Orar con el obispo del Sagrario abandonado (diciembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2021.

«A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo porque irás delante del Señor a preparar su camino» Lc 1,76

Afirma san Manuel González en su libro Artes para ser apóstol que «si apóstol no significa, ni es otra cosa que enviado, la ley única, la norma suprema y esencial de todo apóstol es pensar, querer, sentir, proyectar, hablar, hacer y padecer, no como Juan, Pedro o como se llame, sino como tal enviado» (OO.CC. III, n. 4761).
Juan Bautista es un enviado de Dios, el enviado a preparar el camino del Salvador; el enviado como la voz que clamaba en el desierto, «anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados» (Lc 1,77); el enviado como aquel que proclamó a Jesús de Nazaret como «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», cuando este estaba en la fila de los pecadores, para ser bautizado por el Precursor.

Apóstol significa «enviado». Juan Bautista, sin ser del grupo de los Doce, puede recibir este título anticipadamente. Su padre, Zacarías, cuando iban a circuncidar a este niño, nacido de Isabel, mujer anciana y estéril hasta entonces, «se llenó de Espíritu Santo y profetizó diciendo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo”» (Lc 1,68-69).

Al igual que Juan el Bautista, nosotros también somos elegidos y enviados a preparar los caminos del Señor este Adviento y esta Navidad 2021: Enviados para ser testigos de la verdad, de la salvación, del auténtico nacimiento. Verdad, salvación, nacimiento, no son sueños ni utopías inalcanzables. No, es una persona: Jesucristo, el enviado del Padre, el Viviente, el que está en medio de nosotros.

Somos enviados por el Enviado: llamados a ser testigos de su amor salvador en la familia, los amigos, la parroquia, los miembros de la Familia Eucarística Reparadora, los alejados de la Iglesia, los indiferentes a lo religioso,… a cualquier persona que el Señor pone en nuestro camino. «Y siéndolo nada menos que de Jesús, pensar, querer, sentir, proyectar, hablar, hacer y padecer a lo Jesús y en nombre de Él. Ésta es la ley. ¿No es esto claro, lógico y justo?» (OO.CC. III, n. 4761).

Oración inicial
Oh Dios, Padre amoroso, que llamaste y elegiste al hijo de Isabel y Zacarías como el gozne entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, para que preparara la llegada de tu Hijo, el Mesías esperado, llamando a los judíos a un bautismo de conversión, concédenos en esta Navidad vivir abiertos a la esperanza que salva, a la dicha del Niño Dios que nace en los corazones de los humildes y sencillos, para que seamos testigos de su luz y su pobreza, como lo fueron los pastores en la noche de Belén. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Lc 1,67-79.

Meditación del Benedictus
Dios siempre es bendito. Nos bendice con la creación, la redención de su Hijo, con su Alianza nueva y eterna en favor de su pueblo elegido: la Iglesia. El Dios de la paz nos está siempre esperando, para que le bendigamos y para que adoremos a su hijo en el Sagrario: «Corazón de Jesús de cada uno de los Sagrarios malagueños, espéranos; tu pueblo y tu clero hacia Ti vamos… para que te quejes menos… para que no tengas de qué quejarte más» (OO.CC. III, n. 4834).

La salvación que Dios nos ofrece en su Hijo ya había sido anunciada por los santos profetas, elegidos para denunciar la infidelidad de los israelitas y pregonar la vuelta al verdadero culto a Dios, en espíritu y verdad. Sociedad, nación, pueblo, familia, individuo que no se asiente sobre esos dos sillares de la caridad y de la humildad, tal como las predica la madre Iglesia, estarán condenados a desorden perpetuo, inestabilidad perenne y constante amenaza de ruina, y a no llegar jamás a hacer paces duraderas ni con la justicia, ni con la libertad, ni con el respeto al derecho.

Jesucristo nos ha liberado del mayor enemigo: la muerte y el maligno, para que le sirvamos con santidad y justicia todos nuestros días. La santidad es la vocación original de todo bautizado. La justicia que Dios quiere es la que nos ha mostrado en su Hijo: que sepamos perdonar 70 veces siete como Cristo subió al leño de la cruz cargando con los pecados de toda la Humanidad. Cristo vive. Solo Él rescata a la Humanidad del vacío existencial, del sinsentido en el que se desenvuelven tantos jóvenes, en el relativismo de tantas filosofías y corrientes de pensamiento que hoy se propagan.

A san Manuel González le dolía en el hondón del alma, su alma de pastor, que el Evangelio no llegara a tantas personas que no le conocían por falta de sacerdotes: «Digámoslo de una vez, aunque el corazón se nos desgarre de pena: nuestros pueblos están desolados moral, espiritual y hasta económicamente porque están a punto de quedarse sin Jesucristo, o se han quedado sin Él. […] ¡Quedarse sin Jesucristo los niños al abrir los ojos a la luz, las doncellas al poner los pies en el plano inclinado de las ilusiones de la juventud, los mozos al entrar en la lucha ineludible entre el deber y la pasión, los ricos y los pobres en sus perpetuas contiendas, los moribundos en los últimos estremecimientos de sus agonías, los crucificados de la enfermedad, del dolor, de la calumnia, los perseguidos, los abrumados por el remordimiento…!» (OO.CC. III, n. 4839).

Lo que le duele a san Manuel ha de dolernos hoy a nosotros porque la realidad que describe de su querida diócesis malacitana en los años 20 del siglo pasado son rasgos muy semejantes a la España de hoy, en estos años 20 del siglo XXI. La Iglesia está llamada a evangelizar también hoy como a lo largo de la historia. La Iglesia existe para evangelizar. Es su razón de ser más profunda. Es su vocación original. Se necesitan evangelizadores llenos del Espíritu Santo, tocados por la gracia. Con fuego ardiente, intrépidos y creativos, valientes y traspasados por Cristo… al modo como se dejó transformar san Pablo.

Juan Bautista, Isabel y Zacarías (sus padres), Pablo, y tantos otros se dejaron transformar por el Espíritu Santo. Así estamos llamados a celebrar esta Navidad 2021: dejándonos iluminar con quien es el Sol que nace de lo alto, Jesucristo. Así lo expresó en su cántico el padre de Juan, Zacarías: «por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).

La entrañable misericordia de Dios, en la plenitud de los tiempos, nacido de una mujer (María), envió a su Hijo, el Sol que nace de lo alto, el Verbo eterno hecho Verbo encarnado, la luz que no conoce el ocaso, la luz que da vida, la luz que ilumina las tinieblas de tantos corazones rotos y heridos o de tantas almas esclavas del pecado, sumergidas en la oscuridad de la mentira y la ceguera. Cristo, hoy y siempre, naciendo pobre y humilde, guía nuestros pasos por el camino de la paz. La misma paz que cantaban los ángeles en la noche de Belén: «Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14) se nos comunica a nosotros en esta Navidad 2021.

Bendito seas, Dios de la historia de salvación

  • Bendito eres, Dios amor, Dios de la historia de salvación, porque visitas a diario a tu pueblo elegido, la Iglesia; has redimido a este pueblo de la nueva Alianza con la Pascua de Cristo; has suscitado la fuerza y la luz del Espíritu Santo como salvación que arranca desde Abraham y David, y tantos otros patriarcas, profetas y reyes del pueblo de Israel. Bendito seas, Dios Trinidad, porque lo anunciado por los profetas, ha tenido pleno cumplimiento en tu Hijo, el Mesías de Dios. Él es el salvador que nos libra del enemigo y de los que nos odian. Él ha manifestado tu infinita misericordia orando así: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
  • Bendito seas Jesucristo, rostro de la misericordia del Padre, porque con tu muerte y resurrección has sellado la Santa Alianza con tu sangre derramada en la cruz, precio de nuestra libertad; Alianza nueva y eterna que actualizas en cada Eucaristía, para que alimentados de tu cuerpo entregado y tu sangre derramada, nos veamos libres de la esclavitud del pecado y del diablo; así podremos servirte con santidad y justicia todos nuestros días.
  • Bendito y alabado seas, Jesucristo, Sol que nace de lo alto, eterno en cuanto Dios, nacido de María en cuanto hombre. Nos visitas cada día en tu presencia eucarística como pan de vida. Bendito seas porque iluminas nuestras tinieblas y muertes y nos conduces por caminos de paz, justicia y amor.
  • Bendito seas, Espíritu Santo, porque suscitas en la Iglesia nuevos Juanes Bautistas, como profetas de la verdad, testigos del Evangelio, que preparan el camino del Señor, que siembran esperanza en tu pueblo y sirven a los pobres, que denuncian la injusticia y la destrucción de la familia, que pregonan con su vida que la salvación solo la trae Jesucristo.
  • Ven, ven, Espíritu de amor, y haznos vivir este Adviento vigilantes a los signos de los tiempos y a la verdad evangélica, mirando a María y dejándonos mirar por ella, en su «hágase», llenos de fe en la certeza del cumplimiento de las promesas de Dios, colmados de esperanza, contemplando los brotes de luz que hoy están floreciendo en la Iglesia y en la Humanidad. Ven Espíritu de la verdad, y haz nuevas todas las cosas.
Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.