Orar con el obispo del Sagrario abandonado (julio-agosto 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2022.

«Salvados por pura gracia» (Ef 2,5)

Afirma san Manuel González en su libro La gracia en la educación: «En dos cosas conviven o se encuentran la gracia natural y la sobrenatural: primero, en que ambas son gratuitas o graciosamente dadas; y éste es uno de los motivos porque esta cualidad o accidente de los hombres se llama gracia o don de Dios, sea en el orden natural, sea en el sobrenatural» (OO.CC. III, 3866).
La vida, la familia, los amigos, la educación recibida, la fe, los sacramentos, la pertenencia a la Iglesia, la vocación, la fidelidad y la perseverancia en la fe y en la vocación, son don de Dios. Todo es gracia. Y todo es don divino. Todo momento de adoración eucarística es momento oportuno, necesario y gratuito, de prolongar la Eucaristía, de dar gracias a Jesucristo por haberse quedado con nosotros, en esta presencia real y sacramental, todos los días hasta el final de los tiempos.

Como dice muy bien san Manuel González, no vamos a entrar aquí en grandes disquisiciones sobre lo que es la gracia natural y gracia sobrenatural. Tan solo apuntaremos aquí algunos detalles de cómo nos bendice Dios de continuo (si estamos abiertos a su gracia) y de cómo esta bendición nos mueve a bendecirle, a adorarle, a darle gracias, en especial, cuando estamos delante de esa presencia eucarística de Jesucristo, muerto y resucitado.

Esa presencia eucarística que adoramos nos fascina, nos seduce, desde un silencio lleno de admiración, desde un canto festivo de alabanza, desde una contemplación del cuerpo místico de Cristo, la iglesia, a través de la adoración del cuerpo eucarístico del esposo, Cristo. Ese silencio lleno de admiración cuando adoramos el Pan eucarístico nos empuja a una mirada de fe y de acción de gracias en tantos gestos de amor, ternura y servicio que prestan tantos creyentes en su familia, comunidad cristiana, lugar de trabajo o cuidado a los más desfavorecidos o abandonados. Es la gracia del Espíritu Santo lo que nos mueve a lo uno y lo otro inseparablemente.

Oración inicial
Oh, Dios Padre misericordioso, que por medio de tu Hijo, muerto y resucitado, nos has bendecido con tu gracia santificante, haciéndonos partícipes de tu vida divina, concédenos que tu Espíritu Santo nos siga purificando de todo mal y de todo pecado, para que seamos digna morada donde los Tres, Padre, Hijo y Paráclito, nos vayáis santificando hasta hacernos templo de vuestra gloria. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Ef 2,3-7

Meditación de la Palabra
La maravillosa armonía en que se encontraban Adán y Eva en el paraíso (con Dios, con todo lo creado y entre ellos), quedó destruida a raíz del pecado del hombre. Este, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. Todos los hombres estamos implicados en el pecado de Adán. Las consecuencias son elocuentes y claras: fratricidio, corrupción universal, idolatría, esclavitud de las pasiones, desenfreno, locura de la imaginación. «Por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores», nos dice san Pablo (Rom 5,19).

Esta realidad del pecado universal solo se esclarece a la luz de la revelación divina. Solo desde el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre, designio de amor y armonía y confianza en él, se comprende que el pecado destruye, deshumaniza, rompe la armonía y belleza inicial que el Creador estableció en el paraíso.

El pecado es un abuso de la libertad que Dios concede a toda persona, cada uno de nosotros ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, por amor y para el amor; nuestra mayor libertad es elegir siempre el bien: amarle a Dios y amarnos unos a otros como hermanos.

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
«La gracia, como todos los dones gratuitos de Dios, se da siempre como semilla y ésta exige en la tierra que la recibe y en el labrador que la posee, laboreo, cultivo, riegos, abonos y cuidados» (OO.CC. III, n. 3867). Todo en la vida cristiana es don y tarea. Todo viene de Dios, es iniciativa suya. No deja de bendecirnos y acompañarnos ni un instante pero, a su vez, espera de nosotros reconocimiento de los bienes recibidos, apertura a su acción transformadora. Como dice san Manuel, el Señor espera de cada uno: «laboreo, cultivo, riego, abonos y cuidados». El orden de vida, la formación permanente, la lectura espiritual, la constancia en la oración, la frecuencia en los sacramentos son esa colaboración nuestra con el plan de Dios.

«La gracia envuelve a su dichoso poseedor y a sus palabras, obras y gestos en un olor que siempre huele bien, en un ambiente propicio y pone en cuanto dice y hace algo, que no por ser más rico, ni más genial, ni más sabio, ni más esforzado, atrae, agrada y da gusto» (OO.CC. III, n. 3868). San Pablo, como san Manuel, nos invita a dejarnos impregnar del buen olor de Cristo, viviendo en su amor, participando vivamente en la Eucaristía, contemplando la pasión del Señor, que manifiesta el inmenso amor que nos tiene: cómo nos ha amado hasta dar la vida por nosotros. Dice san Pablo: «sed imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor» (Ef 5,1-2).

«¿Qué es gracia sobrenatural? Con el catecismo respondo: gracia es un ser divino que nos hace hijos de Dios y herederos de su gloria» (OO.CC. III, n. 3911). Estas palabras de san Manuel nos quedan iluminadas con lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia» (n. 1997).

«Es tan desconsolador saber y ver que la mayor parte de los cristianos desconoce el sentido de la palabra gracia, que es, sin duda, después del nombre de Jesús, la más rica en sentidos del vocabulario cristiano» (OO.CC. III, n. 3911).

Sí, en la hora presente, como en tiempos de san Manuel, se desconoce el valor y el significado de la gracia. De ahí que el papa Francisco señale en su exhortación Alegraos y regocijaos que un grave peligro que se cierne sobre los cristianos sea el pelagianismo: el atribuirse todo crecimiento espiritual o todo gesto de caridad al esfuerzo personal. «La gracia es un ser espiritual, pero no porque la cree el espíritu humano, sino porque es la más perfecta participación de Dios que es espíritu puro» (OO.CC. III, n. 3916).

Sí, la gracia es de orden sobre natural. Escapa de nuestra experiencia humana. Solo podemos conocerla por la fe. No podemos fundamentarla en nuestros sentimientos, logros, avances espirituales o gestos de servicio a los demás. Nadie da lo que no tiene. No estamos justificados por nuestros méritos o hazañas caritativas. El único que salva es Cristo. Es verdad que el Señor dice: «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20). Pero el hecho de ser fecundos en el crecimiento espiritual, en la comunión con los hermanos o en el servicio a los pobres lo ha activado y desarrollado la acción de la gracia actuando en nosotros. Cuanto más humildes seamos, como la Virgen, tanto más actuará en nosotros la gracia.

Bendiciones al Dios Trinidad

  • Bendito seas, Señor, por la gracia de la Creación.
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de tu amor infinito.
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de ser hijos adoptivos.
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de llamarnos a ser santos.
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de ser justificados en tu Hijo.
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de cada Eucaristía, Pan de vida.
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de sembrarnos tu Palabra.
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de ser sacerdotes, profetas y reyes en el sacerdocio regio de tu Hijo.
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de habernos elegido en debilidad y pobreza
  • Bendito seas, Señor, por la gracia de aspirar a la vida eterna.

Oración final
Te damos gracias, Padre, porque en cada Eucaristía nos haces partícipes de vuestra vida divina, donde tu Hijo, en virtud del Espíritu eterno, actualiza y hace presente la ofrenda de su vida a ti en el sacrificio del altar, memorial del sacrificio cruento de la cruz, don absolutamente gratuito, amor sin límites, donde Él dio su vida por los hombres. Concédenos, Padre, que esta gracia, donde Jesucristo vive y crece en nosotros, nos haga experimentar lo que vivió y gozó san Pablo: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.