«Su afmo. P. in C. J.» (marzo 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2022.

«Y ya no es más que una fina catequista»

Cartas de san Manuel González a su sobrina Anita González Ruiz

El hermano menor de san Manuel González, Francisco, tras quedarse viudo con dos niños pequeños contrajo matrimonio con Ana Ruiz Fuertes. Tuvieron siete hijos. Todos estuvieron siempre muy unidos al tío Manolo, pero seguramente la mayor, Anita, resultó para él y para toda la familia muy especial. Nacida en Sevilla en 1913, tenía 20 años cuando una repentina enfermedad se la llevó entre el dolor de sus padres, hermanos, tíos y, también, de los niños de su catequesis.
Los nueve hijos que tuvo Francisco González García eran todos los sobrinos de san Manuel. Su otro hermano, Martín, falleció en 1938 sin descendencia tras haber muerto en 1918 su único hijo. Paco, Ana y sus hijos, junto con Martín y su esposa, eran por tanto su familia sevillana.

La mayor de las hijas, María de la Concepción, al quedar huérfana fue acogida por su tía María Antonia, y siempre vivió con ella, en Málaga, Madrid y Palencia. Cuando san Manuel escribía a su familia en Sevilla incorporaba sobres que contenían pequeños mensajes, particulares para cada uno de sus miembros. Al indicar el destinatario en ese sobre ya aprovechaba para escribir algo que arrancara una sonrisa. De este modo, al enviar cartas a Anita González Ruiz escribía cosas como: «solo para Anita, la sobrinita» en 1929, «solo para Anita la niña gorda» o «para Anita la de los 17 años y 71 kilos» como escribía en 1930 (hay que entender en un contexto en el que tener peso equivalía a tener salud), «para Anita la del 18 de septiembre», «para Anita, la chiquita», «para Anita la de 18 años de edad y 18 centímetros de teja» pondrá en 1931 cuando le escribe desde Gibraltar; en 1932 la remite «para Anita mi sobrina gentil», o «para Anita la chiquita y gordita de su señor tío».

Pero es curioso que a partir de agosto de 1932 san Manuel comienza a dirigirse a ella como catequista. En efecto, en este tiempo Anita González, que ya era María de los Sagrarios, respondió además a una vocación muy especial: la de catequista, y en el sobre de la carta que su tío le dirigió el 6 de febrero de 1933 se lee: «Para Anita la que fue gordita y ya no es más que una fina catequista».

Cuando Anita presintió su muerte le ordenó a su madre que destruyera las cartas del «tiíto Manolo». Sin embargo, tras el dolor de ver morir a su hija, Ana Ruiz no lo hizo. Las conservaría hasta que, al abrirse el proceso de beatificación de san Manuel, las entregó para su consideración dentro de la causa. Se trata de una serie de cartas en las que se pone de manifiesto la forma, siempre optimista pero siempre clara y recta, que tuvo san Manuel para acercar a Dios a las almas que dirigía espiritualmente. Estas cartas están ahora publicadas en el tomo IV de sus Obras Completas.

Con anhelos de ser mejor
De la correspondencia que se intercambiaron san Manuel y su sobrina puede deducirse que Anita era una joven que tenía problemas muy similares a los que tendrían otras muchachas de su edad –me atrevo a decir de entonces y de ahora– como dejarse llevar por las modas, tener diferencias con sus padres, fantasear acerca de tantas cosas… a veces ¡incluso se enfadaba con su tío! Pero al mismo tiempo Anita quería ser mejor y sabía que, para ello, tenía que dejarse moldear. En ocasiones le asaltaban los escrúpulos y, entonces, con gracia su tío le recordaba esta copla:

«El sentir no es consentir. El pensar mal no es querer. Consentimiento ha de haber. Junto con el advertir» –añadiendo– «así es, que sientas y pienses lo que te ponga el enemigo, que algunas veces parece que no tiene que hacer más que meterse con Anita, mientras tú no quieras consentir y procures no hacer caso, no hay pecado ni chico ni grande» (OO.CC. IV, n. 5784).

En aquella carta le señalaba también cinco consejos muy concretos:

«Para que no te maree el tiznado, lo que tienes que hacer es 1º procurar estar siempre muy ocupada, sin cansarte demasiado, en coser, limpiar, estudiar, entretener y enseñar alguna cosa buena a los niños y ayudar a tu mamá en lo que te diga (contra santa ocupación no vale tentación) 2º procurar estar muy alegre, aunque tengas ganas de estar triste y de llorar: canta y ríete mucho y que rabie el demonio, que como está condenado está eternamente triste. 3º Procura no estar sola y sí muy muy unida a tu mamá y tener mucha confianza con ella y contarle cosillas tuyas 4º ¡guerra a soñar despierta! lucha mucho contra tus embobamientos frecuentes y piensa solo en lo que en aquel momento te pide Jesús que hagas. 5º Tus oraciones y Comunión, dándote cuenta de que hablas con Jesús y no con las musarañas. Ve procurando todo esto y verás cómo se te van todos los miedos y duermes como una bendita».

Cinco excelentes consejos, sin duda.

¡Viva la buena cara!
Son muchas las veces en las que san Manuel le hablará a su sobrina sobre esa pequeña mortificación de la buena cara:

«Nos ponemos tan contentos los dos cuando sabemos que nuestra Anita se pone a trabajar y a estar ocupada diciendo con buena cara: Por Ti, Jesús mío; ¡para que me perdones y me quieras mucho! Sigue leyendo las Identidades de Jesús y procurando imitarlas con tu buena cara habitual, aunque la procesión ande por dentro. Con eso y con que no caviles, ni dejes entrar las tristecitas, cantando mucho, más que un canario, llegas pronto a santa ¡qué alegría!» (OO.CC. IV, n. 5804).

«Tú sigue tu caminito de buena cara con los tuyos, pensamiento limpio con los de fuera y corazón todo lo más generoso en decir siempre que sí a tu Jesús y que no a tus pasiones y amor propio» (OO.CC. IV, n. 5809).

En otros casos, en estas cartas usará frases muy elocuentes al referirse a ella: «¡Viva el 4º mandamiento! y ¡la buena cara aunque te duelan las tripas de tanto sufrir!» (OO.CC. IV, n. 5835); «tienes que poner de moda la buena cara habitual» (OO.CC. IV, n. 6028). Prácticamente en todas las cartas a Anita desde el año 30 mencionará esto de la buena cara, incluso como despedida añadirá una vez: «¡Viva la buena cara!» (OO.CC. IV, n. 6072).

El verano de 1932 lo pasará Anita en Ronda, con su hermana María de la Concepción y con su tía María Antonia, esperando el retorno del tío Manolo que nunca se produjo. Aquel período supuso para Anita un crecimiento en vida interior, pero también en acción apostólica. Junto a su tía y a su hermana trabajará en la edición de El Granito. En las muchas cartas que dirigirá san Manuel durante aquel verano a su hermana y su sobrina, hay referencias a «Miss Anita» celebrando que estuviera tan contenta y tan implicada en las tareas apostólicas.

No sabemos a ciencia cierta si fue en esta temporada en Ronda cuando surgió en Anita su interés por la catequesis, pero lo cierto es que en una carta que san Manuel le escribe el 17 de agosto de 1932 se puede leer: «supongo que mi querida Anita recibiría la carta que le mandé y que se habrá aprovechado mucho de la pedagogía catequística de M. Mercedes», y es a partir de esa fecha cuando empezará a referirse a ella como «Aníbilis la catequista» o simplemente enviar notas «para la catequista Anita».

Fue muy feliz en aquellos días en Ronda y, se deduce del texto de algunas cartas, que le costó mucho volver a Sevilla. Seguramente le hubiera gustado establecerse en Madrid, junto a sus tíos y a su hermana. Eso no pudo ser y regresó a Sevilla, pero ya por entonces se había fraguado una fina catequista: «Cómo me gusta verte tan metida en tu Catecismo y llena de deseos de verte entre tus catecúmenos y catecúmenas!» (OO.CC. IV, n. 6097) le escribirá su tío en febrero de 1933, en una carta donde, además, le da varias recomendaciones a seguir en la catequesis, como esta:

«Cuesta más poner siempre buena cara, preparar una lección amena y confiar en la gracia del Corazón de Jesús, que dar unos valecillos que desatinan a los niños, les quita el pensar en lo bueno espiritual que se les da y se les hace creer que no hay más estímulos para ser buenos y aprenderlo que esas golosinillas».

Meses después le escribirá:

«Muy contento de verte tan contenta con tu Catequesis ¡cómo me gusta verte adelantar en eso! Procura preparar tu lección inmediatamente leyendo y pensando qué vas a enseñar y mediatamente llenándote hasta rebosar de Jesús por medio de tu meditación, tu Comunión y tus frecuentes jaculatorias para enamorarte de Él. Como tú estés llena, ya verás cómo le cae algo a tus niñas» (OO.CC. IV, n. 6129).

Una catequista graciosa
Derrochaba aquella joven gracia de Dios y gracia natural, y como, nadie da lo que no tiene –que así rezaba la pedagogía catequística de san Manuel– Anita se preparaba para dar lo máximo en aquellas catequesis en la parroquia de Santa María la Blanca de Sevilla, siempre atenta a su Sagrario, el de la iglesia de Palomares del Río, que visitaba cuando tenía ocasión, y que acompañaba siempre. La frecuencia de los sacramentos y su piedad «hicieron de ella la catequista idolatrada, la que yo sueño para todas mis catequesis; la que atrae y subyuga, no con premios materiales sino con la gracia de su buena cara y de sus buenas lecciones y la confianza en la gracia del Corazón de Jesús» (OO.CC. III, n. 4405).

En su libro La gracia en la educación, san Manuel reproduce el artículo que apareció en el Granito del 5 de septiembre de 1933, en el que narra el que sería «El último examen de una catequista graciosa», que había tenido lugar el 30 de julio de 1933. «Creo que, sin pasión de cariño, puedo afirmar que eso es una lección práctica extraordinariamente bella de bien morir, como corresponde a una María de verdad y a una catequista completa. ¡Qué buen examen de doctrina cristiana sabida, practicada y enseñada! ¡Quién iba a decirle a ella y a mí, hace dos meses, no más, que en lugar de las ocurrencias graciosas de sus chavales que me mandaba y que yo publicaba muchas veces en la sección “De mi catecismo” de El Granito de Arena, la ocuparía con la respuesta, de verdad graciosa, que de palabra, alma y acción ha dado al Padre celestial al recibir la muerte ¡cantando!» (OO.CC. III, n. 4407). Desde Madrid y sufriendo por no poder estar al lado de su sobrina, san Manuel le hizo llegar una rosa de la tumba del papa Pío X y una estampa para la devoción privada de este pontífice, que con el tiempo se convertiría en el santo patrón de los catequistas. Pero el milagro no se produjo y Anita murió el 30 de julio.

Durante todo el día siguiente en el que estuvo Anita de cuerpo presente desfilaron ante su cadáver centenares de personas. «Llamaron en gran manera la atención los niños y niñas del catecismo adonde ella iba. ¡Cuánto lloraban todos al ver el cadáver de su querida “señorita”! Hubo una niña de unos ocho añitos que no quería irse de la sala donde estaba el cadáver, y allí permaneció gran rato llorando y rezando. Estos mismos niños, al día siguiente, se presentaron en la casa con once pesetas y media que habían reunido entre todos para misas por la “señorita”» (OO.CC. III, n. 4433).

Buscando consuelo ante el Sagrario, para él y para su familia, escribió san Manuel González un texto, tan breve como hermoso, que apareció en El Granito de Arena del 20 de agosto de 1933 con el título: «Consuelos ante la tumba», que tuve oportunidad de comentar aquí en el número del mes de noviembre de 2021.

La última colaboración de Anita para esta revista fue, como en tantas ocasiones, recogida en la sección «De mi catecismo». Se trata de aquella anécdota de la niña que suma a las tres personas de la Santísima Trinidad la del único Dios, y pregunta por la cuarta persona. A partir de esto analizaba cuánto se aprende de la lógica de los niños y cuánto cuidado hay que tener por explicarles con la máxima sencillez las cuestiones más difíciles. «Si las Marías nos diéramos cuenta de cuánto se aprende enseñando seríamos más catequistas para ser más Marías», se podía leer en ese Granito, del 20 de septiembre de 1933. Seguro que san Manuel sabía que aquella sobrina suya, Anita González, María del Sagrario de Palomares, aprendió, siendo catequista en Santa María la Blanca, a ser «más María».

Aurora M.ª López Medina
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

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