Ponencias del Simposio teológico (Sequeri y III)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2022.

La Eucaristía, fuente de la vida cristiana (y III)

Con esta entrega concluimos la publicación de la intervención de Mons. Pierangelo Sequeri en el Simposio teológico previo al 52º Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Hungría el pasado mes de septiembre. En esta tercera parte nos adentra en la dimensión sacrificial de la Eucaristía que ha de impregnar nuestra vida.
Y llegamos, de esta forma, al tercer y último punto: Mirando a la fuente vemos que quien se sumerge en la muerte de Jesús entra en el misterio de su sacrificio. Entramos de una manera socializante, como es la cena, no de un modo cruento ni aterrador. Su contenido es el sacrificio del Señor: «Este es mi cuerpo entregado, esta es mi sangre derramada».

El misterio del sacrificio
Más aún, es necesario recordar que rezar es un alimento. Juan habla del alimento en el discurso del Pan de vida, pero el alimento es el Cuerpo «que se entrega» y la Sangre «que se derrama». Esto nos hace entrar en el misterio del sacrificio. El misterio del sacrificio es un misterio de la historia, es un misterio del mundo, un misterio insondable en todas las religiones. El sacrificio humano, los sacrificios de los hombres, aquellos que hacen o se ven obligados a hacer, es uno de los hechos más enigmáticos de la vida, más insondables. Aceptar o vivir el sacrificio es una situación que se repite a lo largo de la historia del mundo y de la historia personal y que nos sigue asustando, siendo, generalmente, imposible de evitar.

Ahora bien, ¿qué le aporta la fuente eucarística al enigma del sacrificio? Ante todo una experiencia insólita, imposible de pensar o imaginar, una experiencia de conversión pero también de ruptura con el concepto que se tenía del sacrificio. Jesús es víctima de un sacrificio que busca honrar la integridad de la religión.

La religión sabe bastante bien qué hacer cuando un hombre se proclama dios a sí mismo, lo cual es algo inadmisible. Quizás en nuestros días no se tiene una actitud cruenta como antes, sino que, más bien, se llama al psiquiatra. La religión tiene esta idea, que es una idea sana, de que nadie se hace dios a sí mismo. Pero si sucediera, su misma religiosidad se vuelve dudosa y tal vez nos expone a la ira de ese mismo dios. La Biblia dice que Adán y Eva así lo hicieron: «Queremos ser como él». Y la religión reacciona justamente.

En cambio, la religión, que es vulnerable y débil, no sabe qué hacer cuando Dios se hace hombre, cuando Dios se hace uno de nosotros, cuando Dios dice: «He venido por ti, y establezco de este modo un vínculo con la condición humana que nadie podrá nunca separar». Es comprensible que Dios diga «estoy cerca de ti, te acompaño, te guío, te libero de Egipto, te prometo la tierra, te curo». Pero surge el desconcierto cuando afirma que para que este pacto sea convincente, está dispuesto a hacerse uno de nosotros. Sí, para que los seres humanos se convenzan de que a Dios le interesa este vínculo más que nada, más que a sí mismo, ¡se hace hombre! Y aquí comenzamos a vislumbrar lo que significa el sacrificio. No olvidemos que para nosotros Jesús es Jesús, pero debemos recordar que hace 2000 años era también uno de nosotros, el hijo del carpintero. Entonces se abre un vacío, una brecha. ¡Cuánto nos cuesta comprender que Dios se haga hombre hasta el extremo, tal como nos lo afirma la teología del Cuerpo, que dice: «El Señor es Jesús»!

No se había equivocado Plinio cuando, al inicio de la era cristiana, sintetizó de modo deslumbrante la imagen que daban los cristianos: «Recitan himnos a Cristo como a Dios». Era una cristología que estaba ya en los primeros decenios, y hasta un pagano entendió rápidamente esto, que era lo esencial. Cantaban, celebraban la liturgia, celebraban la Eucaristía y entonaban himnos a Cristo, es decir, a Jesús, un judío, como a Dios. Hasta él lo comprendió.

Sacrificio intercesor
Entonces, ¿qué implica que el Hijo se haga hombre y establezca, de esta forma, un vínculo irrevocable, por el cual está dispuesto a todo? Por un lado, decimos «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», a lo que Jesús añade: «el segundo es similar al primero». Esto quiere decir que del segundo (mandato) comprendemos mejor el primero. En efecto, Juan dice que quien no ama al hermano, al que ve, miente cuando dice que ama a Dios, a quien no ve. ¿Por qué? Porque Dios ha querido actuar de este modo, Dios se ha comportado como el sujeto del segundo mandamiento, el que ama al prójimo como a sí mismo, considerando el primer mandamiento («la gloria de Dios», «adorarás a Dios», etc.), en cierto sentido, como secundario. En efecto, Dios amó como prójimo al ser humano, al ser creado, a este ser poco confiable, traidor, débil, pecador, presuntuoso, arrogante, y dio la vida por él.

Entonces, ¿cuál es el secreto del sacrificio contemplado desde la óptica del Nuevo Testamento? No hay que mirar inmediatamente a la cruz, porque en la cruz, si se la mira como hicieron los discípulos que se quedaron solo en ella, parece que todo acabó. Pero más adelante, cuando Jesús comienza a explicarles, se dan cuenta de cuáles deben ser las claves de la cruz, para evitar interpretarla como en todas las religiones: que si Dios no ve sangre ya no nos ama. Con frecuencia hemos predicado esto: que si Dios no nos ve sufrir, permanecerá enojado, pero esto no es verdad.

¿Dónde se encuentra entonces esta clave, fina como un cabello pero que es, en realidad, un abismo? Recordemos la escena del Huerto de los Olivos. Llegan los soldados y Jesús les dice: «¿A quién buscáis?». Responden: «A Jesús de Nazaret». «Soy yo» les responde, y agrega: «estos no tienen nada que ver, dejadlos». Pero, ¿cómo que no tienen nada que ver? Sí que tienen que ver. ¿No había dicho a sus discípulos: «Si alguno reniega de mí ante los hombres, también yo lo renegaré»? La advertencia era verdadera, pero en el momento del verdadero peligro Jesús los deja irse y dice: «Prendedme a mí». Entonces, ¿cuál es el sentido del sacrificio según esta visión cristológica del Huerto de los Olivos? El sentido del sacrificio es: «Estoy dispuesto a todo, incluso a sacrificar mi vida, para que vosotros no os sacrifiquéis». ¿Qué evita el Huerto de los Olivos? Evita el conflicto armado de los dos grupos y evita la guerra de religión, en la que se hubieran herido ambas partes: los enemigos y los amigos

Esta genial actitud del Verbo consigue, así, anular el pretexto al decir: «Prendedme a mí». Asume todo el mal uno solo: el Hijo. Esta es la lección, este es el sacrificio agradable a Dios, cuando uno carga sobre sí e intercede; se pone en medio, carga sobre sí el sacrificio para que los otros no se sacrifiquen entre ellos, no derramen su sangre, no entren en guerra. Es por esto que la cruz ahorra la sangre. Su poder redentor está en el hecho de que evita el derramamiento de la sangre del hombre. Aquí está el verdadero sentido del sacrificio que no es derramar sangre para que Dios esté contento, sino ahorrar el derramamiento de la sangre del hombre a costa de ofrecer la propia. Se sacrifica solo el Hijo, el Hijo que es de naturaleza divina se abajó hasta la cruz.

Llamados a ser intercesores
Así descubrimos lo que significa la salvación. Salvación significa que Dios intercede. Y el que es discípulo de Dios, ¿qué ha de hacer? Interceder. Cuando tengo que explicar a los fieles el tema del sacrificio, entendido como intercesión, les digo: «Yo soy sacerdote y debo deciros lo que ha dicho Jesús, que debéis ser fieles, que no debéis traicionar vuestra fe, que no debéis renegarla ni siquiera ante las amenazas. Pero si sufriésemos persecución, cuando lleguen los soldados, yo os encerraré en una habitación y espero que el Señor me ayude a decirles: “prendedme a mí, porque a estos el cristianismo se lo he enseñado yo, es culpa mía, ellos no entienden nada”. Y vosotros diréis: “no, nosotros somos laicos adultos, maduros, capaces de testimoniar, etc.”. Y yo os responderé “estoy convencidísimo de ello, pero ahora estad callados y encerrados dentro”. Y después espero que todos, laicos y sacerdotes, incluso en lo pequeño, seamos capaces de vivir esto».

Grandes mediadores
En los primeros tiempos de la Eucaristía esto ocurría normalmente, y la intercesión era proteger, ponerse en medio, para que el pecado no tuviese la satisfacción de ver derramarse más sangre de la indispensable. Recordad el encuentro con Dios de Moisés. El sacerdote debe tener fuerza para esto, como lo hizo Jesús. Hay toda una tradición del sacrificio de intercesión: Abrahán, por un pueblo que no era el suyo, acordó con Dios: «Si hay al menos diez justos, ¿los dejarás vivir?». Y a Moisés, después de que sucedió lo innombrable (las tablas de la ley, el becerro de oro), Dios le dice: Basta. Dios dice esto a menudo en la Biblia, y no lo cumple nunca. Dice: «Basta, no puedo más con estos, dejémoslos ahí en el desierto, ya es demasiado, y tú Moisés ven conmigo, que vuelvo a comenzar desde el principio, vuelvo a comenzar contigo. De ti haré nacer un pueblo mejor». Una gran vocación, ¿verdad? Quizás nosotros tenemos abogado, pero Moisés no lo tenía [risas], y le dice: «Señor Dios, con todo respeto, si los dejas morir en el desierto yo no te seguiré».

Ojalá esto ocurriese con más frecuencia, que sacerdotes y cristianos comprometidos de vez en cuando reaccionen así. Sin dejar de recordar a nuestra comunidad el deber de la fidelidad, del testimonio, de la valentía en la misión, que ellos comprendan que en el momento difícil, en el momento del peligro, en el momento de la desesperación en el que pueden estar tentados de agarrarse a no se sabe qué, porque hay momentos difíciles en la vida, en ese momento yo diré a Dios: «Sostenlos, ahórrales eso, si no yo no te seguiré, me quedaré con ellos. Es verdad, son unos cabeza dura, pero si tú les abandonas permaneceré con ellos, porque tú juraste no abandonarlos. Ponme en medio a mí, o no te seguiré más». ¿Nos damos cuenta de hasta dónde lleva? Lo hemos aprendido de Jesús y por eso podemos intentarlo. Reconozcamos esta tradición, en la cual, desde la Escritura, el sentido profundo, el enigma del sacrificio, poco a poco, lo podemos descifrar… ofreciéndonos a nosotros mismos. El Señor nos da la fuerza y la gracia, que solo podemos recibir de Él, solo allí, solo en su presencia; nosotros solos no podemos.

Tenemos muchos argumentos ante las herejías contra el carácter del sacrificio verdadero, la importancia del sacrificio, etc., pero ¿no sería hermoso si esto lo aprendiéramos de la Eucaristía? Aquí lo estamos haciendo; aunque seamos pocos y pequeños, como cuando en la Iglesia primitiva, ahora estamos dando este testimonio: Gente de esta sociedad secularizada, como quiera que penséis, nosotros nos detenemos ante el Señor y le decimos: «Señor, tómanos a nosotros, te pedimos que los sostengas. Señor, en el momento del peligro, sostennos, no nos abandones, porque si no perderemos la fe que tú mismo nos has dado. Tú has dicho que, a precio de tu misma vida, no romperías este pacto de unión con la Humanidad, incluso cuando todavía éramos enemigos, cuando todavía estábamos alejados, cuando todavía éramos necios e ignorantes. Lo somos, pero tú has jurado que no nos abandonarías».

Ojalá que, por la Eucaristía, los cristianos demos este testimonio: vamos a Misa para que el Señor mantenga unidos a todos los que no van. De esto damos testimonio. A nosotros nunca se nos hubiera ocurrido; es la Eucaristía la que nos lo ha enseñado. Gracias.

Ponencia dictada por Mons. Pierangelo Sequeri
Transcripción, traducción y adaptación de textos: Mª Andrea Chacón dalinger, m.e.n., Ana Mª Fernández, m.e.n., y Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.

Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.