Enseñanzas de san Manuel (diciembre 2021)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2021.

La Santísima Trinidad y la Inmaculada

Las enseñanzas de san Manuel sobre la Santísima Trinidad y la Virgen María significativamente aparecen relacionadas con temas típicamente suyos: la centralidad absoluta de la Eucaristía, la glorificación de Dios y la Liturgia, la sublimidad del sacerdocio, la Inmaculada Concepción, las Marías, las reglas de la intercesión, la mediación mariana o la Asunción vista como estipendio celestial.
En este artículo veremos sus enseñanzas sobre la Santísima Trinidad y María en su calidad de Inmaculada y Madre de Dios. No es nuestra intención presentar todas sus enseñanzas sobre la Inmaculada Concepción, sino solamente aquellas que aparecen explícitamente relacionadas con la Santísima Trinidad.

A. La Inmaculada
1. Un maestro del dogma de la Inmaculada Concepción
«Una María es…», y san Manuel ofrece, en su libro Florecillas del Sagrario, 23 respuestas a esta pregunta que conforman una carta de identidad de las Marías, una síntesis de la grandeza de la vocación a ser una María del Sagrario abandonado. Las culmina con la respuesta 24, que es la cumbre de todo lo dicho: «Una María es… ¡La Inmaculada!». Lo que sigue pudo haber sido simplemente el ápice de sus enseñanzas sobre las Marías, presentándoles a su modelo por excelencia, y pudo haber quedado así: «Una María es… ¡La Inmaculada! ¡La más María de todas las Marías!… ¡Mientras más limpia, más María! ¡La Inmaculada! ¡Esa es la gran María! Para las Marías es: su Madre, su Reina, su Modelo, su Compañera» (648). Pero entre la primera y las últimas frases, Dios inspiró a san Manuel un texto sublime sobre la Inmaculada Concepción que lo coloca entre los grandes maestros de este dogma, como san Maximiliano Kolbe, y entre los grandes místicos que han sabido comprender cabalmente la eximia pureza y la perfecta unión con Dios que María goza desde el primer instante de su vida gracias a su Inmaculada Concepción, así como los efectos concretos que su ser Inmaculada tuvieron en su vida terrena.

Entre estos últimos mencionamos tres: San Juan de la Cruz afirma que «la gloriosísima Virgen nuestra Señora, la cual, estando desde el principio levantada a este tan alto estado, nunca tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo» (Subida III,2,10: BAC 15, p. 240).

San Luis Mª Grignon de Montfort: «El espíritu de María es el espíritu de Dios, porque Ella no se condujo jamás por su propio espíritu, sino por el espíritu de Dios, el cual se posesionó en tal forma de Ella que llegó a ser su propio espíritu (VD 258: BAC 451, p. 386).

Finalmente, el siervo de Dios Mons. Luis Mª Martínez: «En el primer instante de su Concepción, María no solamente fue preservada de la culpa original, sino que recibió tesoros de pureza y gracia que ni siquiera alcanzamos a concebir. Desde ese instante el alma de María quedó divinizada, unida estrechísimamente a Dios e introducida en el misterio augusto de la vida de Dios, y por consiguiente consumada en la Unidad» (La consumación en la unidad, Ed. La Cruz, México 2000, pp. 131-132).

He aquí el texto sublime de san Manuel: «Por ser Inmaculada desde el primer instante de su ser: Vio a Dios, recreó a Dios, gustó a Dios, fue Hija, Madre y Esposa de Dios. Por ser Inmaculada todos los instantes de su vida, fue la mejor y más grata de todas las hijas que Dios ha tenido y tendrá: fue la Madre que más ha gozado y sufrido por su Hijo, la que más parecido ha tenido con Él, y fue la Esposa más fiel, más enamorada, más sacrificada y más enriquecida por su Esposo. Y porque por los siglos de los siglos será Inmaculada, Hija, Madre y Esposa de Dios, por lo siglos de los siglos María estará dando Ella sola a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo más gloria que le quiten todos los pecadores y más amor que el odio que vomiten todos los demonios juntos» (648; cf. 1454, 2604-2606). Veamos sus enseñanzas al respecto.

2. El dogma de la Inmaculada en contexto trinitario
San Manuel presenta el dogma de la Inmaculada Concepción en contexto trinitario. Lo más común es presentarlo en contexto cristológico, o sea, explicar el dogma desde el punto de vista de Cristo Redentor, de quien Ella es Madre y colaboradora sin par (LG 56. 59. 61). Justamente, el Vaticano II ha subrayado también el contexto eclesiológico, que la presenta como imagen cumplida de la santidad a la que está llamada toda la Iglesia (LG 64-65). La presentación de san Manuel es totalmente trinitaria, ofreciendo así una visión de la Inmaculada Concepción que hunde sus raíces en el fundamento más alto e importante.

3. Los tres momentos de la vida de María
San Manuel enfoca la Inmaculada Concepción en tres momentos: «desde el primer instante de su ser», «todos los instantes de su vida» y «por los siglos» María es la Inmaculada. O sea –y esta es una contribución muy importante– ofrece una panorámica completa que abarca toda la vida de María y hace alusión a los efectos que la Concepción Inmaculada tuvieron en su persona.

Estos efectos inician ya desde el primer instante de su vida en el vientre de su madre. Para algunos podría sonar exagerado lo que dicen al respecto muchos santos. Pero la misma ciencia garantiza el impacto que tiene sobre el bebé, desde el inicio de su gestación en el vientre, todo lo que le ocurre a su madre, que repercute física y psicológicamente en él. ¡Cuánto mayor efecto, por tanto, no habrá tenido en María el haber sido preservada del pecado original y haber sido colmada de gracia santificante desde el primer instante de su vida por Dios! Los efectos de esa Concepción Inmaculada inician apenas esta tiene lugar y ya van delineando a esta criatura única, llamada a convertirse en la Madre de su Creador.

Cuáles efectos tuvo su Inmaculada Concepción en el desarrollo de su vida espiritual y moral es un maravilloso misterio, del cual algo podemos entrever gracias a lo que enseña la teología espiritual sobre los efectos de la gracia en la persona y el ejemplo de vida de los santos. Pero no puede haber duda que el ser inmune del pecado original y estar colmada de gracia santificante desde el primer momento (Lc 1,28), con todo lo que esto implica (inhabitación trinitaria, ejercicio de las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo al máximo grado…), hizo de la vida terrena de María algo único que se patentiza en su perfecta caridad a Dios y al prójimo.

Tal sublimidad espiritual no hace a la Virgen ajena o indiferente a las realidades terrenas, todo lo contrario. Santa Isabel de la Trinidad lo explica muy bien: «Hubo una criatura… tan pura, tan luminosa que parecía ser la Luz misma… ¡Con qué paz, con qué recogimiento se sometía y se entregaba María a todas las cosas! Hasta las más vulgares quedaban divinizadas en Ella, pues la Virgen permanecía siendo la adoradora del don de Dios en todos sus actos. Esta actitud no le impedía consagrarse a otras actividades externas cuando se trataba de ejercitar la caridad… La visión inefable que Ella contemplaba dentro de sí, nunca disminuyó su caridad externa» (Obras. Ed. Monte Carmelo, pp. 154-155).

Si su unión con Dios fue tal ya en la tierra, ¡qué será ahora que está plenamente glorificada en el cielo!

4. Las consecuencias trinitarias de su Inmaculada Concepción
San Manuel indica las consecuencias concretas que este don divino único tiene para María en su relación con la Santísima Trinidad en cada una de las etapas de su vida.

4.1. Desde «el primer instante de su ser»
En primer lugar explica san Manuel que la Inmaculada «vio a Dios». No es todavía la visión beatífica del cielo, pero sin duda María es la criatura que ha tenido en la tierra la visión más perfecta posible de Dios para un viador y quizá, como afirman algunos autores, habrá tenido ocasional, momentánea y excepcionalmente, la visión beatífica (por ejemplo, en la Anunciación).

Como segunda consecuencia refiere que «recreó a Dios». Entre tantos que amargan el Corazón de Dios con su rechazo o indiferencia, hubo Una que lo recreó. Una sola que correspondió enteramente a su amor infinito. Ya desde el primer instante de su vida la Purísima hizo las delicias de Dios. En ninguna persona como en Ella se cumple el anhelo Divino: «Mis delicias son estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,31). ¡Dichosa la que siempre fue una hija según el Corazón de Dios! ¡Bienaventurada aquella en quien Él pudo descansar en plenitud!

También afirma san Manuel que María «gustó de Dios». Ya desde ese momento comenzó a saborear a Dios. Nadie como Ella ha experimentado la verdad del Salmo 34,8: «Gustad y ved qué bueno es el Señor».

Finalmente, como cuarta consecuencia, reconoce san Manuel que «fue Hija, Madre y Esposa de Dios». Desde el principio de su vida, está inefablemente unida a Dios, pues al ser toda pura está lista para la unión con Dios. En su caso, esta unión es absolutamente inefable, pues la convierte en la «Hija, Madre y Esposa de Dios».

4.2. «Por ser Inmaculada todos los instantes de su vida»
La Virgen va a tener una relación perfecta con cada una de las Tres Divinas Personas.

Con respecto al Padre, «fue la mejor y más grata de todas las hijas que Dios ha tenido y tendrá». Después del Hijo Unigénito, la Virgen es la mejor y más grata hija de Dios por su humildad, pureza, amor total a Él y al prójimo y colaboración insigne en su obra salvadora.

Con respecto al Hijo, «fue la Madre que más ha gozado y sufrido por su Hijo, la que más parecido ha tenido con Él». Por definición eso es una madre: la que goza como nadie del bien de su hijo y sufre como nadie por todas las adversidades que le puedan ocurrir. Siendo la Madre perfecta, María hizo tan completamente suyos los gozos y dolores de su Hijo, que cumplió cabalmente no solo con la función de Madre sino también la de corredentora. Y por ser su Hijo quien es, fue además su primera y más perfecta discípula. Los hermanos orientales llaman a los santos «los parecidísimos» a Jesucristo. María es sin duda «la más parecidísima entre los parecidísimos», la que puede decir como nadie: «Ya no soy yo quien vive, sino Cristo vive en mí» (Gál 2,20).

Con respecto al Espíritu Santo, «fue la Esposa más fiel, más enamorada, más sacrificada y más enriquecida por su Esposo». La fidelidad es la condición principal del amor nupcial. María es la única completamente fiel a Dios, «la más enamorada». No ha habido ni habrá corazón que haya amado a Dios con el ardor, la ternura, la pureza, la radicalidad con que lo ama el Inmaculado Corazón de María. Amor y sacrificio son inseparables: lo demostró Jesús en la cruz; lo vemos en la Virgen al pie de la cruz. El matrimonio conlleva naturalmente la comunión de bienes. Cristo Esposo no se deja ganar en generosidad para con su esposa, la Iglesia; pero la esposa más enriquecida por Él es sin duda la llena de gracia.

4.3. «Y porque por los siglos de los siglos será Inmaculada»
«Por los siglos de los siglos María estará dando Ella sola a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo más gloria… y más amor» que le puedan quitar sus enemigos. La toda santa, «Ella sola», es tan pura como quería Dios que fuéramos todos, y lo ama y glorifica como corresponde. Y junto a Ella y gracias a Ella, en menor grado, los santos que a lo largo de los siglos se han acogido a su regazo maternal.

5. «Hija, Madre y Esposa»
María de Nazaret, al haber sido llamada por Dios a la inefable vocación de Madre de Dios, entró en una relación única con la Trinidad. La Tradición de la Iglesia ha tratado de expresarla por medio de diferentes títulos que se le han dado en relación con cada una de las divinas personas. Entre ellos, desde hace ocho siglos ha sido común el trinomio: «Hija, Madre y Esposa» aplicado respectivamente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

El primero en utilizarlo fue, probablemente, san Francisco de Asís (Antífona del Oficio de la Pasión: BAC 399, p. 32). Conrado de Sajonia lo expresa así: «Hija de la suma Eternidad, Madre de la suma Verdad, Esposa de la suma Bondad, Sierva de la suma Trinidad» (Comentario al Ave María, Ed. Piemme, pp. 137-138). Ha dado lugar a enseñanzas marianas muy significativas.

En san Manuel se encuentra varias veces (648, 954, 2553, 2603, 2616, 5136, 2415), incluyendo nuestro texto, donde aparece tres veces:

Primeramente afirma que María, «por ser Inmaculada desde el primer instante de su ser», desde ese primer instante «fue Hija, Madre y Esposa de Dios». Esta importante afirmación confirma la hondura teológica y mística de san Manuel.

Ya desde el primer instante María es Hija de Dios, pues recibió en plenitud la gracia santificante que nosotros recibimos en el Bautismo y nos hace hijos de Dios. Desde ese momento empieza a ser esposa de Dios, pues entra en una íntima unión de amor con su Creador y Señor, que más adelante se concretará con su voto de virginidad. Y fue concebida inmaculada para prepararla a ser Madre de Dios, el cual se encarnará en su vientre virginal.

Vienen luego las características de los tres títulos que ya vimos: María fue «la mejor y más grata de las hijas»; «la Madre que más ha gozado y sufrido y más parecido ha tenido», y «la Esposa más fiel, enamorada, sacrificada y enriquecida».

La Virgen es el prototipo, pues en Ella se cumplen de primera y a la perfección. Los bautizados somos «hijos de Dios»; todos estamos llamados a ser «madre de Cristo», o sea, concebir a Cristo por la escucha de su Palabra y hacer que nazca en nosotros y en los demás; y toda la Iglesia es «esposa» de Cristo, como ejemplifican las consagradas. Pero sin María no sería posible, sea porque nada de eso podríamos ser si Cristo no se hubiera encarnado, sea porque para vivirlo necesitamos de su asistencia maternal.

En tercer lugar se dice que por toda la eternidad, María seguirá siendo «Hija, Madre y Esposa de Dios», glorificándolo y amándolo en sumo grado.

6. La exigencia de la pureza
San Manuel concluye este gran texto regresando al tema de cómo debe ser una María. Dirigiéndose a la Virgen le dice que aunque las Marías «saben muy bien» que en el Calvario «no se puede estar con Jesús sin estar contigo» y que en el Sagrario–Calvario «nunca se acompaña mejor al divino Abandonado que cuando se va de la mano contigo», sin embargo le suplica que les conceda «enterarse hasta la hartura» de aquello que a menudo olvidamos: «el secreto de la buena e insustituible compañía que das a tu Jesús está en tu limpieza inmaculada»; «para dar buena y consoladora compañía […] es menester que lleven el alma limpia, muy limpia […] y que mientras más limpia la lleven, más y mejor lo acompañarán contigo» (649).

Esta última exhortación puede aplicarse a todos y es un corolario fundamental del dogma de la Inmaculada: la Purísima es solo la Virgen; pero todos estamos llamados por Dios a la santidad (Mt 5,48), como explica en Nuestro Barro. Entre más limpios, mejor serviremos a Dios y al prójimo. Como las Marías, debemos aspirar a tener la pureza de «corazón, intenciones, palabras, obras y procedimientos» de María (759-760).

7. Blancura incomparable
San Manuel reflexiona cómo en la naturaleza no hay nada tan blanco que pueda representar la blancura de un alma sin pecado y en gracia de Dios (cf. 2923). ¡Todavía menos habrá una blancura comparable con la Virgen!

«Pues bien, todas las blancuras de todas las almas limpias, aun incluyendo en ellas las de los espíritus angélicos, son unas pobrísimas blancuras en presencia de la luz blanquísima con que la Trinidad augusta ha bañado, inundado y penetrado todo el ser de nuestra Madre María desde el primer instante de su Concepción» (2924).

La enseñanza fundamental es trinitaria: ninguna blancura, ni angélica ni terrestre, puede compararse con la pureza de María, pues nada se puede parangonar a «la luz blanquísima con que la Trinidad augusta ha bañado, inundado y penetrado» todo su ser «desde el primer instante de su Concepción». Nótese que el agente de esa santidad incomparable que la caracteriza y la coloca por encima de todas las criaturas es la Santísima Trinidad. Profesar, por tanto, la santidad excelsa de María es reconocer la obra de Dios en Ella; y alabarla, es alabar a Dios por su obra maestra. Por otro lado, a la vez que la eleva al máximo, san Manuel la llama «nuestra Madre María», o sea, que esta santidad sublime no la aleja de nosotros ni la hace inaccesible o inimitable. La Inmaculada es al mismo tiempo nuestra Madre, y en cuanto tal, la más entrañable a todos, siempre solícita para con todos sus hijos pecadores y tan necesitados de Ella.

B. «Complemento de la Beatísima Trinidad»
El dogma de la inmaculada concepción se fundamenta en el dogma de la maternidad divina: Dios hizo a María inmaculada porque sería su Madre. San Manuel se refiere al dogma de la maternidad divina dándole a la Virgen un título muy significativo de corte trinitario: «complemento de la Beatísima Trinidad».

El contexto es la primera Misa en la capilla del seminario que él construyó. Parte de la excelsitud del sacerdote, pues en su misma persona se une «el ser humano» recibido de la madre; «el ser cristiano» recibido de la Iglesia y «el ser sacerdotal» (2101, 2103):

«Pero el ser sacerdotal, que recibimos los sacerdotes de nuestra santa Madre la Iglesia […] vale incomparablemente más que el ser cristiano, porque presupone éste y le añade algo que es […] participación de la dignidad infinita de la maternidad divina, en que la Santísima Virgen es el complemento de la Beatísima Trinidad. La Santísima Virgen dio a Jesucristo el ser físico, por el que pudo vivir en Palestina entre los judíos. El sacerdote da a Jesucristo el ser sacramental eucarístico por el que puede vivir en todos los Sagrarios entre todos los hombres» (2102).

San Manuel concibe el sacerdocio como una «participación de la dignidad infinita de la maternidad divina». Esto explica su grandeza. ¡Cuán puro debe ser el sacerdote! ¡Cuánto debe acudir a María para que le ayude a cumplir su misión excelsa! La dignidad de la maternidad divina es infinita porque, como explica santo Tomás, María, «por ser la Madre de Dios, tiene cierta dignidad infinita por su relación con el mismo Dios» (I, C. 25, a.6, ad4).

La Virgen puede ser llamada «complemento de la Beatísima Trinidad» porque «dio a Jesucristo el ser físico», o sea, colaboró directamente, por voluntad de Dios, en la obra de la encarnación del Verbo. San Luis Mª Grignon de Montfort también expresa esta verdad en términos trinitarios: «Dios Padre comunicó a María su fecundidad […] para que pudiera engendrar a Su Hijo» (VD 17). Dios Espíritu Santo […] con Ella, en Ella y de Ella produjo su obra maestra, que es un Dios hecho hombre» (VD 20).

Conclusión
La Inmaculada, «Hija, Madre y Esposa de Dios», «complemento de la Beatísima Trinidad», «nuestra Madre María»… ¡Qué bien profundizó san Manuel el misterio de la criatura más amada por la Santísima Trinidad y que mejor le ha amado!

Deyanira Flores
Publicado en El Granito de Arena, Enseñanzas de san Manuel, San Manuel González, San Manuel González García.

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