Con mirada eucarística (junio 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2022.

La paz esté con vosotros

Estamos asistiendo a una guerra radiada y televisada, aunque como es de suponer, nos transmiten la realidad que interesa, la realidad manipulada. No olvidemos que, conforme suele afirmarse, la primera víctima es la verdad cuando se trata de guerra. A pesar de todo, la muerte y la destrucción aparecen monstruosas. Nos estamos refiriendo en esta ocasión a la mal llamada «guerra de Ucrania».

Edificios destruidos, escombros ruinosos en lo que antes fueron calles y plazas radiantes y luminosas. El humo negro, terrorífico, que ocultan los cielos y las nubes que por ellos paseaban como palomas blancas. Y sobre todo, cadáveres desperdigados como si fueran objetos abandonados y sin destino sobre un suelo cenizoso o sepultados en fosas anónimas dispuestas para el olvido. Surgen muchas preguntas, entre ellas algunas de este tipo: ¿Dónde está Dios?

La negación de Dios
Es la pregunta que el hombre se hace ante la irracionalidad, ante la situación inexplicable por absurda. Ya quisiéramos tener nosotros la respuesta convincente. Lo que sí está claro es que es ese mismo hombre el que provoca tales situaciones de injusticia, de muerte, de destrucción. Con otras palabras: El ser humano es capaz de las máximas maldades cuando se aparta de Dios. Porque Dios es el Bien. Dos cosas son evidentes: La presencia de la libertad en la conducta humana y la posible tentación del Maligno. Nunca debemos olvidar que Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, fue tentado por el Demonio y que, libremente, rechazó sus pretensiones. Es en esta dirección por donde nosotros pretendemos entender la existencia de la maldad humana, entenderla que no justificarla.

El mal, presente en cualquier guerra, es la negación de Dios, negación de la conciencia divina que anida en el interior. Y lo que es más lacerante todavía, se hacen guerras en el nombre del mismo Dios, cuando Él es el supremo Bien. Qué curioso, Dios ha creado al hombre, y este es capacitado para las mayores proezas y también para los mayores desastres.

¡Libertad humana!
Ya escribía san Agustín que Dios, que te ha creado sin ti, tampoco te podrá salvar sin ti. Queda patente la concurrencia del ser creado en la construcción o en la destrucción del Reino de Dios, que es reino de paz. ¡Libertad humana! El saludo de Cristo siempre es el mismo: La paz sea con vosotros. Lo repetimos continuamente en la celebración de cada Eucaristía. Cristo Jesús, Príncipe de la Paz, uno más de los nombres con los que lo reconoce Fray Luis de León.

Lo que ocurre es que la noticia es lo extravagante, lo indeseable, lo anómalo. La guerra es siempre noticia; la paz suele serlo en contadas ocasiones. Si echamos un vistazo a la historia de la Humanidad, la historia que conocemos, podemos apreciar que esta se cuenta por una repetida sucesión de guerras: La Guerra del Peloponeso, las Guerras Púnicas, la Guerra de las Galias, la Guerra de los 100 Años, la Guerra de la Independencia, las dos grandes Guerras Mundiales, la Guerra Civil…, para qué seguir. Se olvidan los grandes períodos de paz, como si estos no fueran noticiables por considerarlos acontecimientos de curso normal, que se dan por sobrentendidos. Se olvida, por ejemplo, la gran prosperidad de Europa que comienza tras la terminación de la Segunda Guerra Mundial y llega hasta el día de hoy. Se olvida con demasiada frecuencia que existen también hombres de paz.

Incluso, dentro de la misma guerra, se olvidan las acciones generosas, resueltas en el amor más solidario, tales como la ayuda humanitaria en los niveles más primarios (cobijo, alimentos, vestido) o el acogimiento de los seres más desvalidos, esos niños de cara sucia y sonrisa limpia que no entienden nada del otro mundo letal de los mayores. Nos quedamos con la nobleza, siempre mayoritaria, aunque silenciosa y escondida, de la cara más pura y más humana, más divina, de los constructores de la paz.

Constructores de la paz
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios» (Mt 5,9). Así lo proclama Jesús de Nazaret en el conocido Sermón de la Montaña, donde resume el contenido de la Buena Nueva. Seguir a Cristo es tanto como construir paz. La paz demuestra la filiación divina del hombre, el supremo valor. Porque la paz es la armonía del alma que no entiende de distracciones que la enturbien, que discurre en el equilibrio de la bondad honda que considera al otro dentro de una hermandad universal.

La paz es el espejo del cielo estrellado que se proyecta en el mar calmado de la dicha, un mundo desasosegado donde no tiene cabida la insidia, la trampa, el abandono, donde la lucha, el odio, los rencores, el viento se los lleva al lugar de los desprecios.

La paz es la tranquilidad del caminante que no teme el acecho de las fieras, porque ya no existen, que encamina sus pasos siempre en dirección de los amores, superando pruebas, ni envidiado ni envidioso.

La paz construye puentes, elimina fronteras y distancias, lleva en su equipaje el alimento necesario, no más, y las palabras que iluminan la estancia, pequeña en esta vida, pero inmensa e infinita que espera allá arriba en la montaña.

La paz es eliminar diferencias, buscar los lugares para los abrazos, tender la mano siempre abierta, es el día que siempre hacemos hermoso, es sentir la fuerza del amor de Dios que nos une y nos hermana.
Y siendo así, y todavía más, ¿por qué el hombre se empeña en hacer guerras?

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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