Orar con el obispo del Sagrario abandonado (febrero 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2022.

«Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro
que me hizo capaz, se fío de mí y me confió este ministerio» (1Tim 1,12)

Afirma san Manuel González: «El sacerdote, por su ordenación sacerdotal, es un hombre totalmente consagrado. No han sido solamente las manos o la cabeza las que han sido consagradas en el sacerdote, es él todo entero con su alma y con su cuerpo y aquélla con todas sus potencias y éste con todos sus sentidos y miembros. ¿Para qué? Para el ministerio de Jesucristo» (OO.CC. II, n.1644).
En la Iglesia de Cristo todos nos necesitamos. El Espíritu Santo sigue suscitando las distintas vocaciones para la construcción del cuerpo místico de Cristo, donde unos a otros nos ayudamos, nos complementamos, somos llamados a ser uno en Él. «Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos los miembros se preocupan por igual unos de otros. En la Iglesia Dios puso en primer lugar a los apóstoles» (1Cor 12,12. 25. 28).

El ministerio sacerdotal, hoy, está bastante denostado en determinados ambientes culturales, políticos, intelectuales y de medios de comunicación. Lo señalaba el papa emérito Benedicto XVI en la Carta de convocatoria para el año sacerdotal: «Pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?» (16/6/2009).

Ante esta realidad es fácil contaminarse de pesimismo, desencanto, desilusión y desesperanza. De ahí que sea tan necesaria una experiencia de Dios fuerte, una relación honda e íntima con Jesucristo pastor, un camino espiritual bien arraigado en la vida de todo sacerdote. El sacerdote ha de ser un hombre de Dios, un ministro de oración para renovar el don recibido en su ordenación sacerdotal, para dejarse transformar constantemente por el Espíritu Santo, en esa configuración constante con el Buen Pastor.

Oremos por la santidad de los sacerdotes, para que seamos representación viva de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, dejándonos configurar continuamente por Él: «Según la fe de la Iglesia, con la ordenación sacerdotal no solo se confiere una nueva misión en la Iglesia, un ministerio, sino también una nueva consagración de la persona, vinculada al carácter que imprime el sacramento del orden, como signo espiritual e indeleble de una pertenencia especial a Cristo en el ser y, consiguientemente, en el actuar» (Juan Pablo II, Audiencia, 26/5/1993).

Oración inicial
Dios, Padre de misericordia, que constituiste a tu Hijo cabeza y pastor de la iglesia, concede a cuantos has consagrado con el sacramento del orden a ser tus ministros, multitud de gracias para que apacienten el pueblo que se les ha confiado con audacia en la predicación, hondura y belleza al celebrar los sacramentos y generosa caridad pastoral, para convocar en la unidad y servir desde la humildad a cuantos están bajo su guía ministerial.

Escuchamos la Palabra
1Tim 1,12-17

Capacitado para la misión
Pablo se muestra muy agradecido a Dios, que le capacitó para la misión de ser apóstol de los gentiles. No tiene reparo en señalar lo que era antes de su conversión: blasfemo, perseguidor e insolente. Proclama abiertamente que todo es obra de la gracia divina: el Señor le eligió, le llamó y le consagró; le concedió el mayor don: la fe y el amor en Cristo Jesús. Confirma la esencia de nuestra fe: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. Esta es la doctrina segura de nuestra fe. Su testimonio de cómo Cristo Jesús tuvo compasión de él es la acción más elocuente de su evangelización, de cómo él es modelo de cristiano y de apóstol.

Testimonio de vida
San Manuel, en su libro Lo que puede un cura hoy, testimonia lo que vive, lo que pone en práctica día a día, en esos años de arcipreste de Huelva: «Una iglesia abierta desde muy temprano, una hora, por lo menos, antes que empiecen los trabajos del pueblo, con un cura que sea el primero en entrar y el último en salir, y que espere sentado en el confesonario, y esto de una manera constante y fija, es una iglesia que no puede tardar mucho tiempo en verse concurrida« (OO.CC. II, n. 1678).

Como observamos, los problemas y dificultades en la misión evangelizadora son iguales en los inicios del siglo xx en Huelva y en la realidad de los sacerdotes de hoy. San Manuel baja a los pequeños detalles, en ese hacerse niño, hacerse todo para todos con tal de ganar a algunos: «Conque, amigo Uno, anímate a hacerte chiquillo o chiquilla, o lo que sea menester, para hacerlos a todos de Cristo. Salta, corre, marcha militarmente, juega a las bolas o al trompo, sin miedo a tus años y a los kilos de tu humanidad, que por acá tenemos reverendas humanidades de cien kilos que, sin reparo y con tanto gusto como fruto, lo hacen» (OO.CC. II, n. 1696).

Oración litánica por los sacerdotes
A nuestro papa Francisco,
llénalo de tus dones y gracias, Señor.
A todos los arzobispos y obispos,
dales tu luz y tu sabiduría, Señor.
A los sacerdotes párrocos,
dales el celo pastoral por sus fieles, Señor.
A los rectores y formadores de seminarios,
ilumínalos en el don del discernimiento, Señor.
A todos los sacerdotes diocesanos,
inspíralos el deseo de santidad sacerdotal, Señor.
A los confesores y directores espirituales,
hazlos instrumentos de tu Santo Espíritu, Señor.
A los sacerdotes profesores de teología,
concédeles orar lo que enseñen, Señor.
A los sacerdotes que acompañan a jóvenes,
inflámalos en tu amor, Señor.
A los sacerdotes capellanes de hospitales,
concédeles verte en cada enfermo, Señor.
A los sacerdotes enfermos,
acrecienta en ellos la paciencia y la confianza en ti, Señor.
A los sacerdotes ancianos,
sostenlos y guárdalos en tu paz, Señor.
A los sacerdotes en crisis vocacional,
ayúdalos a recuperar su primer amor, Señor.
A los sacerdotes jóvenes,
muéveles a que se dejen ayudar, Señor.
A los sacerdotes perseguidos y calumniados,
fortalécelos en su sufrimiento, Señor.
A los sacerdotes en peligro o tentados,
defiéndelos de todo mal, Señor.
A los sacerdotes difuntos,
dales tu gloria, Señor.
A todos los sacerdotes,
que el Espíritu Santo los posea, Señor, y con ellos, tú renueves la faz de la tierra.

Oración final
Sagrado Corazón de Jesús, lleno de celo por la salvación de todos los hombres, unido enteramente a la voluntad del Padre, te rogamos por todos los sacerdotes; concédeles deseo de santidad sacerdotal, entrega total a la misión pastoral donde han sido enviados y testimonio de vida que transparente tu amor por el pueblo de Dios. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

Oración litánica por los sacerdotes

Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.