Orar con el obispo del Sagrario abandonado (marzo 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2022.

«No nos dejes caer en la tentación» (Mt 6,13)

Afirma san Manuel: «Los tentadores serán los enemigos del alma, el mundo con las sugestiones de sus modas, fomentadoras de la vanidad y de la sensualidad, sus máximas egoístas y disolventes, sus falsas apariencias de lujo y de hipocresía, etc., el demonio, con la influencia de su saber de ángel y de viejo, de su poder sobre los nervios, la imaginación, aun de los buenos, y las voluntades de los malos que se le rinden para servirle de ministros y apóstoles, y la carne, con sus fugaces y funestos atractivos, con sus rebeliones y escándalos» (OO.CC. I, n. 1060).
Las tentaciones están constantemente amenazándonos, porque la concupiscencia, secuela de nuestro pecado original, nos muestra cuán débiles somos. La concupiscencia es toda forma vehemente de deseo humano, todo movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana: «En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… No hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo» (Rm 7,15. 19).

El mundo, el demonio y la carne son los tres enemigos del camino de la santidad del creyente. Esta concupiscencia procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3,11). Así el camino espiritual se convierte en un combate permanente: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Tiempo favorable
El tiempo de Cuaresma es momento propicio para dejarnos convertir, transformar, purificar, limpiar por el Espíritu Santo y la Palabra, las dos manos del alfarero. «Pues mirad: ahora es tiempo favorable; ahora es el día de la salvación» (2Co 6,2).

Oración inicial
¡Oh, Padre, que te compadeces de todos; que no aborreces nada de lo que has creado; que pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan y que no te cansas de perdonar; concédenos, Señor, vivir el combate cristiano diestros y ágiles con las armas de la luz: el ayuno santo, la limosna generosa y la oración continua, para que en la lucha contra nuestros enemigos espirituales seamos fortalecidos por tu Palabra y tu Espíritu, de manera que salgamos vencedores del bien cuando somos tentados. PNSJ».

Proclamación de la Palabra
Lc 12,13-21

Meditación de la Palabra
Esta parábola del rico insensato es un ejemplo vivo de la ceguera de quien vive esclavo de sus bienes. Nadie sabe ni el día ni la hora en que se presentará la hermana muerte: «¿de quién será todo lo que has acumulado?». La muerte imprevista nos demuestra cuán inútil es acumular bienes para sí. Es falsa ilusión. La verdadera riqueza es Dios, sumo bien. Lo que debe importarnos es amar y servir, darse sin medida: trabajar, luchar, sufrir, llorar, gozar,… por el Reino de Dios. Todo lo demás es efímero.

El combate espiritual
Y prosigue san Manuel: «estos tres enemigos [mundo, demonio y carne] separados y juntos, puestos de acuerdo y en complicidad con el amor propio, ¡en qué aprietos ponen a las almas de los siervos de Dios! ¡No duermen, ni se distraen, ni toman vacaciones para descansar, como estimulados por un hambre insaciable de odio a Dios y a las almas!» (OO.CC. I, n. 1060).

La batalla espiritual es tremenda. Hay buenos y malos espíritus. A cada paso nos toca elegir: luz o tiniebla, verdad o mentira, libertad o esclavitud. Somos bombardeados por muchas ideas, criterios, opiniones. Observamos lo que sucede a nuestro alrededor. Todo nos afecta. ¿Cómo sabemos qué es de Dios y qué es del diablo? ¿Me dejo iluminar por la Palabra en cada una de mis decisiones?

«Este ataque tenaz y siempre variado, una veces suave, otras sañudo, y siempre dañino, ora a las claras, ora encubiertamente, ya diciendo al alma terminantemente: peca, sé mía, ya transfigurándose en ángel de bien, sugiriendo el mal con las apariencias más capciosas e insinuantes de bien; ese ataque, repito, ¡cómo acongoja, inquieta y pone en peligro y trance de muerte a las pobres almas tentadas!» (OO.CC. I, n. 1060).

Esto que escribe san Manuel González seguro que lo experimentó en su propio camino espiritual. No habla por hablar. Lo que el Señor vivió en el desierto, después de cuarenta días sin comer, lo padeció nuestro santo. En numerosas ocasiones meditaría estas palabras: «Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar; resistidle firmes en la fe» (1Pe 5,8-9).

«¿Quién podrá contar las veces que se le oyó [a Jesús] exclamar:“Velad y orad para que no entréis en tentación”? (Mt 26,41). Y confirmando su palabra con su ejemplo, ¿quién podrá contar las horas y los días y las noches que pasó velando y orando, no para librarse Él de tentación, sino para enseñarnos a nosotros? Y ¿quién podrá ahondar en toda la enseñanza que tenían aquellos cuarenta días y cuarenta noches de vela y oración contra el demonio tentador del desierto, con los que inicia su vida pública?» (OO.CC. I, n. 1061).Sí, Jesús nos muestra cómo es el combate: Él es tentado. Vence en las tentaciones. Expulsa demonios. Dios, en Cristo Jesús, se hizo hombre. En todo igual a nosotros, menos en el pecado. ¿Por qué lo tentó el diablo? Porque sabía que era hombre. Tentó a la criatura, a la humanidad del Hijo de Dios. El diablo es ciento por ciento malo. Se va a hacer el mal. Induce al mal.

«No pensemos que [el demonio] es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos. Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios» (GE 161).

Las tentaciones de Jesús en el desierto nos muestran cómo tienta el diablo. Son prototípicas. El Evangelio nos ilumina: cómo combatirlo y cómo distinguirlo o desenmascarar sus engaños. Ante las tres tentaciones del desierto, Jesús no dialoga con el diablo. Es inútil. Nos ganaría con su astucia. Jesús responde ante cada tentación con la Palabra de Dios, porque ésta «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu (…); juzga los deseos e intenciones del corazón» (Heb 4,12).

Los remedios más ágiles, fuertes, firmes, decisivos contra las tentaciones son las armas de Dios: «Tomad las armas de Dios para poder resistir el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura de la verdad, y resistid con la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu» (Ef 6,13-18).

Camino de oración
«Velad y orad» fue la palabra de Jesús en Getsemaní cuando encontró dormidos a sus tres amigos. La vigilancia es una actitud esencial para vencer al diablo. Oremos con fe para que no nos dejemos derrotar por el cansancio, el sueño o el desaliento frente a las tentaciones. Digamos con fe:

R./. «Señor Jesús, llénanos de la fuerza del Espíritu Santo».

  • Señor Jesús, tú que derrotaste a Satanás en el desierto con el arma de la Palabra, ayúdanos a salir victorioso en todos los engaños del maligno y a vivir alimentados con tu Evangelio.
  • Cristo Jesús, tú que nos vas eucaristizando con el Pan de vida, haznos vivir y celebrar la Eucaristía diaria como eterna novedad y fascinante encuentro contigo.
  • Salvador de los hombres, tú que nos acompañas cada instante de nuestra vida y conoces lo débiles que somos, fortalécenos con tu Espíritu, para adorarte sólo a ti, Sacramento del Amor.
  • Hijo de Dios e Hijo del hombre, tú que te hiciste servidor de todos, guíanos en este camino de continua conversión para que, purificados por tu Espíritu, celebremos la Pascua con el júbilo de tu Resurrección.

Oración final
Oh, Padre Dios, que nos convocas cada día a pasar largo tiempo junto a tu Hijo, presente en el Sagrario, para adorarle como el Vencedor del pecado, la muerte y el demonio, acrecienta nuestra fe, consolida nuestra esperanza y fortalece nuestro amor; haznos sentir hambre de Cristo, Pan vivo y verdadero, para que nos enseñes a vivir iluminados por su Evangelio e interpelados por toda palabra que sale de su boca. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.