Con mirada eucarística (enero 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2022.

«Y la Palabra se hizo carne» (Jn 1,14)

En el capítulo primero del Evangelio de Juan puede leerse cómo en un principio era la palabra, que la palabra era Dios y que esta se hizo carne. El término «palabra» es una traducción al castellano del latino «verbum», que a su vez es traducción del original griego «logos».

Ni en el castellano ni en el latín existe un vocablo idéntico a «logos», el cual es muy complejo en su significación, pues engloba semas de «razón, pensamiento, discurso, sabiduría». Sin embargo, en las tres expresiones (palabra, verbum, logos) aparece un denominador común, que es el de la evidencia de un diálogo.

Comunicación
En la teoría de la comunicación, a fin de que sea posible, aparecen un emisor, un receptor, un mensaje, un código en el que este se emite y una referencia o realidad a la que se refiere ese mensaje. Todo ello nos sirve para evidenciar que a lo largo de la historia el hombre se ha comunicado siempre con Dios. Se trata de una constante histórica. Dicho con otras palabras: no conocemos ninguna civilización sin ninguna presencia de Dios.

El ser humano, en su constatación más visible, ha construido edificios, ha esculpido figuras, a través de todo lo cual ha establecido una comunicación con Dios. Los dioses y templos de los antiguos egipcios, de los griegos, de los romanos son los códigos, testigos de ese diálogo necesario con la divinidad. En tal comunicación Dios y hombre intercambian la función de ser emisores y receptores de un mensaje, el cual se inscribe en la realidad de demandar un sentido a la vida que no se puede alcanzar únicamente por medios racionales. Especialmente planea la finitud de la vida y la incertidumbre de la muerte.

En el Antiguo Testamento la comunicación de Dios con su pueblo elegido ofrece connotaciones muy particulares. Dios se pone en contacto con el hombre a través de los profetas; a través de unos cuantos elegidos es el mismo Dios el que habla en el lenguaje que emisor y receptor conocen. A diferencia de las otras comunicaciones, Dios se presenta ahora en su propio mensaje y en su propio código. Así, por ejemplo, le invita a Abraham al sacrificio de su hijo Isaac; o se dirige a Moisés a través de la zarza ardiente.

Manifestación
Dios habla, pero no es conocido. Para eso tenemos que esperar a lo revelado en el Nuevo Testamento. Aquí Dios toma forma humana. Dios, hecho hombre, aparece como emisor a la misma altura que el receptor, que así mismo es igualmente un ser humano. Se da un plano de igualdad. La gran novedad es que Dios es visible, se le puede escuchar y se le puede interpelar.

Esta es la gran novedad: que un día Dios tomó la decisión de encarnarse en el vientre de la Virgen María, a quien le pidió permiso para gestar en ella a su mismísimo Hijo a través de la acción del Espíritu Santo. Y de este modo nació Jesús.

El nacimiento de Jesús, que celebramos en la Navidad, es el mayor de los acontecimientos ocurridos en la historia a la que, a partir de ese momento, transforma completamente. Es la manifestación de Dios, la visibilización de Dios. Desde entonces hay que hablar siempre de «antes» o «después» del nacimiento de Cristo. Por eso nos extraña enormemente que se intenten circunloquios para evitar el nombre de Navidad en una Europa que hunde sus raíces y tiene su razón de ser precisamente en la cultura cristiana. Ridículo, además de absurdo.

Dios hombre dialoga ahora con el hombre que creó a su semejanza. Dios habla ya no solo con el pueblo elegido, sino con toda la Humanidad. En consecuencia, este tipo de comunicación es muy diferente porque es universal. Se trata de la Epifanía, que conmemoramos el 6 de enero, el día de los Reyes Magos: la manifestación al mundo entero de Dios, la Palabra hecha carne. La Iglesia oriental celebra la Epifanía como la máxima conmemoración del advenimiento de Cristo.

El mensaje de Jesús
Si novedoso es el emisor (Dios hecho hombre) y novedoso el receptor (la Humanidad entera), no menos novedoso es el mensaje y la realidad que lo soporta. Jesús es la Buena Nueva.

Después de retirarse durante cuarenta días al desierto, Jesús comienza a lanzar al mundo el contenido de su misión en aquel trozo de tierra en el que su Padre le hizo nacer. Él no escribió nada, pero conocemos su llamada «vida pública» a través de los escritos de los Evangelistas. Los Evangelios son los libros más editados, más conocidos y más leídos del mundo. La referencia o realidad del mensaje de Jesús es Él mismo, su propio comportamiento, que llega a resumir en la célebre expresión: «Yo soy el camino,la verdad y la vida» (Jn 14,6).

Las dos grandes preguntas que el hombre se hace a sí mismo sobre el sentido de la existencia y la posibilidad de la trascendencia Jesús las contesta con el ejemplo de su propia conducta: su amor hasta la muerte y su resurrección. Amor y resurrección, dos palabras clave para entender el mensaje de Jesús.

En el reino que predica, que no es de este mundo, tienen cabida todos, también los pecadores. ¿Para qué hemos nacido? Hemos nacido para amar, también a nuestros enemigos. Muy claro queda en la parábola del buen samaritano y más claro todavía cuando de su boca salen aquellas palabras últimas: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). La realidad, la realidad practicada por Cristo, se convierte en el mensaje que da sentido a la vida: Perdonar porque se ama. Y es que, en definitiva, el corto paso del hombre por esta tierra consiste sencillamente en amar sin más, hasta que un día seamos convocados a resucitar con Jesús en la casa de nuestro Padre.

Sí, con Jesús, al que podemos dirigirnos en su casa del Sagrario.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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