Ponencias del Simposio teológico (Sequeri II)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2021.

La Eucaristía, fuente de la vida cristiana (II)

En este número de nuestra revista publicamos la segunda parte de la intervención de Mons. Pierangelo Sequeri en el Simposio teológico previo al 52º Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Hungría el pasado mes de septiembre. En ella se plantea la cuestión de qué encontramos en la fuente, es decir, qué hay en las raíces de la vivencia y participación de la Eucaristía.
Dado que estamos analizando la Eucaristía como fuente de la vida cristiana, es necesario preguntarnos qué encontramos en esa fuente, en ese manantial. En la raíz misma encontramos nuestra inmersión en la muerte del Señor. El sacramento de la Eucaristía la lleva dentro, en las mismas palabras: «Este es mi cuerpo entregado, esta es mi sangre derramada». Como dice Pablo, hemos sido sumergidos en la muerte del Señor para resucitar con el Resucitado. Ahora bien, la muerte del Señor no es algo que se comprenda intuitivamente. Recordemos que Jesús, a los discípulos de Emaús, quiso explicarles toda la Escritura para que entendiesen qué era verdaderamente su muerte, qué significaba. Podría parecer que la muerte es algo comprensible porque podemos verla (no así la resurrección, que aparece como algo más misterioso). Sin embargo, no es así, porque la muerte del Señor la aprendemos de la Eucaristía.

Esta no comprensión está muy claramente escrita en los Evangelios: Los evangelistas describen claramente que en la muerte de Jesús los discípulos, en realidad, vieron la muerte de sus propias esperanzas, la muerte de su cristología, la muerte de sus expectativas, el fracaso de un sueño que parecía hermoso, el fin de un proyecto de liberación para Israel… En efecto, sintieron que moría todo esto, pero no asumieron la muerte de Jesús. Por eso, el Señor resucitado, pacientemente, les explica lo que, en cambio, tienen que ver ahí, por qué «era necesario» que el Mesías padeciera y muriera. La Eucaristía nos hace entrar en este misterio de la muerte del Señor y nos pide que lo asimilemos.

En el tiempo de la fuente, es decir, de la iglesia primitiva, ¿qué significaba para los cristianos entrar en la muerte del Señor? Obviamente no significaba lo que, simplificando, expresamos actualmente en nuestros catecismos. Ciertamente, se trata de celebrar la muerte del Señor y después llevarla a la vida, realizarla en la vida. No es que esto esté equivocado, pero da la impresión que allí hacemos una pausa en nuestra vida ordinaria. Parece que, cuando celebramos la muerte del Señor, en lugar de sumergimos en la muerte del Señor, la pensamos, sintonizamos con la idea de la muerte del Señor, y luego debemos realizarla en la vida. ¡Como si la celebración de la Eucaristía no fuera la parte más hermosa de nuestra vida!

Parte de nuestra vida
Pero entonces, ¿la Eucaristía no es la vida, sino un acto preparatorio, porque la vida está afuera? A fuerza de insistir que la vida cristiana está fuera, la Eucaristía se ha convertido en un rito, una tarea rutinaria y devota. Los cristianos más avanzados dicen: «La Eucaristía sirve para recargar nuestras baterías». Se ha introducido esta concepción instrumental de la Eucaristía: recargar las baterías en la celebración eucarística para que, en la vida verdadera, podamos realizar todo lo que tenemos que hacer. Preguntémonos: ¿realmente es así? Desde que se considera la Eucaristía, no como un momento lleno de vida, sino como la preparación para la vida, ¿la vida cristiana ha crecido? Evidentemente, no.

Hoy nos preguntamos: ¿por qué se ha perdido esa vitalidad?, ¿por qué falta esa energía? Si hace tantos años que cada uno celebra la Misa cotidianamente para recargar las baterías, ¿cómo es que estamos tan apagados en la vida real? Si en la vida real estamos apagados, tiene que haber algo que se nos ha escapado. Posiblemente el hecho de que en la fuente, en los mismos Evangelios, sumergirse en la muerte del Señor es un acto de la vida, un acto de vida o de muerte, un acto crucial de la vida. Más aún, es un acto difícil de la vida, más fuerte que todos los demás, más profundo que todas las palabras (tantísimas palabras, incluyendo también la teología) que después empleamos para explicar el cristianismo, en la llamada vida real. Es importante la teología, el catecismo, la doctrina, todo aquello que realizamos fuera de la Eucaristía. Pero en la fuente, en los orígenes, el acto de sumergirse en la muerte del Señor al celebrar la Eucaristía, podía resumirse en una frase: «Yo, aquí, ante mi conciencia y ante todos, los que están aquí y también los que no van a Misa, reconozco que escuchar la Palabra del Señor, que me explica su vida y su muerte, vale más que todas las palabras con las que yo pueda hablar de la vida y la muerte del Señor».

Y es por esto mismo que vale la pena detenerse, parar, dejar por un momento la bellísima actividad de explicar el cristianismo como son enseñar el catecismo, los cursos de Biblia, la catequesis, etc. incluso si consigo hacerlo de una forma atrayente para nuestros contemporáneos, capaz, incluso, de involucrar a los jóvenes. Por el contrario, yo, al participar en la Eucaristía me detengo y reconozco que nada vale más que la Palabra que el Señor me dirige, porque he aprendido del Evangelio que cuando la gente escuchaba su Palabra, se transformaba y se quedaba encantada, aunque estuviesen alejados, aunque fuesen un poco samaritanos, un poco publicanos, un poco cananeos… Se quedaban encantados y se les transformaba algo en su interior. Pensemos en todo lo que hacemos para explicar el cristianismo de un modo atrayente. En cambio hay una experiencia insustituible de la Palabra del Señor, la de exponerse a ella. Es necesario ponerse delante de la Palabra del Señor, exponerse a ella como nos exponemos a la luz del sol.

El Señor nos habla
Vamos a la Eucaristía porque el Señor nos habla con sus mismas palabras, que son insustituibles y que no podemos traducir tan alegremente para los demás. Es necesario que vayamos personalmente, físicamente, allí y, en la celebración que Él nos pidió que hagamos, estemos verdaderamente presentes; que sus palabras caigan físicamente sobre cada uno de nosotros. ¿Nos damos cuenta de esto? Quizás no creemos lo suficiente. Yo, personalmente, creo en esto, creo más en la física que en la metafísica de este misterio; creo que exponerme a la Palabra del Señor es una experiencia insustituible y tengo que salir de la Misa diciendo: «El Señor me ha dicho», que es más importante que lo que ha dicho el sacerdote. Y lo mismo vale para el Cuerpo del Señor, el Cuerpo que, como dice san Juan, «hemos visto y tocado». Estamos, nuevamente, ante la teología del Cuerpo del Señor. Nuestras cristologías están a mitad de camino, han recorrido un buen camino, pero aún no son verdaderas y grandes teologías del Cuerpo del Señor, porque para ellos, para la Iglesia primitiva, era indispensable tomar en cuenta esta parte humana.

Exponerse físicamente al contacto con el Señor significa que, si el Señor me toca, si puedo alimentarme de Él, y solo si el Señor me toca, me sucederá algo. Lo aprendemos en los Evangelios: el contacto con Jesús es insustituible. Entonces, ¿por qué la fuente está tan convencida de eso y sin embargo está tan arraigada la idea de que la Iglesia debe detenerse? Suelo decir a mis estudiantes: «Desde el papa al último de los creyentes, en la Liturgia, en la Eucaristía sobre todo, la Iglesia se detiene, sí, se detiene para confesar a todos que exponerse a la Palabra y al Cuerpo del Señor es una experiencia de vida, ¡de vida!, no de preparación para la vida; es una experiencia de vida insustituible». Es el Evangelio quien nos dice que la Palabra del Señor es insustituible.

Cuerpo del Señor
Cuando Dios en persona nos dirige su palabra no es como cuando otro nos habla acerca de Él, y cuando nosotros mismos podemos tocarlo y hacer que Él nos vea no es lo mismo que si nos lo describen. Hay una gran diferencia. Esta diferencia, entre nosotros, se llama Eucaristía. Tal vez hemos insistido en la Presencia real con una teología un poco árida, un poco obsesiva… No se adora un milagro de la física. Entonces, ¿dónde está el secreto por el cual en la tradición de la Iglesia se ha convertido en el sacramento de la Presencia real? ¿Por qué es tan especial? En este momento, ¿el Señor está aquí presente metafóricamente? No, está presente realmente. En mi hermano, ¿está presente idealmente? No, está presente realmente.

La diferencia, que los primeros cristianos sabían y que nosotros hemos olvidado, consiste en que en la Eucaristía, y solo en la Eucaristía, el Señor está presente en su propio Cuerpo, no en el cuerpo de otros. Y es muy importante comprender y, llegado el caso, explicar esta realidad. Habrá personas (quizás muchas) que no lograrán entender la metafísica de la sustancia, pero estas verdades sí las comprenderán.

El Señor está presente en mi obispo, está presente en el pobre, está presente en mi hermano. Pero allí está presente en el cuerpo de otros; en la Eucaristía está presente con su propio Cuerpo. Se trata de su mismo Cuerpo, un Cuerpo que es, además, insustituible.

Por esto nos ha dejado el Sacramento, porque no podemos vivir simplemente de su presencia en el cuerpo de otros. En mi vida tiene que haber momentos en los que yo me encuentre con su propio Cuerpo que me habla, que se deja tocar, que me mira. Así se comprende por qué la Eucaristía no es una preparación previa a la vida, ni un «recargar baterías», sino que es una experiencia sencillamente insustituible. Por eso los cristianos participamos en la Eucaristía, porque no hay otro modo de exponerse al Cuerpo del Señor. Esta es la verdad inaudita del cristianismo: encontrarse con Dios de este modo, un Dios al que llamamos Jesús.

Detenernos en esta idea, propia de la Iglesia primitiva, es decir, de las fuentes mismas de la fe, nos permite comprender que la celebración eucarística es, en sí misma, un acto propio de la misión. No es simplemente la preparación para la misión posterior, para la vida. Así se entiende sencillamente que con la celebración estamos confesando nuestra fe.

Lo explico así para que también los periodistas lo entiendan; ellos solo recuerdan la transubstanciación, el rito, el dogma, en definitiva, esas expresiones… Según ellos, el cristianismo son esas cosas. Pues bien, hay que explicar que nosotros no nos recargamos, sino que nos detenemos ante el Cuerpo del Señor y, si estamos verdaderamente convencidos de esto, si tenemos una fe firme, no tenemos que tener miedo, porque el mundo necesita percibir esta realidad. Y, desafortunadamente, no lo percibe. En la catequesis explicamos que el Sacramento es el medio a través del cual «expresamos nuestra fe», pero como somos seres sensibles necesitamos tocar. ¡Por eso somos tocados por el mismísimo Cuerpo del Señor!

Y, al hacer esto, seguimos el mandato del Señor. A nosotros jamás se nos hubiera pasado por la mente algo similar. A ninguna religión se le ocurre celebrar el Cuerpo del Señor. Nunca se nos hubiera ocurrido. Tendríamos ritos expresivos según nuestras exigencias, pero eso es otra cosa.

Así pues, si estamos convencidos de este poder, comprenderemos que, al ir a la Eucaristía, Jesús me tocado tal como hizo con el ciego de nacimiento, con la samaritana. Más aún: sé que Jesús me toca y sé que me mira. Esta experiencia es insustituible. Mi hermano puede mirarme con la mirada de Jesús, pero no es Jesús, no lo será nunca. Ni aunque sea un cardenal.

Entonces, si tenemos una fe firme, ¿no podemos ser más generosos con la Eucaristía? La escena original que se nos ofrece en la Sagrada Escritura, es decir, en los Evangelios, muestra a Jesús, los discípulos y la multitud, nunca falta ninguno de los tres. Entre la multitud sabemos que hay de todo. Entonces, ¿no deberíamos tener un poco más abiertas las iglesias? Si entra algún publicano, ¿qué importa? Ojalá que no encuentre signos de omnipotencia, de autorreferencia, sino que puedan contemplar un rito en el que solo esperamos que Jesús nos hable, que nos mire y nos toque con la mano, porque de esta forma es nuestra vida la que quedará profundamente tocada.

Este es un signo distintivo del cristianismo: Creemos, por su Palabra que, de este modo, Jesús nos toque, y quien es tocado por el Señor se cura. Si no ponemos barricadas nos curamos.

Siempre hay una puerta de la parroquia en la que no hay que presentar un certificado: es la puerta de la iglesia que da a la calle, para que entre quien quiera entrar. Naturalmente, sería hermoso si viera que quien está dentro está en contacto con el misterio de la Eucaristía, en conexión directa. ¿Qué preparación se necesita? ¿Qué preparación pidió Jesús a la cananea? Y, sin embargo, ella se postró delante del Señor pensando «solo tú puede salvarme». Más aún, sería hermoso que quien entrara en la Iglesia se encontrase un clima algo encantado y hasta un poco emocionado, de personas que esperan a que el Señor les hable, les mire, les toque… Si encontrara esto, intentaría no hacer ruido porque sienten una tensión, una concentración, en torno al Señor.

[Continuará]

Transcripción, traducción y adaptación de textos: Mª Andrea Chacón dalinger, m.e.n., Ana Mª Fernández, m.e.n., y Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.

Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.