Con mirada eucarística (febrero 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2022.

En el silencio del desierto

Jesús de Nazaret se retiró al desierto de Judea a fin de prepararse para llevar a cabo la misión que le había encomendado el Padre. Es un espacio geográfico que se extiende desde el este de Jerusalén en dirección al Mar Muerto. Como todos los desiertos, se trata de un lugar despoblado, con ausencia de vegetación y con nubosidad muy escasa. El sitio ideal para la soledad.

Porque Jesús, para orar, para relacionarse con la divinidad del Padre, buscaba los lugares apartados, las cumbres de las montañas, los sitios sin agentes exteriores que pudieran apartarlo de su personal encuentro.

El ajetreo de las afueras
Porque hay demasiado ajetreo en las afueras. A pesar del corsé de la pandemia hace un mes hemos saludado el año nuevo con el jolgorio de las fiestas exteriores, y eso está bien cuando el abrazo escaso se prodiga amorosamente entre los seres queridos. Pero sigue existiendo el desierto de la despoblación, el desierto de las prisas, la costumbre que nos arrastra sin remedio, el río absurdo de la angustia que nos lleva en su intento de ignorar lo que verdaderamente importa. Importa retirarse al desierto interior de cada cual, parar el desafío que nos despersonaliza, bucear en el interior donde, como dijo Agustín de Hipona, habita la verdad.

El desierto interior, el que se desprende de todo lo sobrante, el rincón profundo del alma donde Dios responde a las razones de vivir. El desierto de Jesús y con Jesús. Dice Benedicto XVI: «Ante todo el desierto, donde Jesús se retira, es el lugar del silencio, de la pobreza, donde el hombre está privado de los apoyos materiales y se halla frente a las preguntas fundamentales de la existencia, es impulsado a ir a lo esencial y precisamente por esto le es más fácil encontrar a Dios». El lugar buscado del silencio, ahogar en él los ruidos de las voces que distorsionan, situarse en el centro de uno mismo para únicamente escuchar la Voz.

Escuchar la Voz
«Yo soy la voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor» (Jn 1,23), tal fue la respuesta de Juan el Bautista ante las preguntas sobre su identidad. Si bien se aprecia, la respuesta va más allá de la escueta definición del «yo», del nombre y apellidos, del número del D.N.I. que hoy llevamos en nuestro documento de identidad; la respuesta es la de la misión en nuestra existencia. Jesús y Juan acuden al desierto a encontrar el sentido del viaje por esta vida perecedera, el sentido del vivir. La pregunta sería: ¿Qué hago yo?

Qué hago yo en este sitio, en este tiempo, entre esta gente donde me ha tocado vivir. Lo más espantoso del caso es que la vorágine social que nos envuelve nos impide, o al menos nos dificulta, hacernos ni tan siquiera la pregunta. Parece como si toda la exterioridad del mundo se hubiera conjurado para que pasemos sin preguntarnos nada. Todo está ahí fuera, el poder, la riqueza, la diversión… Quedamos invitados a su conquista, sabiendo que al final, incluso si se consigue, nos invade la mayor de las decepciones. Es entonces cuando el tedio se apodera de nuestras vidas y nos lleva hasta la desesperanza. «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Ecl 1,2), esto es, vacío, inanidad, frustración, transitoriedad. Como suele decir el papa Francisco, jamás detrás del féretro va el camión de las mudanzas.

Detenerse, parar un poco, hacer un alto, descansar de tanto desaforamiento, respirar hondo, acudir a nuestro propio interior desierto, sin nada que nos estorbe, sin nada que nos agobie, sin nada que nos moleste, pensar que tanta posesión no sirve para nada si no nos poseemos a nosotros mismos, llegar a la conclusión de que no estamos en venta, que nuestro yo es valioso porque sirve para lo importante. Lo importante es escuchar la voz en el desierto que nos invita a tender la mano, a practicar la sonrisa, a acompañar al desolado, a socorrer al desvalido, a poner en los labios un beso con su palabra de aliento, a empujar el carrito de la felicidad.

La confianza en Dios
Pero también el desierto es el lugar del vacío, de la tentación, de la muerte. El desierto es el instrumento del que se apodera el mal, el maligno. «El desierto –sigue diciendo Benedicto XVI– es también el lugar de la muerte…y es el lugar de la soledad, donde el hombre siente más intensa la tentación. Jesús va al desierto y allí sufre la tentación de dejar el camino indicado por el Padre para seguir otros senderos más fáciles y mundanos».

No conocemos a ningún ser humano que en algún momento de su vida no haya sido tocado por el trampantojo del mal; ni tampoco que no haya sentido el abandono, la soledad, el vacío de un vivir al que no alcanza darle consistencia. Hasta los grandes hombres y mujeres de fe, santificados por la Iglesia, tuvieron sus noches oscuras tales, que llegaron a sentir la dejadez de la mano de Dios a la que con fuerza iban asidos. Recordemos a Teresa de Jesús, a Juan de la Cruz, a Manuel González, a Teresa de Calcuta… Todos pasaron por su particular y dolorido desierto. Teresa de Calcuta incluso llegó a ofrecerle a Dios el vacío que sentía. Sabían que hasta en la aridez de la desolación también andaba el Señor.

Cunde la desesperanza en este desierto letal de una pandemia que no cesa. En estas circunstancias tentadoras, inciertas, pavorosas, a veces se hace más difícil escuchar la voz de Dios. Se hace más difícil en esta sociedad laica que agranda el desierto del abandono, de la desolación, del aparcamiento. Cunde el egoísmo y se sustituyen, por otras más extrañas, las causas de la fe.

Escuchemos el silencio del desierto. Solo en la confianza en Dios es posible la esperanza, así nos lo dice por boca de Isaías: «Transformaré el desierto en un estanque, la tierra seca en manantiales. Pondré en el desierto cedros, y acacias, y mirtos, y olivares» (Is 41,18-19).

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.