Enseñanzas de san Manuel (enero 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2022.

La Santísima Trinidad y la Asunción

En el artículo anterior, vimos las enseñanzas de san Manuel sobre la relación entre la Santísima Trinidad y la Virgen en cuanto Inmaculada y Madre de Dios. En este veremos sus enseñanzas sobre la Asunción, sobre todo a partir de los textos que aparecen en su libro El Rosario sacerdotal y la meditación que ofrece sobre el cuarto misterio glorioso.
San Manuel tiene un texto sobre la Inmaculada Concepción que demuestra la profundidad teológica y mística de su comprensión de este dogma (648). Lo mismo podemos decir sobre la Asunción.

A. Un maestro del dogma de la Asunción
He aquí un texto sublime al respecto: «Lo más alto, lo más rico, lo más glorioso del cielo, después del trono de la Santísima Trinidad, lo más cerca de Jesús, lo más lleno de gloria, de su visión, de su posesión y de su poder, después del Padre y del Espíritu Santo, ese es el lugar del descanso de María, esa es la acción eterna de gracias de Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo por la participación en la eterna Misa pontifical de su Jesús, esa es la gran cosecha celestial de María y esa es la Coronación de nuestra Señora por Reina de cielos y tierra» (2619).

San Manuel describe el lugar en el cielo que le corresponde a María. Primero se refiere a su excelsitud: «lo más alto», «lo más rico», «lo más glorioso del cielo después del trono de la Santísima Trinidad». Luego habla de su cercanía e intimidad con su Hijo: «lo más cerca de Jesús» y por tanto «lo más lleno de gloria, de su visión, de su posesión y de su poder, después del Padre y del Espíritu Santo». Sigue el tema clásico del descanso celestial: «ese es el lugar del descanso de María».

Aquí aparecen los dos argumentos que presenta interrelacionados y sobre los cuales fundamenta la resurrección anticipada, Asunción al cielo y Coronación de la Virgen: la acción de gracias de la Trinidad a María por su participación en la Misa de su Hijo, y la cosecha o recompensa que recibe por ser «la pura criatura que ha dado más gloria a la Trinidad y ha obtenido más bienes para el cielo y la tierra» (2616): «esa es la acción eterna de gracias de Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo por la participación en la eterna Misa pontifical de su Jesús, esa es la gran cosecha celestial de María».

Nótese que la acción de gracias de parte de Dios es «eterna» como la Misa de Jesús es «eterna». O sea, la cooperación de María en la obra de su Hijo abarca todo el arco de la misma, sin reducirse a su vida terrena, y el agradecimiento y recompensa de Dios por esta cooperación son eternos. Esta Misa la califica también de «pontifical», para indicar su absoluta solemnidad e importancia, y la llama la Misa «de su Jesús», una realidad exclusiva de María: ese Sumo Sacerdote que celebra es su Jesús, su Hijo.

Termina sintetizando en qué consiste lo que él llama «el estipendio celestial» que recibe María: «y esa es la Coronación de nuestra Señora por Reina de cielos y tierra» (2619). También Pío XII enseña que María es proclamada Reina «no solamente por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación» (Ad coeli Reginam, 11/10/1954, nn. 14-15).

Vemos en primer lugar el texto con que san Manuel cierra su presentación sobre la Asunción porque sintetiza muy bien su pensamiento al respecto. Como en el caso de la Inmaculada Concepción, su fundamento principal es trinitario y la relación de María con la Santísima Trinidad es presentada por medio del trinomio «Hija, Madre y Esposa» (2553). En este caso subraya el hecho de que son las tres divinas personas las que agradecen a María su colaboración en la obra de la salvación por medio de su glorificación plena en el cielo.

Tanto al hablar de la Asunción como de la Coronación usa términos trinitarios. De la primera dice que es «la acción de gracias que la Trinidad augusta […] da a su Hija, Madre y Esposa» (2553). De la segunda, que es «la acción eterna de gracias de Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo» (2619).

La presentación trinitaria de la Asunción la encontramos ya, por ejemplo, en san Germán de Constantinopla (+733): «Tu alma divinizada contemplará la gloria de mi Padre. Tu cuerpo inmaculado contemplará la gloria de su Hijo Unigénito. Tu espíritu incontaminado contemplará la gloria del Santísimo Espíritu» (Homilía III sobre la Asunción, Ed. Ciudad Nueva, p. 128).

San Manuel concibe la Asunción como la acción de gracias de la Santísima Trinidad a María por dos motivos: el haber «ayudado a Misa» de Jesús como nadie, o sea, su cooperación sin igual en la obra de la redención (cf. LG 61), y el haberlo dado todo, haberse dado toda, y haberlo hecho con la mayor perfección posible, o sea, el principio del «dad y se os dará» (Lc 6,38), tan frecuente en su obra.

En otras palabras, desarrolla excelentemente el fundamento soteriológico sin olvidar la visión de María como persona concreta, que goza de la gloria celestial de manera incomparable por la manera concreta con que correspondió al amor de Dios durante su vida terrena.

B. Lo bien que María «ayudó la Misa» de Jesús
Las enseñanzas de san Manuel sobre la relación entre la Santísima Trinidad y la Virgen asunta al cielo se encuentran en un contexto concreto: su obra El Rosario sacerdotal.

1. Interpretación sacerdotal del Rosario
Dada esta realidad, para comprender correctamente estas enseñanzas de san Manuel, es necesario tener en cuenta que es una obra dirigida a sacerdotes, que hace una aplicación sacerdotal, especial para ellos, de las enseñanzas de los Misterios del Rosario: «En los gozosos de Jesús, el sacerdote ve los gozos de su sacerdocio. En los dolorosos, sus dolores. Y en los gloriosos sus glorias. En los gozosos está lo que el sacerdote da a Dios y al mundo. En los dolorosos, la paga del mundo. Y en los gloriosos, la paga de Dios» (2551).

Pero no queda todo ahí. San Manuel va mucho más allá de una simple interpretación sacerdotal. Se trata de toda una teología del sacerdocio muy ortodoxa y, al mismo tiempo, muy suya, que comprende tres protagonistas, íntima e inseparablemente unidos entre sí: Cristo Sumo Sacerdote, María, la «Madre Sacerdotal», y «los sacerdotes de Jesús por María». Por eso interpreta los misterios del Rosario como diferentes aspectos «de la vida sacerdotal» de estos tres protagonistas. Los misterios gloriosos muestran «la glorificación sacerdotal» (2551), y es dentro de este contexto donde coloca la Asunción y Coronación de la Virgen.

2. La acción de gracias de la Santísima Trinidad
Los cinco misterios gloriosos son concebidos como la acción de gracias o paga del Padre al Hijo y de la Santísima Trinidad a los sacerdotes y a la Madre sacerdotal por el sacrificio de la cruz.

La resurrección (2558-2566) y la ascensión de Cristo (2567-2575) son vistas como «la acción de gracias que da el Padre Dios a su Hijo Hombre por haberle ofrecido en Sacrificio su Cuerpo y su Sangre» (2553). La venida del Espíritu Santo en Pentecostés (2576-2591) es «la acción de gracias por anticipado del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo a sus sacerdotes» por ofrecerles diariamente el Cuerpo inmolado de Jesús y ofrecerse ellos mismos (2553). Finalmente, la Asunción y Coronación de María, bajo la misma óptica trinitaria, son «la acción de gracias que la Trinidad augusta, entre cánticos de alabanza y de acatamiento de los ángeles y de los santos, dan a su Hija, Madre y Esposa» (2553).

El tema de la acción de gracias a la Virgen lo menciona en el «Preludio» a los cinco misterios gloriosos y lo desarrolla al exponer los misterios cuarto y quinto.

3. La vida de Jesús es una Misa
San Manuel concibe toda la vida de Jesús en la tierra como «una gran Misa pontifical que tiene su introito en la Encarnación, su ofertorio en la Presentación del templo; su principio del canon en Getsemaní y su consagración y consumación en el Calvario» (2552). Su vida no fue «otra cosa que una gran Misa pontifical, de la que todas las demás Misas habían de tomar su virtud infinita» (2455).

El Hijo de Dios bajó a la tierra y se hizo hombre precisamente «para poder ofrecerle su vida, su Cuerpo y su Sangre de hombre en sacrificio de alabanza, acción de gracias, expiación e impetración» al Padre (2554).

Este sacrificio de Jesús es eterno porque Él será eternamente «el Cordero siempre inmolado, el Pontífice de la gloria suprema de Dios, la Hostia de la Redención universal y el altar de la más grata propiciación»; porque «eterna es la aceptación que del mismo hace el Eterno Padre» y «eterna es la alabanza, acción de gracias, propiciación e impetración que por el Sacrificio de su Hijo recibe» (2568).

4. La participación de María en la Misa de Jesús
La Virgen tiene una participación única en la Misa de Cristo. «Toda la vida del sacerdote sumo, Jesús, fue Misa en la que fueron patena, las manos inmaculadas y el corazón purísimo de su Madre» (2484).

4.1. Comienza en su vientre virginal
La Misa de Jesús inicia con su encarnación. En ese momento inicia también la colaboración de su madre: «El seno virginal de María es el altar en donde el Espíritu Santo consagra a Cristo, Sacerdote sumo. Si Jesús es consagrado sacerdote en el altar de su Madre, en él ha comenzado la Misa que consumará en el Calvario» (2422).

En realidad, «esta gran Misa pontifical del sumo Sacerdote Jesús, comienza en la tierra en el seno purísimo de la Madre Inmaculada y termina en el cielo a la derecha del Padre, y mejor dicho, no termina, es eterna» (2568). Por eso tampoco termina la colaboración de María. Veamos dos momentos de su colaboración terrena.

El ofertorio de la Misa de Jesús tiene lugar en la presentación en el Templo, y son precisamente María y José quienes lo presentan al Padre (Lc 2,22-39). Es más, «si prisa tenía el Hijo Sacerdote en celebrar su Misa, no la tenía menos en manifestar la parte y el lugar que en ella ocupaba su Madre», y por eso cuando recién nacido «se presenta en el templo como oblata de su gran sacrificio», quiso que «las manos y los brazos de María fueran la riquísima patena de esa oblata […] patena más rica que de oro […] porque es de carne y alma de María» (2460).

La consumación tiene lugar en el altar de la cruz, junto a la cual está la Madre. «Y la Carne y la Sangre consagradas y ofrecidas en sacrificio, de Ella fueron y en presencia de Ella, y en unión perfecta de alma y corazón con Ella, fueron sacrificadas en la Cruz» (2414).

La Misa de Jesús culmina con la Ascensión al cielo y al mismo tiempo seguirá perpetuándose en todas las Misas que se celebran ahora. E igualmente la colaboración de María no termina con su Asunción, sino que continuará hasta que todos los elegidos «sean conducidos a la patria bienaventurada» (LG 62). «El papel corredentor de María no cesó con la glorificación del Hijo […] María gloriosa en el cielo sigue cumpliendo su función maternal. Sigue siendo la Madre de Cristo y la Madre nuestra, de toda la Iglesia» (S. Juan Pablo II, Homilía, 31/1/1985, nn. 6. 8).

4.2. Lo que María dio para el Sacrificio 
La Misa de Jesús no solo empezó en el vientre virginal de María, sino con su colaboración maternal. Supuesto el plan que Dios eternamente escogió para redimirnos, necesitaba a María: «Necesitaba su carne para que su Hijo se hiciera hombre y, como hombre, fuera Sacerdote y Víctima a la par. Necesitaba su alma pura e inmaculada y a fuer de tal, perfectamente libre para que su Hijo entrara y fuera recibido digna y decorosamente en el mundo como Hijo del hombre» (2597; cf. 2422).

Sigue una afirmación contundente sobre la corredención mariana, que subraya la centralidad del sacrificio de Cristo y la contribución concreta de María: «Si el Hijo de Dios y de María ha podido redimir y sigue redimiendo al mundo, es por el Sacrificio de su Carne y de su Sangre que Él, como Sacerdote sumo, ofreció una vez en el Calvario y ofrece perpetuamente por medio de sus sacerdotes. Ese Sacrificio es la mayor gloria de Dios y el máximo bien de los hombres» (2597).

«Ahora bien, el cuerpo de María dio para ese Sacrificio: 1º La carne del Sacerdote sacrificador. 2º La carne de la Víctima. 3º Su seno virginal en donde comenzó el sacrificio. 4ª Las manos con que por primera vez fue presentado a su Padre celestial. Y 5º su corazón con el que padecía, moría, redimía y se sacrificaba con su Hijo» (2598; cf. 957; 1285).

4.3. Lo bien que «ayudó la Misa»
«Estipendio» es la ofrenda que puede recibir el sacerdote para que aplique la Misa por una determinada intención (cf. CIC 945), y «ayudar la Misa» significa asistir al sacerdote celebrante en calidad de acólito o ministro laico. Al hablar del sacrificio de Jesús en términos de «Misa», con «estipendio» san Manuel quiere indicar la remuneración que el Padre da al Hijo por su sacrificio y a María por su participación en él; y con «ayudar la Misa» indica la cooperación de la Virgen en la obra redentora del Hijo.

El Concilio Vaticano II afirma que la Virgen María «concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente impar en la obra del Salvador» (LG 61). San Manuel enseña lo mismo y refiriéndose a esas mismas acciones, pero hablando en términos de «ayudar la Misa» de su Hijo sacerdote. En relación con la Asunción, subraya dos aspectos: nadie ha «ayudado a Misa» más y mejor que María, y es precisamente por ello que ha recibido «como estipendio» su Asunción gloriosa. Sobre lo primero, dice: «Si toda la vida de tu Jesús fue una Misa con su preparación en los misterios gozosos, su celebración en los dolorosos y su acción de gracias en los gloriosos», así toda la gloria de María «en la tierra y en el cielo es ayudar más y mejor que nadie esa Misa» (2621).

Sobre lo segundo, encontramos dos textos. El primero es trinitario: «Esa es la acción eterna de gracias de Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo por la participación en la eterna Misa pontifical de su Jesús» (2619). El otro contiene el trinomio: «Me gloriaré en el gran estipendio celestial para la Madre sacerdotal […] esa gran paga que da Dios a su Hija, Esposa y Madre María por lo bien que ayudó la Misa de Jesús Sacerdote» (2603).

Así como «la Resurrección y la Ascensión de Jesús evidentemente son la aceptación pública y solemne del Sacrificio de la Cruz y como la paga de Dios Padre a su Hijo Hombre Sacerdote» (2559; cf. 2568; 2570), así también la Asunción es «el estipendio de Dios por su participación en el gran Sacrificio» (2610). Es la confirmación de la aceptación, agradecimiento y paga de la Santísima Trinidad a María por su participación en la Misa de Cristo, el sacrificio que trajo la redención al mundo, y prueban que Dios quiso esa cooperación suya en calidad de corredentora.

C. El agradecimiento de la Santísima Trinidad a María
Nadie «ha tenido más parte en el sacerdocio y en el sacrificio de Jesús» que la Virgen, y por tanto nadie merece «recibir más parte del Sacrificio de Jesús y de la acción de gracias del Padre celestial que la Madre sacerdotal» (2600; cf. 2592).

1. El principio del «dad y se os dará» (Lc 6,38)
San Manuel considera la Asunción, «esa explosión de la bondad de Dios», un misterio tan sublime que para poder mirarlo nos invita a meditarlo a través de las palabras de Jesús: «Dad y se os dará» (2593) y a «saborearlo» guiados por «este gran principio de la economía de Dios» (2595). ¿En qué consiste?: «Ha querido la bondad de Dios fundar las relaciones de los hombres con Él y con ellos mismos sobre un principio de generosidad reproductiva: Dad a la tierra un grano de semilla, y ella os dará una espiga cargada de granos. Dad un pedazo de pan y el Padre de los pobres os dará el ciento por uno y la gloria eterna. Dad, dad lo que tengáis y podáis, y se os dará medida llena, rebosante» (2594).

En su explicación de ambos misterios gloriosos presenta este principio, indicando lo que María ha dado a Dios. He aquí un texto estupendo que subraya la perfección y radicalidad de su entrega: «Da su cuerpo y su alma que, después del cuerpo y del alma de Jesús, son las obras más perfectas de Dios, y los da por el motivo más puro, del modo más generoso y con el fin más divino que pura criatura ha dado algo a Dios. Da su cuerpo y su alma, o mejor, se da toda a Dios desde el primer instante de su ser hasta la eternidad, porque Él lo quiere y se lo pide. Se da toda entera en cada instante de su vida sin regateos ni vacilaciones, antes bien, con generosidad indefinidamente creciente, y se da para sólo la glorificación de Dios sin reservarse nada» (2596; cf. 2611).

María dio, «para la obra más grande de los cielos y de la tierra, el Sacrificio de la Cruz y del altar con toda la generosidad de inmolación posible». En recompensa «Dios le da la glorificación de su carne mediante una anticipada resurrección del sepulcro y de una espléndida asunción a los cielos» (2610).

San Manuel se refiere también a otras cosas que María le ofreció a Dios (2608-2609; 2612-2615). Mencionamos solo su «sí» y su maternidad divina: «¿Con qué pagará Dios el fíat honroso para Ella, es verdad, pero tan doloroso como honroso de la Encarnación y de la Redención», junto con todas las vicisitudes sufridas por Jesús? ¿Y sobre todo «la generosidad tan gustosa y la pureza de intención tan perfecta, y la unión con Él tan íntima con que todo aquello es ofrecido»? (2608).

«¿Quién ha dado a Dios más que María? Ella le ha dado albergue en su seno para que se vista de nuestra carne humana; la leche de sus pechos y el pan de su mesa para que se alimentara; el calor de sus besos y de su hogar para que se calentara; la vestidura inconsútil, por Ella misma tejida, para que se cubriera; la defensa y el recreo de sus ojos, la protección de sus manos» (2609).

Si Dios, «primer dador de todo bien», lleva su bondad al extremo de pagar agradecido dones tan sencillos como el incienso y las flores que le ofrecemos, «¿con qué pagará Dios a la Virgen María cuanto de Ella ha recibido?» (2607).

2. En paralelo con Jesús
San Manuel ilustra la recompensa que Dios otorga a María por medio de varios paralelos con Jesús, en los cuales queda claro al mismo tiempo la preeminencia de Cristo y la íntima e indisoluble unión entre Hijo y Madre en la obra salvífica. Veamos unos ejemplos:

  • Jesús es el sacerdote, María es la «Madre sacerdotal», un título rico en connotaciones teológicas. «Si a la carne del Hijo sacerdote se ha dado toda exaltación y toda gloria, porque se inmoló, a la carne de la Madre sacerdotal se debe toda exaltación y toda gloria después de la de su Hijo».
  • Unión incomparable de María y Jesús: Si la carne sacrificada de Jesús se transformó con la Resurrección en carne gloriosa, «a la carne más unida a esa carne en su ser, en su obrar, en su padecer y en su merecer, corresponde una resurrección y una asunción gloriosas, lo más parecidas a la Resurrección y Ascensión de la carne de Jesús» (2599).
  • Dios Padre demuestra su gratitud a su Hijo «Sacerdote–Hostia» por su sacrificio en la cruz resucitando y glorificando su cuerpo y exaltando su nombre (2562; 2569; 2600). «¿Cómo no ha de glorificar y exaltar» a María, la Madre del Sacerdote y los sacerdotes, de la Hostia y las hostias, y Ella misma sacerdote «por medio de su Jesús» y víctima? (2600).
  • Haciendo la debida distinción, pide a la Virgen: «unir en la contemplación de la Hostia de mi Sacrificio, la adoración a la carne gloriosa de tu Jesús con la veneración de la tuya inundada y saturada de la misma gloria» (2602).

3. «La recompensa divina»
San Manuel detalla cuál será la recompensa divina que María recibirá basándose en cuatro textos bíblicos.

Primero ofrece un paralelo con Tobías, que delibera con su hijo cómo recompensar a Asarías por los servicios prestados (Tob 12). De manera semejante, se imagina a la Santísima Trinidad deliberando sobre María: «¿Qué merced, se diría la Santísima Trinidad a la última hora terrena de María, qué merced daremos a la más piadosa de las hijas, a la más generosa de las madres y a la más fiel de las esposas?… ¿Qué lugar ha de ocupar en el cielo la Hija, Madre y Esposa de Dios?» (2616).

El trinomio aparece dos veces. La primera incluye tres calificativos: María es «la más piadosa de las hijas», «la más generosa de las madres» y «la más fiel de las esposas». El don de piedad se relaciona bien con el Padre; generosidad es lo que caracteriza a las madres, y fidelidad lo que debe caracterizar el amor, en particular el nupcial. Con semejantes títulos, es obvio que su puesto en el cielo debe ser muy especial.

En esta deliberación, se hace dos preguntas: «qué merced dar» y «qué lugar debe ocupar en el cielo». La primera se apoya en «dad y se os dará»: «Si está decretado dar al que dé, ¿qué se dará a la pura criatura que a la Trinidad augusta ha dado más gloria y ha obtenido para el cielo y para la tierra, más bienes que todas las puras criaturas juntas?» (2616).

¿Cuál debe ser su recompensa? Responde con tres promesas que hace Jesús en el Evangelio, las cuales aplica con mayor razón a María.

  • «La máxima recompensa» al que se humilla (cf. Lc 18,14). Si la verdad prometió «dar exaltaciones en proporción de las humillaciones, ¿qué exaltaciones se darán a la que tantas humillaciones gustó en la tierra?» (2617). María es la persona más sublimemente ensalzada por Dios porque es la más humilde después de Jesús.
  • «La máxima exaltación» al que da la vida por Él (cf. Jn 12,25). Si el que aborrece su vida en este mundo la guardará para la vida eterna, «¿qué vida y qué grados de vida se dará a la que ni un solo instante vivió para sí? (2618).
  • «La plenitud de la vida eterna» junto a Él al siervo fiel (cf. Jn 12,26). En línea con su interpretación sacerdotal, llama a Jesús «Sacerdote sumo» y a María «ministro», no simplemente en el sentido de «sierva» sino de íntima colaboradora: «Si Jesús, Sacerdote sumo, dispuso que en donde Él estuviera estaría su ministro, ¿en dónde ha de estar su Madre y a la par más ministro suyo y más íntimo y grato que ningún otro?» (2619).

¿Qué lugar corresponderá a María, que es al mismo tiempo «más ministro suyo» por su cooperación sublime como madre de Dios y corredentora; «más íntimo», pues no hay nadie más cercano al Corazón de Jesús que ella; y más «grato que ningún otro» porque nadie ha agradado a Dios tan perfectamente como su Madre Inmaculada y humilde sierva? Sin duda alguna le corresponde, como afirma a continuación en el texto con que iniciamos este artículo, el puesto más glorioso y cercano a la Santísima Trinidad.

Conclusión
Dos méritos en particular encontramos en la presentación Trinitaria de san Manuel de la Asunción de la Virgen: la profundidad y amplitud con que trata el tema desde el punto de vista soteriológico, enmarcado dentro de su maravillosa comprensión del sacerdocio de Cristo y María como «Madre sacerdotal», y el énfasis que hace en María como la persona que supo hacer una entrega total de todo su ser a Dios y ahora goza en plenitud sempiterna del amor divino.

Deyanira Flores
Publicado en El Granito de Arena, Enseñanzas de san Manuel, San Manuel González, San Manuel González García.

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