Editorial (enero 2022)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2022.

Nuevo, no, ¡renovado!

Somos, los seres humanos, muy propensos a la exterminación de lo antiguo cuando no nos agrada. No solo la historia nos demuestra cuántas veces se ha intentado hacer borrón y cuenta nueva sobre los pecados y debilidades personales, estructurales o sociales, también en nuestra vida individual nos ocurre lo mismo con sorprendente periodicidad. ¿No es llamativa la ilusión que suele traernos el manido refrán «año nuevo, vida nueva»? Posiblemente sea debido a que, en realidad, nos sentimos incapaces de poner en orden nuestra vida y pensamos ilusamente que con una nueva oportunidad, partiendo de cero, seremos casi superhéroes, capaces de hacerlo todo a la perfección desde el primer momento… y nunca más volver a caer.

Hay que reconocer con honestidad que esta actitud tan humana implica muchas veces la soberbia que no nos deja reconocer y vivir con paz nuestra pequeñez. Somos humanos, somos criaturas, somos pecadores… ¡pero somos hijos de Dios! Y nada nos puede quitar esta condición. Ni siquiera nuestros pecados, repetidos una y mil veces.

Dios, sin embargo, parece empeñado en demostrarnos lo contrario. Es lógico, ya que Él sí es capaz de convertir «la tiniebla en luz, lo escabroso en llano» (Is 42,16). Él no se goza en destruir sino en salvar. Más aún, es capaz de entregarse a sí mismo a la muerte para regalar vida, vida abundante, vida eterna, vida feliz… para todos sus hijos, para todas sus criaturas, de todos los tiempos y de todos los lugares. Siempre.

Nuestra fe, si es fe viva, como tan bien gustaba definirla san Manuel González, debería conducirnos al gozo de reconocernos tal cual somos: santos y pecadores, débiles y fuertes en aquel que nos conforta, pequeños e inmensos en el amor, con caídas pero infinitamente bendecidos. Y, así, en vez de soñar un año nuevo, cero kilómetro, podríamos agradecer con gozo y serenidad, tanta gracia y misericordia que Dios derrama sobre nosotros desde su eternidad. San Pablo lo entendió muy bien cuando dijo tan acertadamente «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,16).

Recibimos el 2022 después de casi dos años que han sido seguramente muy distintos a los vividos anteriormente. La pandemia ha teñido de incertidumbre nuestras vidas pero, también, nos ha dado ocasión de reafirmar nuestra fe, esperanza y caridad. ¡Dios sigue mirando ilusionado este mundo que nos rodea, sigue contemplando extasiado cada una de nuestras vidas sencillas, pobres, pecadoras pero también obra de sus manos. No es poesía descubrir en cada amanecer un gesto de su amor. No es ilusa fantasía infantil vivir con paz el dolor, la enfermedad… la cruz.

Comenzar un nuevo año no es, por lo tanto, ocasión de olvidar el pasado cuanto aprender a mirarlo con ojos renovados (que no nuevos), tal como Dios lo ha mirado. Y, con esa mirada renovada, afrontar el futuro con esperanza cristiana, la única esperanza verdadera. Los siguientes 365 días que se nos regalan a partir de este 1 de enero son un milagro personalizado que el amor de Dios ha diseñado para cada una de sus criaturas. Si nosotros, que a veces somos malos, damos cosas buenas a nuestros hijos, ¡cuánto más nos estará preparando el más bueno de los padres, nuestro Padre Dios! (cf. Mt 7,11).

Por todo ello, a todos los miembros de esta cariñosa familia de El Granito de Arena os deseamos, ¡renovado Año nuevo!

Publicado en centenario MEN, Editorial, El Granito de Arena.

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