Orar con el obispo del Sagrario abandonado (abril 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2022.

«Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14)

Afirmaba san Pablo en su carta a los Gálatas: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (6,14). San Manuel González, por su parte, escribía: «Si toda la vida de Jesús es sacrificio, la crucifixión es la coronación de él. Coronación y reproducción intensiva de todos los dolores de su vida» (OO.CC. II, n. 2543).
Y prosigue: «¡Qué bien demuestra santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica que la Pasión de Jesús es el mayor de todos los dolores! Por la cantidad y calidad de ellos, por la sensibilidad y delicadeza de la naturaleza que los sufría, por la claridad de entendimiento de Jesús, que veía no sólo la mano que le hería, sino la intención y saña que la movían, la firmeza de voluntad con que acepta libremente todo el dolor de cada uno de los tormentos y rehuía todo alivio interior o exterior que pudiera paliarlos ¡el mayor de los dolores!» (OO.CC. II, n. 2543).

La contemplación de Cristo crucificado sigue siendo hoy escándalo para unos y necedad para otros. Incluso, a quienes somos discípulos de Jesús nos cuesta contemplar su dolor y asumir que Él ha cargado con los pecados de toda la humanidad y que mis pecados le siguen crucificando, porque cada palabra, pensamiento y acto pecaminoso mío está manchando a su esposa, la Iglesia, que Él ha constituido en esposa santa e inmaculada con el baño de su sangre en la Cruz.

Cristo está en pasión hasta el final de los siglos, porque sigue sufriendo por cada pecado cometido, por cada miseria de sus ministros, por cada persona que es explotada, mancillada u oprimida por otros.

En este tiempo de adoración ante el Pan de vida, postrémonos a los pies de Jesucristo, maná del cielo, y contemplemos detrás de su presencia eucarística cómo sigue sufriendo en los que sufren, cómo sigue muriendo en los que mueren víctimas de tanta injusticias y maldad.

Unámonos a su dolor, llevemos con Él la cruz de tantos crucificados de hoy. Atrevámonos a pedir lo que san Ignacio de Loyola propone al ejercitante al contemplar la pasión del Señor: «Demandar lo que quiero; lo cual es propio de demandar en la pasión: dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí» (EE 203).

Nuestra espiritualidad cristiana no es dolorista, ni trágica. No. Porque la última palabra la tiene Cristo resucitado. Él es nuestra victoria. Él está vivo. Pero el misterio pascual tiene esta dos caras: Muerte y resurrección del Hijo de Dios. Dice san Juan de la Cruz: «El que no busca la cruz de Cristo no busca la gloria de Cristo». A la luz por la cruz. Añade: «Para enamorarse Dios del alma no pone los ojos en su grandeza, mas en la grandeza de su humildad».

Oración inicial
Oh, Padre de las misericordias, que tanto has amado a los hombres que nos has entregado a tu Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados, ayúdanos a contemplarle en la cruz como expresión de tu infinito amor y como ofrenda de su entrega total por nosotros, para que todos los que creemos en Él tengamos vida eterna. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Gál 6, 14-18.

Para orar y meditar
San Pablo, como siempre, habla desde su propia experiencia. Su identificación con Jesucristo es tal que todo lo que escribe lo vive. La cruz, considerada por los paganos como el más infame de los suplicios y como una maldición por los judíos, es la gloria de Pablo y tiene que ser también la gloria de todo cristiano.

La paradoja de nuestra fe es lo acontecido en Cristo: morir para resucitar; morir para ser grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto abundante; morir en la cruz para vencer definitivamente el pecado, la muerte y al mismo demonio. El verdadero discípulo de Cristo pide la gracia de asumir la cruz de cada día; acepta ser clavado en ella por Cristo y con Cristo, porque la historia de la Iglesia, la vida de los mártires y los santos, nos enseña que ahí brota la vida para siempre; ahí nace la nueva creación, el Israel de Dios, el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia.

San Pablo nos comparte su experiencia: «En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús» (Gál 6,17). No sabemos si estas marcas son señales físicas de la pasión de Jesús, al modo de los estigmas de san Francisco de Asís o san Pío de Pietrelcina; o, más bien, se trata de las cicatrices reales que le iban dejando las heridas padecidas en las persecuciones, cárceles, naufragios y golpes a consecuencia de su misión evangelizadora.

También podrían ser las señales espirituales, el dolor del alma, del sufrimiento del Apóstol de los gentiles por la frialdad de la sociedad grecorromana ante el Evangelio o la persecución que padece de los sumos sacerdotes y escribas cada vez que subía a Jerusalén. Sea lo que sea su identificación con Cristo es total.

Escuchamos nuevamente a san Manuel González
Nuestro santo, en su libro El Rosario sacerdotal, cuando presenta el quinto misterio doloroso («La crucifixión de nuestro Señor Jesucristo»), nos invita: «Quiero unirme al sacrificio de tu vida, Pontífice mío y Hostia mía». La reflexión que nos ofrece sobre el sentido de la cruz en la vida de todo sacerdote es perfectamente asumible para todo laico y consagrado.

Comienza hablando de la cruz como condensación de la vida de sacrificio de Jesús Sacerdote: «Sí, ¡cómo se condensa con intensidades inconmensurables en aquellas tres últimas horas de existencia mortal de Jesús todo dolor! y ¡todo sacrificio!

El sacrificio del corazón llega a un límite incalculable en aquella sensación de abandono de su Padre, que arranca a la augusta Víctima la queja más triste y dolida de todas las de su vida: “¿Por qué me has abandonado?”. El sacrificio de la sensibilidad no puede pasar más allá con aquella crucifixión a martillazos, aquella postura inverosímil, colgado de clavos, y aquel sitio tan angustioso, fórmula del supremo dolor físico. El sacrificio de la honra multiplicado en intensidad con aquella muerte en patíbulo entre dos ladrones, con aquella desnudez tan vergonzosa y aquellas blasfemias y befas burlándose de su divinidad, de su doctrina, de su veracidad, de sus angustias de muerte.

El sacrificio de todo alivio humano ¡hasta qué grado llega! Y aunque lo gustase, “ni lo quiso beber”, no quiere el narcótico que puede aplacar los dolores de su cuerpo; no quiere probar el placer de la venganza, pidiendo a su Padre se la tomara de aquellos malvados sacrílegos; no le detiene para hablar mansamente, generosamente, el temor a que fuera interpretado por debilidad o cobardía» (OO.CC. II, n. 2544).

A la luz de esta bellísima meditación de san Manuel sobre el sentido de la cruz solo cabe el silencio, la adoración serena de la entrega del crucificado y de su presencia eucarística, dejándonos impactar por tanta grandeza de amor hasta el extremo, de este amor que da la vida por sus amigos, de un amor que no pasa nunca.

Examen de conciencia ante Jesús Crucificado

  • Vida eucarística: ¿Mi vida gira en torno al sacrificio de la cruz? ¿Le presento cada día en el altar los gozos y esperanzas, los sufrimientos y angustias de los que me rodean o de las situaciones de guerra, violencia e injusticia que se dan en el mundo? ¿Ardo en deseos de santidad de vida? ¿Vivo cada Eucaristía como cosacrificador y covíctima con Cristo?
  • Mis pequeños sacrificios de cada día, ¿los uno a los sufrimientos de Cristo que está en pasión hasta el fin de los siglos?
  • Mi ocupación esencial ¿es cumplir en todo la voluntad del Padre como expresó Jesús en Getsemaní? ¿Busco en todo la gloria de Dios, en cualquier gesto que haga en favor de los demás? ¿Es mi plan de vida menguar yo para que crezca Él?
  • Entrega a Dios: ¿Uso los miembros y sentidos de mi cuerpo como don de Dios para servir más y mejor a los demás? ¿Pongo mis capacidades corporales, afectivas y espirituales, ante el Sagrario, para que Él haga de mí lo que quiera?
  • Gratuidad: ¿Me apropio de los dones y talentos, de las cualidades y virtudes que el Señor me ha dado como si fuera dueño de ellos o todo lo ofrezco para gloria de Dios y servicio a la Iglesia?

Oración final a nuestra Madre, la Inmaculada Concepción
«Madre del crucificado, como a esa pregunta no corresponde sobrenaturalmente y hasta honradamente más respuesta que la de san Pablo en multitud de veces y formas: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, con Cristo estoy crucificado, quita a tus sacerdotes [a tus laicos y consagrados] el miedo a la diaria crucifixión y concédeles el dar y darse a las almas, trabajar y sufrir por ellas y estar entre ellas sin desenclavarse de la Cruz de su Misa cada día. Pero, ¡estando tú, Madre de los sacerdotes y reina de los dolores junto a tu Cruz de nuestro perpetuo calvario, como en el Calvario de tu Hijo! La Cruz contigo, más que patíbulo de la tierra es antesala del Paraíso» (OO.CC. II, n. 2550).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.