Con mirada eucarística (marzo 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2022.

Orar con Jesús en la Cuaresma

Durante cuarenta días estuvo Jesús orando en el desierto. Cuarenta son también los días que la liturgia católica destina para la preparación de la muerte de Jesús en la cruz y su resurrección. El dolor y el sufrimiento ceden definitivamente el sitio a la alegría permanente.

Mucho se ha escrito sobre las últimas palabras que el Cristo doliente pronuncia en el monte Calvario que levanta su cruz. A pesar de ello, Lucrecio se atreve a orar con el Jesús moribundo, la Palabra hecha carne que nos lega su testamento de amor, de trascendencia y de confianza en Dios. La oración del poeta es una oración de gracias.

La fuerza del amor
Gracias por el amor que es capaz de perdonar al enemigo: «Nunca más me quisieron tanto y más/ tus dos manos abiertas y clavadas». Jesús le pide al Padre que perdone a sus propios ejecutores. No hay más amor. Tales palabras no caben en los oídos del ser humano, pues pertenecen a una música superior, suprema, inabarcable: «Cállate, por favor, vamos de nuevo/ a la montaña de antes,/ donde yo fui contigo un bienaventurado./ Cállate, por favor, quiero ser yo/ quien le suplique a Dios que me perdone».

Gracias por habernos dejado, arropándonos con él, el amor de la Madre. «Ahí tienes a tu madre», exclama el Cristo moribundo. Y el poeta responde: «Le haré una casa nueva donde Tú/ puedas venir con tu almacén de lunas/ y los cielos azules/ bajarán la corona y las estrellas». Hacia Jesús a través de María. Madre e hijo emprenden el camino de la dicha, la que un día anunció el ángel en la casa de Nazaret: «Despierta, madre, el día/ despunta entre la bruma negra,/ se oyen pasos de aurora, está el relente/ anunciando el mensaje en la ventana,/ sus pasos cada vez/ más me aprietan el ansia dolorida,/ me duele el alma, madre, vamos,/ que está a la puerta y llama,/ ya es la hora,/ y tenemos que hacer lo que Él nos diga,/ despierta, madre, está llamando y dice/ que vayamos con Él a Nazaret».

Gracias, Señor, por estar a nuestro lado, apaciguando nuestra miseria, calmando nuestra sed («tengo sed»), gracias, Señor, por caminar conmigo: «Te has puesto en la limosna, en el perdón,/ en la herida, en el hambre y en la sed,/ en esta pena mía que me quema./ Tú creces a mi lado. Tú me creces». El Cristo que muere y resucita siempre va a nuestro lado: «Aquí a mi lado, cuando yo no puedo/ ni siquiera arrastrarme y llevo encima/ la pena de no ser y de tenerte./ Aquí a mi lado, que es que quiero/ decirte con el ansia entrecortada:/ Qué sed, qué sed tengo de Ti, Dios mío».

La confianza en el Padre
Gracias, Señor, porque nos has enseñado que Dios es nuestro Padre, que somos hijos de Dios, que con tu compañía es más fácil llegar, a pesar de que en algún momento sintamos la soledad del abandono: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Hay días espantosos en los que Dios parece que se nos esconde. La ausencia es aterradora y la espera se hace larga. Clama el poeta: «Ha amanecido y Te espero…/ No me acostumbro a estar sin Ti». El hombre comparte con Jesús el vacío que siente de Dios. «Y sin embargo,/ Tú has estado en mi casa porque huele a Ti./ Sin Ti mi casa va como un barquito/ con deriva, con carga arrepentida». Siempre sucede el milagro del encuentro amoroso. El Padre nunca abandona a sus hijos: «Ha amanecido. Y Te quiero».

Gracias, Señor, porque entre tus manos encontramos la seguridad perdida: «Estoy junto a tu cruz. Tus manos/ abiertas como ramas/ para abrazar al mundo reunido/ en torno a la ladera. Abrázame…» Somos pequeños, indigentes, pasajeros: «Somos nubes de paso/ que buscan un lugar donde quedarse./ Apriétame con fuerza, no me sueltes». En esta hora de verdades Jesús le pide al Padre: «En tus manos encomiendo mi espíritu». Y lo dice con sus manos sujetas al madero. No hay mejor lugar para la confianza en el Padre Dios, en compañía del Cristo crucificado: «Pero he llegado aquí, a tus manos,/ a deshacer mis nudos, a empaparme/ de tu sangre, la vida que me espera,/ a desclavar tus dedos de amapola/ y a enlazarlos conmigo, con los míos./ En tus manos de amigo, los dos juntos/ caminando hacia el sitio de la dicha,/ en tus manos que elevan hasta el Padre/ tu oración, mi oración, nuestra oración».

Anhelo de la trascendencia
Gracias, Señor, por dar sentido a nuestra existencia. Contigo «todo está cumplido». Es absurdo haber nacido para terminar en la nada. Formamos parte del proyecto de Dios para la eternidad: «Tú cumpliste por mí la voluntad/ de ser Contigo. Mi gran dicha/ es saber que has querido que yo forme/ parte de Ti, de tu proyecto./ Jamás podrán llevar los ríos/ todas mis gracias a tu mar de amores». Sin Dios el hombre está incompleto. Gracias, Señor, por completar nuestro tiempo limitado: «Siempre Te estoy pidiendo tiempo,/ siempre un poquito más,/ para acabar mi traje, vestirme de miseria./ Ponme Tú la mitad que me complete,/ vísteme con tu túnica completa».

Gracias, Señor, porque nos esperas en tu paraíso infinito: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Frente a la inmensidad del mar, reflejo pobre de la inmensidad de Dios, exclama el poeta: «Hoy he venido al mar para quedarme…/ he venido a rondar la última ola». Al alcance está el gozo definitivo de una primavera sin fin: «Primavera del mundo, hoy es el día/ en que me nacen fuentes/ y la lluvia desciende hasta los páramos, / el día en que levanto para Ti/ la bandera final de socorrista./ Y es que Te necesito/ para cruzar el mar a la otra orilla». La muerte no es el final del camino. No ha sido fácil vivir. El dolor y las penas han pesado demasiado, aunque Tú nos hayas hecho la carga más suave y más ligera. El desenlace es gozoso. El hombre y Dios se funden en un abrazo sin término. Termina el poema: «Hoy comienza mi mar, tu paraíso».

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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