Con mirada eucarística (abril 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2022.

La fuerza de la resurrección

Todos los discípulos habían huido. El rey triunfante que vanamente concebían se había esfumado como un azucarillo disuelto en agua, después de contemplar el desastre de su crucifixión en una cruz. Estaban atemorizados y no sabían a dónde ir. Se reunían a escondidas, temerosos de poder correr la misma suerte que el maestro. Pero sucedió el milagro.

El milagro fue que Cristo resucitado se apareció a todos ellos. Y de la certidumbre de la resurrección nació la fuerza para proclamar la Buena Nueva al mundo entero, sin miedo alguno a que en tal empeño les fuera la vida. Al fin y al cabo, la vida de aquí no tiene importancia alguna.

Jesús, el Cristo
La obsesión por el más allá, por el sentido de la trascendencia, es la gran preocupación del hombre que un día nació sobre esta tierra. Se niega a la certeza de la propia finitud, de la muerte, y se decide por una existencia sin fin. Se decide porque es una pasión inmanente que surge de la propia decisión de la conciencia. Es más, quienes se atreven a negar la vida eterna, incluso aunque no lo reconozcan, saben que se están negando a sí mismos.

Y así, desde la perspectiva de la inmortalidad, la historia de la Humanidad nos muestra que el ser humano ha intentado siempre dar respuesta a la pregunta que más le inquieta. Tal es el fundamento de todas las religiones conocidas. Lo que pasa es que la respuesta de Cristo es la más convincente de todas ellas, porque en él se cumple históricamente, y a través de él se muestra, cómo la muerte es vencida y da lugar a la vida sin término. Jamás un fundador de religión alguna se ha proclamado Hijo de Dios y ha resucitado. La cualidad de acompañar igualmente a Cristo en su mensaje como hijos del mismo Padre Dios y de resucitar con Él hace más veraz la ansiada pasión del hombre por encontrar sentido a esta vida terrenal tan corta: ser para siempre.

Sabemos que la fe está de algún modo por en medio; pero la fe no es contraria a la verdad histórica de que hubo un hombre que resucitó después de muerto. Se llamaba Jesús de Nazaret, el Cristo, y nosotros, sus seguidores después de más de dos mil años de aquellos acontecimientos nos seguimos llamando cristianos.

Otros dioses
Sin embargo, el cristianismo, fundamento de la Europa civilizada en la que vivimos, es con demasiada frecuencia ignorado. Más aún, es perseguido, además de con el martirio, con la no menos cruel estrategia de ser relegado al ostracismo y al olvido. No es precisamente nuestra sociedad de hoy la que más airee la herencia cristiana, ni por supuesto más se sustente en los valores de Cristo, a quien por cierto tanto le debe.

Los potentes medios de comunicación, hábilmente manejados y distorsionados, no solo se olvidan del mensaje de Cristo sino que lo relegan al sitio de lo anacrónico, de la antigualla, de lo inservible. Ser cristiano es una moda pasada incompatible con los tiempos modernos. Sibilinamente en la instrucción de nuestros chicos cada vez se escuchan menos las voces, incluidas las voces en la escuela, sobre la verdad del Evangelio de Cristo. Hasta leer la Biblia es algo pasado de moda; y si alguien la lee, su lectura es inconfesable. Incluso el silencio de los creyentes es también demasiado palpable.

Hay otros dioses: la naturaleza, el medio ambiente, el cambio climático, el pacifismo… Las catedrales, cuando se visitan, solo se visitan como piezas de museo, porque el interés se ha desplazado a los grandes centros comerciales. Tal es nuestra sociedad actual, ambientada en el laicismo y en la distracción que impida al súbdito (nosotros, los humanos gobernados) detenerse a hacerse las preguntas. Una sociedad ahíta de derechos, pero con ausencia de deberes. Resulta cuanto menos chocante, por no decir contradictoria, esta sociedad donde se hacen leyes para humanizar al animal y al mismo tiempo se permite la muerte del ser gestante en una madre.

A pesar de todo, la muerte siempre está presente, es inevitable, es una certeza incontestable. De su respuesta a su sentido depende nuestra actitud ante la vida. Porque, antes o después, cada uno de nosotros tiene que hacerse la pregunta.

Vana sería nuestra fe
San Pablo, el apóstol de los gentiles, dice claramente: «Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe […] Si lo que esperamos de Cristo es solo para esta vida, somos los hombres más desgraciados» (1Cor 15,17-19).En definitiva, la resurrección de Cristo es la piedra angular de su mensaje y la razón de nuestra existencia terrenal aquí. Toda la liturgia católica, incluida especialmente la Cuaresma, preparatoria para la celebración de la muerte y resurrección de Jesús, giran en torno al domingo inmediatamente posterior al primer plenilunio de la primavera, Domingo de Resurrección. Históricamente hablando, Cristo murió y resucitó en un mes de abril, el mes más hermoso del año.

La respuesta a la pregunta está al alcance de la mano. La manifiesta claramente Jesús de Nazaret a lo largo de los Evangelios y muy especialmente cuando está agonizando en la cruz: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Cualquiera que así lo quiera tiene la posibilidad de aceptar la promesa del Cristo–hombre moribundo. Las palabras últimas de quien agoniza son siempre palabras verdaderas.

Qué diferente es nuestro pasar corto y limitado por esta vida, si esta está presidida por la convicción de la trascendencia. Ante el infinito con Dios todo se supera, nada tiene importancia, solo el amor importa. Tal es la fuerza de la resurrección, la que por cierto Jesús nos da desde cualquier Sagrario.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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