Orar con el obispo del Sagrario abandonado (mayo 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2022.

«Dios resucitó a Jesús de entre los muertos» (Hch 13,30)

Afirma san Manuel González en su libro El Rosario sacerdotal, al meditar sobre los misterios gloriosos, que «la Resurrección y la Ascensión, son la acción de gracias que da el Padre Dios a su Hijo Hombre por haberle ofrecido en sacrificio su Cuerpo y su Sangre» (OO.CC. II, n. 2553).
La resurrección de Jesús es el acontecimiento central de nuestra fe, la verdad fundante de nuestro seguimiento de Cristo y nuestra pertenencia a la Iglesia; así se ha transmitido de generación en generación, así lo experimentaron los apóstoles y nos lo transmitieron en la Sagrada Escritura: «si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados» (1Co 15,16).

El acontecimiento de la resurrección de Cristo tuvo manifestaciones históricas ciertas y comprobadas. Se apareció a las mujeres, a Cefas, a otros apóstoles y muchas personas, la tumba estaba vacía. Quienes le vieron resucitado sufrieron una total transformación, como lo cuenta de sí mismo san Pablo: del Saulo perseguidor, vehemente y fanático, pasó a ser el apóstol de los gentiles. «Iba, pues, camino de Damasco, y cuando estaba ya cerca de la ciudad, hacia el mediodía, de repente brilló a mi alrededor una luz cegadora venida del cielo. Caí al suelo y oí una voz que me decía: “Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues”» (Hch 22,6-8).

La fe de las primeras comunidades cristianas se basa en el testimonio de hombres y mujeres que palparon y tocaron el cuerpo glorioso de Cristo resucitado; testigos que se jugaron la vida como mártires por anunciar la victoria de Cristo sobre la muerte; testigos que, por el Espíritu y la luz de la resurrección, pasaron del miedo cuando apresaron a Jesús en Getsemaní a la valentía de testimoniarlo vivo cuando eran llevados ante tribunales o metidos en la cárcel. Desde el inicio de la Iglesia, los primeros cristianos, unidos en un mismo espíritu, «partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón» (Hch 2,46). Se reunían el primer día de la semana, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, para «partir el pan» (Hch 20,7). Desde entonces hasta hoy, los cristianos celebramos este banquete de comunión, anunciando el misterio pascual de Cristo «hasta que venga» (1Co 11,26).

Oración inicial
Te damos gracias, oh Dios, porque nos permites revivir año tras año el Misterio Pascual, donde cada creyente y toda la Iglesia recobra la dignidad perdida, adquiere la esperanza de la resurrección futura, participa activamente en la Eucaristía, se alimenta del pan de la Palabra y extiende el Evangelio con gozoso testimonio de la presencia amorosa de tu Hijo; concédenos, Señor de clemencia, que celebrando día tras día la victoria de Cristo, el Espíritu Santo actualice en nosotros la fuerza de tu infinito amor.

Escuchamos la Palabra
Hch 13,30-33.

Meditación de la Palabra
Este fragmento del discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, el sábado, es el punto culminante de su predicación: después de un breve repaso por toda la historia del pueblo hebreo, mostrando la misericordia de Dios, anuncia que dios ha cumplido lo que prometió por medio de los profetas resucitando a Jesús de entre los muertos.

Con el misterio de la Encarnación, muerte y resurrección de Cristo, ha comenzado un tiempo nuevo. Con su sangre derramada en la cruz, Dios establece una alianza nueva y eterna con el nuevo pueblo que nace del costado abierto de Cristo: nueva Alianza de paz y amor sellada y actualizada en el sacrificio incruento del altar.

Su cuerpo entregado y su sangre derramada nos hace partícipes de su vida divina, que siembra en nosotros semillas de eternidad.

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
«Y ¡cómo se ve al Padre glorificar a su Hijo anonadado y obediente hasta la muerte de cruz! 1º Exaltando su Cuerpo con su Resurrección gloriosa, causa y modelo de todas las resurrecciones, y espiritualizándolo con las dotes del cuerpo glorioso».
Señor Jesús, concédeme la gracia de experimentar la alegría de tu resurrección para colaborar contigo en la santidad de la Iglesia y en la extensión del Evangelio.

«2º Perpetuando en la tierra el honor y la exaltación a la santa humanidad de su Hijo con la perpetua adoración en todos los lugares del mundo de su Eucaristía, que es su Carne y su Sangre inmolada y gloriosa, manjar, vida, modelo de toda virtud y fuente de toda delicia de las almas».
Bendito seas, Cristo Eucaristía, por el crecimiento constante de iglesias y capillas donde se ha logrado la adoración perpetua a tu presencia eucarística, siendo tú el sol que nace de lo alto que alimenta e ilumina a cuantos adoradores te dedican una hora santa a la semana adorándote en gratuidad y alabanza.

3º Haciendo del sacerdocio de su Hijo, principio y razón de todo sacerdocio y causa principal e instrumento el más excelso y eficaz de la glorificación suya, de la redención, justificación y santificación de las almas y de la luz y paz del mundo».
Alabado seas, Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, porque sigues llamando al ministerio sacerdotal a jóvenes y adultos, para que, una vez ordenados, sean instrumento tuyo, excelso y eficaz, de tu redención y santificación en favor de la porción del pueblo de Dios que se les ha confiado y sean, a la vez, por la fuerza del Espíritu, sembradores del Evangelio, pastores según tu corazón y testigos de tu luz y tu paz en medio de los hombres.
«4º Levantando el nombre de Jesús sobre todo nombre, ante el que, de grado o por fuerza, ha de doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos».
Bendito seas, Cristo Jesús, porque ante tu presencia eucarística, sacramento de tu amor, signo de tu resurrección, toda rodilla se dobla, reconociéndote Rey de reyes y Señor de señores, el que eras, el que eres y el que vendrá.
«5º Llenando los ojos y el corazón de la Madre sacerdotal, después de dilatárselos con expansiones prodigiosas, casi infinitas, del gozo sobre todo gozo, de la visión y posesión de su Hijo triunfante para siempre de la muerte y del dolor».
Ante tu presencia eucarística, te pedimos, Jesús Sacramentado, por intercesión de tu Santísima Madre, que dilates los ojos de nuestra fe y acrecientes en nosotros el gozo de sentir tu resurrección, para que en los momentos de dolor y fracaso, de enfermedad y de muerte, experimentemos tu cercanía, amistad, fortaleza y consuelo.
«6º Ensanchando el corazón de los sacerdotes de su Jesús con el optimismo y los alientos de la más sólida esperanza en su ministerio de redención por el dolor, de exaltación por la ignominia, de vida por la muerte».
Gracias, Cristo sacerdote, porque ensanchas el corazón de los presbíteros colmándolos, por tu Santo Espíritu, de esperanza y consuelo, para que irradien sin desmayo, llenos de alegría, tu vida en medio de tantos signos de muerte que hoy nos quieren dominar.
«7º Dando por la muerte y la resurrección de su Hijo a sacerdotes y fieles, a los redimidos todos, la lección más completa y fecunda de doctrina celestial, de verdad y de vida» (OO.CC. II, n. 2564).
Alabado seas, Padre Dios, porque has resucitado a tu Hijo de entre los muertos, lo has constituido Señor y Mesías, Salvador y Pontífice de la nueva Alianza, para que los redimidos con su muerte y resurrección, y llenos del Espíritu Santo, seamos sus testigos hasta los confines del mundo y servidores de los hombres, como él lavó los pies a sus discípulos en la Última cena.

Para orar en comunidad

Madre de Cristo sacerdote,
que estuviste firme y fuerte
al pie de la cruz,
que experimentaste el dolor de la espada
que te traspasó el alma,
que acogiste en tus rodillas
el cuerpo de tu Hijo
al ser bajado de la cruz
por José de Arimatea,
intercede por nosotros
para que nunca olvidemos
el secreto de la gloria de Cristo sacerdote:
¿No era necesario que el Mesías
padeciera todo esto
para entrar en su gloria?
Madre: ¡qué bien nos lo enseñó
san Juan de la Cruz!:
el que no busca la cruz de Cristo,
no busca la gloria de Cristo.
¡A la luz por la cruz!
¡A la gloria por la ignominia!
¡A la vida por la muerte!
¡A la fecundidad, siendo grano de trigo!

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.