Reflexiones del P. Cantalamessa sobre la Eucaristía (II)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2022.

Redescubrir el asombro eucarístico(II)

Ofrecemos este mes la conclusión de la primera catequesis que el cardenal Raniero Cantalamessa, o.f.m.cap., Predicador de la Casa Pontifica, ofreció a la Curia Romana sobre la Liturgia de la Palabra. En ella continúa explicando la importancia de la Palabra proclamada y da algunas pautas respecto a la homilía.
No solo los hechos, sino también las palabras del Evangelio escuchadas en la Misa adquieren un significado nuevo y más fuerte. Un día de verano, estaba celebrando la Misa en un pequeño monasterio de clausura. Tocaba, como pasaje del Evangelio, Mateo 12. Nunca olvidaré la impresión que me hicieron aquellas palabras de Jesús: «Aquí hay uno que es más que Jonás… Aquí hay uno que es más que Salomón». Era como si las escuchara en ese momento por primera vez. Entendí que «aquí» realmente significaba en ese momento y en ese lugar, no solo en el tiempo en que Jesús estuvo en la tierra, hace muchos siglos. Desde aquel día de verano, esas palabras se me han hecho queridas y familiares de una manera nueva. A menudo, en la Misa, en el momento en que hago la genuflexión y me levanto después de la consagración, tengo que repetir dentro de mí: «¡He aquí que ahora hay aquí uno que es más que Salomón! ¡He aquí, ahora hay aquí uno que es más que Jonás!».

Resultado de la escucha
La Escritura proclamada durante la liturgia produce efectos que están por encima de toda explicación humana, a la manera de los sacramentos que producen lo que significan. Los textos divinamente inspirados también tienen un poder curativo. Después de leer el pasaje del Evangelio en la Misa, la liturgia invitaba en un tiempo a que el ministro besara el libro diciendo: «Que las palabras del Evangelio borren nuestros pecados» («Per evangelica dicta deleantur nostra delicta»).

A lo largo de la historia de la Iglesia, acontecimientos epocales han ocurrido como resultado de escuchar las lecturas bíblicas durante la Misa. Un joven escuchó un día el pasaje del Evangelio donde Jesús le dice a un joven rico: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme» (cf. Mt 19,21). Entendió que esta palabra estaba dirigida a él personalmente, así que se fue a casa, vendió todo lo que tenía y se retiró al desierto. Su nombre era Antonio, el iniciador del monacato. Muchos siglos después, otro joven, recientemente convertido, entró en una iglesia con un compañero. En el Evangelio del día Jesús decía a sus discípulos: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero, y no llevéis dos túnicas» (Lc 9,3). El joven se volvió hacia su compañero y le dijo: «¿Has escuchado? Esto es lo que el Señor quiere que nosotros hagamos también». Así comenzó la Orden Franciscana.

Orígenes decía a los cristianos de su tiempo: Vosotros, que estáis acostumbrados a participar en los misterios divinos, cuando recibís el cuerpo del Señor lo conserváis con todo cuidado y toda veneración para que ni siquiera una migaja caiga al suelo, para que nada se pierda del don consagrado. Estáis convencidos, con razón, de que es una falta dejar caer fragmentos por negligencia. Si sois tan cuidadosos para conservar su cuerpo –y es justo que lo seáis–, debéis saber que descuidar la Palabra de Dios no es menos falta que descuidar su cuerpo.

Una celebración nueva y atractiva
La Liturgia de la Palabra es el mejor recurso que tenemos para hacer cada vez, de la Misa, una celebración nueva y atractiva, evitando así el gran peligro de una repetición monótona que especialmente los jóvenes encuentran aburrida. Para que esto suceda, debemos invertir más tiempo y oración en la preparación de la homilía. Los fieles deberían ser capaces de comprender que la Palabra de Dios toca las situaciones reales de la vida y es la única que tiene respuestas a las preguntas más serias de la existencia.

Hay dos maneras de preparar una homilía. Uno puede sentarse a la mesa y elegir el tema en base a las propias experiencias y conocimientos; luego, una vez que el texto esté preparado, ponerse de rodillas y pedir a Dios que infunda el Espíritu en las propias palabras. Es algo bueno, pero no es una forma profética. Para ser proféticos deberíamos seguir el camino inverso: primero ponernos de rodillas y preguntarle a Dios cuál es la palabra que quiere hacer resonar para su pueblo.

De hecho, Dios tiene su propia palabra para cada ocasión y no deja de revelarla a su ministro, que se lo pide humilde e insistentemente. Al principio será solo un pequeño movimiento del corazón, una luz que se ilumina en la mente, una palabra de la Escritura que atrae la atención y arroja luz sobre una situación vivida. Es, aparentemente, solo una pequeña semilla, pero contiene lo que la gente necesita escuchar en ese momento. Después de eso, uno puede sentarse a la mesa, abrir sus libros, consultar notas, recoger y ordenar sus pensamientos, consultar a los Padres de la Iglesia, a los maestros, a veces a los poetas; pero ahora ya no es la palabra de Dios la que está al servicio de tu cultura, sino tu cultura al servicio de la palabra de Dios. Solo de esta manera la Palabra manifiesta su poder intrínseco.

La obra del Espíritu Santo
Pero hay que añadir una cosa: toda la atención prestada a la palabra de Dios por sí sola no es suficiente. Sobre ella debe descender «la fuerza de lo alto». En la Eucaristía, la acción del Espíritu Santo no se limita solo al momento de la consagración, a la epíclesis que se recita antes de ella. Su presencia es igualmente indispensable para la Liturgia de la Palabra y, veremos a su debido tiempo, para la Comunión.

El Espíritu Santo continúa, en la Iglesia, la acción del Resucitado que, después de la Pascua, abrió las mentes de los discípulos a la comprensión de las Escrituras (cf. Lc 24,45). La Escritura, dice la Dei Verbum del Concilio Vaticano II, «debe leerse e interpretarse con la ayuda del mismo Espíritu mediante el cual fue escrita». En la Liturgia de la Palabra, la acción del Espíritu Santo se ejerce a través de la unción espiritual presente en el que habla y en el oyente.

«El Espíritu del Señor está sobre mí; por eso me consagró con la unción y me envió a llevar la buena nueva a los pobres» (Lc 4,18). Jesús indicó así de dónde saca su fuerza la palabra proclamada. Sería un error confiar solo en la unción sacramental que hemos recibido de una vez por todas en la Ordenación sacerdotal o episcopal. Esta nos permite realizar ciertas acciones sagradas, como gobernar, predicar y administrar los sacramentos. Nos da, por así decirlo, la autorización para hacer ciertas cosas, no necesariamente autoridad al realizarlas; asegura la sucesión apostólica, ¡no necesariamente el éxito apostólico!

Pero si la unción es dada por la presencia del Espíritu y es su don, ¿qué podemos hacer para tenerla? En primer lugar, debemos partir de una certeza: «Hemos recibido la unción del Santo», nos asegura san Juan (1Jn 2,20). Es decir, gracias al Bautismo y la Confirmación –y, para algunos, a la Ordenación sacerdotal o episcopal– ya poseemos la unción. Más aún, según la doctrina católica, ha impreso en nuestra alma un carácter indeleble, como una marca o un sello: «Es Dios mismo –escribe el Apóstol–, quien nos ha conferido la unción, nos ha impreso el sello y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (2Cor 1,21-22).

Como ungüento perfumado
Esta unción, sin embargo, es como un ungüento perfumado encerrado en un jarrón: permanece inerte y no libera ningún olor si no se rompe y no se abre el jarrón. Así sucedió con el jarrón de alabastro roto por la mujer del evangelio, cuyo aroma llenó toda la casa. Ahí es donde se inserta nuestra parte sobre la unción. No depende de nosotros, pero depende de nosotros eliminar los obstáculos que impiden la irradiación. No es difícil entender lo que significa para nosotros romper el jarrón de alabastro. La vasija es nuestra humanidad, nuestro yo, a veces nuestro árido intelectualismo. Romperlo significa ponerse en un estado de entrega a Dios y de resistencia al mundo.

No todo, afortunadamente para nosotros, está confiado al esfuerzo ascético. Mucho puede, en este caso, la fe, la oración, la humilde imploración. Por lo tanto, pidamos la unción antes de que nos estemos preparando para una predicación o acción importante al servicio del Reino. Mientras nos preparamos para la lectura del Evangelio y a la homilía, la liturgia nos hace pedir al Señor que purifique nuestros corazones y labios para poder anunciar dignamente el Evangelio. ¿Por qué no decir alguna vez (o al menos pensar dentro de sí): «Unge mi corazón y mi mente, Dios Todopoderoso, para que pueda proclamar tu palabra con la dulzura y el poder del Espíritu»?

La unción no solo es necesaria para que los predicadores proclamen eficazmente la Palabra, sino que también es necesario que los oyentes la acojan. El evangelista Juan escribía a su comunidad: «Habéis recibido la unción del Santo, y todos tenéis conocimiento. La unción que habéis recibido de él permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os instruya» (1Jn 2,20. 27). No es que toda instrucción sea inútil. ¿Por qué, entonces, Juan escribe su carta y nosotros te predicamos?, comenta Agustín, y responde: «Es el maestro interior quien verdaderamente instruye, es Cristo y su inspiración los que instruyen. Cuando falta su inspiración y su unción, las palabras externas solo provocan un alboroto inútil» .

Y espero que no haya sido así también mi discurso de hoy a vosotros, venerables padres, hermanos y hermanas.

Raniero Cantalamessa, o.f.m.cap.
Traducción: Pablo Cervera, Pbro.
Publicado en Cantalamessa, El Granito de Arena, Iglesia hoy.