Cordialmente, una carta para ti (mayo 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2022.

Tierra Santa en el recuerdo (II)

Amigo lector: Como recordarás, terminaba mi anterior carta contándote la visita del P. Martin y su amigo a Galilea. Desde aquí se dirigieron a Tabga, localidad cercana al Mar de Galilea. Su propósito era conocer el lugar donde Jesús obró el milagro de los panes y los peces.
En dicho lugar se edificó una iglesia de piedra, reconstrucción de una muy antigua, que se la conoce con el nombre de iglesia de la Multiplicación de los Panes y los Peces. En su interior, ante el altar y en el suelo, hay un mosaico donde están representados dos peces junto a una cesta de mimbre que contiene unos panes.

Nos advierte el P. Martin que la multiplicación de los panes y los peces es aplicable a dos milagros distintos. En efecto, en el primero Jesús dio de comer a cinco mil personas y, en el segundo, a otras cuatro mil. Afirma el autor del libro que los estudiosos de los Evangelios no se ponen de acuerdo sobre por qué los evangelistas nos ofrecen dos versiones diferentes del hecho… ¿Fueron dos milagros distintos o uno solo? A esta pregunta responde el P. Martin, diciendo que «la mayoría de los estudiosos cree que circularon dos versiones de una misma historia, y que Marcos y Mateo incluyeron ambas en sus Evangelios para no menospreciar una de las tradiciones».

Al regresar de Galilea a Jerusalén, nuestros dos peregrinos se dirigieron al lugar donde Jesús fue bautizado en el río Jordán. Este río transcurre desde la parte más septentrional del actual Israel hasta su desembocadura en el Mar Muerto, recorriendo un total de 251 kilómetros. Llamó la atención del P. Martin el color verde fluorescente del agua, hasta el punto de afirmar que «se parecía más a una botella de Seven Up que a agua». Y a continuación se plantea la interesante pregunta de por qué necesitaba Jesús que le bautizaran. «¿No debería ser el Hijo de Dios –se pregunta– el que bautizara a los demás?». Y contesta recordándonos que Jesús quiso parecerse en todo al hombre, que quiso adentrarse en la condición humana, por lo que, aunque no era pecador, Él quiso participar en el mismo ritual en que los demás participan.

En Cafarnaún
En dos ocasiones, amigo lector, visitaron Cafarnaún el P. Martin y George. En esta ciudad existe una casa reconstruida, que las excavaciones sacaron a la luz y que se cree era de san Pedro. También existe una sinagoga que se dice fue construida sobre la del siglo I, en la que Jesús predicaba y en la que curó a un hombre que estaba endemoniado. Jesús ordenó al espíritu inmundo que saliera fuera del pobre hombre. Dando un gran grito, el espíritu arrojó al hombre al suelo y salió fuera de él (Mc 1,21-28). En Cafarnaún también curó a un paralítico. Jesús estaba predicando en una casa abarrotada de gente. Dice el Evangelio de san Marcos que la multitud no cabía en la casa, ni siquiera junto a la puerta. Como era imposible entrar, cuatro amigos del paralítico lo subieron al tejado en una camilla, abrieron un boquete encima de donde estaba Jesús, y por él descolgaron la camilla. Jesús, al verlo, le perdonó sus pecados. Pero, ante los pensamientos maliciosos de unos escribas que allí estaban, les dijo: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, coge tu camilla y vete?» (Mc 2,1-12). Y así fue. Jesús curó al paralítico, quien cogió la camilla y se marchó.

Recuerdo, lector amigo, que cuando yo visité Jericó iba muy ilusionado no solo porque allí había estado Jesús, sino también porque era la ciudad más antigua del mundo. ¡Iba a visitar una ciudad con más de 10.000 años de historia! Por Jericó pasó Jesús camino de su crucifixión, y aquí llegaron el P. Martin y su amigo George para recorrer la ciudad y rememorar hechos ocurridos hace dos mil años. El primero de ellos fue la curación de un ciego, llamado Bartimeo, un mendigo que pedía limosna al borde del camino. Cuando oyó que venía Jesús, empezó a gritarle y a pedirle que lo curase. Después de hablar con él, Jesús hizo que recobrara la vista (cf. Mc 10,46-52). El segundo hecho fue el encuentro con Zaqueo, avaro recaudador de impuestos y muy rico. Debido al gentío, Zaqueo, bajo de estatura, no podía ver a Jesús, por lo que se subió a un árbol. Jesús lo vio y le dijo: «Zaqueo, baja aprisa, pues hoy me hospedaré en tu casa». Así lo hizo y, ante su profundo arrepentimiento, Jesús pronunció estas palabras: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también él es hijo de Abraham; pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 1-10). Lector amigo, en la próxima carta daré por concluido, D. m., el comentario del libro Jesús. Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.