Editorial (febrero 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2022.

Mejor que nadie en la tierra

Si nos preguntaran qué es lo peor que podría pasarnos, seguramente las respuestas serían muy variadas, en función de la capacidad personal de imaginar tragedias. Quizás nadie hubiera planteado la posiblidad de una pandemia hace apenas un par de años. Todas estas opciones, sin embargo, se podrían reducir a una si miramos el fondo, si miramos por qué son situaciones tan extremas.

Conocemos testimonios de martirio que no fueron vividos como lo peor que vivieron estos testigos sino, por el contrario, situaciones de encontrar el sentido de la vida, de entrega pacífica y hasta deseada. ¡Cuántas cartas salen a la luz de los mártires cristianos del S. XX y de todos los tiempos ofreciéndose como grano de trigo para que crezca una vida nueva, una Iglesia nueva, una luz nueva entre sus contemporáneos!

El denominador común de los peores sufrimientos posiblemente sea la soledad entendida como incomprensión. Más sufrimiento que una enfermedad terminal es la falta de sentido de la vida que puede conllevar. Más atroz que el sufrimiento inflingido es la soledad de creer que nadie está a nuestro lado. Más agobiante que el confinamiento es la pérdida de las relaciones. Más aún, la muerte de seres queridos no sería tan dolorosa si no implicara el corte total de comunicación con quienes tanto amamos.

No es la tecnología el gran enemigo (ni el gran amigo) de las relaciones. Lo mismo que nos une puede separarnos porque es, precisamente, un medio, un instrumento. Lo que sí puede minar nuestra sensibilidad es la soledad, es el pensar o sentir que nadie está junto a nosotros, que la vida es una empresa dura, ardua, y que no contamos con nadie que nos comprenda en verdad. ¡Qué duro es llorar en soledad! ¿Quién podrá comprendernos?

Por paradójico que pueda sonar, quien mejor puede comprendernos, aquí en la tierra ¡habita entre nosotros y también en el Cielo! Afirma la carta a los Hebreos que Jesucristo tenía que parecerse en todo a sus hermanos… para ser compasivo (cf. Heb 2,14-18). ¡Esa es la razón última de la encarnación! Dios quiere salvarnos y su corazón no solo desea estar cerca del nuestro sino que quiere ser como el nuestro, para poder sanar, abrazar, acoger… Y por la misma razón escogió vivir para siempre entre nosotros, desde Belén hasta la consumación de los tiempos, en la Eucaristía.

San Manuel fue, ante todo, un profeta de esta presencia cercana, cierta, amorosa, incansable. Una presencia que cambia nuestra existencia y llena de sentido cada instante de nuestra vida, sobre todo los más dolorosos, los que menos sentido parecen tener. Dios es todopoderoso no al estilo que podemos imaginarlo a veces, como un superhéroe, sino al estilo divino, el que es capaz de tocar y cambiar corazones, el que puede seguir siendo compañero de camino incluso ante el propio pecado.

El lema y el Mensaje para la Jornada mundial del enfermo de este año nos invitan, una vez más, a acoger a los enfermos, a hacernos sus compañeros de dolores mientras descubrimos nuestra propia fragilidad que quiere ser acompañada por Dios mismo. Si Dios nos invita a ser solidarios es porque Él, antes que nadie, encarnó la solidaridad, la caridad, haciéndose uno de nosotros. Nadie nos comprende mejor que aquel que vive lo mismo que nosotros. ¡Mejor que nadie en la tierra puede Él comprendernos! ¡Cuánta paz debería traer a nuestras almas esta verdad!

Publicado en centenario MEN, Editorial, El Granito de Arena.

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