Ponencias del Simposio teológico (Schlosser – II)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2022.

Con ojos de fe (y II)
Una teología de la adoración eucarística

Ofrecemos, en este mes, la segunda (y última) parte de la ponencia ofrecida por la Dra. Marianne Schlosser, de la Universidad de Viena, en el Simposio Teológico previo al 52º Congreso Eucarístico Internacional de Budapest (septiembre de 2021). Comienza analizando la adoración eucarística como contemplación del misterio de Cristo sacramentado, que incluye la purificación, intercesión, alabanza, acción de gracias, devoción y unión (o comunión espiritual). El último apartado se refiere a la actitud con la que debemos adorar, es decir, con el corazón abierto.

La presencia permanente de Cristo en el Sacramento como sacrificio, es decir, entregado, no es simplemente estática sino que tiene una finalidad. Lo vemos en la Oratio (oración colecta) de la solemnidad del Corpus Christi, en la que pedimos la gracia de «venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros (in nobis iugiter sentiamus) el fruto de tu redención».

La adoración eucarística como contemplación del misterio
La adoración eucarística en el sentido más amplio, ya sea como oración ante el Sagrario o ante el Santísimo expuesto, abarca todas las dimensiones inherentes a la misma celebración de la Eucaristía: purificación, intercesión, alabanza y acción de gracias, devoción y unión (o comunión espiritual). Todas ellas se encuentran en la oración personal realizada en silencio, en comunión con el Señor presente.

La petición de purificación y santificación de los que van a recibir la sagrada Comunión es parte esencial de la celebración de todas las liturgias: los fieles han de ofrecerse ellos mismos y acercarse al Padre unidos a Cristo, «en Él». La recepción de «este mismo cuerpo que la hemorroísa tocó» y que sanó incontables enfermos, como repiten los cantos de Comunión de la Iglesia antigua, también está destinada a santificar y sanar a los fieles.

Los Padres de la Iglesia y, todavía hoy, la antigua liturgia de Santiago, ven el misterio de la Eucaristía prefigurado no solo en el maná y en el Cordero pascual, sino también en las ascuas del carbón que purificaron los labios del profeta Isaías. Por consiguiente, orar ante la presencia eucarística también supondrá finura de la conciencia, una auténtica necesidad de purificación, ya que tal cercanía con Él es una gracia abrumadora.

La celebración de la Eucaristía es acción de gracias, alabanza, memorial y realización de la salvación que Dios obra mediante la autodonación del Hijo. La entera vida de Cristo y todos los acontecimientos de la historia de la salvación que la han preparado y prefigurado están presentes en ella; todo ello puede y debería ser materia de contemplación. Así, Hildegarda de Bingen, en la famosa visión del «Libro II» de Scivias, contempló «como en un espejo», el nacimiento, muerte y sepultura, resurrección y ascensión de Cristo en su globalidad; ella vio estos misterios en el momento de la consagración.

Gracias a la doble experiencia de cercanía purificadora y asombro ante el plan de Dios, la persona orante se vuelve cada vez más libre de su ensimismamiento; no se acerca ya a la Eucaristía solo con sus intenciones particulares, sino que incorpora a su plegaria la intercesión, ya que la acción de gracias, propia de la Eucaristía, conlleva la misma intercesión tanto por los presentes como por los ausentes, en definitiva, por todo el mundo: «Vivir eucarísticamente significa salir de las angustias de la propia vida y adentrarse en el horizonte infinito de la vida de Cristo. Quien busca al Señor en su casa, no se preocupará tan solo de hablarle de sí mismo y de sus preocupaciones. Empezará a interesarse de las preocupaciones del Señor» (Edith Stein, El Misterio de la Navidad).

Comulgar no significa, únicamente, la unión con Cristo, sino con todos los que pertenecen a su cuerpo místico. Esta Comunión no termina con el final de la Misa. La Eucaristía construye la Iglesia, un cuerpo con muchos miembros, a imagen del pan constituido por muchos granos (cf. Didaché, finales del S. I). Por esto, la oración ante el Santísimo, si bien es muy personal, no es privada; de la misma forma que la Comunión es algo muy personal, pero solo posible porque hay Iglesia: no hay Sacramento sin este cuerpo místico. El anhelo de Cristo es la salvación de todos y la Iglesia es el signo e instrumento de esa salvación. La intercesión realizada en la Eucaristía se expande continuamente y sin límites: «Que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero» (Plegaria Eucarística III).

Esta intercesión es, en sí misma, un acto de misericordia: la obra de misericordia por excelencia que, de manera especial, conforma a la persona que ora con el mismo Cristo, que intercede por nosotros continuamente. Una intercesión tal posibilita la apertura del corazón a otras obras de caridad. Esto es especialmente evidente en santos como madre Teresa de Calcuta o Carlos de Foucauld.

Cuando hablamos propiamente de adoración, queremos expresar la actitud de entrega que una criatura ofrece únicamente a Dios: glorificando su gloria (cf. Gloria; Ap 5,9) y su trascendente santidad. Dios no solo es digno de obediencia, sino de adoración: el reconocimiento de que solo Dios es digno de nuestro amor, reverencia y respeto. Adoración es, en el más profundo sentido, la entrega de la propia persona y consiguiente unión con Dios.

En el tema de la adoración eucarística, se añade una especial resonancia: ángeles y arcángeles tiemblan ante él, que es llevado por las manos de sus fieles. El estremecimiento (prikton) tan citado en las liturgias de Oriente no es solo temor ante la invisible majestad divina, sino sobre todo ante el incomprensible anonadamiento de Cristo que, aquí, no es simplemente Dios presente de una manera particularmente patente, sino el Christus passus (et gloriosus), Cristo con su vida entregada. «Contemplad la humildad de Dios» gritaba san Francisco a sus hermanos cuando les exhortaba a tratar el Sacramento con reverencia. Gertrudis la Grande describe cómo le conmovía profundamente la impotencia del Señor que provenía de su profundo amor y anhelo por el amor del hombre (cf. «Sobre la divina piedad»).

«Revelata mente»
La meditación de la sagrada Escritura (lectio divina) y la adoración de la Eucaristía son formas específicas de la oración contemplativa cristiana. Ambas intensifican nuestra relación personal con Cristo y están profundamente enraizadas en la liturgia. Ante todo, la sagrada Escritura resuena en el servicio divino de la liturgia y, como Palabra, es predicada a los fieles reunidos, como Iglesia, para el culto; pero después es rumiada en la reflexión personal, en la lectura espiritual. Esto, a su vez, se convierte en una preparación para escuchar de nuevo y en profundidad. La celebración de la Eucaristía y su adoración, entendida como contemplación de la presencia entregada, tienen un efecto similar.

Contemplatio, como la definen Tomás de Aquino y otros, es considerar la verdad con una mirada sencilla, una mirada guiada por el amor, apuntando que amor y alegría crecen cuando se mira fijamente lo que uno ama. Por lo tanto, la Presencia que está ante nuestros ojos en el Sacramento no es el resultado de la concentración de pensamiento o del esfuerzo de la imaginación. Esto es real, dado/entregado en su dimensión visible («nobis datus, nobis natus», «entregado por nosotros, nacido por nosotros», como canta el Pange lingua). En consecuencia, es la fe la que nos permite ver la realidad representada en los signos. Es llamativo que la importancia de la fe es enfatizada, precisamente, por los santos que tuvieron una especial experiencia mística de la presencia eucarística: Catalina de Siena, Teresa de Ávila o el beato dominico Enrique Suso.

Con los ojos del cuerpo vemos algo, las especies del Sacramento («especies» o «forma» viene del latín spicere que significa mirar o ver), pero con los ojos de la fe se puede ver algo más. La forma visible no es un caparazón escogido arbitrariamente. La hostia, y lo mismo se aplica al vino consagrado, es más bien un género de imagen (en latín, similitudo), pero no una imagen. Y esto en dos aspectos: primeramente, porque no es mero símbolo, no es un indicador de alguien que está ausente; en segundo lugar, porque la hostia no es una imagen a la manera de una cruz o de un icono, que en un cierto sentido reflejan más abiertamente lo que pretenden significar (y, sin embargo, más limitados). Más bien, la hostia es la forma visible de una realidad que no puede ser captada en absoluto por el poder de la imaginación, que no se puede representar de manera individual. La misma persona de Jesucristo, con toda su vida (su divinidad y humanidad, cuerpo y alma, carne y sangre), se entrega como alimento –Pan de Vida– porque quiere entrar en la vida de cada creyente.

Esto va más allá de cualquier imaginación, porque la fe va más allá que una visión imaginativa, pues el Sacramento contiene más que lo que podría hacerse visible incluso en un milagro. Por esto uno no se cansa de este tipo de visibilidad, como pudiera suceder aun en el caso nuestras imágenes favoritas. En contraste, el espíritu humano se ve orientado para no quedarse en lo que ven los ojos corporales. La sencillez de esta figura visible, que abarca el conjunto de la salvación, conduce al espíritu humano hacia la simplicidad, en un rico silencio que no implica mutismo. En un sentido profundo, por consiguiente, se podría decir que la hostia es realmente una imagen que no ha sido realizada o formada por el hombre, sino tejida por el Espíritu Santo, exactamente como la realidad humana de Cristo fue formada por el Espíritu Santo en la Virgen María. De igual forma el cuerpo místico, la Iglesia, es el templo de Dios no construido por mano humana.

Rostro personal
Esta manera de mirar está dirigida hacia la presencia personal de Cristo: su faz, esto es, un rostro personal que se vuelve hacia nosotros. Mirarle a Él significa permitirle también lo mismo: que nos mire. De igual modo, recibir el alimento sacramental supone dejarse acoger uno mismo para ser transformado en ese Pan. Cada persona que recibe a Cristo como huésped es conducida por el mismo Cristo al hogar eterno (cf. Juan de Ávila). Así también, en la exposición del Santísimo Sacramento, cada uno se atreve a exponerse a sí mismo para presentarse ante el Señor «revelata mente» (con la mente abierta o con el corazón receptivo), como Tomás de Aquino describe la verdadera oración: sin tapujos ante Dios, quitando el velo del corazón. Al mismo tiempo, este espíritu desvelado también se refiere a quitar el velo de los ojos espirituales para que la inteligencia sea iluminada por la fe, incluso si los ojos del cuerpo y las facultades naturales están todavía estancados, ya que el Sacramento sigue siendo una realidad velada, que todavía no se contempla «revelata facie» («con el rostro descubierto»).

Por eso podemos acercarnos al Sagrario sin tener que hacer nada, sino simplemente estar allí, quedándose allí un rato, porque Él no se mueve, por muy pobre que sea la concentración de la persona que ora. Esa es, probablemente, la atracción especial que tiene la Presencia eucarística, en concreto para los que están cansados. Edith Stein, Romano Guardini y Teresa de Ávila dan testimonio de su propia experiencia: esta Presencia escondida irradia paz y sosiego.

De manera similar, el cardenal Joseph Ratzinger dice en una homilía: «la Eucaristía significa que Dios ha respondido […] Si oramos ante la presencia eucarística nunca estamos solos, con nosotros siempre estará orando toda la Iglesia que la celebra. Estamos entonces orando en el ámbito de la aceptación, porque oramos en el ámbito de la muerte y la resurrección, y por tanto, allí donde es atendida la auténtica súplica que encierra todas nuestras súplicas: la súplica por la superación de la muerte, la súplica por ese amor que es más fuerte que la muerte. […] En esta oración ya no estamos ante un Dios imaginario, sino ante el Dios que se ha entregado realmente por nosotros; que se ha hecho comunión para nosotros, y que de esa manera nos libera de nuestros propios límites para que estemos en comunión y conducirnos a la resurrección. Hemos de redescubrir nuevamente esa oración» («La Eucaristía, centro de la vida»).

Marianne Schlosser
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.