Enseñanzas de san Manuel sobre san José (marzo 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2022.

¿Quién es san José?

La vida de san Manuel fue un himno de alabanza, acción de gracias, expiación e intercesión a la Santísima Trinidad. Su corazón latía al unísono con el Corazón Eucarístico de Jesús, su Amo adorado. Amaba profundamente a la Madre Inmaculada de Jesús y suya. Inseparable de Jesús y María aparece san José. Creemos que esta jaculatoria dice todo sobre su profunda devoción al glorioso Patriarca: «Padre mío San José, lléname del espíritu reparador y nazareno» (OO.CC. IV, n. 6196).
Dice el refrán que el buen perfume viene en frasco pequeño. De igual modo, los textos de san Manuel sobre «el bendito y glorioso San José» (Pláticas a las hermanas [PH], p. 94) no son muchos, pero denotan cuán hondamente meditó y captó la grandeza de su alma, la importancia de la misión que Dios le encomendó, la perfección con que la cumplió y lo indispensable que es para el cristiano el papel que tiene san José en su vida. Es muy significativo, además, que la mayoría de sus referencias se encuentran relacionadas precisamente con los temas medulares de su espiritualidad eucarística reparadora, mostrando su anhelo porque los miembros de la Familia por él fundada profesen, junto con la mariana, una viva devoción a san José. Él mismo insiste en que «parece conveniente y muy conveniente que en Nazaret se piense y se medite mucho sobre S. José», que se estudie «la persona y la vida de San José» (PH, p. 91). Las enseñanzas que «nos da la vida de San José» son «para la glorificación de Dios y para nuestra santificación» (PH, p. 96). El amor a María y José «no sólo no le quita nada a Jesús», «sino que lo aumenta, pues el único camino para ir a Él es su Madre; y el más seguro camino para llegar a su Madre bendita es S. José. No quita nada la hipoteca que hemos hecho de nuestro amor a Jesús el amor que le debemos tener a su Madre Inmaculada y al bendito S. José» (PH, p. 91). «Las tres santísimas Personas de la Sagrada Familia son inseparables» (id.). A la Sagrada Familia debemos pedirle «que nos den a conocer el misterio de su vida oculta, para que enamorándonos de ella, podamos imitarles» (PH, p. 40; cf. pp. 50, 103). Dedicaremos tres artículos a las enseñanzas de san Manuel sobre san José. En este primero examinaremos tres rasgos distintivos del santo Patriarca.

1. «El hombre de confianza del Padre celestial»
El beato Pío IX, en el importante documento con que proclamó a san José Patrono de la Iglesia Universal en 1870 (Quemadmodum Deus; cf. RC 1), dice que Dios «lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos. Porque tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual por obra del Espíritu Santo nació nuestro Señor Jesucristo, tenido ante los hombres por hijo de José, al que estuvo sometido». ¿Cabe imaginar honor, bendición, don más inefable que ser el encargado de amar, cuidar y servir durante 30 años al Hijo de Dios y a la Madre de Dios? ¡Quién será san José, que recibió tal encargo de la Santísima Trinidad y vivió en tal cercanía con Jesús y María! San Manuel reitera varias veces esta inefable verdad: «¡Qué grandeza la suya! y ¡cuánta confianza le merecería al Señor puesto que le encargó tan sublime misión!» (PH, p. 91).

Sabemos cuánto insiste siempre en la importancia fundamental de la humildad (cf. 1467-1468; 2682). Son por eso significativas sus siguientes palabras: «¡Qué confianza le merecería S. José al Padre celestial cuando le confió misión tan grande y delicada! ¡Y qué seguridad tendría de que no iba a tener con esto ningún engreimiento! (Por eso después de la Santísima Virgen, San José es el Santo más grande y poderoso). Si se hubiera engreído se le hubiera quitado tan gran misión» (PH, p. 98; cf. p. 94).

Esta confianza en san José la expresa también en términos trinitarios: «San José, después de Jesús y María es la persona de más confianza del Señor. Dios Padre le confía su Hijo y Dios Espíritu Santo su Esposa… ¡Qué seguro estaría el Señor del cariño, de la pureza, fidelidad y nobleza de S. José cuando le entregó Su tesoro más rico en naturaleza y gracia; sabía muy bien que se la devolvería limpísima e inmaculada! Por eso se la entrega sin más recomendaciones. Estaba seguro de la gran fidelidad de ese varón justo» (PH, pp. 101-102; cf. p. 103).

2. «El más feliz y afortunado mortal»
En la escena navideña de la visita de los pastores (cf. Lc 2,8-20) tenemos un cuadro maravilloso de la unión e importancia de los tres miembros de la Sagrada Familia.

San Manuel pone de ejemplo a los humildes y vigilantes pastores que, habiendo recibido el mensaje del ángel, no dudan en ir a Belén a ver lo que se les ha dicho y son capaces de conocer el Misterio escondido en la impactante sencillez de María, José y el Niño reclinado en un pesebre (1030-1032).

« “Viendo –dice el Evangelio–, conocieron la verdad de lo que se les había dicho”. Vieron a María y a José y al Niño, puesto en el pesebre… Y de tal modo la gracia del Espíritu Santo reforzó la mirada sencilla de aquellos humildes pastores, que viendo aquel cuadro de pobreza, indefensión y abandono nunca visto, conocieron… ¿qué? En el Infante envuelto en míseros pañales, a un Dios Rey puesto sobre un trono; en la joven obrera, a la augusta Madre de Dios y Reina de cielos y tierra, y en el sobrecogido carpintero, el más feliz y afortunado mortal» (1033).

He aquí una maravillosa y atinada descripción de san José: «el más feliz y afortunado mortal». Pues ¿qué mayor felicidad que pasar la vida en compañía constante de Jesús y María y a su servicio fiel? ¡Y esto en calidad de esposo virginal y padre nutricio!

El papa León XIII, en la primera encíclica dedicada a san José (Quam-quam pluries, 15/8/1889) indica que las razones por las cuales «debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria».

San Manuel afirma lo mismo: «Toda la grandeza suya viene de la proximidad con Jesús. Si quitamos del escenario de su vida a Jesús, ya le quitamos su grandeza… Su nombre y grandeza se lo da el haber hecho de Padre de Jesús, su proximidad con Él» (PH, p. 92).

«Vamos ahora a considerar la gloria y el honor de San José en estas palabras del Santo Evangelio, que aunque muy cortas encierran la mayor de las alabanzas que se le pueden tributar: “José, esposo de María, de la cual nació Jesús”. En los matrimonios terrenos la elección puede fallar y la pareja resultar dispar. Pero en este bendito y dichoso matrimonio no fue así porque la elección era de Dios; de modo que diciendo quién era la Santísima Virgen, se dice quién era S. José» (PH, p. 101).

Dos características unen indisolublemente a la Virgen y san José: su pureza inefable y su amor a Jesús: «aquellas dos hermosísimas almas» que tenían «el amor sin fondos ni riberas a su Jesús» (1065).

Otra interesante alusión al matrimonio virginal de María y José la encontramos en su excelente exposición sobre la intercesión (908-959).

San Manuel encuentra en el Evangelio diferentes categorías de personas que interceden por otras ante el Señor y son escuchadas por Él. Con gran tristeza echa de menos «en esos relatos de intercesiones eficaces del amor bueno y puro de la familia ante Jesús dos amores: el conyugal y el filial». Luego se corrige: «Mejor diré: sólo encuentro uno de esposos, los ejemplares de todas las familias: María y José».

De manera original encuentra esta intercesión en el hallazgo del Niño en el Templo y en la Anunciación a san José: «Ella, poniendo por delante de su dolor el dolor de su esposo ante Jesús hallado en el templo, y Él, hablando con el Ángel de su esposa» (931). O sea, la Virgen intercede por San José al presentarle a Jesús la congoja que ha sufrido por Su desaparición (Lc 2,48), y San José intercede por María al esforzarse por comprender y actuar correctamente en relación con el misterio de su maternidad y creer y acatar inmediatamente la explicación del ángel (Mt 1,19-21).

3. «Introductor» y «ocultador» de Jesús
Para explicar la importancia de san José en la economía salvífica de Dios, san Manuel utiliza cuatro sorprendentes títulos de gran profundidad teológica, que si no son originales suyos, ciertamente son muy de él: «ocultador de Jesús», «humillador de su honor», «sacrificador de la divinidad de Jesús» y «gran Sacerdote». Los explica así: san José desempeñó una doble misión con respecto a Jesús, que corresponde al hecho de ser Jesús Dios y hombre: «como Dios hacía San José de sacerdote sacrificando y ocultando el honor de esa divinidad, porque así convenía por entonces» (PH, p. 100), y como hombre tuvo el «oficio honrosísimo» de ser el «introductor honesto de la humanidad de Jesús en el mundo» (PH, p. 97).

3.1. «Introductor de Jesús en el mundo»
Orígenes, al explicar el anuncio a los pastores, hace dos afirmaciones que encontramos también en san Manuel. Una ya la vimos: la diligencia de los pastores en ir a ver lo que el ángel les anunciaba les valió contemplar el misterio de la Sagrada Familia (1033). La otra es el papel de san José en la encarnación del Verbo: «Porque habían venido presurosos y no lentos ni con paso cansino, encontraron a José, que había preparado el nacimiento del Señor, y a María, que había dado a luz a Jesús, y al mismo Salvador “que estaba reclinado en un pesebre”» (In Lucam XIII,7: Ed. Ciudad Nueva, p. 103).

El término que utiliza Orígenes para san José: «dispensador» se relaciona con el concepto de «dispensación divina» o economía salvífica de Dios en favor nuestro (cf. 1Cor 9,17; 2Cor 3,7-11; Ef 1,10; 3,8-12) y reafirma que san José fue llamado por Dios a colaborar en su plan como padre adoptivo del Hijo de Dios, que quiso encarnarse en el vientre virginal de María, hacerse hombre y morir en la cruz para salvarnos. Jesús no nació de ese matrimonio, pero sí en ese matrimonio, y quiso vivir 30 de sus 33 años sobre la tierra en el seno de una familia para bendecir el matrimonio y la familia y darnos un ejemplo de humildad, hecho este último que san Manuel invita a meditar (cf. PH, pp. 46-48). Ese papel cooperador de san José en el misterio de la encarnación como esposo virginal de María y padre adoptivo de Jesús lo denomina san Manuel con el término de «introductor»: «introductor de Jesús en el mundo».

También hace un bello paralelo entre san José y las Marías Nazarenas: «¿Qué aplicación tiene el gran oficio de S. José de introductor de Jesús en el mundo en nuestra vida de Marías Nazarenas? Pues que también vosotras tenéis que ser introductoras de Jesús en las almas y en los pueblos. Vestidas modestamente, como las demás, sin ruido, iréis a los pueblos y seréis padres y madres de Jesús en las almas, pues los padres son los que engendran a otros y vosotras haréis que se engendre y nazca Jesús en muchas almas» (PH, p. 99).

Además de «introductor», san José sirvió a Jesús también «de custodio y sustentador, pues con el trabajo de sus manos le ganaba el pan que se comía; le dio su nombre y familia» (PH, p. 98).

3.2. «Ocultador de Jesús» y «humillador de su honor»
Santo Tomás de Aquino, en su bellísima oración Adoro te devote, en la tercera estrofa, dice: «En la cruz la deidad estaba oculta. /Aquí la humanidad yace escondida» (trad. de Lope de Vega). En la cruz Jesús esconde su divinidad; ¡en la Eucaristía esconde hasta su humanidad!

Ahora bien, si nos remontamos a los treinta años de vida en Nazaret, podemos decir que allí es san José quien oculta la divinidad de Jesús hasta que sea el momento de revelarla, cuando Él inicie su vida pública. Gracias a él, a los ojos de sus paisanos, Jesús es simplemente «el hijo del carpintero» (Mt 13,55).

Veamos cómo desarrolla este tema en tres Pláticas dedicadas a san José (30/1/1931; 6/3/1931; 14/4/1931).

El contexto de la primera es una enseñanza sacada de la vida de san José: servir al Señor de la manera que él quiera que lo sirvamos, aunque nos cueste. Esta enseñanza la contempla en el hecho de que «San José, por disposición divina fue el ocultador de Jesús, sirviéndole de humillador de su honor». La razón es que «Jesús vino a la tierra a curar a los hombres soberbios hasta la médula de los huesos y quiso humillarse» (PH, p. 92).

Jesús escogió una vida de «ocultaciones» garantizada por José, el carpintero, cabeza de la Sagrada Familia. Y «además de los treinta años que vivió oculto en Nazaret, después se sigue ocultando bajo los accidentes de pan y vino, dándose a todas las almas» (PH, pp. 31-32).

«Si no el principal, otro de los principales motivos de la vida oculta de Jesús, fue el del establecimiento del reinado de la humildad» (PH, p. 46). ¡Cuántas lecciones de humildad nos dan Jesús, la Santísima Virgen y San José! Procuremos nosotros imitarlos y compensar con una humildad muy grande tanta soberbia como hay en el mundo» (PH, p. 48).

Siguen dos observaciones. La primera es que, dado que entraba en el plan divino que durante los años de la vida oculta en Nazaret Jesús «pasara como hijo de José», la Virgen normalmente llamaba a José su «padre» (Lc 2,48) y el mismo Jesús también se expresaría diciendo, por ejemplo, «mi padre me manda». En cambio, cuando el ángel en sueños le habla a san José, le dice que coja «al Niño y a su Madre». «Es que los ángeles le hablaban de parte de Dios y en ese lenguaje íntimo no hacía falta la ocultación, que era sólo para los hombres» (PH, pp. 92-93).

La segunda es interesante: mientras que para san José es «un gran sacrificio servir de humillador del honor de Jesús», san Manuel admira la «calma divina» y la «paz» que tiene siempre Jesús –muy diferente a nosotros, que correríamos a defendernos–, sabiendo que «entonces convenía que pasara por el hijo del carpintero, siendo Hijo de Dios» y no tiene prisa por revelar la verdad, «ya llegará la hora en que se sepa que su Madre es Virgen y que Él es Dios» (PH, p. 93).

«Jesús era tenido por hijo del carpintero y al pobre de san José le tocó este oficio de ocultador de Jesús». ¿Por qué cuesta tanto este oficio? «Porque es muy agradable servir al Señor glorificándole públicamente, confesándole» (PH, p. 93), como hacen los sacerdotes, quienes como ministros de Jesús hablan en su nombre y administran los Sacramentos, y todo eso «es muy hermoso, pero servirle y glorificarle ocultamente cuesta mucho trabajo». Por eso, «¡cuánto le debemos agradecer a San José el oficio tan costoso que ejerció!» (PH, p. 94). San Pedro Damián dice algo parecido con respecto a la Virgen: «Considerad cuánto le debemos, cuántas gracias debemos darle, después de Dios, por nuestra redención» (In Nat. BVM).

Al mismo tiempo, precisamente «de este oficio le viene su grandeza, porque no ha habido en la tierra ni habrá quien lo pueda ejercer más que él». Así como María recibió de Dios la misión única de convertirse en la verdadera Madre de su Hijo, quien con su consentimiento, en su vientre virginal y de su carne inmaculada asumió la naturaleza humana, así José recibió la misión única de fungir como padre nutricio del Hijo de Dios, y de esta manera ocultar al mundo el misterio de la encarnación hasta que fuera el momento oportuno de revelarlo.

Por tanto, «¡qué confianza tenía el Señor en S. José! Ya sabía a quién confiaba tan gran misterio. Si hubiera sido otra persona que se hubiera pavoneado por ejemplo, no se lo hubiera dado… Pero como San José era humildísimo por eso lo escogió a él» (PH, p. 94).

3.3. «Gran sacerdote»
San Manuel inicia la segunda plática sintetizando en tres puntos sus enseñanzas anteriores: «el principal oficio de San José, el de más alto honor y al mismo tiempo el más costoso para él, era el de sacrificador u ocultador de la divinidad de Jesús» (PH, p. 96). Aquí aparece un nuevo título: «gran Sacerdote», por medio del cual presenta una afirmación de gran peso teológico, que junto con la anterior lo hace digno del calificativo de josefólogo: «En aquella santa Familia de Nazaret era el gran Sacerdote que ofrecía al Padre celestial, no la Carne y la Sangre sacrificada de Jesús, como los sacerdotes del Testamento nuevo, sino sólo la divinidad de ese Jesús» (PH, p. 97).

Estamos frente a otra misión única de san José: fungir como sacerdote, que ofrece al Padre en sacrificio, no la Carne y Sangre de Jesús, como hacen todos los sacerdotes en la Misa, sino la divinidad de Jesús. ¿Cómo lo hace? Responde: «Pues 30 años lo estuvo ocultando en el mundo que lo tenía por hijo suyo; porque así convenía al plan que la Divina Providencia se había trazado» (PH, p. 97).

De nuevo insiste en que «Jesús, hasta que no llegó la hora de manifestarse como Hijo de Dios, no dijo de esto ni una palabra, sino que dejaba que los demás lo tuvieran por el hijo del carpintero de Nazaret». La revelación de su verdadero Padre tendrá lugar en el Bautismo: «Ya al principio de su vida pública, en el Bautismo, dejó de aparecer como hijo de S. José, pues se oyó la voz del Padre celestial que decía: “Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mis complacencias”. También Jesús dijo cuando llegó la hora que era Hijo de Dios, pero hasta la edad de 30 años quiso ocultarse» (PH, p. 97).

En la tercera plática, en la cual desea seguir considerando «las glorias del Patriarca glorioso S. José», vuelve a afirmar su función de sacrificador y ocultador y de introductor. Ya vimos cómo la fundamenta en el hecho de que Jesús es Dios y Hombre verdadero, y san José fue llamado a desempeñar por eso mismo una doble misión: «como Dios hacía San José de sacerdote sacrificando y ocultando el honor de esa divinidad, porque así convenía por entonces… En cuanto hombre fue el introductor honesto de Jesús en el mundo» (PH, p. 100).

Se comprende que el término «sacerdote» debe entenderse dentro del marco de la misión única de san José de colaborar en el misterio del anonadamiento del Hijo de Dios (Flp 2,5-10), «sacrificando» (por eso sacerdote), «ocultando» la gloria que le corresponde en cuanto Dios. En otras palabras, es con la colaboración de san José que Jesucristo sacrifica temporalmente el honor y la gloria que le corresponden como Dios, y por amor a nosotros no le importa pasar durante 30 años por el hijo del humilde carpintero ni ser clavado como un criminal en una cruz.

He aquí otra explicación: «Lo que el hombre ha de procurar es dar siempre gloria a Dios, y mientras más gloria dé mejor cumplirá su fin, pero S. José le daba la mayor gloria ocultando su divinidad» (PH, p. 100).

En otras palabras, en lugar de confesar públicamente la divinidad de Jesús, como lo hizo santo Tomás: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28), y nos corresponde hacerlo a nosotros, san José fue llamado por el Señor a glorificarlo más bien ocultando su divinidad. San José no fue llamado a gozar viendo a su Hijo adoptivo coronado de gloria y poder, sino a sufrir viendo como debía trabajar y era despreciado por ser un simple carpintero, hijo de un carpintero (cf. Mt 13,55-56; Jn 6,42).

Si «los Corazones de Jesús, María y José» sentían tanta pena al ver que las criaturas no le daban a Dios la gloria que le corresponde (cf. PH, p. 39) y –agregamos nosotros– María y José anhelarían ver también a su Hijo glorificado por todos, ¡cuánto le costaría a san José verse llamado más bien a ocultar esa gloria bajo el manto de su paternidad!

San Manuel termina anhelando y pidiendo a la Sagrada Familia que Jesús pueda confiar en el amor que le prometemos y que no le fallemos. «Así conseguiremos que si no como San José a quien confió el Señor su más rico tesoro en naturaleza y gracia que es María Inmaculada», que al menos cuando lo recibimos en la Comunión «se pueda sentir tranquilo y disfrutar de la seguridad de nuestro amor» (PH, p. 103).

Deyanira Flores
Publicado en El Granito de Arena, Enseñanzas de san Manuel, San Manuel González, San Manuel González García.

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