«Su afmo. P. in C. J.» (mayo 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2022.

Una auténtica «madrina» del Seminario de Málaga

Cartas de san Manuel González a Dña. Marina González del Castillo

La necrológica de Dña. Marina González del Castillo, publicada en El Granito en enero de 1960, recordaba unas palabras que en su día escribió san Manuel en una carta a esta María de los Sagrarios: «a su nombre solo le falta una d para ser Madrina». En España cuando nos referimos a la madrina lo hacemos en ocasiones usando una segunda acepción que tiene este término y que sirve para señalar a la persona valedora, esto es, a la que ampara, protege o patrocina alguna cosa.
Pues bien, en este sentido no puede negarse que Dña. Marina lo fue de las obras de san Manuel y especialmente del Seminario de Málaga pues, además de mujer de vida centrada en el Sagrario y de maestra cristiana, tuvo un don muy especial, que la necrológica también recordaba en palabras de san Manuel: «tiene Ud. el don de adivinar las necesidades y llegar con su limosna en el momento oportuno».

Una ovetense burgalesa
Marina González del Castillo Perlado había nacido en Burgos en 1874. Su familia se asentó en Oviedo, donde ella en 1894 puso en marcha una escuela para niñas. Vivía en el tercer piso del número 15 de la calle Magdalena, con sus dos hermanos Pilar y Mario, como consta en el censo de esa ciudad realizado en 1923. La primera carta que conservamos, de las muchas que recibió de san Manuel González, lleva membrete del Arcipreste de Huelva y está fechada en diciembre de 1914. Además de agradecerle las oraciones por su madre, san Manuel le anunciaba que le había enviado varios ejemplares del Manual de las Marías (cf. OO.CC. IV, n. 5426). En aquellos momentos de extensión de esta Obra, parecía que aquella maestra que le escribía desde Oviedo no pretendía más que darla a conocer en esa ciudad. Debía ser una mujer insistente pues en una carta de marzo de 1915, san Manuel se ve obligado a justificar su demora en responderle.

En enero de 1916, Dña. Marina recibirá, a través de una carta firmada por el ya obispo de Olimpo, una de sus primeras bendiciones episcopales. Si hasta el momento se trataba de cartas muy formales, y muy parecidas a las que enviaba como fundador de las Marías a las corresponsales de El Granito repartidas por España, la que se conserva de noviembre de 1916 viene a poner de manifiesto ya ese don que fue constante durante la vida de Dña. Marina: el de adivinar las necesidades materiales de aquel obispo que se encontraba en el otro extremo de España, y que emprendía proyectos con medios económicos muy limitados, pero con una confianza ilimitada en la Divina Providencia:

«¿Otra vez aparece por mi mesa carta y letra de la buenísima Marina? Yo creo que V. debe andar en buenas relaciones con el Amo por la oportunidad de sus envíos» (OO.CC. IV, n. 5474).

Y es que, a través de Dña. Marina, el Amo le mandaba el conqué dar una misión en un pueblo, uno de aquellos que conoció en sus primeros meses en Málaga y que estaban tan necesitados de mucho, también de Dios. Sin duda solo un alma muy cercana a Jesús podía convertirse en tan eficaz instrumento de la divina Providencia.

Delicada correspondencia
Muchas son las cartas en las que san Manuel tendrá oportunidad de agradecerle no solo sus oraciones, y las de las niñas que asistían a su escuela, sino también sus generosos donativos.

Al leerlas puede llamar la atención la diligencia de san Manuel en cumplir la voluntad del donante cuando se trataba de gastar las limosnas que recibía, no solo por dar cumplimiento a lo que establecía el canon 1514 del entonces vigente Código de Derecho Canónico, también como muestra de agradecimiento a la generosidad de quienes le ayudaban. Esta delicadeza queda de manifiesto en muchas de las cartas que intercambia con Dña. Marina, a la que consulta cualquier cambio que entendía conveniente en el uso de las limosnas que de ella recibía. Y de este modo le vemos esperando la respuesta de la donante en relación con el uso definitivo de las 500 pts. que había enviado para restaurar el Sagrario de la localidad malagueña de Arenas, más necesitado de acompañamiento espiritual que de arreglo material (cf. OO.CC. IV, n. 5483).

Dña. Marina fue especialmente generosa con las necesidades de los sacerdotes. A poco de nacer los Misioneros Eucarísticos, en abril de 1918, su fundador agradecía así a Dña. Marina su ayuda:

«¡Qué buena es V. y qué bien se le ha pegado la generosidad del Amo! y ¡qué bien y qué a tiempo ha llegado esta Obra! Ya habrá visto por El Granito el fruto de las primeras salidas de los Misioneros. La acción combinada de las Marías que van por delante preparando el camino y de aquellos espero que me van a resucitar esta pobre Diócesis que si no está muerta le falta muy poco. El Amo sea bendito por todo y Él nos sostenga y pague a V. con muchas creces sus caridades tan delicadas» (OO.CC. IV, n. 5509).

Misioneros Eucarísticos
Resulta curioso, pero en febrero de 1929, volverá a agradecerle un donativo realizado para los Misioneros Eucarísticos, una obra tan querida y necesaria para la cual no había recibido ninguno en sus once años de existencia. Cuando redactaba entonces la nota de agradecimiento para Dña. Marina seguramente no recordaría aquel primero que de ella recibió para contribuir a la tarea de estos sacerdotes, pues escribió:

«Creo que es la primera limosna que entra para ellos en los 11 años largos que lleva de existencia. Siempre las obras puramente espirituales entran menos por los ojos de la caridad de los hombres que al fin y al cabo son de carne. S. Vicente de Paúl por sus obras de misericordia corporales es más estimado y admirado del mundo que S. Frco. Xavier por sus misericordias apostólicas espirituales. Conque ya sabe V. que por ese mismo motivo de más fina vista está más en lista del Amo su caridad» (OO.CC. IV, n. 5768).

El 19 de marzo de 1931, de nuevo 1075 pts. donadas por Dña. Marina tenían como destino esta obra, y la respuesta de san Manuel:

«Se aplicarán, según su deseo, rara vez imitado, a los Misioneros Eucarísticos Diocesanos que hacen un bien enorme, sin ruido y sin que nadie dé una peseta para sus gastos más que el pobre Obispo» (OO.CC. IV. n. 5866).

El Seminario de Málaga
La caridad de Dña. Marina alcanzaba a todo y, claro, también se hizo patente en la construcción y puesta en marcha del Seminario de Málaga. Fue desde el principio, pues en enero de 1922 ya le escribía san Manuel diciéndole:

«Enternecido ante su generosidad para con mi Seminario ya he encargado al Amo le diga y le haga lo que yo no puedo decirle ni darle» (OO.CC. IV, n. 5587).

A comienzos de 1922 Dña. Marina sería de las primeras personas que se suscribió para mantener lo que dio en llamarse un «día perpetuo» en el Seminario, esto es, el compromiso de enviar 5000 pts. que servirían para alimentar un día al año a 100 seminaristas perpetuamente. Técnicamente se trataba de un tipo de fundación pía no autónoma, por la que se daba al Seminario una cantidad de cierta importancia con cuyas rentas se cumpliría una función determinada, en este caso el gasto de la alimentación de un día para un centenar de seminaristas. La caridad de Dña. Marina era además contagiosa, y no solo ella contribuyó económicamente con el Seminario, sino que convenció a varias personas para que hicieran lo mismo. Es lógico que san Manuel le hiciera partícipe de sus avances:

«Espero que pronto me llegará de Roma el Rescripto de las gracias muy especiales y grandes que he pedido y obtenido del Papa para los Bienhechores de mi Seminario y sus difuntos. ¡Qué bonito va mi Seminario y qué bonitos de alma y hasta de cara mis Seminaristas! ¡Cómo se siente al Amo andar por aquí! ¡Viva el Amo!» (OO.CC. IV, n. 5604). «Dígales y sépalo V. para su alegría que el Seminario nuevo se me ha llenado y hay que agrandarlo a toda prisa ¡han entrado 212 seminaristas! Y eran antes 40. ¡Viva el Amo! (OO.CC. IV, n. 5642).

Pero también deseaba informarle de las dificultades que en aquel ambicioso proyecto se iban presentando:

«¡Cuántos apurillos nos está haciendo pasar el Amo para probar nuestra confianza en Él! Pero mis niños piden que piden y… Él se rendirá» (OO.CC. IV, n. 5629).

Sin embargo, san Manuel no dejaba de ver la mano de Dios detrás de aquellos apuros económicos, a los que en ocasiones se unían otras contrariedades, pues para él formaban parte de otro gran donativo, el que venía de lo más alto: la gran cruz. Es muy hermoso leer en El Granito (5/7/1926, n. 451) cuáles eran los sentimientos que afloraban en la mente del obispo de Málaga cuando tras clausurar un curso lleno de alegría y éxitos en su Seminario comprobaba cómo crecían las deudas y las críticas, al mismo tiempo que menguaban los donativos, y hermoso también ver cómo en esos momentos la Providencia volvía de la mano de Dña. Marina, a la que en esos días escribe:

«Con la oportunidad que podrá deducir del artículo de fondo de “El Granito” del 5 de Julio llegó su cheque de 1.100 con su cariñosa carta. Que el Amo se lo pague millones de veces, como yo se lo agradezco» (OO.CC. IV, n. 5690).

San Manuel siempre puso en un segundo lugar la atención material a las iglesias, pues entendía que la preminencia siempre la debía llevar la atención a las almas que están en torno a ellas y, en el caso del Seminario, lo primero serían los seminaristas. Sin embargo, no dejará de alabar la preocupación de personas como Dña. Marina por enriquecer y hacer más bella la liturgia:

«¡Bien le pagará Ntro. Amo y Padre ese empeño de comprarle cositas para su uso y casa dándole a su alma aproximaciones muy íntimas con su Corazón en esta y en la otra vida! (OO.CC. IV, n. 5629).

Primera Misa
A través de las cartas que han llegado hasta nosotros conocemos que Dña. Marina y una de sus primas de Oviedo se hicieron cargo de pagar la artística llave, hoy desaparecida, del Sagrario del seminario y la cadenilla en la que se presentaba. Ella regalaría también las sabanillas del altar y el mantel que se usaría en la inauguración de la iglesia del Seminario. Será en la carta en la que le agradece este regalo, donde san Manuel la titulará madrina del Seminario:

«Ayer 1er viernes llegó a mis manos el mantel para el altar de mi Seminario que su delicada caridad le hace y regala. Es una verdadera preciosidad litúrgica y artística. Hasta las espigas y racimos que trae bordados hacen juego con el único adorno que lleva el altar que es de piedra y muy severo y lleva esculpido ese mismo adorno en los capiteles de las columnas que lo sostienen. Aún tardará en estrenarse la capilla, pues el hombre propone y… ¡Son tantos los detalles de la Iglesia para que salga a mi gusto! Y por añadidura llevamos una temporada de prueba. Figúrese que hay que aplacar el hambre de más de 300 entre Seminaristas, Superiores y criados, aparte de todo lo demás. Pero ¡Viva el Amo! Al ver mi altar tan guapamente adornado con su mantel, me parecía que era un niño recién nacido que se lleva a bautizar y que a V. había que añadirle una «d» a su nombre y hacerla Madrina del Altar–Sagrario de mi Seminario. Está V. nombrada de orden del Amo» (OO.CC. IV, n. 5673).

Siendo madrina del Altar–Sagrario –o sea del corazón– de aquel Seminario, Dña. Marina sin duda debía serlo también del Seminario mismo. Cuando meses después por primera vez se celebró la santa Misa sobre aquel altar, en abril de 1926, quiso san Manuel compartir con ella su alegría y le escribía:

«El martes 20 por la tarde bendigo D. m. la nueva Iglesia del Seminario y el 21 Fiesta del Patrocinio de S. José celebraré la 1ª Misa sobre su rico mantel. Como en las grandes alegrías, como en las grandes penas es cuando deben estar más unidos los que se quieren, le escribo solo para darle la noticia y decirle lo presente que la tendré en mi espíritu así como la parte tan larga que le daré en mis oraciones y alegrías» (OO.CC. IV, n. 5686).

A san Manuel no le faltó tampoco la caritativa limosna de Dña. Marina en los difíciles años de destierro en Madrid y muy especialmente llegará su ayuda para poder realizar la visita ad limina del año 1932, una ayuda que llegó de tal modo que él mismo la calificaba de viático:

«¡Qué cosas hace el Corazón de Jesús con las almas que se le entregan como usted! Que Él le pague su viático, o ayuda para el camino que emprenderé D. m. el 27 o 28 de este para Elorrio y a 1os del otro vamos para Roma, a donde nos toca ir este año a los Prelados españoles. Ya ve si viene a tiempo su viático» (OO.CC. IV, n. 6000).

Marina González del Castillo siempre estuvo muy unida a las obras de san Manuel. En 1930, cuando tenía 56 años consta que le consultó sobre la posibilidad de hacerse religiosa (cf. OO.CC. IV, n. 5812); finalmente en 1935 se comprometió como María Auxiliar Nazarena. La última carta que se conserva de las dirigidas por san Manuel a Dña. Marina González del Castillo es de agosto de 1938.

Gratitud casi centenaria
En enero de 1925 san Manuel González escribía en una tarjeta:

«A la buenísima Marina G. del Castillo: V. me podrá prohibir que no hable de su generosidad incansable con las gentes y en los papeles; pero no con el archigeneroso Amo de mi Sagrario. Y ahí ¡bien que charlo de V.! y ¡me vengo de V.!» (OO.CC. IV, n. 5646).

Como han pasado casi cien años, ahora nada impide que, por fin, en la publicación de la que durante muchos años fue corresponsal en Oviedo, El Granito de Arena, no aparezca una cruz sino su nombre completo refiriendo con detalles su discreta y delicada generosidad, para que también quienes de algún modo, aunque indirectamente, nos hemos beneficiado de ella, podamos recordarla agradecidos ante el Sagrario.

Aurora M.ª López Medina
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

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