…
  • 2º Para estimarla, además de conocerla, hemos de prepararla muy bien e ir con hambre de Cristo a ella; hemos de colocarla afectiva y espiritualmente como centro, fuente, cumbre y razón de nuestra jornada; hemos de prolongarla con largos ratos de adoración eucarística; hemos de acudir a ella habiendo meditado con serenidad y largueza la palabra de Dios que será proclamada.
  • 3º Si en la Eucaristía Jesús se entrega por completo por nosotros («nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos»; Jn 15,13) nuestra norma de conducta será entregarle nuestra vida con un sí rotundo y generoso; y desde Él darnos por entero a los demás. La Comunión eucarística con Cristo es inseparable de la comunión vital con los hermanos y la comunión en su padecer con los pobres y los que sufren.
  • 4º Los verbos «digo» y «oigo» Misa, tan propios del lenguaje litúrgico de los primeros años del siglo XX, hoy podríamos precisarlos mejor con estas expresiones: el sacerdote preside y celebra la Eucaristía, poniendo en juego toda su existencia, para que lo que dice, por la gracia suceda en él: «tomad y comed»… El resto de la comunidad cristiana también celebra la Eucaristía, dentro del sacerdocio común de los fieles. Ese resto no es un mero oyente, pasivo e inexpresivo. No. Cada cristiano que celebra la Eucaristía se deja transformar por el amor de Cristo y ofrece su vida al Padre en la ofrenda del Hijo, en este banquete de amor.
  • 5º Este quinto punto de san Manuel sobre cómo vivir la Misa nos transmite su modo perenne de prolongarla en la vida. Su conocer, estimar, imitar y gozar la Eucaristía («mi Misa») estaba totalmente metido en su pensar, querer, sentir y obrar cada día y cada hora de forma eucarística. Sus ocupaciones personales y pastorales estaban totalmente eucaristizadas. Traslada la Eucaristía, bien vivida y bien celebrada, a lo cotidiano del día a día.

Otro fragmento de sus Obras lo contempla en detalles de vida interior bien concretos: «Oír bien una Misa es aprovecharse de ella, es decir, no pasarse, mientras dura, un rato devoto de lectura o rezo, sino disponerse decididamente a que el Cordero inmolado del altar sea acompañado, imitado y participado por el que a ella asiste; acompañado por las fe viva y agradecida; imitado por la inmolación propia y participado por la Comunión o comunicación de su vida» (OO.CC. II, n. 2891).

Bendiciones de Cristo Eucaristía a quien le adora en su presencia real y sacramental
Respondemos: Bendito y alabado seas, Cristo Jesús, pan de vida.

  • Alabado seas, Salvador, porque nos previenes del pecado, derramando misericordia sobre quienes acudimos a ti humildes y arrepentidos.
  • Alabado seas Hijo del hombre, porque nos enseñas a estar sentados a tus pies, postrados en adoración silenciosa, de tú a tú, como amigos.
  • Alabado seas, Jesús Sacramentado, porque nos ayudas a prolongar tu presencia amorosa y real en tiempos largos de adoración, recostando nuestra cabeza en tu Sagrado Corazón.
  • Alabado seas, Cristo vivo, porque estar contigo, adorándote, es con mucho lo mejor: nos enamoras y fascinas; nos evitas la mediocridad y la tibieza.
  • Alabado seas, consolador divino, porque adorándote, nos enciendes en tu fuego abrasador, nos explicas las Escrituras y nos permites descansar en tu Corazón de pastor.
  • Alabado seas, sanador de cuerpos y almas, porque tu presencia eucarística es medicina que libera de afectos desordenados, apegos a bienes y personas, y nos lanza a buscar en todo la voluntad del Padre.
  • Alabado seas, Hijo de la Virgen María, porque, adorándote, nos vas eucaristizando, para que seamos instrumentos de tu paz, tu consuelo y tu esperanza, en la familia y en la vida comunitaria.

Oración final
Padre eterno, que por boca de tu Hijo nos garantizas que Él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo; concédenos vivir arrebatados en esta deliciosa presencia, para que todas las maravillas que Él realizó, durante su paso por la tierra, las siga obrando en la hora presente en cada uno de nosotros y en toda la Iglesia. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.