«Su afmo. P. in C. J.» (junio 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2022.

«Recuerdo yo a un viejo amigo, un obispo santo»

Cartas de san Manuel González a san Josemaría Escrivá

Así se refería en febrero de 1975, pocos meses antes de su muerte, san Josemaría Escrivá al protagonista de la anécdota que iba a contar a un numeroso grupo de miembros del Opus Dei en Venezuela. La narraba con emoción y con la viveza de quien la tiene muy presente. Se refería a san Manuel González, una de las personas que le acompañó espiritualmente en aquellos primeros años del Opus Dei.
Josemaría Escrivá había sido ordenado sacerdote en 1925 y se movía por Madrid acabando sus estudios de doctorado en la Universidad Central, pero sobre todo buscando, con la ayuda de Dios, sacar adelante el Opus Dei, la obra que había fundado en octubre de 1928. Uno de sus primeros colaboradores en esta tarea sería Isidoro Zorzano, un joven ingeniero de caminos que desde 1927 trabajaba para la empresa Ferrocarriles Andaluces en Málaga, al mismo tiempo que impartía clases en la Escuela Industrial. Precisamente fue un grupo de personas de esa Escuela quienes, en febrero de 1931, le denunciarían públicamente por realizar apostolado y mantener una conducta reciamente cristiana.

Tras contarle a D. Josemaría estos problemas, Escrivá no tardo en escribirle y aconsejarle que, antes de emprender acción alguna, acudiese al obispo de Málaga y le contase la situación con toda confianza «a ese bendito Prelado», de quien seguramente recibiría buen consejo. La razón: «te entenderá bien, porque está más loco que nosotros». No hay constancia que en aquella fecha san Josemaría y san Manuel González ya se conocieran personalmente, pero no cabe duda de que, aunque no fuera así, ambos vivían en una misma sintonía, una «sintonía eucarística», como tituló D. Geraldo Morujao en 2015 su aportación al I Congreso Internacional beato Manuel González.

El primer encuentro
En 1933, san Manuel, aún obispo de Málaga, obedeciendo las órdenes de la Nunciatura, se establece en Madrid. Se alojará en un piso modesto que le ofrece una familia madrileña y su estancia en la capital se desarrollará de manera discreta. No hay que olvidar que, a pesar de la distancia, en ningún momento dejó de encargarse de su diócesis y nunca quiso llamar la atención precisamente porque la situación jurídica en la que se encontraba era delicada y difícil en muchos aspectos. Pero aquel joven sacerdote no quiso perder la ocasión de conocerle y seguramente a través de amistades comunes, pudo llegar hasta el piso en la calle Blanca de Navarra y saludarle. Contrastando los índices onomásticos del volumen Cronología de José María Escrivá de Balaguer y Albás. Madrid 1927-1936 y del volumen IV de las Obras Completas de san Manuel González, editados ambos en 2020, encontramos varios amigos comunes de estos ahora dos grandes santos. Tal es el caso del Dr. Enríquez de Salamanca, de Jorge Doetsch, Enrique Friend, y de los sacerdotes D. José Dosal, D. Luis Latre o D. Moisés Díaz–Caneja, entre otros.

Varios biógrafos de san Josemaría Escrivá han comentado acerca de este encuentro que está bien documentado y que tuvo lugar en Madrid el 16 de mayo de 1933. Julio Eugui, es una de las personas que trabajó en la causa de canonización de san Josemaría y en 1992 relataba para el diario palentino El día de Palencia lo que consta sucedió en aquella ocasión: «la entrevista es muy cordial. El prelado asegura al sacerdote visitante que rezará por él, y al despedirse le anima a venir a verle con frecuencia». Así debió hacerlo san Josemaría porque en 1938 –como recuerda Eugui– en una carta al secretario del obispo, D. Fernando Díaz de Gelo, «el fundador del Opus Dei habla del ambiente grato que siempre ha respirado en casa de don Manuel y de cómo ha salido de allí tonificado y fortalecido para el cumplimiento de su propia misión».

Constantino Ánchel, en un extenso artículo publicado en la revista Studia et Documenta (vol. 12, 2018), coloca a D. Manuel González entre los sacerdotes que «desempeñaron un papel particular en su acompañamiento espiritual: fueron confesores, le aconsejaron en su vida interior o, por una especial sintonía espiritual, tuvieron conversaciones e intercambio de experiencias sacerdotales, muy estimadas por el fundador del Opus Dei». Ánchel, en este artículo, pone de manifiesto varios detalles de la relación de san Josemaría con san Manuel, pero me ha llamado la atención conocer uno que recoge en nota de pie de página, y es que entre los papeles de san Josemaría se ha conservado un recorte de El Granito de Arena, concretamente del editorial del número 496, del 20 de mayo de 1928, titulado «Rozarse con Jesús», y en el que san Manuel narraba una anécdota sobre un acertadísimo comentario de un niño de su catequesis, y que tantas veces relataría el fundador del Opus Dei.

Es fácil imaginar la escena de un joven san Josemaría, que le ha recordado al obispo aquella anécdota que tanto le impactó, riendo mientras san Manuel la escenifica, seguramente imitando el acento andaluz de sus chaveas de Huelva. Solo así se alcanza a comprender la forma y los detalles con los que san Josemaría cuenta esta conversación muchos años después, en febrero de 1975, y que afortunadamente hoy podemos ver, pues aquella tertulia con miembros del Opus Dei en Caracas quedó grabada.

Comunicación epistolar
En 1935 san Manuel deja Madrid al ser designado obispo de Palencia. En otoño se traslada a esta ciudad. Pocos meses después estalla la Guerra Civil en España y san Josemaría, como tantos otros sacerdotes en Madrid, ve como su vida corre grave peligro. Con la ayuda de algunos amigos logra abandonar la ciudad y, tras una odisea atravesando los Pirineos, llegará a Burgos. Es entonces cuando escribe a san Manuel, quien no tardará en contestarle manifestándole que:

«Con muchísimo gusto he recibido su buena carta y he dado gracias al Corazón de Jesús porque se ha dignado librar a V. y a algunos de sus colaboradores de los horrores del Madrid rojo, saliendo de él, más animados, si cabe, para trabajar por el reinado de Cristo nuestro Señor. Mi enhorabuena muy entusiasta» (OO.CC. IV, n. 6776).

En aquellos momentos, recibir esta carta fue una gran alegría para san Josemaría, y así se lo manifestó al entonces obispo auxiliar de Valencia, Mons. Lauzurica: «otra compensación (Jesús sabe mucho) ha sido una efusiva y larga epístola, con amor a la Obra, que me ha escrito el Sr. Obispo de Palencia» (Crosas, F., «Epistolario de san Josemaría Escrivá de Balaguer y mons. Javier Lauzurica», en Studia et Documenta, 4, 2010, p. 425).

En efecto, aquellas palabras de san Manuel del 7 de enero de 1938 estaban llenas de afecto y de ánimo, e incluían una invitación para que le visitara en Palencia:

«Como esto coge de paso para muchos sitios, espero que no pasará sin hacer una pequeña escala en Palencia. Agradecidísimo a su cariñosa felicitación, deseo y pido para V. y sus fieles auxiliares un año repleto de bendiciones del cielo para poder dar una gran batalla a los enemigos de Cristo y ganar muchas almas para la verdad y la virtud» (OO.CC. IV, n. 6776).

Sabemos que esa visita se produjo, y que D. Manuel, al verle tan delgado y demacrado, no pudo evitar comentarle a D. Fernando Díaz de Gelo: ¡es otro hombre!

Última carta
Tenemos constancia de que hubo otras tres ocasiones en las que san Manuel se dirigiría al fundador del Opus Dei, recordando siempre en estas cartas «a los suyos». En junio de 1939 le escribiría por última vez, impulsando con su oración y su bendición las iniciativas de aquella obra:

«Mi muy querido en Cristo: He recibido su grata y con muchísimo gusto le envío la bendición que me pide para sus trabajos apostólicos en tierras valencianas, a la vez que pido al Corazón de Jesús que bendiga Él también muy abundantemente esos trabajos para que la cosecha sea muy copiosa, aunque V. no lo vea de momento» (OO.CC. IV, n. 7028).

Estamos ante dos grandes santos españoles del s. XX, aunque ciertamente pertenecen a diferentes generaciones. Cuando san Josemaría se refiere a él en el muchas veces citado n. 531 de Camino, la obra más conocida y difundida de Escrivá, lo hace refiriéndose a un «anciano Prelado», y es que él siempre le profesó esa veneración y respeto que cualquier persona de bien siente por sus mayores.

Como se ha dicho, la vida de san Manuel en Madrid, en el período que va desde 1933 a mediados de 1935, se desarrolló con mucha discreción y no acostumbraba a asistir a ceremonias en las que estuviese el obispo de Madrid–Alcalá, pero Mons. Eijó Garay recurrió a él en alguna ocasión para que le sustituyera. Así sucedió el 15 de junio de 1935, cuando, encontrándose enfermo, le pidió al obispo de Málaga que fuese él quien confiriera el sacramento del sagrado orden del presbiterado a los que debían recibirlo aquel día en el Seminario de Madrid, entre ellos un joven José Ignacio Marín Núñez de Prado, que había seguido durante varios años sus estudios en el de Málaga y que nunca, en su larga vida de sacerdote, dejó de ver en aquella «oportuna» enfermedad de Mons. Eijó Garay, la mano de la Providencia que le permitió recibir el sacramento del orden de manos de quien había guiado sus primeros pasos hacia el sacerdocio.

Consta también que san Manuel confirió el sacramento del orden en Madrid a tres redentoristas el 27 de diciembre de 1934. Es posible que san Josemaría estuviese presente en una de estas ceremonias (a la vista de la Cronología arriba citada, es más posible que en la celebrada en junio de 1935) y fuese testigo de las lágrimas del obispo mientras les imploraba a los nuevos sacerdotes ese «tratádmelo bien», que en alguna ocasión ya había suplicado a sus hijas, las Marías Nazarenas.

Es hermoso pensar que dos personas que compartieron amistad, alegrías y dificultades en esta vida, se encuentran ahora gozando de la presencia de Dios y que las obras que aquí pusieron en marcha para su gloria continúan en el empeño de acercar almas a Él.

Aurora M.ª López Medina
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

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