Orar con el obispo del Sagrario abandonado (enero 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2022.

La tristeza saludable

San Manuel González afirma con profunda pena: «Digámoslo de una vez, aunque el corazón se nos desgarre de pena: nuestros pueblos están desolados moral, espiritual y hasta económicamente porque están a punto de quedarse sin Jesucristo, o se han quedado sin Él» (OO.CC. III, n. 4839).
Esta realidad que plasma con dolor en su libro Artes para ser apóstol, constatando el olvido de Dios de tantos diocesanos de Málaga en los años 20 del siglo pasado, retrata también buena parte de la España de hoy.

Ante esta realidad podemos caer en el pesimismo, el desencanto, la impotencia en la transmisión de la fe y en la propia vivencia de nuestra relación con Jesucristo. ¿Nos ha abandonado Dios? ¿Qué hemos hecho mal para no irradiar el gozo de ser cristianos que ha vertebrado nuestra existencia?

Estas y otras preguntas nos bombardean hoy en la mente y el corazón, con el riesgo de dejarnos arrastrar por la queja y el lamento sin esperanza. Nos interroga hoy así san Manuel: «¿Por qué los amigos de Dios y de las almas no han de poner en juego, para impedir y destruir aquella acción, juntamente con los auxilios sobrenaturales de fe, gracia y caridad, todos los naturales de talento, ingenio, imaginación y toda clase de influjo humano honrado? (OO.CC. III, n. 4730).

La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana, nos impulsa a poner en juego lo mejor que el Señor nos ha regalado, tanto en los talentos naturales como en las experiencias de fe y eclesiales que se nos han concedido. ¡Qué bien nos lo transmite san Manuel!: «¡Qué acciones de gracias por sentir a Dios tan satisfecho con la oblación del Sacrificio de su Hijo y a las almas tan rebosantes de la gracia y los carismas que aquel Sacrificio les valía y ganaba!» (OO.CC. III, n. 5148).

Prolongar la Eucaristía
Cada Comunión eucarística es comunión con Dios amor y con los hermanos; estamos llamados a prolongar la Eucaristía en la vida, a ser testigos de la fe en Cristo resucitado, a transmitir el Evangelio a niños y jóvenes con el testimonio de nuestra alegría de estar llenos de amor y nuestro servicio humilde, en la familia, el trabajo, la parroquia o cualquier otro ámbito eclesial.

Oración inicial
Bendito y alabado seas, Padre, porque transformas la tristeza en alegría, el desencanto en entusiasmo evangelizador, el lamento en iniciativa de servicio a los demás; derrama la gracia de tu Espíritu de amor para que los momentos de tristeza o aparente fracaso nos lleven al arrepentimiento sincero, a la conversión continua y al dinamismo misionero desde la Eucaristía, bien vivida y celebrada. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
2Cor 7,8-13.

Dolor pacífico e iluminado
Si miramos solo con ojos humanos, los acontecimientos, la tristeza se apodera de nuestro corazón y el activismo superficial es la huida hacia adelante ante el fracaso o el dolor. Sin Dios, sin comunión con Jesucristo, la muerte de seres queridos, la enfermedad, los conflictos familiares, el paro, o cualquier otro sufrimiento se viven sin luz y sin esperanza. Sin Jesucristo nuestros pueblos y ciudades quedan desolados: «En la mayor parte de [los pueblos] Él no es comido en la Comunión, no es oído en la predicación, no es visitado en su casa, no es suplicado en la oración, no es imitado en las costumbres y no es tenido en cuenta para nada […] Ahora sólo queremos hacer constar este tristísimo hecho de la separación en que viven Jesucristo y muchos de nuestros pueblos, como causa de la gran inquietud y tristeza que padecen éstos y como una confirmación más de la palabra que el Maestro está siempre diciendo a las almas y a los pueblos: Sin mí nada podéis» (OO.CC. III, nn. 4840-4841).

Ante esta realidad, los últimos papas nos invitan a no caer en el pesimismo quejoso ni en el desencanto con cara de vinagre, ni en la psicología de la tumba, ni en el apegamiento a una tristeza dulzona, ni en el cansancio evangelizador, ni en la acedia pastoral. Frente a esas tentaciones, el papa Francisco propone en Evangelii gaudium: «Evangelizadores con espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua» (n. 259).

Presencia en la prueba
Dios puede permitir etapas, en la vida personal, o en la familia, en un movimiento eclesial, o en una congregación religiosa, de desolación y noche oscura. Pero la prueba nunca será superior a las fuerzas que Él nos envía. Así nos lo testimonia san Pablo: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y el no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla» (1Cor 10,13).

Cuando la evangelización es difícil, cuando nadie te escucha, cuando eres la burla de los que te rodean, cuando nombrar a Dios o la Iglesia casi te lo prohíben, cuando te cierran toda posibilidad de diálogo, persevera en la oración, acude a Jesús Sacramentado en el Sagrario, celebra con toda hondura la Eucaristía, pide a gritos la fe, mantente firme en la esperanza… Nada agrada tanto a Dios como la constancia. En los momentos difíciles o de persecución que atravesaron tantos sacerdotes de la España de los años 30 del siglo pasado, así los alentaba san Manuel: «Seguid en vuestros puestos, aunque os rodeen la soledad y el silencio del abandono; que vuestra boca no deje de abrirse para hablar del Evangelio, aunque nadie os oiga, y que vuestras manos no dejen de extenderse para ofrecer con la una la Eucaristía que alimenta las almas, y con la otra el pedazo de pan de vuestra pobreza que sostiene el cuerpo, aunque no tropiecen con bocas ni manos que os lo reciban» (OO.CC. III, n. 4783).

La desolación que Dios permite, la tristeza que es fruto de un sincero arrepentimiento, las lágrimas vertidas por no ser entendido por nadie, el dolor profundo por tantos familiares y amigos alejados de la fe, son momentos de prueba, de purificación de nuestro seguimiento de Cristo. Son momentos pasajeros.

Fieles ante la tentación
Lo que dura y permanece para siempre es Dios (Él es fiel) y nuestra fidelidad a la vocación a la que hemos sido llamados. El Dios de Jesucristo es el Dios de todo consuelo. En la lucha y la tentación, si somos fieles, Él es fiel. Su infinito amor es más fuerte que la muerte, más consolador que cualquier sufrimiento. «La tristeza vivida como Dios quiere produce arrepentimiento decisivo y saludable; en cambio, la tristeza de este mundo lleva a la muerte» (2Cor 7,10).

Lo que san Manuel escribe en su tiempo a los sacerdotes de Málaga sirve hoy para todo cristiano: «Seguid en vuestros puestos, pase lo que pase; que por lo pronto vosotros dais gloria al Padre celestial que os envía, os cerráis la entrada a los remordimientos y a la responsabilidad de las conciencias infieles, aminoráis y retardáis, sin duda alguna, el triunfo del mal, dais ejemplo, el ejemplo de que tanto necesita el mundo en estos momentos, de que las batallas se ganan, no desertando del deber, sino cumpliéndolo, y… Jesucristo siempre vuelve» (OO.CC. III, n. 4783).

Súplicas a Jesús Sacramentado
Respondemos: Jesús Sacramentado, fortalécenos.

Para estar vigilantes y en oración.
Para trabajar con constancia y fidelidad.
Para no cansarnos en la evangelización.
Para ser fieles hasta el final.
Para ser sobrios en el cuerpo y el espíritu.
Para estar llenos de tu sabiduría.
Para no perder nunca la paz y la calma.
Para cumplir en todo tu voluntad.
Para adorarte en humildad y sencillez.
Para actualizar cada día el sí a Ti.
Para irradiar la locura de la Eucaristía.
Para servir desde el último lugar.
Para perdonar setenta veces siete.
Para confiar en la providencia divina.
Para no tener miedo en la persecución.
Para ir siempre donde tú nos envíes.
Para ser signo de tu bondad.
Para ser grano de mostaza.
Para ser sal de la tierra.
Para ser luz de las gentes.
Para cerrar la puerta al demonio.
Para crecer firmes en la fe.
Para dejarnos mover por tu Espíritu.
Para ser testigos de la verdad.
Para estar al lado de los pobres.
Para invitar a otros a la Eucaristía.
Para estar largas horas adorándote.
Para meditar a fondo el Evangelio.
Para acompañar al que está solo.
Para seguir en la misión, pase lo que pase.
Para visitar al enfermo y acoger al migrante.
Para construir comunión eclesial.
Para tener un mismo pensar y sentir.
Para alcanzar un día la vida eterna.

Oración final
Oh Cristo Eucaristía, aquí presente como Pan de vida, fortalécenos en el combate diario y en el sufrimiento, para que seamos fieles hasta el final. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.