Cordialmente, una carta para ti (junio 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2022.

Tierra Santa en el recuerdo (y III)

Amigo lector: Recordarás que en mi anterior carta habíamos dejado al P. Martin y a su amigo George en Jericó, la ciudad más antigua del mundo. Desde aquí regresaron a la residencia que los jesuitas poseen en Jerusalén.
El P. Martin había programado para el día siguiente ir a Betania, pero como su amigo no podía acompañarle, realizó este pequeño viaje (Betania está tan solo a 3 kilómetros de Jerusalén) en un viejo minibús y en compañía de otros dos sacerdotes jesuitas. Tenía mucho interés en visitar la localidad donde Jesús efectuó el milagro de la resurrección de Lázaro, el hermano de Marta y María.

Llegados a Betania, subieron una colina que lleva a la iglesia de San Lázaro. Muy cerca de ella se encuentra una puerta metálica de color marrón oscuro, tras la cual hay una larga y estrecha escalera de piedra que baja a la tumba de Lázaro. Era el lugar en que, según la tradición, habían depositado su cuerpo. Cuando Jesús llegó a este lugar hacía cuatro días que Lázaro había muerto; a pesar de ello, le gritó: «Lázaro, sal fuera». Y el muerto salió con las manos y los pies sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario.

Conocidas las principales localidades de Tierra Santa, el P. Martin y su amigo decidieron visitar el Cenáculo, es decir, el lugar donde se celebró la Última Cena. Dicho lugar se encuentra en la Ciudad Vieja de Jerusalén, muy cerca de la iglesia de Hagia María donde, según la tradición, la Virgen quedó sumida en un sueño eterno. Subiendo por una escalera de metal se accede al Cenáculo, un amplio salón con pavimento de piedra y techo abovedado. El P. Martin, siguiendo los Evangelios, nos va narrando ampliamente todo lo sucedido en aquella Última Cena, incluido el lavatorio de pies.

Getsemaní
La visita siguiente, lector amigo, fue al Huerto de los Olivos o Jardín de Getsemaní. Hasta aquí se desplazaron Jesús y sus discípulos desde el Cenáculo. En este lugar, junto a los olivos, se construyó una iglesia, ante cuyo altar y en el suelo hay una gran piedra sobre la que Jesús oró, lloró y sudó sangre. Cuando yo visité el Huerto de los Olivos iba con un grupo de personas bastante numeroso. Recuerdo que esperé a que todos entraran en la iglesia para quedarme a solas y poder meditar unos minutos. Allí, en aquel momento de soledad, imaginé la tristeza y la profunda angustia de Jesús. Es posible –pensé– que algunos de estos olivos sean testigos mudos de la aflicción y del horrible sufrimiento de nuestro Salvador. Me lo imaginé arrodillado, llorando y pidiendo: «Padre, si quieres aleja de mí este cáliz; mas que no se haga mi voluntad, sino la tuya». No pude evitar que las lágrimas acudieran a mis ojos.

Santo Sepulcro
Volviendo al relato del P. Martin, cabe destacar que fue a visitar la iglesia del Santo Sepulcro el mismo día de su llegada a Jerusalén. Sentía ansias de conocerla. A la entrada de esta monumental iglesia se encuentra una losa, que todos los fieles veneran porque en ella fue depositado el cuerpo de Cristo al ser bajado de la cruz. En esta misma iglesia, y subiendo por una escalera, se puede visitar el Gólgota o Calvario, donde tuvo lugar la crucifixión. Hay aquí un altar, con dos columnas que lo sostienen, y un disco de plata debajo, el cual indica el sitio exacto donde estuvo clavada la Cruz. A ambos lados del altar se encuentran dos discos negros que señalan los lugares de las cruces de los dos ladrones. Con todo, lo más importante de esta iglesia es el Santo Sepulcro, lugar donde Cristo fue sepultado, y que se halla en una cueva tallada en la roca. Sobre esta cueva se construyó una enorme rotonda. La roca sagrada está cubierta de mármol.

El autor dedica los últimos capítulos de su libro a narrar las apariciones de Jesús resucitado. Dice sobre tales apariciones que «demuestran que Cristo resucitado comprendía qué necesitaba cada uno de los discípulos para creer». Así, destaca que María Magdalena solo necesitaba oír su nombre; sin embargo, Tomás necesitaba ver y tocar. En la aldea de Emaús solamente lo reconocieron en el momento de partir el pan… Junto al lago de Tiberíades se apareció a varios discípulos; ninguno de ellos se atrevió a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor.

Ya al final de su interesante libro nos habla el P. Martin de la dura caminata que hubo de emprender para subir a la cima del Monte de los Olivos. Tenía sumo interés en visitar la Capilla de la Ascensión, la cual está situada donde Jesús resucitado fue llevado a los cielos (cf. Mc 16,19; Lc 24,51). Con el deseo, amigo lector, de que hayan sido de tu agrado los comentarios sobre el libro Jesús, escrito por el P. James Martin, te saluda cordialmente

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

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