«Su afmo. P. in C. J.» (febrero 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2022.

La incalculable trascendencia de la labor de un maestro cristiano

Cartas de san Manuel González a las hijas de santa Ángela de la Cruz

Bien se podría haber añadido a los índices que cierran el volumen IV de las Obras Completas de san Manuel González uno que especificara las profesiones de las personas con las que mantuvo correspondencia. Pues bien, me atrevo a aventurar que llamaría la atención el que muchas de ellas fueran docentes; muchos eran religiosos dedicados a la enseñanza, pero otros eran maestros y maestras laicos que ejercieron en las escuelas parroquiales o en colegios públicos. Su preocupación por ellos es lógica porque san Manuel siempre estuvo convencido de que la labor de un maestro cristiano tiene una trascendencia incalculable.

Una de las cuestiones fundamentales a la que se enfrentaba España y el resto de Europa y América a comienzos del siglo xx era la cuestión de la enseñanza. Llevar la educación a todos los niños, ya vivieran en grandes urbes o en pequeños pueblos, era una aspiración en aquellos momentos y, para lograrlo, en algunos lugares la solución parecía tener que pasar por alejar a la Iglesia y a las instituciones religiosas de la función de enseñar que, especialmente desde la segunda mitad del s. xix, habían venido desarrollando.

Laico y laicismo
Al llegar a Huelva, a san Manuel le tocó vivir las polémicas en torno a la que se llamaría «ley del candado» y que durante un tiempo cerró el paso al establecimiento de órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza en España. Aunque esta ley finalmente no tendría todos los efectos previstos, sin embargo fue el primer paso para la laicización de la enseñanza, en unos tiempos en los que, tras la ley de separación promulgada en Francia en 1905, el término laico y su derivado el laicismo, se entendía como enfrentado a lo religioso. Lo laico poseía una connotación muy negativa, tenía un significado bien diferente al de la «sana laicidad» de la que a mediados del s. xx hablará el papa Pío XII y años después, precisamente en el centenario de la ley de separación en 2005, Benedicto XVI.

Seguramente san Manuel conocía bien el tema del laicismo y en una conferencia que impartió en el Centro católico de obreros de Huelva en 1906 disertó sobre «La persecución religiosa en Francia y sus consecuencias», unos hechos que fueron el paradigma del movimiento laicista.

El joven arcipreste de Huelva había llegado a esa ciudad precisamente en 1905, en plena ebullición del tema de la enseñanza laica, y tuvo que hacer frente a este problema. En primer lugar vio la necesidad de apoyar, especialmente dando publicidad a través de El Granito, a las escuelas católicas que ya había establecidas en la ciudad. Por otra, rápidamente cayó en la cuenta de que, dada la situación política, difícilmente las congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza iban a poder abrir nuevos centros escolares. Además, comprobó la extrema necesidad de que hubiera más colegios (principalmente colegios gratuitos) en Huelva. Ante estas circunstancias, ¿qué podría hacer un cura para proporcionar a aquellos niños lo que tanto necesitaban?

Quienes conocen la vida de san Manuel saben que favorecer la construcción y la puesta en marcha de escuelas para los niños fue para él una tarea prioritaria. De algún modo lo fue durante toda su vida, primero como arcipreste y más tarde como obispo. Seguramente por eso a lo largo de su vida mantuvo amistad con muchas personas dedicadas a la enseñanza, bien fueran maestros o religiosos dedicados a esta función, con los que se escribía con regularidad como puede comprobarse al estudiar su correspondencia. Me centraré, en este artículo, en el primero de estos dos grupos.

José Muñoz Blanco
José Muñoz Blanco nació en Huelva en esta ciudad estudió bachiller y magisterio, y ejerció como monaguillo en la parroquia Mayor de San Pedro. En cuanto acabó sus estudios comenzó a dar clases en las entonces recién inauguradas Escuelas del Sagrado Corazón. Ya figura entre los maestros adscritos a ese centro educativo en un documento de 1907. Fue uno de los que viajó hasta Granada para conocer las Escuelas del Ave María, en las que san Manuel quería inspirar las de Huelva. En la residencia para la formación de maestros que había fundado D. Andrés Manjón en Granada estuvieron alojados en el verano de 1908 varios de los que ejercían como maestros en las escuelas del Sagrado Corazón, y que llegaron hasta allí, unos con un pasaje gratuito en tren de vapor que solo duraba tres días y otros con un abono de viaje como dependientes de una fábrica de jabón.

El arcipreste los mandaba para que «vean, oigan y se empapen del Ave María» (OO.CC. IV, n. 5371). La experiencia debió ser buena y poco después san Manuel escribía agradecido a Manjón diciéndole:

«Me ha devuelto V. a los maestrillos que le mandé cambiados del todo; qué contentos, qué emprendedores, qué celosos ¡en fin cambiados!» (OO.CC. IV, n. 5372).

Siempre confió san Manuel en la doctrina pedagógica del padre Manjón que, lejos de la de entonces en boga: «la letra con sangre entra», se basaba en el amor, en hacer ver y sentir a los niños el amor que Dios derrocha con los hombres.

Sin embargo, las cartas que se conservan entre José Muñoz y san Manuel datan de 1910, cuando fue llamado a filas. «Los niños no hacen más que preguntarme ¿cuándo vuelve D. José?», le escribía en la posdata. Las cartas se centran en los problemas de su estancia en el ejército en Marruecos. Eran los días más duros de la Guerra de África, y san Manuel le aconsejaba:

«Procura, hijo mío, no desperdiciar tan buena ocasión de ofrecer esos sacrificios al Corazón de Jesús por descargo de tus pecados y de los de tu familia y para que te conceda mucho amor y generosidad en su divino servicio. Nosotros los cristianos hemos de mirar siempre las penas y los trabajos como escalones que nos hacen subir al cielo» (OO.CC. IV, n. 5383).

José Muñoz volvió a Huelva y siguió como maestro en las Escuelas junto a Manuel Siurot hasta que ingresó en el seminario de Málaga, donde se ordenaría sacerdote a la edad de 31 años. Poco después regresó a su ciudad natal, donde vivió hasta su muerte en junio de 1985, cuando contaba con 98 años y después de 64 de sacerdote.

Como se puede leer en su necrológica en el Boletín de la diócesis de Huelva, «supo siempre compaginar su asiduo ministerio sacerdotal con el ejercicio del magisterio, tanto en centro público docente como en su colegio privado por el que pasaron miles de alumnos». En efecto fue profesor adjunto de religión en el Instituto de Huelva hasta 1960, de modo que aún hoy muchos onubenses recuerdan haber recibido sus clases. Todavía a finales del 2021 la prensa de Huelva evocaba su figura en el centenario de su primera Misa que fue el 27 de diciembre de 1921, recordando cuánto fue querido en la ciudad.

Fernando Minero Real
Fernando Minero Real había sido alumno de las Escuelas del Sagrado Corazón y desde el año 1924 era maestro en el Castillo de las Guardas, en la provincia de Sevilla. Con gran alegría recibirá san Manuel en 1937 noticias de aquel niño convertido ahora en maestro:

«Me gustaría saber cuántos hijos tienes, pues todo lo tuyo me interesa y quiero que no dejes de escribirme de vez en cuando dándome noticias tuyas» (OO.CC. IV, n. 6681).

En su carta recordaba a D. Carlos Sánchez, que había fallecido tras un accidente de automóvil unos meses antes. Era un sacerdote que, antes de ordenarse, había estudiado magisterio y fue otro de los que tuvieron la oportunidad de conocer la pedagogía del Ave María directamente tras viajar a Granada en 1908.

Desde 1910 hasta su muerte se hizo cargo de la dirección oficial de las Escuelas del Sagrado Corazón. Tal debió ser su dedicación a estas, que en 1914 escribía el Arcipreste al Arzobispado de Sevilla:

«A D. Carlos Sánchez tengo que dejarlo ir una buena temporada por estar delicado de tanto luchar con los niños» (OO.CC. IV, n. 5411).

Francisco Jiménez Gómez
También Francisco Jiménez Gómez había sido alumno de las Escuelas del Sagrado Corazón. Paquito era, además, el hijo de Manuela, la vecina que con tanto cariño cuidó la sepultura en Huelva de la madre de san Manuel, hasta que él pudo trasladar sus restos a Málaga, y a la que siempre le estuvo muy agradecido.

En marzo de 1931 Francisco se había convertido en el maestro de Trebujena, un pueblo en el interior de la provincia de Cádiz. Recibirá entonces una carta en la que su antiguo arcipreste y ahora obispo de Málaga le felicitaba por haber obtenido esta plaza que, «además de asegurarte tu porvenir material, te pone en condiciones de hacer mucho bien en las almas de los niños confiados a tu cuidado», añadiendo a continuación:

«Yo espero, y así se lo pido al Corazón de Jesús, que vas a ser un Maestro totalmente del Amo, y que no te ha de faltar su protección y la de la Santísima Virgen de la Cinta para conservarte en gracia suya y para acercar mucho a esos niños al Sagrario, a pesar del ambiente hostil que encuentras en ese pueblo para todo lo que sea Religión»(OO.CC. IV, n. 5865).

Para lograrlo le hace una recomendación:

«No dejes de comulgar con la mayor frecuencia que te sea posible, que en la Sagrada Comunión está la fuerza, la luz y el consuelo. Tampoco debes omitir la visita diaria a Jesús Sacramentado, ya que tienes tiempo para hacerla» (Id.).

Tres años después aquel joven maestro se trasladará hasta la Palma del Condado, en la provincia de Huelva, y, al llegar, escribe a san Manuel poniéndose a su disposición como maestro de la escuela que dirige. D. Manuel tardará en responderle, pero cuando finalmente lo hace le dirá:

«Ni que decir tiene cuánto agradecí tu generoso ofrecimiento y cuánto pido al Corazón de Jesús que te ayude a realizar tus nobles deseos de portarte como buen católico, buen español y buen maestro» (OO.CC. IV, n. 6385).

Salvando el formalismo de esta carta mecanografiada, san Manuel concluye con un «¡Bien por Paquito!» de su puño y letra, que deja entrever cómo, a pesar de los años y del cambio de las circunstancias, él seguía viendo en aquel responsable maestro a uno de aquellos de sus queridos chaveitas de Huelva.

Volverá Francisco Jiménez a recibir una carta de san Manuel esta vez felicitándole por su boda y volviéndole a recomendar la frecuencia de los sacramentos, «fuente de felicidad y de la fortaleza en esta vida» (OO.CC. IV, n. 6444). La vida de Francisco transcurrió en la Palma del Condado, donde este piadoso maestro supo ganarse el respeto y el cariño de sus vecinos de los que recibió el título de hijo adoptivo de la localidad.

Preocupación de obispo
La dedicación de san Manuel a resolver el problema de la enseñanza de los niños, especialmente de los niños más pobres, y su preocupación por hacerlo desde planteamientos pedagógicos adecuados y modernos es especialmente relevante en sus años de arcipreste en Huelva, ciudad donde bien puede decirse que su labor establece un antes y un después, y que continuarían personas como D. Manuel Siurot y D. Pedro Román Clavero, que le sucedió como arcipreste y que trabajó por que se establecieran en Huelva varios colegios religiosos. Pero no olvidó este empeño cuando dejó esa ciudad para ser ordenado obispo. A poco de salir de Huelva, en el verano de 1916, estuvo en contacto con el responsable de las escuelas de la Compañía Rio Tinto Minera el Sr. Richard Low y, tras varias gestiones, consiguió que las Hijas de la Caridad de san Vicente Paul, con la ayuda económica de esta empresa, abrieran un colegio para niñas en el pueblo minero de Nerva (cf. OO.CC. IV, nn. 5457, 5463, y 5475).

En Málaga siguió de cerca el establecimiento de nuevas escuelas y mantuvo el contacto con maestros y maestras. Entre sus cartas encontramos por ejemplo la que dirige a Rogelio Rodríguez Gil, maestro en Vélez–Málaga, a quien dice:

«Agradezco profundamente su delicado y cristiano ofrecimiento en ese importante cargo, y digo importante, porque la labor de un maestro cristiano tiene una trascendencia incalculable. Me alegro mucho de que tenga amistad con esos buenos Sacerdotes y de que trabajen de acuerdo por llevar almas a Jesús en el Sagrario. ¡Cuánta falta hace ahí que se trabaje en este sentido! Yo tengo mucha fe en la labor del Sacerdote, como tal, y en la del Maestro unido al Corazón de Jesús por medio del Sacerdote» (OO.CC. IV, 5871).

Transmitir este celo de acercar a Jesús las almas de los niños que tenían a su cargo como maestro fue una constante en los escritos de san Manuel, y no hay que olvidar que lo hacía en unos momentos de la historia de España en los que tener esa actitud podía acarrear no pocos problemas a los maestros que seguían su consejo.

Ana Alba Rengel
En 1934 escribía a Ana Alba Rengel, maestra en Humilladero, un pueblo de la provincia de Málaga:

«Me gustaría que, a ser posible, hicieras tu meditación todos los días en la Iglesia ante el Sagrario y con algunas niñas o mayores, aunque no sea más que una que quiera ser íntima de Jesús. Mientras no haya Sacerdote, debes al hacer la visita por la tarde, reunir a las personas y niñas que puedas y rezar el santo Rosario. El Catecismo, puesto que por parte de los padres no hay inconveniente, es menester que lo tengas más de una vez por semana. Jesús quiere que tú seas la que lo des a conocer y a amar en ese pueblo. Cuida de que esté encendida siempre la lámpara del Sagrario y procura ser tú lámpara viva que ardas constantemente delante del Corazón de Jesús Sacramentado» (OO.CC. IV, n. 6348).

Cuando esta joven maestra se queja de que el pueblo donde se encuentra carece de sacerdote que lo atienda le dirá:

«Tú es preciso que seas muy fiel y un casi Cura de esas pobres almas, y que visites por la mañana y por la tarde a Jesús Sacramentado y lleves al Sagrario a tus niñas y a todas las almas que puedas. No dejes la oración, que te es ahora más necesaria que nunca» (OO.CC. IV, n. 6414).

Seguramente así lo haría esta maestra, de la que sabemos que debió ganarse la admiración de aquel pueblo, pues el suyo es hoy el nombre de una de las vías principales de Humilladero. Se llama calle de la maestra Ana Alba Rengel.

Isabel Gallego Gorria
No una calle sino un colegio en Bilbao lleva el nombre de Isabel Gallego Gorria, una maestra, María de los Sagrarios, a la que san Manuel escribió varias cartas. Vallisoletana e hija de maestros, su primer destino fue un pueblo de los Pirineos, cercano a Jaca, Esposa. Allí puso en marcha un grupo de Marías, pero también fue en aquel pueblo donde tuvo como alumna a una niña con dificultades de aprendizaje, y este hecho le llevó a preocuparse especialmente por quienes tienen estos problemas. En 1951, ya como maestra en Bilbao, creó un aula para atender a niños de bajas capacidades, como podemos leer en la web del colegio público que lleva su nombre. De san Manuel recibiría Isabel Gallego en aquellos sus primeros años como maestra, cartas de aliento en momentos de «nubecillas, tristezas y desilusiones» animándola para que siguiera sus proyectos, «para que te decidas a ser Maestra–María a todas horas y en todas las formas, llenando el Sagrario de Valdecilla de Niños y Niñas Reparadores y el corazón de unos y otros de amor reparador al abandonado de Jesús» (OO.CC. IV, n. 6917).

Debía ser una mujer con mucha iniciativa y, ante tanta actividad, san Manuel le recomienda un buen uso de sus vacaciones de este modo:

«¡Cosa extraña! ese preocuparte mucho de los otros, aun con fines de apostolado, puede ser aprovechado por el diablo para que te busques más a ti y menos a Jesús. Aprovecha este tiempo de calma para vaciarte de ti y llenarte mucho de Él ¿estamos?» (OO.CC. IV, n. 6941).

Orientación para laicos
Estas son, entre las cartas publicadas de san Manuel González, las que dirige a maestros de los que se llamaban nacionales, esto es, los que prestaban sus servicios en las escuelas del Estado. He querido traerlas aquí para dar a conocer la preocupación de san Manuel por orientar a los católicos laicos, en este caso a los que se dedicaban a la enseñanza, por los caminos del apostolado encomendándoles tareas que hace ochenta años parecían reservadas a los sacerdotes o a quienes abrazaban la vida religiosa.

Esos maestros laicos, preocupados también por la vida espiritual de sus alumnos, esas maestras organizando la adoración eucarística, etc., que recibían el aliento de san Manuel en sus cartas, son un ejemplo para quienes hoy nos dedicamos a la enseñanza y que no debemos desconocer la obligación que, como laicos cristianos, tenemos de transmitir a quienes ocupan nuestras aulas, primero con nuestro ejemplo, pero también con la palabra oportuna, la alegría infinita del amor Divino de Jesús.

Aurora M.ª López Medina
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

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