Enseñanzas de san Manuel sobre san José (junio 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2022.

«Dolentes» como la Virgen María y san José

En su infinita misericordia, Dios se compadeció del ser humano pecador hasta el extremo de enviarnos a su Hijo para que se encarnara, muriera en la cruz, resucitara y se quedara en la Eucaristía por amor a nosotros. ¿Y nosotros no nos compadecemos de ese Dios abandonado en el Sagrario donde nos espera día y noche? (cf. a modo de ejemplo OO.CC. I, nn. 5, 82, 84). ¿No lloramos cuando escuchamos de países donde solo el 10 o 20% de los católicos comulgan?
La compasión de Jesús desconocido, rechazado y olvidado en el Sagrario es tema neurálgico en san Manuel. No basta amar a Jesús Eucaristía; este amor debe llevarnos a un dolor profundo y constante por su abandono y a una entrega decidida a hacer todo lo que esté en nuestra mano para remediarlo.

1. «Sólo para eso están las Marías»
«Para consolar a Jesús abandonado. Sólo para eso están las Marías» (Pláticas a las hermanas, p. 142). San Manuel enumera cuatro oficios de las Marías de los Sagrarios–Calvarios. El tercero es «llorar y lamentarse con el Corazón Eucarístico de Jesús», compadeciéndose de su abandono, intentando por todos los medios repararlo, desagraviarlo y remediarlo (cf. OO.CC. I, nn. 62; 623; 624; para facilitar la lectura, se omitirá la mención a las Obras Completas de san Manuel, dejando solo los números correspondientes). Las Marías deben sentir compasión de que esté abandonado y llorar sobre ese abandono (cf. 657).

El campo de acción de las Marías es inmenso, pues también hay abandono de los Sagrarios acompañados, que piden y urgentemente exigen lágrimas de desagravio y de consuelo (cf. 783).

Es más, san Manuel exhorta a las Marías a llorar no solo por «los Sagrarios sin almas» sino también por «las almas sin Sagrario». Si quieren llorar como la Magdalena, deben llorar no solo porque les quitaron a su Señor, «sino porque Él es a quien le han quitado las almas» (795).

«Imitad ese amor tan delicado y esa firmeza admirable al pie de vuestro Sagrario de donde lo han quitado o tratan de quitarlo… y llorad, no sólo ante los Sagrarios materiales sino también ante los espirituales, ante tantas almas que lo han echado de sí y ante tantas obras, sobre todo de niños, de donde lo quieren quitar violentamente… ¡Llorad, reparad, compensad al Amor tan ultrajado, tan horriblemente herido y profanado y haced lo posible y lo imposible por devolverlo a sus Sagrarios predilectos, las almas, en donde pueda morar contento de ser conocido, amado e imitado!» (721).

Lo mismo le dice a las Marías Nazarenas. María Magdalena «llora porque se han llevado a su Jesús y no sabe dónde lo han puesto».

«La María llora porque aunque su Jesús está en el Sagrario, está despreciado, ultrajado y abandonado. Esto podemos decir que es lo más esencial de las Marías Nazarenas» (Pláticas a las hermanas, p. 83; cf. pp. 1-2). Estas «no quieren saber más que llorar porque Jesús Sacramentado está abandonado… Y con esas lágrimas de compasión… hablarles a las almas de esta gran pena y ganarlas para Él» (p. 83; cf. p. 118).

Entre tantos textos en los que san Manuel insiste sobre este tema, cerramos con el siguiente: «Yo diría que el corazón de una María no debe latir más que por un sentimiento, ni moverse más que por una sola fuerza, ni tender más que a un solo fin: la compasión. Y definiría nuestra Obra así: Obra de la compasión; y a la María perfecta, con estas dos palabras: La compasión andando» (1172; cf. 1173-1179).

2. «Comulgar dolorida»
Si supiéramos que una persona amada, a quien le debemos muchísimo, está pasando por abandonos, desprecios y ultrajes, sería imposible que nos quedáramos indiferentes, sin hacer nada por remediarlo, como si no tuviera que ver con nosotros. Y mientras esa situación subsistiera, no podríamos dejar de compadecernos y dolernos.

«Una María es… Una enterada de que, siendo el Sagrario lo mejor de la tierra, es lo peor tratado en la tierra» (613).

«Una María es un alma enterada por gracia de Dios de eso que, a pesar de estar tan a la vista, llama tan poco la atención, del abandono de Jesús en el Sagrario y de lo injusto y cruel que ese abandono es para Él y lo desastrosamente funesto para las almas y los pueblos» (614).

Por eso san Manuel insiste tanto en que el dolerse continuamente por el abandono de Jesús Sacramentado es central en su espiritualidad.

En su obra clásica Mi Comunión de María, al explicar «Qué es comulgar una María», hace unas aseveraciones fundamentales:

  1. El comulgar no es solo «condición indispensable» de su Obra, «sino su esencia, de tal suerte que no se da Obra de Marías sin Comunión diaria sacramental o espiritual, cuando no pueda ser aquélla» (1168).
  2. Ser María «es esencialmente comulgar en desagravio del abandono en que lo tienen los que no comulgan», por lo que es indispensable «saber comulgar» para que este desagravio se dé realmente y no suceda que Jesús en vez de consolado quede entristecido (cf. 1168).
  3. Esto implica que además de las condiciones de los demás comulgantes, la Comunión de una María se debe caracterizar por tres cosas: 1. Comunión diaria; 2. con su Comunión acompañar y desagraviar a «un Sagrario que el abandono trocó en Calvario», y 3. tener como condición propia de su «dulcísimo oficio» la compasión: «Es decir, debes comulgar dolorida» (1169).

«Dolentes… He aquí la palabra que debe dar color y esencia a todas tus Comuniones, visitas y obras de piedad y celo» (1170).

Muchas personas comulgan con verdadera devoción y amor a Jesús. Muchas sirven al prójimo de diferentes maneras para honrar a Jesús. Pero eso no las hace Marías:

«Las almas piadosas comulgan y visitan el Sagrario y socorren enfermos y enseñan catecismo y fomentan la piedad, y con su dinero y su trabajo la propaganda buena; pero todavía no por eso son Marías» (1170).

¿Qué es lo que las convierte en Marías? ¿qué es lo que distingue a una verdadera María?

«Necesitan hacer eso dolentes, apenadas y entristecidas de ver y sentir abandonado al Jesús vivo de sus Comuniones y visitas o representado por […] los necesitados de cualquier clase. No me cansaré de inculcar esta idea, que es fundamental en nuestra Obra» (1170).

Así como sus ojos no deben ver más que «la cara triste de Jesús desairado en su Sagrario» y su corazón no debe sentir pena mayor que su tristeza, para sus Comuniones, visitas y todo lo que hacen «no debe haber más fin que buscarle reparación de la más grata, pura y santa compañía. Así es como harán todas sus obras y ocuparán su vida entera, dolentes» (1171).

Este dolor procurará a sus Comuniones y visitas, además del «amor de gratitud» que todos deben tener, «el amor de compasión que le haga ansiar y sentir como propias las penas de los crueles abandonos del Amor no amado ni agradecido». Consuelo para Jesús, «finuras de caridad» para los necesitados y bendiciones para la María «es buscarlo dolorida, compadecida y afanosa de repararlo en donde quiera que lo vea, sea en el Sagrario repitiendo perennemente su Evangelio, sea en los pobrecitos que lloran abandonos del alma o del cuerpo». Esa compasión, además, afina los sentidos «para descubrirlo y repararlo» (1171). «Marías, Marías, comulgad, visitad, socorred, trabajad, hablad, sentid, haced todo lo vuestro para con vuestro Jesús, vuestro prójimo y vosotras mismas de este único modo: Dolentes» (1172).

Todo esto no lo podrán hacer las Marías sin la asistencia de la Virgen, cuya compasión por Jesús y anhelo de verlo compadecido no tiene parangón: «Y como a nadie tiene tanta cuenta encender ese fuego de compasión, ni nadie ha ardido y arde tanto en él como María Inmaculada, Madre del divino Abandonado y Maestra de las Marías, por eso he querido que sea Ella la que os enseñe y acompañe a comulgar como Marías» (1178).

3. «Dolentes» como María y José
Luego de afirmar tan categóricamente la importancia de que las Marías comulguen, visiten al Santísimo Sacramento y hagan todo lo que hacen «dolentes», si es que quieren ser verdaderas Marías, es muy significativo que les dé como ejemplo supremo de ello a María y José. De hecho, la palabra «dolentes» se la inspiró el texto evangélico del Niño perdido y hallado en el templo (cf. Lc 2,48): «¡Dolentes! Es la palabra con que el santo Evangelio expresa el modo como buscaban a Jesús perdido sus padres, María y José. ¡Lo buscaban doloridos, apenados, con dolor constante y creciente!» (1170).

La María debe condolerse ante Jesús abandonado en el Sagrario para empeñarse en darle y buscarle compañía, y lo hará realmente en la medida en que se compadezca profundamente de su abandono y lo busque «dolorida, apenada, con dolor constante y creciente» como María y José lo buscaron. No pasajero ni superficial; su dolor debe ser «constante y creciente» (1170).

Nadie ha amado a Jesús y valorado su presencia entre nosotros como la Virgen y san José, y por eso mismo nadie ha sentido dolor tan constante y creciente por el abandono de que es objeto como ellos. Consecuentemente, nadie mejor que Ellos para enseñarnos y ayudarnos a amar a Jesús y a comprender el tesoro inefable del Sagrario y la tragedia inconmensurable de su abandono.

En una plática a las Marías Nazarenas, san Manuel les explica la importancia del dolor a la luz de Jesús, «Varón de dolores», y María «la Dolorosa» (cf. pp. 117-119). Dios Padre quiso que las personas más queridas suyas, «su divino Hijo y la Virgen Inmaculada» fueran las que más sufrieran, pues ese era el camino para la redención humana.

«Y vosotras, como Marías Nazarenas, habéis cogido a Jesús y a María en la hora de su mayor dolor, ¡en el Calvario! que es también la hora de su mayor amor y de su mayor obra ¡la Redención!; y como vosotras queréis cooperar también a la obra de la Redención del Sagrario abandonado y de las almas abandonadas sin Sagrario, acercando éstas a Jesús, debéis desposaros con el dolor y no extrañaros nunca de él […] El dolor por Jesús y con Jesús es santificador y redentor» (p. 118).

En este contexto, san Manuel no olvida a san José: «Ya vemos cómo los que más han sufrido en la tierra han sido Jesús y María; y después de Ellos S. José, cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. De ningún Santo celebra la Iglesia sus dolores más que de S. José. Desde luego son dolores gozosos porque los sufrió por amor y sufrir por amor es gozar, pero al fin dolores» (p. 119).

Inmediatamente después de Jesús y María, coloca a san José como el que más ha sufrido por amor. De esto se deduce que será también, junto con ellos, el mejor aliado y modelo que tenemos en nuestra vivencia y comprensión cristianas del dolor. Una vez más, lo presenta unido a María en función prototípica y pedagógica para con los miembros de su amada Obra.

4. La mejor fórmula contra la tentación
Al explicar la sexta petición del Padrenuestro: «No nos dejes caer en la tentación», san Manuel afirma que la tentación más peligrosa es dejar cualquiera de los dos remedios que Jesús nos indicó: vigilancia y oración (cf. 1064). Asimismo considera que «la mejor fórmula» contra la tentación es «la enseñada por los propios padres de Jesús» en el Templo (Lc 2,48) y consiste en el temor y pena constante de perder a Jesús: «No consta en el Evangelio que aquellas dos hermosísimas almas hubiesen estado sometidas a la dura y peligrosa ley de la tentación, pero sí consta que pasaron por trances muy parecidos. El amor sin fondos ni riberas que a su Jesús tenían les hacía pasar por no sé si llamar miedo, temor, recelo o pena de perderlo o de que se lo quitaran. ¡Es tan propio eso del amor! […] ¡Qué bien expresa ese estado de gozo y temor la palabra o queja de la Madre al encontrar a Jesús en el templo, después de llorarlo perdido por tres días!: “Tu padre y yo te buscábamos con dolor”» (1065).

Si nosotros tuviéramos «esas dulces angustias del amor de María y de José» que hicieron bajar del cielo ángeles a calmarlas (cf. Lc 1,30; Mt 1,20; 1065), tomaríamos muy en serio la desgracia incomparable de perder a Jesús y clamaríamos por su gracia en las tentaciones, para no caer.

María y José lloraron al Niño perdido sin culpa suya; nosotros lo perdemos por nuestros pecados y podríamos perderlo por la eternidad y nos quedamos tan tranquilos… Por eso san Manuel nos insta a «vivir buscando siempre a Jesús en el Sagrario con amor, por ser quien es, y con dolor, por ser nosotros lo que somos» (cf. 1066).

5. San José y el Seminario de Málaga
Como gran pedagogo, san Manuel se preocupó por evidenciar de alguna forma en todas sus capillas las verdades eucarísticas. En el caso de las Marías Nazarenas, por ejemplo, al entrar en su capilla, dice que «lo primero con que nuestra vista tropieza […] es una hostia grande, muy grande, y esta hostia está sobre campo morado. Esto quiere decir que las Marías que aquí van a vivir, no van a vivir más que para mirar la Hostia y ésta en el campo morado del abandono» (p. 79).

Este afán se mostró de manera máxima en la magna obra de su Seminario de Málaga, tan importante para él, y tan cuidadosa, amorosa y teológicamente planeado por él hasta el último detalle (cf. 2015, 2017, 2083), para que de verdad fuera «un seminario sustancialmente eucarístico», en el que la Eucaristía fuera «el primer Maestro y la primera asignatura» (1994-1996). «Un seminario, en el que la Eucaristía no habría de ser una cosa más, siquiera la más importante, sino su vida, su bien, su doctrina, su alimento, su seguridad, su gozo, su gloria» (2326). «Y tan de Él, que allá no se reconoce más Amo que a Él, ni más Maestro que a Él, ni más Rector que a Él. Y tan para Él, que […] la cosecha que de aquel semillero o seminario se espera es esto solo: “formar sacerdotes-hostias que consuelen al Corazón Eucarístico de Jesús, salven las almas y hagan felices a los pueblos”» (2087).

En este seminario, «todo él del Corazón Eucarístico de Jesús» (2326; cf. 2085-2088), encontramos tres significativos detalles josefinos:

  1. 1. La bendición e inauguración de la iglesia del Seminario tuvo lugar el 21 de abril de 1926, día en que la Iglesia celebraba entonces una fiesta litúrgica en honor a San José: «¡Fiesta del patrocinio de san José de 1926! ¿Quién te olvidará de entre la familia de mi seminario?» (2081). «En esa iglesia tantas veces acariciada en sueños he tenido el placer inmenso de celebrar la santa Misa» (2083).
  2. El interés primordial de san Manuel es que «todo lo del seminario responda al fin sustancialmente eucarístico propuesto». Por eso «el Sagrario habría de ser el vértice de la construcción y el foco de toda la vida del seminario», y él quería «no una capilla, uno de cuyos altares fuera el Sagrario, sino una capilla que fuera esto solo: un Sagrario». Se le daría una forma tal de modo que «la capilla vendría a ser como un copón gigantesco y el seminario todo como el Tabernáculo que guardara ese copón». Además, «el interior de la capilla sería sobrio de adornos que distrajeran la atención» de lo principal «y hasta los cuatro altares laterales para las imágenes del Sagrado Corazón, la Inmaculada y san José y los santos patronos del Seminario… que fueran lo bastante sencillos para que no destacaran» (2012; cf. 2010). De notar aquí que dentro de la absoluta preeminencia del Sagrario solo habría cuatro altares laterales, uno de los cuales dedicado a San José.
  3. San Manuel describe el Sagrario de la iglesia de su amado seminario detalladamente (cf. 2327-2331). Tres relieves de plata repujada enseñan «el trato que deben los seminaristas a la Eucaristía». Precisamente en el primero, «la Inmaculada y san José presentan a su divino Hijo a la adoración de los que se le acercan, con esta inscripción: “Al Corazón Eucarístico de Jesús, venid y adorémosle” (trato de adoración)» (2328).

La Inmaculada «comulgando de manos de san Juan» también está presente en el segundo relieve como modelo del «trato de comensal del alma limpia y de corazón hambriento» que debe recibir Jesús (2328). La llave del Sagrario «es una imagencita de la Madre Inmaculada» que «entra y llama, por ministerio del sacerdote, en el Corazón del Cordero inmolado» y las puertas del Sagrario se abren (2330).

De nuevo vemos cómo incluye a san José junto con la Inmaculada. Son ellos dos los que presentan «a su divino Hijo a la adoración de los que se le acercan» y los que nos invitan a adorar el Corazón Eucarístico de Jesús.

San Manuel anhela y pide al Corazón Eucarístico de Jesús que estos gráficos sean como capítulos de «la gran asignatura» de su seminario que consiste en «saber y saborear» el Sagrario (2331). Sin duda la Virgen y san José tienen un papel preponderante e indispensable para que los seminaristas la aprendan y la vivan.

Deyanira Flores
Publicado en El Granito de Arena, Enseñanzas de san Manuel, San Manuel González, San Manuel González García.

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