Con mirada eucarística (mayo 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2022.

Las bodas de oro

Hace ya 50 años, concretamente el día 3 de abril de 1972, una joven de 21 años y un joven de 25 se daban el «sí, te quiero» en la iglesia románica de Arcas. Aún resonaban por sus paredes los compases de la música religiosa que había tenido lugar el día anterior, domingo de Resurrección. Con Jesús resucitado en medio comenzaba el matrimonio de Teresa y Lucrecio, nuestro matrimonio.

Pero no queremos hablar de nosotros, lo cual sería una vanidad pretenciosa; queremos hablar a través de nuestra experiencia matrimonial de cómo nos ha sido posible llegar hasta aquí. Sin duda ninguna, y en primer lugar, porque Dios, el Señor del tiempo, nos ha dado los años para transitar por ellos.

La fidelidad a un proyecto
Dos personas, un hombre y una mujer, que se unen en matrimonio lo hacen para compartir un proyecto de vida en común, del que formarán parte importante los posibles hijos, si así Dios lo quiere. No debe olvidarse que ese proyecto va de la realización individual de dos personas, del crecimiento vital en todos los sentidos, único e intransferible, de cada uno de ellos: Dos vidas caminan y maduran, diferentes, para cumplir una misión compartida. Renunciar a esa perspectiva de individualidad puede conducir al fracaso.

El respeto al otro, la comprensión del otro, la aceptación de las diferencias del otro hacen sin duda el proyecto más sólido y continuado en el tiempo. Cada cual cumple con su papel o su rol concertado, consensuado, que varía con los años y las circunstancias, en función de las cuales se modifican las conductas. Ninguna función es más importante que la otra, no vale una más que la otra, sencillamente se complementan: Marido y mujer, padre y madre son igualmente necesarios y valiosos.

El matrimonio, decía el dramaturgo Casona, es como un carrillo chino monoplaza, uno va subido y el otro tira de él, pero hay que cambiar continuamente de sitio. Tal actitud resume la fidelidad al proyecto. La fidelidad comporta la renuncia de lo personal, el sacrificio sin límite, la ayuda según proceda y, sobre todo, el amor, que es la argamasa del proyecto. Hemos nacido para amar y ser amados. Dos vidas tan distintas se unen en matrimonio para formar una familia que, por cierto, es la escuela donde se aprende a amar. Amar al cónyuge, a los hijos, a los nietos…

La libertad del otro
La convivencia matrimonial no es fácil. Y si la infidelidad es causa común de muchas separaciones, no es menos cierto que la tiranía también conduce a la disolución de los matrimonios. Más grave aún, el sometimiento, que puede ser no solo físico sino también psicológico, conduce al desastre de la pareja. Da escalofríos constatar que en algunas ciudades el número de divorcios supera en número al de matrimonios.

El otro es distinto, es diferente, pero es igualmente persona. La persona, es decir, cada uno de nosotros somos seres únicos, individuales, irrepetibles. Es imposible hacer que el otro sea igual que yo, que se comporte de la misma forma o tenga los mismos intereses o aficiones. Se impone el respeto a la libertad del otro.

La cuestión no está en conseguir que el otro se acomode a mí mismo, sino en que sea yo mismo quien intente acomodarse al otro que me acompaña, compañero–compañera, el que comparte el pan conmigo. Es la decisión, libremente adoptada, de dos que se aproximan con la libertad de ser hijos de Dios a transitar por un camino que intenta constantemente desembocar en un destino común. No importa la renuncia, incluso el sacrificio y el dolor, si todo ello resulta de una decisión personal y no de una imposición de la voluntad del otro. Ceder libertad por una causa superior es sin duda el mayor acto de libertad que puede adoptarse para la perdurabilidad de un matrimonio. Porque, como es lógico, después de 50 años los hijos han formado su propia familia, pero siguen quedando mirándose al espejo, envejecidos por el tiempo, aquellos dos mismos jóvenes que siguen cultivando, libremente, el mismo amor.

Cuestión de tres
Tal es la expresión cuando Teresa se refiere a nuestro matrimonio: Es una cuestión de tres. Porque Dios está por en medio de los dos, el Dios encarnado en su Hijo Jesús de Nazaret. La vida es muy corta, y además la carga pesada nos la convierte en dura y tediosa. Qué larga se hace la vida sin Dios. A Él acudimos para que nos la haga más ligera y llevadera.

Las enfermedades, la crianza de los hijos, la dificultades económicas o de cualquier otro tipo quiebran a veces la consistencia de la pareja. Parece como si aquel amor primero se resintiera. Sin duda, todos los matrimonios tienen sus desavenencias, sus crisis. En algún momento hemos tenido una sensación extraña y angustiosa, como si todo llegara a su fin. Pero Él estaba ahí, cargado de esperanza y de perdón. Quererse es continuamente perdonarse. Jesús Eucaristía, presente en nuestras vidas. Así se lo dice Lucrecio a Teresa: «La veo con sus dedos arrugados/cosiendo bolsas que almacenan vida,/me mira muchas veces y me dice:/Cuestión de tres, Contigo siempre en medio./Su corazón le late corcovado/con ruidos que a Ti suenan cadenciosos./No la dejes, Señor, te necesita./Yo le respondo con silencios largos/y una lágrima enjuta y derrotada/se asoma a los hilillos de mis ojos./Cuántas gracias, Señor, tengo que darte/por verte a Ti con ella, al lado justo/de mis dudas, mis tontos pensamientos./Consérvala, Señor, la necesito./Parece que fue ayer, y es que el camino/con ella se hace corto, como un paso./Almacena la fe que a mí me falta,/me desquita las penas que me sobran./Con ella en su sonrisa Tú apareces/alumbrando las sombras de mi casa./Espéranos, Señor. Cuando Tú quieras» (del libro Contigo en el desván).

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER

Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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