Reflexiones del P. Cantalamessa sobre la Eucaristía

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2022.

Redescubrir el asombro eucarístico(I)

Durante esta Cuaresma, el papa Francisco, junto con sus colaboradores de la Curia Romana, se han preparado para la celebración de la Semana Santa con una reflexión semanal ofrecida por el cardenal Raniero Cantalamessa, o.f.m.cap., Predicador de la Casa Pontificia. En esta ocasión el tema elegido fue: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo. Una catequesis mistagógica sobre la Eucaristía». Ofrecemos a continuación la primera parte de la predicación de apertura, pronunciada el 11 de marzo, y que estuvo centrada en la Liturgia de la Palabra.
Entre los muchos males que la pandemia de covid está causando a la Humanidad, ha habido al menos un efecto positivo desde el punto de vista de la fe. Nos ha hecho tomar conciencia de la necesidad que tenemos de la Eucaristía y del vacío que crea su carencia. Durante el período más agudo de la pandemia en 2020 me impresionó mucho –y creo que a muchos otros– lo que significaba asistir todas las mañanas por televisión a la Misa celebrada por el papa Francisco en Santa Marta.

Algunas iglesias locales y nacionales han decidido dedicar este año a una catequesis especial sobre la Eucaristía, de cara a un deseado renacimiento eucarístico en la Iglesia Católica. Me parece una decisión oportuna y un ejemplo a seguir, tal vez subrayando algunos aspectos no siempre tomados en consideración. Por eso, he pensado hacer una pequeña contribución al proyecto, dedicando las reflexiones de esta Cuaresma a un reexamen del misterio eucarístico.

Centro del Año litúrgico
La Eucaristía está en el centro de cada tiempo litúrgico, de la Cuaresma no menos que de los demás tiempos. Es lo que celebramos todos los días, la Pascua diaria. Cada pequeño progreso en su comprensión se traduce en un progreso en la vida espiritual de la persona y de la comunidad eclesial. Pero también es, por desgracia, lo más expuesto, por su repetitividad, a caer en la rutina, a algo que se da por descontado. San Juan Pablo II, en la carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, escrita en abril de 2003, dice que los cristianos deben redescubrir y mantener vivo el «asombro eucarístico». Para este propósito quisieran servir nuestras reflexiones: redescubrir el asombro eucarístico.

Hablar de la Eucaristía en tiempo de pandemia, y ahora además con los horrores de la guerra delante de nuestro ojos, no es huir de la realidad dramática que estamos viviendo, sino una ayuda para mirarla desde un punto de vista más elevado y menos contingente. La Eucaristía es la presencia en la historia del acontecimiento que ha invertido para siempre los papeles entre vencedores y víctimas. En la cruz, Cristo hizo de la víctima el verdadero vencedor, «Victor quia victima» (Sermo 112: PL 38, 643), lo define san Agustín: vencedor precisamente por ser víctima. La Eucaristía nos ofrece la verdadera clave de lectura de la historia. Ella nos asegura que Jesús está con nosotros, no solo intencionalmente, sino realmente en este mundo nuestro que parece escaparse de nuestras manos en cualquier momento. Nos repite: «¡Ánimo! ¡Yo he vencido al mundo!» (Jn 16,33).

La Eucaristía en la historia de la salvación
¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en la historia de la salvación? La respuesta es: ¡No ocupa un lugar, sino que lo ocupa todo! La Eucaristía es co–extensiva a la historia de la salvación. Sin embargo, está presente de tres maneras diferentes, en los tres tiempos o fases diferentes de la salvación: está presente en el Antiguo Testamento como figura; está presente en el Nuevo Testamento como acontecimiento y está presente en el tiempo de la Iglesia como sacramento. La figura anticipa y prepara el acontecimiento, el sacramento prolonga y actualiza el evento.

En el Antiguo Testamento –decía–, la Eucaristía está presente «en figura». Una de estas figuras era el maná, otra el sacrificio de Melquisedec, otra el sacrificio de Isaac. En la secuencia Lauda Sion Salvatorem, compuesta por santo Tomás de Aquino para la fiesta del Corpus Christi, se canta: «Presagiado en las figuras: sacrificado en Isaac, indicado en el cordero pascual, dado a los padres como maná» (In figúris præsignátur, / cum Isaac immolátur: / agnus paschæ deputátur: / datur manna pátribus; S.Th., III, q. 60, a.2,2.). Como figuras de la Eucaristía, santo Tomás llama a estos ritos «los sacramentos de la Ley antigua».

Con la venida de Cristo y su misterio de muerte y resurrección, la Eucaristía ya no está presente como figura, sino como acontecimiento, como realidad. Lo llamamos «acontecimiento» porque es algo que sucedió históricamente, un hecho único en el tiempo y en el espacio, sucedido solo una vez (semel) e irrepetible: Cristo «solo una vez, en la plenitud de los tiempos, apareció para anular el pecado por medio del sacrificio de sí mismo» (Heb 9,26).

Finalmente, en el tiempo de la Iglesia, la Eucaristía está presente como sacramento, es decir, en el signo del pan y del vino, instituido por Cristo. Es importante que entendamos bien la diferencia entre el acontecimiento y el sacramento: en la práctica, es la diferencia entre la historia y la liturgia. Dejémonos ayudar por san Agustín.

Nosotros –dice el santo doctor– sabemos y creemos con fe certísima que Cristo murió una sola vez por nosotros; Él, justo, por los pecadores; Él, Señor, por los siervos. Sabemos perfectamente que esto solo ha sucedido una vez y, sin embargo, el sacramento lo renueva periódicamente, como si se repitiera varias veces lo que la historia proclama que ha sucedido una sola vez. Sin embargo, acontecimiento y sacramento no están en contraste entre sí, como si el sacramento fuera falaz y solo el acontecimiento fuera verdadero. De hecho, de lo que la historia afirma haber sucedido, en realidad, una sola vez, de esto el sacramento renueva (renovat) a menudo la celebración en el corazón de los fieles. La historia revela lo que sucedió una vez y cómo sucedió, el liturgia hace que el pasado no se olvide; no en el sentido de que hace que vuelva a suceder (non faciendo), sino en el sentido de que lo celebra (sed celebrando).

Aclarar la conexión que existe entre el sacrificio único de la cruz y la Misa es algo muy delicado y siempre ha sido uno de los puntos de mayor disenso entre católicos y protestantes. Agustín utiliza, como hemos visto, dos verbos: renovar y celebrar, que son muy justos, siempre que, sin embargo, se entiendan uno a la luz del otro: la Misa renueva el acontecimiento de la cruz celebrándolo (¡no reiterándolo!) y lo celebra renovándolo (¡no solo recordándolo!). El término, en el que hoy se logra mayor consenso ecuménico, es quizás el verbo (también utilizado por san Pablo VI, en la encíclica Mysterium fidei) «representar», entendido en el sentido fuerte de re–presentar, es decir, hacer presente de nuevo.

Según la historia, ha habido, por lo tanto, una sola Eucaristía, la realizada por Jesús con su vida y su muerte; según la liturgia, sin embargo, es decir, gracias al sacramento, hay tantas Eucaristías como se han celebrado y se celebrarán hasta el fin del mundo. El acontecimiento se realizó una sola vez (semel), el sacramento se realiza «cada vez» (quotiescumque). Gracias al sacramento de la Eucaristía nos convertimos, misteriosamente, en contemporáneos del acontecimiento; el acontecimiento se nos hace presente y nosotros al acontecimiento.

Nuestras reflexiones cuaresmales tendrán como objeto la Eucaristía en su etapa actual, es decir, como sacramento. En la Iglesia antigua había una catequesis especial, llamada mistagógica, que estaba reservada al obispo y se impartía después, no antes, del Bautismo. Su objetivo era revelar a los neófitos el significado de los ritos celebrados y las profundidades de los misterios de la fe: Bautismo, Confirmación o Unción y, en particular, la Eucaristía. Lo que nos proponemos hacer es precisamente una pequeña catequesis mistagógica sobre la Eucaristía. Para permanecer lo más posible anclados a la naturaleza sacramental y ritual de la misma, seguiremos de cerca el desarrollo de la Misa en sus tres partes –liturgia de la Palabra, liturgia eucarística y Comunión–, añadiendo al final una reflexión sobre el culto eucarístico fuera de la Misa.

Liturgia de la Palabra
En los primerísimos días de la Iglesia, la liturgia de la Palabra estaba separada de la liturgia eucarística. Los discípulos, refieren los Hechos de los Apóstoles, «todos los días, todos juntos, asistían al templo»; allí escuchaban la lectura de la Biblia, recitaban los salmos y las oraciones junto con los demás judíos; hacían lo que se hace en la liturgia de la Palabra; luego se reunían por separado, en sus casas, para «partir el pan», es decir, para celebrar la Eucaristía (cf. Hch 2,46).

Muy pronto, sin embargo, esta práctica se hizo imposible, tanto por la hostilidad hacia ellos por parte de las autoridades judías, como porque para entonces las Escrituras habían adquirido para ellos un nuevo significado, todo orientado a Cristo. Así fue como la escucha de la Escritura también se trasladó del templo y la sinagoga a los lugares de culto cristianos, asumiendo gradualmente la fisonomía de la liturgia actual de la Palabra que precede a la plegaria eucarística. En la descripción de la celebración eucarística hecha por san Justino en el siglo II, no solo la liturgia de la Palabra es parte integrante de ella, sino que a las lecturas del Antiguo Testamento se han añadido ahora las que el santo llama «las memorias de los Apóstoles» (I Apologia, 67,3-4), es decir, los Evangelios y las Cartas, prácticamente el Nuevo Testamento.

Escuchadas en la liturgia, las lecturas bíblicas adquieren un significado nuevo y más fuerte que cuando se leen en otros contextos. No se pretende tanto conocer mejor la Biblia, como cuando se lee en casa o en una escuela bíblica, cuanto reconocer al que se hace presente en la fracción del pan, iluminar cada vez un aspecto particular del misterio que se está a punto de recibir. Esto aparece, de manera casi programática, en el episodio de los dos discípulos de Emaús. Fue al escuchar la explicación de las Escrituras cuando los corazones de los discípulos comenzaron a derretirse, de modo que luego pudieron reconocerlo «al partir el pan» (Lc 24,1ss.). ¡La de Jesús resucitado fue la primera «liturgia de la Palabra» en la historia de la Iglesia!

Segunda característica: en la Misa las palabras y los episodios de la Biblia no solo son narrados, sino revividos; la memoria se convierte en realidad y presencia. Lo que sucedió «en aquel tiempo», sucede «en este momento», «hoy» (hodie), como le gusta expresarse a la liturgia. No solo somos oyentes de la Palabra, sino interlocutores y actores de la misma. Es a nosotros, allí presentes, a quienes se dirige la Palabra; estamos llamados a ocupar el lugar de los personajes evocados.

Algunos ejemplos ayudarán a entender. Una vez que leemos, en la primera lectura, el episodio de Dios hablando a Moisés desde la zarza ardiente: estamos, en la Misa, ante la verdadera zarza ardiente… Otra vez se habla de Isaías que recibe en sus labios el carbón ardiente que le purifica para la misión: estamos a punto de recibir en los labios el verdadero carbón ardiente, el fuego que Jesús vino a traer a la tierra… Ezequiel es invitado a comer el rollo de los oráculos proféticos: nos estamos preparando para comer al que es la Palabra misma hecha carne y hecho pan.

Esto se hace aún más claro si pasamos del Antiguo Testamento al Nuevo, de la primera lectura al pasaje del Evangelio. La mujer que sufría una hemorragia está segura de que será sanada si puede tocar el borde del manto de Jesús: ¿qué decir de nosotros que estamos a punto de tocar mucho más que el borde de su manto? Una vez escuchaba en el Evangelio el episodio de Zaqueo y me llamó la atención su «actualidad». Yo era Zaqueo; las palabras estaban dirigidas a mí: «Hoy debo venir a tu casa»; era de mí de quien se podía decir: «¡Se ha alojado con un pecador!» y era a mí, después de recibirlo en Comunión, a quien Jesús decía: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa» (cf. Lc 19,9).

Así de cada episodio del Evangelio. ¿Cómo no identificarnos en la Misa con el paralítico a quien Jesús le dice: «Tus pecados te son perdonados» y «Levántate y anda» (cf. Mc 2,5.11); con Simeón sosteniendo al Niño Jesús en los brazos (cf. Lc 2,27-28); con Tomás que toca sus heridas (Jn 20,27-28)? En el segundo domingo del Tiempo Ordinario del actual ciclo litúrgico está el pasaje evangélico en el que Jesús dice al hombre de la mano paralizada: «¡Extiende la mano! La extendió, y su mano fue curada» (Mc 3,5). No tenemos la mano paralizada; pero todos tenemos, algunos más o menos, el alma paralizada, el corazón reseco. A quien escucha a Jesús, le dice en ese momento: «¡Extiende tu mano! Extiende tu corazón ante mí, con la fe y la disposición de ese hombre».

[Continuará]

Raniero Cantalamessa, o.f.m.cap.
Traducción: Pablo Cervera, Pbro.
Publicado en Cantalamessa, El Granito de Arena, Iglesia hoy.