Con mirada eucarística (diciembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2021.

Días luminosos de Adviento

Tiempo de Adviento, tiempo de esperanza. Son los días que la liturgia católica dedica a la preparación del mayor de los acontecimientos, cuando conmemoramos todos los 25 de diciembre que Dios habita entre nosotros. Sin embargo, la preparación para la venida del Señor del tiempo trasciende esa corta duración de cuatro semanas.

No sabemos ni el día ni la hora. «Permaneced vigilantes, ya que no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13). Y, siendo cierto que la muerte no es el final de la vida, no es menos cierto que el paso del hombre por esta tierra, paso graciosamente concedido, tiene una limitación temporal que desconocemos y que, por eso mismo, lleva aparejada la angustia o el tedio del vivir. La desesperanza está a la vuelta de la esquina y es esta la que conduce a la adopción de actitudes y a la toma de decisiones desastrosas, incluido el suicidio. Según los datos que nos proporcionan las estadísticas, cada dos horas y media una persona se suicida en España, el doble que las muertes ocurridas por accidente de tráfico. El Instituto Nacional de Estadística nos indica que en el año 2019 se suicidaron en España 3.671 personas. Fracaso existencial de una sociedad desnortada.

No sabéis ni el día ni la hora
Y parece ser que en este tiempo de pandemia se está produciendo un agravamiento de las enfermedades psíquicas o mentales. Decididamente estamos echando de menos días luminosos de Adviento que den sentido a nuestro desconocido pasar por este mundo. ¿Desconocido? El hombre de quien hablamos sabía perfectamente dónde estaba la suerte de su curación. La búsqueda es parte consustancial. No puede ser que vivamos en una sociedad anónima, donde el individuo no sea más que una sigla, un dato, una estadística. Reivindicamos a la persona, única, irrepetible, con su nombre, sus circunstancias, sus afanes, sus proyectos. La masa social no puede impedir que cada ser reclame su propia voz, su individualidad. No nos sirven las sociedades planas que ocultan en su magma cualquier tipo de designio, que asfixian las aspiraciones al descubrimiento de la verdad.

Un grito de compasión
Ah, la aspiración a la verdad soterrada y oculta bajo soflamas colectivas que realmente la disfrazan, sustituida por intereses que la deforman y, encima, en nombre de esa misma verdad. Aquí alguien miente. El hombre del que hablamos se dispuso a saltar todas las barreras, todos los prejuicios, todos los señuelos y se propuso lanzar un grito de liberación.

Es una sociedad aborregada, indolente, sumisa. No es la resignación que apunta a un hilo de luz tranparente que sin duda ha de venir, es el pasotismo rugoso que se esconde en la falta de perspectiva alguna, definitivamente abandonada la línea recta que llama a la puerta de la felicidad. Acaba de dimitir el hombre de los planes sencillos y lisos de Dios. Y es que, como pone Javier Marías en boca de Tomás Nevinson «los planes de los hombres jamás salen lisos, sino rugosos siempre» (Tomas Nevinson, Alfaguara, 2021, p. 138). Pero el hombre del que hablamos supo descubrir la línea sencilla y lisa que lo conduce a Dios.

Su destino estaba condenado al abandono y a la postergación, porque en la sociedad estorba cuanto no produce, cuanto no contribuye a la recuperación, según se dice ahora, de la nueva normalidad. La pregunta es muy simple y seguramente muy compleja, muy rugosa, la respuesta: ¿Esta pandemia mundial nos ha hecho mejores personas? No se construye la vida en la añoranza del pasado, sino en la conquista del futuro. El lamento no forma parte de la esperanza. Por eso aquel hombre, buscador de la verdad, de la razón de Dios, se atrevió a suplicar, por encima de la opresión social inhibidora y dormida pero silenciadora de voluntades personales, se atrevió a gritar: «Jesús, ten compasión de mí».

Caminar con Dios
Una sociedad ciega, delirante, absurda, que condena al hombre al ostracismo de una neurosis permanente. Alguna vez habrá que salir de la equivocación. Detrás de la mancha oscura de la noche, detrás de los espinos y las nubes, tiene que haber días luminosos, días luminosos de Adviento, porque Dios está permanentemente naciendo, siempre haciéndose hombre que camina al lado.

No es posible caminar sin Dios. Y sin embargo, esta sociedad presuntamente laica, o que al menos se precia de ello, va por ese camino no solo como si fuera el único posible, sino desoyendo la voz del otro, repudiándola, denigrándola, hasta asesinándola, voz que aporta el consuelo, que nos proporciona la visión de otras dimensiones que hacen posible la sanación. Pero la voz no se calla, porque, a pesar de la renuncia, existe Dios, tenemos la suerte de conocerlo hecho carne en la persona de Jesús de Nazaret.

Aquel hombre se acercó a Jesús de Nazaret, que siempre escucha aunque se reniegue de él. ¿A dónde se encamina una sociedad que celebra la Navidad y al mismo tiempo olvida que Dios ha nacido y nos acompaña? Qué empecinamiento en no querer ver. Qué autosuficiencia social que se empeña en un déficit de Dios. Aquel hombre quería ser curado de su ceguera, era consciente de su propia limitación, de su realidad deficiente. Saltó las barreras del conformismo y con toda humildad pidió: «Maestro, que vea». Humildad de quien reconoce que la respuesta está en el otro lado. Es la oración del ser endeble, necesitado, mortal, que nos acompaña.

Es la historia de Bartimeo, el hijo de Timeo, la que relata el evangelista Marcos (Mc 10,46-52), hombre de Adviento y esperanza que, precisamente por eso, es capaz de saltar del anonimato para encontrarse con Dios. Lo mejor de la historia es la conclusión del final:«y se puso a caminar con Jesús». Feliz Navidad, feliz encuentro y caminar con Dios.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.