Con mirada eucarística (julio-agosto 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2022.

Reflexiones de final de curso

Una vez más llegamos al final de curso, con el verano que empieza con sus correspondientes vacaciones. Es hora de la reflexión final que nos ilumine de cara al futuro, aprendiendo de los acontecimientos pasados. Al menos es hora de dar gracias a Dios, el Señor del tiempo, por habernos permitido llegar hasta aquí.
No ha sido un curso fácil si echamos cuentas de las carencias, sobre todo emocionales, que nos ha proporcionado la pandemia que estamos viviendo. Seguimos echando de menos los encuentros comunicadores, presenciales, en los que despachamos todas nuestras vivencias. Pandemia que, por cierto, sigue vigente entre nosotros, por más que los poderes ocultos se empeñen en silenciarla. Porque siguen los contagios, siguen las muertes, si bien en menor número, debido –dicen– a que las tres dosis de vacuna recibida han servido para algo. La preocupación queda refugiada en los mayores de 60 años.

Un día sucedió el apagón informativo. Las mascarillas se relegaron a los hospitales y al transporte público. Ya se sabe, lo que no se anuncia no existe y, a veces, se anuncia de manera diferente para que exista de otra manera. Sin embargo, la realidad es tozuda y está ahí, inamovible o cambiante. La manipulación de los medios de comunicación es tremenda, hasta tal punto que se necesita tener un criterio bien formado para buscar la verdad en otras fuentes. Parece como si la masa nublara al individuo, en un intento de conducir a la sociedad al sitio conveniente.

Cáritas informa
Y no es solo el tratamiento interesado del covid, sino de otras muchas circunstancias que inevitablemente nos rodean. En este momento, en el que estamos escribiendo el presente artículo, acaban de ser asesinadas en Nigeria 50 personas que estaban asistiendo a Misa en el domingo de Pentecostés. Apenas ha cursado la noticia, no interesa. Como ya interesa menos la guerra en Ucrania, a la que es imposible ignorar porque sigue sirviendo de excusa preferente a fin de disimular otras carestías vitales. Por ejemplo, el precio de la energía, de los alimentos.

Se pregona el desafío de las vacaciones inminentes, la ocasión deseada para el consumo estancado, pero se oculta que hay muchas familias, de las que consideramos normales, a las que les cuesta cada día más llegar al final de mes. Y eso, sin referirnos a situaciones de extrema gravedad producidas por la emigración o situaciones de desestructura social. El último informe de Cáritas (FOESSA-2022) sobre la cohesión social en España tras la covid–19 impresiona por su alarmante realismo. Por cierto, siguen abiertas las distintas sedes de Cáritas, atendiendo a través de ellas a realidades de desahucio social, sin que ello suponga atención informativa: «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3).

El valor del esfuerzo
Interesa especialmente la cultura del pasotismo, de lo superficial, de la diversión. No es la alegría interna y satisfactoria del deber cumplido, aunque para ello sea necesario el sacrificio. Ahora resulta que se puede promocionar, hasta titular, con asignaturas suspensas. El esfuerzo, como valor personal, queda anulado, tal vez para maquillar estadísticas en las que ocupamos los últimos puestos del ranking. Pero la sociedad exige la mejor preparación. Tal es la pregunta: ¿La escuela prepara para la vida? No importan los conocimientos, importa más el adoctrinamiento.

Los diosecillos de hoy, tales como el cambio climático y la ideología de género, suplantan a la verdad que entre todos tenemos la obligación de buscar. Se manipula la historia, las lenguas no sirven para integrar, la geografía es variable según las circunstancias, las ciencias exactas tienen también su perspectiva de relativismo. No se trata de orientar sino de dirigir las conciencias, no se trata de liberar a la persona sino de esclavizarla al compás de los dictados del poder. Y para ocultar tales intenciones se acompañan de palabras como derecho, libertad, democracia, bien común. Palabras que suenan bien, de significación positiva.

La cultura de la vida
En este caso las palabras no comunican, se utilizan para enmascarar la realidad. Ahora resulta que una joven de 16 años puede presentarse en una clínica abortiva sin permiso de sus padres, permiso que por cierto necesita si quiere participar en la excursión organizada por el instituto en el que estudia. Absurdo. Pero es más absurdo todavía porque –se afirma– el aborto responde a un derecho de la mujer y al ejercicio de su libertad. Suena bien, ¿verdad? ¿Y dónde está el derecho y la libertad del ser indefenso que va a ser asesinado? Se estigmatizan a las asociaciones que defienden la vida de los no nacidos, más todavía, se persiguen. Hay otras maneras. Se protege al lobo y al huevo del águila, pero se permite la muerte del nasciturus. El mundo al revés. La defensa de la vida es más sacrificada y más cara que la opción de la muerte, la cultura de la muerte en la sociedad actual.

Por el contrario, proclamemos las palabras de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). El pueblo que ignora sus raíces siempre termina por sucumbir. Ahora también se pretende que los médicos objetores de conciencia, por cuestión de la eutanasia, deben integrarse en una lista; y ya se sabe que las listas esconden siempre un principio de persecución, que no de libertad.

Llegados hasta aquí, queremos entonar un canto a la esperanza: Nuestra nieta Ana acaba de recibir por primera vez a Jesús Eucaristía. Y está contenta.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

Un comentario

  1. Muchas gracias por ese comentario tan valiente y real.
    Nos queda la esperanza de seguir construyendo la paz .

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