«Su afmo. P. in C. J.» (diciembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2021.

¡Viva mi cruz y yo en ella con Jesús! y a la que saque un pie fuera de la cruz ¡que le dé un calambre!

Cartas de san Manuel González a las hijas de santa Ángela de la Cruz

En mayo de 1910 El Granito de Arena (5/5/1910, n. 60) se hacía eco de lo que fue todo un acontecimiento en Huelva: «Una obra más» titulaba la revista, y en efecto, era otra obra más, pero sin duda el establecimiento de las Hermanas de la Cruz en aquella ciudad era algo especialmente querido por el Arcipreste, que asistió con emoción el 30 de abril a la inauguración de la capilla de la nueva casa de la Compañía de la Cruz, que presidió el arzobispo de Sevilla.

San Manuel tuvo especial admiración y cariño por santa Ángela y por sus hijas, un cariño que siempre ha sido correspondido, pues las Hermanas de la Cruz estuvieron junto a él en su última enfermedad, pero también en la plaza de San Pedro cuando fue beatificado y cuando fue proclamado santo.

Confianza ciega en Él
D. Pedro Román Clavero, el párroco de la Concepción, había sido el artífice principal de aquel acontecimiento. De su propio bolsillo había costeado la mayor parte del nuevo edificio en el que se instalarían las Hermanas de la Cruz, el resto se había conseguido –escribía el Arcipreste– «poniendo en explotación este principio de economía cristiana que aquí conocemos muy bien: Dios da el dinero en proporción a las necesidades y a la confianza que en Él se tenga». Necesidades en Huelva no faltaban y eran muchas las familias que tenían enfermos en casa a quienes no podían atender. Las Hermanas de la Cruz asistían en sus domicilios a toda clase de enfermos, atendiendo todas las necesidades materiales y espirituales que se presentaban.

Llevaba a esas casas «la paz, la caridad y los infinitos recursos de la abnegación cristiana». A las «Hermanitas» de la Cruz hoy, como hace un siglo el joven sacerdote Manuel González, todavía podemos verlas por las calles de Sevilla, yendo diligentes hasta las zonas más humildes de la ciudad para repartir cuidados a los enfermos y sonrisas a sus familiares. Claro que ahora, y por la gracia de Dios, hacen lo mismo por muchos más lugares de España y también de Italia o Argentina. No es de extrañar pues que, si como Arcipreste contribuyó a que llegaran a Huelva, como obispo de Málaga también contribuyera san Manuel a que se instalaran las Hermanas de la Cruz en aquella ciudad, cediendo para ello un espacio en el palacio episcopal. Pensó que de este modo la casa del obispo sería a la vez la casa de los pobres. Se llegó a instalar allí un comedor atendido por las hermanas donde, con gran delicadeza, se hacían cargo también de dar comida en muchas ocasiones a personas que se veían en una situación de pobreza sobrevenida e inesperada, habiendo sido influyentes y conocidas en Málaga.

Dado que las Hermanas de la Cruz estaban instaladas en el propio palacio episcopal es por lo que, como seguramente los lectores conocen, siete de ellas se encontraban junto a san Manuel la noche del 11 de mayo de 1931, y compartieron con él aquellos momentos de incertidumbre en los que vieron arder el edificio. Una de ellas recordará como el obispo en ningún momento perdió la paz, y podemos añadir que tampoco la guasa, pues cuando pudieron refugiarse aquella noche les dijo riéndose: «Ya cuando sean ustedes viejas tienen algo que contar» (Campos Giles, J.: El Obispo del Sagrario abandonado, tomo II, p. 432).

«Mi rebañito de Málaga»
Tras todos aquellos tristes acontecimientos, una de las primeras cartas que escribiría al llegar a Gibraltar, es la que dirige a lo que llamaba «mi rebañito de Málaga»:

«¡Cómo las tengo en mi cabeza y en mi corazón! ¡Jesús no muere! Aquí estamos sanos y salvos con tanta paz como pena y contento de que el Corazón de Jesús nos haya tratado como a buenos amigos. Él querrá reunirnos prontos para vengarnos de nuestros enemigos haciéndoles mucho más bien» (OO.CC. IV, n. 5880).

Las Hermanas de la Cruz que habían sido testigos de aquella noche aciaga, lo eran también del sentimiento que embargaba a san Manuel en aquellos momentos; tras haber contemplado ardiendo no solo el palacio episcopal, sino también las iglesias malagueñas, conventos y escuelas católicas, sus deseos de «venganza» se resumían fácilmente: había que hacerles «mucho más bien». En este mismo sentido –escribe también Campos Giles– declararía años después una de estas hermanas que le oyó decir en aquellos días: «si veis a aquel que gritaba: “muera el obispo” (se refería el siervo de Dios a aquella noche) decidle que le amo y que todos los días pido por él en la Misa; si encontráis al que cogió el pectoral y me decía “esto tiene que desaparecer de aquí’, decidle también que le amo y pido mucho por él» (tomo II, p. 599).

La superiora de aquella comunidad de Hermanas de la Cruz en Málaga era la hermana Salvadora, que conservó 23 cartas que recibió de san Manuel desde aquellos días de mayo de 1931 hasta marzo de 1939. En ellas con frecuencia seguirá mencionando a aquellas «siete» que formaban el rebañito: «¡Cómo me acuerdo de las siete de la casita y de la casita de las siete! Ya escribiré a cada una lo suyo», podemos leer en la que le enviaba el 26 de junio desde Gibraltar (OO.CC. IV, n. 5900).

En agosto san Manuel tuvo tiempo para poder escribir algo a cada una de aquellas siete y a través de la hermana Salvadora se las enviaba, añadía entonces:

«¿Cuándo querrá el Amo que nos reunamos y en dónde? Él lo sabe y nosotros lo glorificamos aceptando su voluntad con los ojos cerrados. ¡Qué bueno es vivir ciego para tenerlo de Lazarillo a Él!» (OO.CC. IV, n. 5919).

Todavía en 1938 se referirá en una carta a «nuestras queridas siete bendiciones» (OO.CC. IV, n. 6828). Dos de las que formaban este grupo, la hermana Marciala de la Cruz y la hermana Santa Rosalía, llegarían a ser superioras generales de la Compañía, en los periodos 1949-1964 y 1967-1977, respectivamente.

En una de aquellas cartas desde Gibraltar decía san Manuel: «Cuánto siento y pido por la enfermedad de la Madre». En efecto, en junio de 1931, cuando tenía 85 años, la Madre, como llamaban todos en Sevilla a la que hoy es santa Ángela de la Cruz, padeció una gravísima embolia cerebral, tras la cual estaría nueve meses postrada hasta el 2 de marzo de 1932, cuando su vida se apagó para siempre. En octubre de 1931 san Manuel escribía a la hermana Salvadora:

«¡Qué misterio encierra esa prolongada agonía de la Madre! Aparte de otras intenciones, creo que no será la menor en el pensamiento de Dios la de que ese martirio lento tan generosamente aceptado y sufrido y hasta gozado, sea para toda la Compañía el testamento vivo de la M. a sus hijas y los últimos Ejercicios espirituales que ella da a su familia. Esa unión y compasión de todas con la Madre que padece, ese ver cómo se padece en paz y con alegría, ese admirar la obediencia hasta la muerte de la que mandó a todos ¿no es la Cruz llevada en triunfo y haciendo triunfar el alma que con ella se desposó? Yo espero muchos bienes para la Compañía no solo de la intercesión sino del gran ejemplo de esa agonía de meses de la Madre» (OO.CC. IV, n. 5933).

A este período pertenece la anécdota que narra Campos Giles y que para quienes conocen a san Manuel y ¿por qué no? también para quienes conocen el espíritu y el carisma de las Hermanas de la Cruz, es perfectamente creíble. Ya en una de las cartas a la hermana Salvadora san Manuel había escrito: «A la M. Fundadora, si no le molesta oír, dígale de mi parte que diga en su corazón una vez por mí y todas las que quiera por mis intenciones: Corazón de mi Jesús Sacramentado, por Ti y contigo lo que Tú quieras» (OO.CC IV, n. 5919), de modo que no es de extrañar que cuando pudo acercarse al lecho de sor Ángela mientras estaba en coma, le susurrara: «Madre, diga muchas veces esta jaculatoria: “viva Jesús en su Cruz y las Hermanitas de la Cruz en ella hasta la muerte”– pero añadiendo– “y la que saque un pie fuera de la cruz, ¡que le dé un calambre!”» (EOSA, tomo I, p. 330); cuentan que en ese momento en el rostro de sor Ángela se dibujó una sonrisa. Personalmente estoy convencida de que esto en efecto sucedió así.

Instaladas en la cruz
Tratándose de la Compañía de la Cruz, no es raro que san Manuel se refiera en las cartas que dirige a las hijas de santa Ángela de la conveniencia de ese «estar instaladas en la cruz» que su fundadora les recomendaba. Dirigiéndose a la hermana Salvadora le escribirá:

«Va V. por el camino real de la Sta. Cruz que si es verdad que tiene malos pasos y espinas en abundancia también es verdad que da a los que por él van dos cosas buenísimas: el mejor compañero y el más feliz término del viaje; Jesús Sacramentado como compañero y Jesús visto y gozado por toda una eternidad por término. ¡Qué buen viaje!» (OO.CC., IV, n. 6733).

En otra carta le aconsejará:

«Cuídese V. cuanto pueda, para cobrar algunas fuerzas más con que servir a Ntro. Señor; más si Él quiere que le sirvamos enfermos, ¡bendito sea, y adelante con la cruz!» (OO.CC. IV, n. 6921).

En 1935, al escribir a la hermana María de la Salud, también le anima a querer la cruz:

«¡Adelante, pues, con su cruz! La Hermana de la Cruz no debe querer vivir sin ella, aunque a veces se presente dura y pesada. Mucho Sagrario y muy frecuente recurso a Ntra. Madre Inmaculada y ¡viva mi cruz y yo en ella con Jesús!» (OO.CC. IV, n. 6532).

San Manuel no podía querer nada mejor para aquellas mujeres que por amor tenían a los más pobres como amos y señores y no dejaba de recordarles el camino más directo para ello. Lo hace con la hermana Salvadora:

«Le escribo recordándole que sigo pidiendo que llegue V. a Santa aunque tenga que tragar hiel y vinagre y le puncen las espinas sus sienes y su corazón. Delante va Jesús Nazareno con su Cruz y su corona y Él hará que un día no lejano, esa cruz sea trono y esas espinas corona de gloria» (OO.CC. IV, n. 6714).

«Jesús la quiere en cruz en el Calvario y se reserva darle mucho Tabor en la otra vida, que es la verdadera» (OO.CC. IV n. 6443).

A la hermana Marciala escribirá:

«Sin duda te quiere muy, muy santa cuando tanto te criba. Molinero divino, que yo me deje moler y cribar para ser harina limpia y hostia pura tuya» (OO.CC. IV, n. 6827).

No pudo san Manuel ver una casa de las Hermanas de la Cruz en Palencia, aunque desde que supo que sería obispo de aquella diócesis lo deseó, y así se lo manifestó a la hermana Salvadora en la carta que le mandó contándole sobre su nombramiento en septiembre de 1935 (cf. OO.CC. IV, 6501), pero sí que sabemos que en los días de la que fue su última enfermedad, estando en la clínica en Madrid, recibió la visita de las Hermanas de la Cruz. No es difícil imaginar que estando él ya tan cerca del cielo las atenciones de las hermanas y sobre todo sus sonrisas, esas que quiso llevar cerca de los pobres en Huelva y en Málaga, le acompañaron hasta encontrarse con la de María Inmaculada.

Aurora M.ª López Medina
A mi amigo y compañero Tomás Noguera, orgulloso y feliz hermano de una Hermana de la Cruz
Publicado en Cartas de san Manuel, El Granito de Arena, OOCC San Manuel González.

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