Ponencias del Simposio teológico (Schlosser – I)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2022.

Con ojos de fe
Una teología de la adoración eucarística

En los días previos al 52º Congreso Eucarístico Internacional de Budapest (septiembre de 2021), se celebró un Simposio Teológico al que asistieron más de 200 participantes de todo el mundo. Una de las ponencias del 3 de septiembre estuvo a cargo de la Dra. en Teología Marianne Schlosser, de la Universidad de Viena y miembro de la Comisión Teológica Internacional entre 2014 y 2019. Actualmente es también asesora de la Comisión de la Fe de la Conferencia episcopal alemana y miembro de la Comisión teológica de la Conferencia episcopal austríaca. Ha obtenido el Premio Joseph Ratzinger 2018. Ofrecemos la primera parte de su intervención.

«Gloria a Ti, exaltado y glorioso, Único Hijo de Dios,
que en el sacrificio de tu cuerpo llevaste a cabo la salvación de este mundo.
Hijo Ungido por el Santísimo Padre te pido ahora
con reverencia y asombro […] que me limpies
de las maquinaciones carnales y llenes mi alma
con los puros designios de tu Espíritu.
Mantén firme mi fe en Ti,
para poder ser testigo de tus misterios,
para poder contemplar tu sacrificio;
no como me conviene a mí sino a Ti,
que pueda mirar con tus ojos, no con los míos,
ya que eres totalmente Tú lo que mis ojos
por sí solos contemplan.
Señor, conforma mis ojos con los tuyos
para que pueda contemplar tu divino sacrificio con esa mirada.
Señor mío, no te pido que descorras ese velo que oculta lo que recibo.
Concédeme que pueda contemplar y ver, como Simón, el pescador,
que fue bienaventurado por la revelación que,
más que de la carne, recibió del Padre:
ver y contemplar lo que creía».

En el texto resaltado, el orante, Rabban Jausep Hazzaya, un eremita sirio y un padre espiritual muy respetado en el siglo VIII, pide tener unos ojos capaces de contemplar la misteriosa presencia de Cristo en los misterios, es decir, en la celebración de la Eucaristía. El texto completo de la plegaria sigue aproximadamente el estilo del Canon Romano y se utilizaba para preparar la participación en la celebración eucarística.

Aunque no sabemos de ninguna forma de adoración eucarística fuera de la celebración de la santa Misa en aquella época, y si bien la adoración eucarística solo se desarrolló en la Iglesia Latina, un texto así difícilmente podría haber sido compuesto si el misterio de la Eucaristía no hubiera sido objeto de contemplación fuera de la celebración litúrgica. Bien pudiera haber sido un indicio de que comer y mirar están más profundamente conectados que la frase a menudo repetida en las últimas décadas: el Sacramento se instituyó para ser comido y no para ser mirado. Jausep, en cualquier caso, también busca mirar el misterio, verlo.

Reverencia y veneración
A partir de la oración y la práctica de la Iglesia primitiva es obvio que las especies sacramentales fueron cuidadas con reverencia durante y fuera de la celebración litúrgica. La razón para ello se encuentra en la convicción de que el pan y el vino eucarísticos han sido transformados de manera permanente. Por ello, el pan eucarístico es enviado a los ausentes (como testifica Justino, en el S. II); y hay evidencias de que es conservado para que los fieles pudiesen recibir la Eucaristía en los días en los que no había celebración (Tertuliano, S. II; Hipólito, S. III; Basilio, S. IV). Incluso la costumbre (¡practicada en algunos lugares o algunas veces, y no sin oposición!) de cremar o enterrar las especies restantes de la celebración de la Eucaristía, tiene como fuente la gran veneración y el afán por evitar cualquier falta de respeto hacia el Sacramento.

Sin embargo, el más alto honor debido a las especies eucarísticas fue siempre la propia celebración de la liturgia. Como numerosos textos repiten enfáticamente, el cuerpo del Señor, que tomó de la Virgen María, con el que actuó en beneficio de la Humanidad, no es otro que el cuerpo glorificado y a la vez, también, el mismo cuerpo que reciben sacramentalmente los fieles. En su libro Oraciones Eucarísticas de la Iglesia Primitiva, Adalbert Hamman recoge el siguiente texto (pp. 128-131):

«Oh sagrado Cuerpo de Cristo,
Cordero de Dios,
Santísimo Cuerpo de Aquel
que fue entregado
por nuestra salvación.

El Santísimo Cuerpo de Quien
encomendó a sus discípulos
los misterios de la gracia
de la Nueva Alianza.

El Santísimo Cuerpo,
del que hemos bebido
en el sacrificio incruento.

El Santísimo Cuerpo
que lavó los pies
de los apóstoles con agua
y lavó sus almas con su Espíritu.

El Santísimo Cuerpo
que justificó a la pecadora
con sus lágrimas
que nos limpió a nosotros,
mediante su propia sangre.

El Santísimo Cuerpo,
que consintió el beso del traidor
y amó al mundo
hasta padecer la muerte».

Al Señor, presente bajo un velo sacramental, se le debe un culto de adoración que se expresa con una gestualidad que denominamos profunda reverencia o postración. El famoso texto de Agustín (Enarrationes in Psalmos, Ps. 98, n. 9) no es el único testimonio de esto: «Ninguno come esta carne sin adorarla antes. No pecamos cuando adoramos, sino lo contrario, cuando no lo hacemos». Aquí Agustín precisa cuidadosamente la postura corporal.

Este respeto por las especies visibles está en la raíz del posterior desarrollo del gesto de la elevación para mostrar a los fieles los dones consagrados. Originariamente, el Sacramento era alzado antes de la Sagrada Comunión, con la monición: «Las cosas santas para los santos»; o, también, con la invitación: «Este es el Cordero de Dios». En torno al año 1200, comenzó a elevarse la Hostia santa después de la consagración; poco después se haría lo propio con el cáliz. Numerosos himnos fueron compuestos para acoger la presencia de Cristo. Entre los más conocidos están Ave verum corpus (S. XIV, Reichenau) o Adoro te devote (o Te devote laudo, como parece haber sido originalmente).

Las primeras referencias a una explícita veneración del Sacramento fuera de la celebración podrían ser las que aparecen en las reglas de los ermitaños medievales: los eremitorios estaban a menudo adosados al muro de la iglesia con un ventanuco que daba al interior del templo; aquellos que se retiraban del mundo de una manera tan radical buscaban la contemplación del Señor y vivir conscientemente en su presencia.

«Gustate et videte»
El actual desarrollo de la piedad eucarística comenzó alrededor del año 1100 y llegó a su florecimiento en el siglo XIII. Obviamente, está relacionado con la consolidación teológica de los conceptos consagración y presencia real, clarificaciones necesarias en el contexto de la primera y, especialmente, la segunda controversia acerca de la Última Cena (siglos IX al XI, de Amalario a Berengario, etc.). Tanto la genuflexión ante el Sacramento reservado en el Sagrario como la procesión sacramental (desde finales del S. XI) expresan la confesión de fe en la presencia real de Cristo. La piedad eucarística en esta época era, fundamentalmente, un movimiento popular que se había extendido entre los fieles y las recién fundadas órdenes mendicantes, monjas, beguinas (mujeres religiosas de vida pública con acción social concreta, por ejemplo, hospitales) y reclusas (eremitas en clausura). Esta no fue siempre una simple piedad visual sino que con ella se desarrolla el deseo de la Comunión frecuente (por ejemplo, en Flandes; o en el famoso monasterio de Helfta). Ciertamente, no faltaron excesos en el deseo de ver las especies sagradas, con perspectivas desafortunadas: por ejemplo, la gente corría de Misa en Misa solo para ver el momento de alzar la Hostia.

Pero no debemos pasar por alto el hecho de que, tanto ver como comer el Sacramento del altar, se concebían como medios para un encuentro personal con el Señor. Por esta razón el Salmo 33 [34] es uno de los más antiguos cantos de Comunión en la Iglesia: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (nota bene: en latín «suavis», traducido por «bueno» o «suave», se refiere específicamente al sentido del tacto o del gusto). Si comer aquí significa recibir, ver significa reconocer: «¿Quién puede tocar el Sacramento? Manos de amor. ¿Quién puede gustarlo? Sabores de anhelo y deseo. ¿Quién puede mirarlo? Ojos del espíritu cuya pupila es la fe. Los ojos del cuerpo contemplan la blanca figura del pan, pero los ojos del espíritu contemplan a Cristo, Dios y hombre» (Catalina de Siena, Diálogo sobre la Providencia).

El poder del conocimiento en sí mismo no sirve de nada si la fe no lo moldea, si el ojo del intelecto no tiene una pupila. De manera parecida, se podría decir que comer presupone el deseo de la unión: en amor y esperanza.

Hay una profunda conexión interior entre la liturgia entendida como celebración de la Iglesia y la vivencia espiritual del misterio celebrado en la oración personal, entre el comer y el ver. Para los Padres de la Iglesia, la celebración de los misterios de Cristo era la fuente del conocimiento místico, esto es el «amor de Cristo que excede a todo conocimiento« (Ef 3,19). La palabra mystikos no expresa en principio una sensación o condición de la mente, sino que es un adjetivo del concepto misterio. Esto se aplica sobre todo a la Eucaristía como culmen de las tres grandes acciones rituales por las que el cristiano es incorporado a la vida de Cristo, in–corporado al cuerpo de Cristo. Bien sabido es que el lenguaje de la teología mística, desde los tiempos patrísticos, estaba profundamente alimentado por la Biblia y la liturgia.

Por otra parte, la reflexión orante –en otras palabras, la contemplación– es el requisito previo para una celebración viva, si no se quiere caer en un rígido ritualismo: «La Eucaristía y la Comunión serán más vividas cuanto más nos preparemos cada uno para la celebración en orante silencio ante la presencia del Señor eucarístico, para así convertirnos en verdaderos comulgantes» (J. Ratzinger). Celebrar la Eucaristía es un encuentro con Cristo, en unión con Él, siendo atraídos por el Espíritu Santo en la oración de Cristo al Padre. Una Comunión tal no es algo puntual, sino que es un encuentro que apunta hacia una unión duradera.

Así, Juan de Ávila, declarado Doctor de la Iglesia en 2012, que asoció la gran importancia de la devoción eucarística con la nueva evangelización de España, predicó en uno de sus sermones: «¿Por qué no sentís provecho al comulgar? Porque no sabéis comer. No hay manjar, por muy amargo que sea, que, si no lo mascáis, sintáis su amargura. Ni tampoco tan dulce, que, si os lo tragáis sin mascar, sintáis su dulzura. ¿Por qué no sabéis comulgar? Porque os tragáis el Santísimo Sacramento entero y no lo desmenuzáis […] Si el sacerdote y el que va a comulgar desmenuzasen muy bien a Jesucristo primero, no dudo sino que sentiríais grandísimo sabor y dulzura en comulgar […] Pero no os disponéis como sería razón; no hay más sino… ¡alto!, a comulgar quiero ir; no lo habéis pensado cuando ya lo tenéis hecho. En comulgando, ni os recogéis más que antes; en comulgando… luego a la plaza, […] y a andar por ahí perdidos. No lo desmenuzamos, no sentimos nada, porque no rumiamos». De esa manera, el culto y la recepción de la Comunión están aislados, desconectados de la vida diaria.

El Maestro Ávila recomienda a todos, especialmente a los presbíteros, contemplar la pasión de Jesús como expresión de su amor, que no se privó de dolor o vergüenza, entendiendo la Comunión como el afecto personal de Cristo por cada uno: «Que si el sacerdote (y el que va a comulgar), antes de que fuese a celebrar la Misa, pensase un rato en los trabajos de Cristo; si se entrase un rato en un rincón y se parase a pensar en aquella tristeza que Jesucristo pasó en el huerto de Getsemaní; si lo estuvieses allí mirando, con cuánta tristeza oraba al Padre, y te dolieses allí de Él, y llorases y te entristecieses con Él, y si pasases más adelante, cómo le prendieron y cómo iba aquel benditísimo Cordero entre aquellos lobos rabiosos con tanta mansedumbre; si te pasases a mirarlo cómo anda de juez en juez; si tus ojos lo mirasen en aquella durísima columna amarrado, desnudas sus carnes y te parases a pensar cómo las desmenuzan con crueles azotes; si un rato antes tu alma se parase a mirar a Jesucristo, cómo lo coronaban de espinas y mirases por aquel rostro sacratísimo cómo corrían arroyos de sangre; si te parases a considerar cuál iba por aquella calle de la Amargura, tan cansado con la cruz por ti; […] si te parases a pensar esto, y dijeses: “¿Adónde voy? ¿Qué voy a hacer? Señor, ¿qué te voy a recibir? Señor, ¿qué has de entrar en mi cuerpo?”. ¡Bendito seas!» (Sermón 47).

El auténtico encuentro personal implica vivir en íntima profundidad con la otra persona. Esto es más verdadero en el caso del misterio de la fe por excelencia, que nadie puede comprender. Incluso la experiencia de la visión, que quizás hace que aparezcan con mayor claridad algunos aspectos, no alcanza el contenido mismo de este misterio de fe. Por consiguiente, Jausep Hazzaya (que citábamos al inicio) no pide ver, sino tener fe. La Eucaristía es, podríamos decir, el punto focal de la salvación realizada por el Dios Trino con el que siempre hay que entrar en contacto: donde la muerte se transforma en vida, donde el pecado es perdonado; porque en el Sacramento todos y cada uno somos alcanzados por el Salvador del mundo. La antigua plegaria de preparación a la Comunión (S. IX), que todavía aparece en el Misal romano, abre una ventana para atisbar la totalidad del misterio:

«Señor Jesucristo,
Hijo de Dios vivo,
que por voluntad del Padre,
cooperando el Espíritu Santo,
diste con tu muerte
la vida al mundo,
líbrame, por la recepción
de tu Cuerpo y de tu Sangre,
de todas mis culpas y de todo mal.
Concédeme cumplir siempre
tus mandamientos
y jamás permitas
que me separe de ti».

Texto original: Marianne Schlosser
Con agradecimiento a Francisco Javier Díaz Lorite, por su ayuda con los textos de san Juan de Ávila
[Continuará]
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.